23 de julio. El 24 de julio de 1969, los tres astronautas que habían partido en el Apolo XI amerizan en aguas del Océano Pacífico. Son las 18:50 horas. Con ello se pone fin a la misión. Yo me adelanto una jornada. Hoy mismo voy a poner fin a esta misión en mi semana lunar: y lo haré con la conferencia que he de impartir a las 17:30 horas en la Universitat d’Estiu de Gandia. Tras la charla vuelvo a casa, no sin antes recordar los sentimientos que Antonio Muñoz Molina enuncia en El viento de la Luna. El pasaje esta expresado en segunda persona, con una deliberada mezcla de voces y de circunstancias: las del muchacho que observa y hace propio el viaje espacial y las del astronauta que ha de retornar a la Tierra y sobre las que el narrador fantasea.
En realidad esas impresiones o esas emociones corresponden al 21 de julio, poco antes del despegue del Eagle, es decir, cuando el módulo lunar de Neil Armstrong y Buzz Aldrin ha de emprender el regreso para acoplarse al módulo de mando, en que les espera Michael Collins. La novela ya no detalla el ingreso en la órbita terrestre ni el amerizaje. La imaginación del retorno es un espacio vacío, está fuera de campo. Ha de añadirla el lector…
«Te preguntas si funcionará el motor de despegue, que no ha sido puesto a prueba nunca, y que lanzará verticalmente hacia el espacio la parte superior de la nave Eagle, dejando atrás la plataforma ya inútil del aterrizaje, sostenida por las cuatro patas metálicas, articuladas como las de un cangrejo o un insecto. El extraño cuerpo poliédrico ascenderá hasta una altura de cien kilómetros para encontrarse en su órbita solitaria al módulo de mando, al que deberá de nuevo ajustarse en una maniobra exacta, después de un cortejo silencioso que no deberá durar más de unos pocos minutos. Imaginas la cara pálida y sin afeitar, la mirada del compañero que ha permanecido solo durante una eternidad de veintiuna horas, dando vueltas alrededor de la Luna, hundiéndose cada setenta y dos minutos en el abismo de oscuridad de la cara oculta. Pero lo que imaginas o sueñas más vívidamente es el despegue, asomado a una de las ventanillas, el polvo que al disiparse revela lo que se va quedando muy abajo y muy lejos, la llanura en el Mar de la Tranquilidad, la plataforma metálica herida por la luaz solar, las pisadas, la bandera rígida, los instrumentos, todo inmovilizado para siempre…»
Para siempre.
22 de julio. Pese a estar aún en el espacio exterior, publico un artículo en El País. Las maravillas de las comunicaciones permiten estas cosas. De todos modos, abandono la Luna, emprendiendo un regreso a la realidad terrestre y pedestre, cosa que aún me llevará algunos días. Esta columna que aparece hoy, 22 de julio de 2009, es mi colaboración fija en dicho periódico y la he escrito jovialmente, reprimiendo la carcajada y conteniendo la palabra. Veo el final de la temporada: con la misión cumplida. En cierta fase de este curso ha habido algún momento de riesgo, de despresurización. Ahora ya atisbo -ya- el principio de las vacaciones. Antes deberé pasar por la cuarentena: ese plazo de adaptación y examen que permite comprobar el estado actual de mi persona.
El artículo lo he titulado «El bolso» y comienza así: «Pienso en Rita Barberá e inmediatamente conjeturo sobre sus bolsos: sobre el continente y sobre el contenido. Qué quieren, la actualidad aprieta y apremia. Por ahora me atendré al contenido. Veo el saquito de la alcaldesa, ese accesorio costoso y superferolítico, a juego con su rojo pasión, y me pregunto qué hay, qué puede haber en su fondo«. ¿El fondo de la realidad?
Jueves, 23 de julio. Se acerca el día. Pronto acabará la misión: he de hablar en la Universitat d’Estiu de Gandia y salvo el artículo dedicado a Rita Barberá todo lo que he leído y he escrito en los últimos días tiene que ver con este viaje al fondo de la Luna, con la ciencia-ficción y el porvenir imaginario, con la memoria de lo pasado y de lo fantaseado.
21 de julio. Gracias a la misión del Apolo VIII (1968), tenemos «una de las imágenes más impresionantes de la era espacial: la Tierra desde la Luna», leo en la página 64 de La carrera espacial (2009), de Ricardo Artola. «Esa esfera azul y marrón, rodeada de nubes y perdida en la inmensidad oscura del espacio, era algo que probablemente no había previsto ninguno de los que pensaron en mandar un hombre a nuestro satélite», añade.
