Supongo que no lo puedo evitar… Hay muertos, incontables y anónimos muertos, de quienes no escribo nada. Hay fallecidos ilustres de quienes tampoco me ocupo. Pero hay vivos distantes que forman parte de tu vida. Cuando mueren, es irremediable que te acuerdes de ti mismo. Eso me sucede con Michael Jackson. Cada pose o cada excentricidad te son familiares. Cada logro, aquel logro, te devuelve a 1982.
Yo estaba acabando la mili en Sevilla y pernoctaba en un piso que habíamos alquilado varios soldados. Era hacia el final del servicio y nuestras relaciones se habían enfriado mucho. Prácticamente, cada uno de nosotros hacía vida independiente en su habitación, sin intercambiar palabra con su vecino más cercano. El inmueble, de principios del siglo XX, era enorme, con unas viviendas grandes, señoriales, de techos altísimos. En nuestro piso, las habitaciones eran desproporcionadas, aunque –eso sí– contábamos con una cocina increíblemente pequeña que casi no empleábamos. En cada cuarto, uno podía hacer la vida completa. Tenías tus libros, reunías unos pocos cassettes y disponías de lo necesario: las cosas de aseo, detergente, Mimosín, algo de comida y un transistor. Con la radio estabas permanentemente enchufado. Era nuestra conexión exterior.
Una de aquellas últimas tardes de diciembre de 1982, en un programa musical, escuché Thriller. Estaba producido por Quincy Jones. Yo ya conocía a Michael Jackson, principalmente por la serie televisiva que protagonizaban los Jackson Five y por los discos que los habían lanzado al estrellato. Pero, ah amigos, en 1982 estaba asistiendo al estreno radiofónico de aquel Long Play. Quedé muy impresionado. Siempre me habían gustado la música funky, los ritmos discotequeros y el pop, tan denostado por los rockeros puros y por los cantautores. Pero ese aprecio me lo reservaba para mí: lo padecía en silencio, con algo de vergüenza y de reparo, pues revelaba al tipo ordinario que yo era. Nada sofisticado.
Me fue imposible no quedar trastornado por el Thriller, de Michael Jackson. Te sacudía el cuerpo, obligándote a seguir sus ritmos poperos, a contonearte. Con increíble torpeza por mi parte, claro. Cuando regresé a Valencia, en 1983, su videoclip me impresionó aún más. En las discotecas que frecuenté (no diré con quién) se hacía el silencio cuando empezaba a sonar, pero sobre todo cuando empezaban a emitirse las primeras imágenes de aquella historia filmada por John Landis. Dejábamos de bailar: con aire reverencial nos disponíamos a ver una y otra vez aquel clip que iba a cambiar la historia de la música popular. No exagero ni un ápice. El género no lo inventó Jackson, desde luego. Pero fue a partir de su Thriller cuando se impuso el videoclip como recurso de creación y difusión, como reclamo, como arte de la composición.
La voz, los fraseos y la risa sardónica de Vincent Price, los zombis que recuerda Isabel Zarzuela, la historia de amor imposible, las tumbas humeantes de las que salían muertos vivientes envueltos en harapos. Michael Jackson capitaneaba la coreografía de aquellos zombis, ejecutando unos pasos que luego han sido imitados hasta la saciedad, como descoyuntados y deslizantes, inspirados en el baile callejero de los negros. ¿Recuerdan aquellos radiocassettes gigantescos? Ser portador de un aparato de estas medidas daba prestigio a su dueño. De sus entrañas salían músicas de baile, pero sobre todo salían los sones de Thriller.
Repaso las caras de los zombis y rememoro aquella risa final e inmediatamente recuerdo algunas de sus referencias. Por supuesto, La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, y las versiones cinematográficas de Edgar Allan Poe protagonizadas por Vincent Price.
Michael Jacson acaba de morir con cincuenta años. Yo estoy a punto de cumplirlos. Hace un par de temporadas, mis hijos me obsequiaron con el CD conmemorativo de Thriller, una nueva edición de lujo. ¿Su título? Thriller 25. Lleva como subtítulo la siguiente leyenda: The World’s Biggest Selling Album of All Time. Y, sin duda, lo es.
Es el mismo disco, pero no lo es. En principio, a Michael Jackson no lo vemos pálido, en su último estado (según nos recuerda Juan Planas). Lo vemos rotundamente negro: en la contracubierta se reproduce la portada original, en la que, si se fijan, ya estaba fuertemente iluminado, con un traje blanco que parecía desvanecerse. Mi primer Thriller lo adquirí como cassette. Si no me equivoco, era algo más económico que el vinilo. Tenía, además, la ventaja de ser verdaderamente portátil: te lo podías llevar en tu radiocassette más chiquito. Pero la cinta tenía la desventaja de su corta y pésima duración. Tras haberlo escuchado cientos o miles de veces, no sé, mis canciones tenían sonidos extraños y opacos, resonancias imprevistas que se añadían a los aullidos de los zombis, por ejemplo. Thriller 25 tiene los cortes originales y otras nuevas versiones para justificar su precio verdaderamente lujoso.
Pero tiene, además, una seria advertencia: «Contains moderate horror«. Y el anónimo redactor añade: «Suitable only for persons of 15 years and over. Not to be supplied to any person below that age«. ¡Ah, la corrección política! En efecto, el DVD que completa la carpeta o disco-libro tiene las imágenes de aquel videoclip y, sin duda, nuestros jovencitos impresionables pueden quedar seriamente acongojados por la coreografía de aquellos muertos. Como le pasó a Isabel Zarzuela. Pero ahora imaginen, imaginen que nos ponemos ordenancistas y prohibimos esas imágenes a los muchachos menores de 15 años: ¿llegarán algún día a amar las películas de zombis?
Dejémonos de bobadas y regresemos al muerto real. Michael Jackson ha fallecido y yo siento más cerca el aliento de la Parca. Pobre Michael. En los próximos días voy a revivirlo, a recrearlo, a exhumarlo, escuchando sus animosas canciones, sus viejas canciones, algunas de las cuales me seguirán acompañando hasta el final de mis días.

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