«Y, sin embargo, aquella visión que fotografiaron los astronautas del Apollo 8 cambió nuestra concepción del mundo al mostrar la fragilidad de la Tierra. Se ha dicho que aquella fotografía está en el origen de la toma de conciencia ecológica de la humanidad», concluye.
Sin duda, esa imagen ha sido muy influyente en el movimiento ambientalista, pero también ha sido la fuente de numerosas predicciones, de previsiones sobre el porvenir: suposiciones conjeturas de porvenires posibles o probables. La misión Apolo XI multiplicó el número y la índole de esas predicciones, algunas verdaderamente imaginativas, que el tiempo ha desmentido punto por punto. Desde los años sesenta nos intoxicamos con futuros venideros y mecánicos, con una humanidad patética o reconciliada, robotizada y computerizada, con viajes intergalácticos de ida y vuelta.
En El viento de la Luna, Antonio Muñoz Molina detalla algunas de esas previsiones fantasiosas sobre la Tierra, sobre la Luna, sobre el espacio exterior. Y lo hace con rara poesía: con la ironía y la ternura que provocan los errores humanos, con la piedad que despiertan los vaticinios empeñosos. El narrador cuenta lo que él espera del porvenir y lo que otros le han dicho que debe esperar o desear o temer. Sin duda, es una mezcla de lo factible y de anhelado, de lo verificable y de lo fantasioso.
«En el año 2000 los computadores y los robots harán todos los trabajos fatigosos o mecánicos, conducirán los coches y los aviones, barrerán y fregarán las casas, cultivarán la tierra. «Algún días las máquinas dominarán el mundo», dijo un día en casa mi tío Carlos, con aplomo de experto, porque al fin y al cabo tiene una tienda de electrodomésticos. Lo dijo también con cierto sarcasmo, porque mi abuelo acababa de llegra con la noticia asombrosa de que en algunas tabernas y cafés de Mágina iba a instalarse máquinas expendedoras de tabaco y de bolsas de pipas de girasol (…). Algún día las máquinas dominarán el mundo y habrá coches voladores y viajes turísticos al planeta Marte, pero por ahora mi abuelo disfruta saliendo a los caminos montando en su burra…», dice el narrador.
En la imaginación febril de tantos jóvenes de entonces, de 1969, el mundo será distinto en 1984, en 1999 o en el 2000, fechas que producen vértigo e inverosimilitud. «Habrá estaciones espaciales permanentes y vuelos regulares a la Luna y probablemente a Marte. Naves robots habrán traspasado la densa atmósfera venenosa de Venus y establecidos bases de observación permanentes en alguna de las lunas de Júpiter», aventura. Todo parece confirmar ese porvenir de vuelos intergalácticos: ningún muchacho de entonces estaba dispuesto a creer en el fin de la carrera espacial o, al menos, en el declive de aquel sueño. Julio Verne o H. G. Wells han nutrido esas fantasías, como también los films de ciencia-ficción y las series televisivas: en las páginas de Muñoz Molina, la aeronáutica es ya un logro cotidiano y contrasta cómicamente con las faenas del hortelano.
20 de julio. Ya está, ya hemos llegado. Hoy es el gran día. Cuarenta años atrás, el módulo lunar Eagle emprende la aproximación. La Luna no es sólo algo que se contempla, sino un terreno sobre el que depositarse. El capitán es Neil Armstrong. Buzz Aldrin le acompaña en esa aventura que a tantos nos cautiva. Hay distintas fotografías de Aldrin, algunas tomadas cuando Armstrong ya pisa la superficie lunar. Son simples y bellas. Expresan lo obvio, lo límpido y lo polvoriento, lo metálico y lo plástico, lo humano y lo mecánico. Nos sorprende casi todo, pero lo que aún nos fascina es la sombra, las sombras que se proyectan sobre esa superficie. Nos inquieta también el color, esos brillos cenicientos y marrones en los que se refleja la luz.
Hay unas páginas de El viento de la Luna en las que Antonio Muñoz Molina rehace admirablemente los sentimientos, las emociones del actor y del espectador, las fantasías de quien se dispone a pisar el satélite y de quien asiste al espectáculo televisivo. O sea: todos nosotros.
«Los sensores adheridos con esparadrapos a la piel registran los latidos del corazón, la presión sanguínea, el grado en el que se dilatan y contraen los pulmones, pero no esa mirada, ni tampoco el vértigo ligero del descenso gradual en cada peldaño, ni la sensación de que no soy yo quien está viendo lo que ven mis ojos, de que no estoy del todo despierto aunque esté menos dormido que nunca en mi vida. Ahora el pie derecho baja y no encuentra nada, se mueve en el vacío, en la distancia que separa el último peldaño de la superficie de la Luna. Este último impulso para saltar hacia abajo da casi tanto miedo como el primer salto en un paracaídas, como esos segundos de pánico y caída libre en los que el paracaídas no se ha abierto y no parece que exista ninguna posibilidad de que vaya a abrirse. Cierra los ojos, respira hondo el oxígeno puro con olor a plástico que te embriaga ligeramente el cerebro, que dispara a una velocidad inusitada las conexiones neuronales. Salta como un buzo en el fondo del mar, sobre la arena removida, como un simio, muévete ingrávido y acompañado por el retumbar de un latido próximo como un feto flotando en el líquido amniótico. Esas pisadas que descubres en un instante de aturdimiento sobre el polvo lunar son las que tú has dejado ahora mismo: esa luz de cine en blanco y negro y ese silencio de película muda son los que has visto en los sueños. Al cabo de unos segundos, cuando la pupila se ajusta a la claridad excesiva, la superficie de la Luna adquiere un tono casi rosa pálido, casi pardo, que se acentúa según el sol está más alto. Ni en la memoria consciente ni en los sueños rescatarás nunca los matices exactos de la luz en las rocas lunares, y cada fotografía que mires será una decepción…»
19 de julio. Estoy en 1969. Tengo diez años. Sigo la trayectoria del Apolo XI con la expectativa y la fantasía que los libros, la radio y la televisión me han provocado. Me excita ese vuelo, pero me admiran también los científicos que desde Houston controlan la misión…
Escribo ahora Apolo XI y creo cometer un error: he puesto un número romano. Pero no, inmediatamente reparo: entonces yo lo escribía así, Apolo XI, justo cuando seguía las crónicas de Jesús Hermida en televisión, cuando miraba las portadas de los periódicos en los kioscos o cuando escuchaba el relato de Cirilo Rodríguez –entusiasta, fervoroso y gritón– en la radio, la Radio Nacional de España.
Ahora, nuestros periódicos y libros rotulan de otro modo: Apollo 11. Ya no somos distintos, ni debemos traducir las cosas: las expresiones son universales. Pero entonces, cuando faltaban pocas horas para que se cumpliera el alunizaje, el mundo era una suma de espacios particulares: sólo de cuando en cuando se emitían noticias globales en tiempo real. La transmisión en directo de esta misión espacial fue un hito -se dice-, un hito de la televisión. Los adelantos llegaban a una España aún pobretona, sometida a la dictadura inacabable del franquismo. Esas novedades cambiaban el orden cotidiano y alteraban la percepción moral de las cosas.
La técnica nos hacía soñar con un futuro fascinante, con un porvenir hecho de materiales plásticos: embutidos en escafandras habitaríamos en un mundo irrespirable, un mundo metálico en el que regirían el poder de las computadoras y el dominio de los satélites. Pero esa ciencia aplicada también trastornaba un presente de carencias y de pesadillas recientes, las de la guerra y la posguerra. El viento de la Luna es una enumeración emocional de adelantos o, más bien, de atrasos, la demora con que se difundían en la España rural las novedades del siglo: el agua corriente o la ducha diaria, el teléfono o el cine. Todo tardaba en llegar y lo que los medios nos mostraban era aún inaccesible o escaso.
Con lupa de varios aumentos, Antonio Muñoz Molina examina esos restos que entonces nos maravillaban. Todo puede ser visto con microscopios, con lentes, con cámaras, con objetivos, con telescopios; todo puede ser visto en pantallas de pocas pulgadas. Los monitores de que disponían los ingenieros del control de la misión permitían observar o adivinar el tránsito de la nave. El computador funcionaba con precisión admirable y la televisión nos llevaba a ese mundo espacial y especial: todo podía ser registrado, retransmitido, exhibido. O eso creíamos.
18 de julio. Leo un pasaje de El viento de la Luna. Es sencillo, bienhumorado, escrito con la ternura y la ironía del recuerdo: un extracto en el que se aúnan el mundo obvio, lógico, de los mayores y la insensatez espacial del adolescente que todavía no se ha rebelado. «Sólo recuerdo la emoción de las cosas», dice Antonio Machado.
Esa cita encabeza el libro de Antonio Muñoz Molina. Es un exergo que define perfectamente la lectura que el autor propone para su novela, para esta autoficción. La emoción de las cosas. Los objetos no son la pura materialidad, sino sobre todo la evocación emocional, el impacto que las cosas nos causan o nos causaron. Lo que llamamos memoria es la rememoración de lo que nos conmociona, por pequeño que sea, y de lo que nos ata arbitrariamente, lo que nos enreda con hechos y fantasías. Individuales y colectivas.
La cita de Machado figura debajo de la dedicatoria. La primera de ellas dice así: «In memoriam Francisco Muñoz Valenzuela». El libro es, en efecto, una inspección sobre el padre, sobre el mundo del padre, esa España de 1969: rural, cotidiana y previsible, la España de la que el hijo querrá escapar, emprendiendo un viaje tan temerario y distante como el de los astronautas. De momento, no hay escapatoria y la Luna aún está lejos. El adulto que narra lo hace recordando justamente la emoción de las cosas, reproduciendo los sentimientos del joven que no ha olvidado y que nutrió su imaginación con el trayecto improbable del Apolo 11.
«Mi padre no ha ido hoy al mercado a vender aunque es viernes, porque es la fiesta nacional, el 18 de julio. Me ha despertado cuando aún era de noche, cuando nadie estaba despierto todavía en la casa, ni siquiera mi madre. Yo me había dormido muy tarde, escuchando en la radio la última crónica del corresponsal desde Cabo Kennedy, y al principio me tambaleaba de sueño y se me cerraban los ojos. Hemos salido a la plaza de San Lorenzo y el cielo empezaba a volverse azul oscuro sobre las copas de los álamos, donde aún no piaban los pájaros. Todavía estaban encendidas las bombillas de las esquinas y se filtraba un hilo de luz amarilla entre los postigos de la habitación en la que agoniza Baltasar. Mi padre baja por las calles empinadas hacia el camino de las huertas montado en el mulo, y yo, medio dormido, le sigo sobre la burra de mi abuelo, que también se queja al soportar mi peso liviano, como un sirviente marrullero y gandul. La luna en cuarto creciente palidece en el cielo del valle, donde aún es visible Venus.
–La estrella de la mañana –dice mi padre, con el ánimo despejado y jovial que le produce el madrugón, la cabalgata demorada hacia el campo.
–No es una estrella, sino un planeta.
–¿Y cuál es la diferencia?
–Que una estrella tiene luz propia, y un planeta refleja la del Sol, igual que la Tierra.
–¿Y en ese planeta hay gente, igual que aquí, y madrugan, y van al campo, y comen, y hacen de todo, como nosotros?
–El cielo está siempre cubierto de nubes y hace muchísimo calor, más de cuatrocientos grados, y la atmósfera está llena de gases venenosos –leo tan fervorosamente las enciclopedias de Astronomía de la biblioteca pública que los datos más peregrinos se me adhieren sin ningún esfuerzo a la memoria–. Si hay alguna forma de vida no se parecerá nada a las de la Tierra.
–Pues si vive alguien seguro que quiere venirse aquí, a disfrutar de este fresquito…»
17 de julio. Sigue la cuenta atrás: o el tiempo invertido e imaginado. Cuando uno lee placenteramente una novela, cuando uno se adentra en sus páginas con gusto o con arrebato, la impresión es la de estar cubriendo un trayecto. Estamos avanzando, sin saber muy bien adónde nos llevará esa historia, hacia un pasado rehecho, hacia un presente imaginado o hacia un futuro conjeturado. Estamos siendo transportados gracias al ingenio del autor y a los dispositivos que ha ideado para hacernos partícipes de un sueño. Podemos cumplir ese tránsito con éxito. O podemos precipitarnos al vacío. En este caso de nada habrá servido la combustión inicial que nos ha propulsado. Sólo quedará una inútil estela de fuego. No es metáfora. Son la quemazón o el disgusto que sentimos tras un fracaso que no sabemos si es personal.
Con las novelas de Antonio Muñoz Molina, leídas y releídas muchas veces, siempre experimento un placer extraño. Me cuenta lo que yo siento, lo que jamás seré capaz de escribir. El goce es ambivalente, pues. Me conduce vicariamente a lo que experimenté o aún experimento. Por eso, cada cierto tiempo, de Muñoz Molina debo alejarme para no confundir mis vivencias con las que él relata.
Para mayor paradoja fue mi padre quien me introdujo en sus novelas, quien me las recomendó cuando yo aún las miraba con desinterés. De eso hace quince años. Transcurre el tiempo y poco antes de morir, poco antes de emprender su último viaje, mi padre me confiesa algo: el placer tan grande que había sentido el día en que el novelista tuvo la gentileza de obsequiarle con un ejemplar de El jinete polaco, la nueva edición con una dedicatoria autógrafa y cariñosa. Su último viaje…
Antonio Muñoz Molina sabe conducirnos al espacio que él imagina. Es diestro en estos artificios: El viento de la Luna es un periplo espacio-temporal hacia un pretérito imperfecto, el de 1969, el de una posguerra en la que sobrevivían españoles para los que 1939 era aún una fecha cercana. Pero 1969 era también un mundo que se abría con un esplendor tecnológico de plásticos y computadoras, en contraste con el arcaísmo y la repetición agraria. Eso también está en su novela.
A esa España llegaban turistas y antropólogos, dispuestos a examinar el tipismo, lo pintoresco, las bellezas naturales, lo que nos diferenciaba. Pero en dicha tierra ya vivían jóvenes desorientados y levantiscos -airados, claro-, gentes que querían aventurarse, gentes que a la vez se querían ajenas a la guerra y a la posguerra de sus mayores. La España cíclica, ese país de todos los demonios, quedaba alterada por la televisión, por la radio, por la comunicación mundial.
El 17 de julio de 1969 el cohete Saturno V ya ha comenzado a surcar el espacio, transportando a tres astronautas que no alcanzan los cuarenta años. Son jóvenes norteamericanos que han emprendido un viaje a la Luna -tantas veces anticipado por la literatura y el cine-, tres estadounidenses que confirman lo que todo el mundo sospechaba: que, como había dicho John F. Kennedy en 1961, Norteamérica ganaría la carrera espacial. Antes de que acabe la década -sostuvo-, América habrá puesto al primer hombre en la Luna.
La misión del Apolo 11 corroboraba ese vaticinio, un reto típico de la Guerra Fría, un acicate para la imaginación juvenil. En la televisión y en la radio españolas, Jesús Hermida y Cirilo Rodríguez relataron aquella gesta, obligándonos a trasnochar, como bien recuerda Juan Planas. Numerosos muchachitos de entonces quedamos impresionados por la poesía de aquellas imágenes torpes, lentas: adiós a la gravitación, adiós al pasado, adiós al peso muerto de la Guerra, nos decíamos frente al padre.
La novela de Antonio Muñoz Molina transcurre a lo largo de ese viaje de varios días. Comienza el 16 de julio y lo que nos relata acaece en jornadas inmediatamente posteriores. Transcurre en Mágina, ciudad imaginada por el autor para algunas de sus novelas, y lo que nos detalla es una suma de hechos locales y de gestas espaciales, tipismos de aquella España digna, miedosa y raquítica, y fantasías de la Norteamérica que inventa un futuro, que predice un mundo gobernado por los robots y las computadoras.
Toda la novela está enunciada en primera persona por un muchacho que entonces tiene trece años, un narrador que lo cuenta muchos años después haciendo suyos los sentimientos de entonces. Toda la obra transcurre así salvo cuando una segunda persona del singular irrumpe para precisar circunstancias o expectativas del astronauta o del joven que también hace suyos los temores y el éxtasis del viajero espacial. Un éxtasis, en efecto.
16 de julio. Comienza la cuenta atrás. Voy a pasar una semana pensando en la Luna. Así como suena. Insisto: antes de marcharme de vacaciones, voy a estar orbitando. O en otros términos: daré vueltas al satélite. ¿Por qué razón?
El jueves día 23 de julio, en el seminario que dirige Alfons Cervera en la Universitat d’Estiu de Gandia, hablo de Historia, memoria y novela. Cervera organiza estas jornadas sobre un tema muy relevante: «Memòria i coneixement: de què parlem quan parlem de memòria histórica». Curioso título, que es un homenaje a Raymond Carver. Curioso título, muy parecido a otro que se me ocurrió tiempo atrás para abordar un asunto semejante.
En el seminario de Cervera intervendrá Francisco Fuster: supongo que tratará de Pío Baroja. Yo, por mi parte, hablaré de conceptos generales: de la historia, de la memoria, de la novela. Pero a la vez concretaré mi intervención analizando un ejemplo próximo: el de Antonio Muñoz Molina y, en particular, el de su obra El viento de la Luna (2006). ¿Cómo recrea el novelista su experiencia, que me resulta tan cercana?
Regresemos a 1969, que es el tiempo en que sucede la acción. La acción de la historia narrada, quiero decir. También es el momento en que se desarrolla la experiencia básica de Beatus ille (1986), su primera novela (que ya analicé en Pasados ejemplares). ¿Qué ocurre en 1969, que tanto impresiona a Muñoz Molina? He leído El viento de la Luna tres o cuatro veces, no sé. Y lo he hecho para mi disfrute pero también como historiador. ¿Cómo historiador? ¿Qué puedo hallar en una obra de ficción?
Hace cuarenta años, también un 16 de julio como hoy, los astronautas Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins eran trasladados a una nave espacial. Empezaba la última fase de la misión Apolo 11.

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