Estoy en la Luna

Amerizaje23 de julio. El 24 de julio de 1969, los tres astronautas que habían partido en el Apolo XI amerizan en aguas del Océano Pacífico. Son las 18:50 horas. Con ello se pone fin a la misión. Yo me adelanto una jornada. Hoy mismo voy a poner fin a esta misión en mi semana lunar: y lo haré con la conferencia que he de impartir a las 17:30 horas en la Universitat d’Estiu de Gandia. Tras la charla vuelvo a casa, no sin antes recordar los sentimientos que Antonio Muñoz Molina enuncia en El viento de la Luna. El pasaje esta expresado en segunda persona, con una deliberada mezcla de voces y de circunstancias: las del muchacho que observa y hace propio el viaje espacial y las del astronauta que ha de retornar a la Tierra y sobre las que el narrador fantasea.

En realidad esas impresiones o esas emociones corresponden al 21 de julio, poco antes del despegue del Eagle, es decir, cuando el módulo lunar de Neil Armstrong y Buzz Aldrin ha de emprender el regreso para acoplarse al módulo de mando, en que les espera Michael Collins. La novela ya no detalla el ingreso en la órbita terrestre ni el amerizaje. La imaginación del retorno es un espacio vacío, está fuera de campo. Ha de añadirla el lector…

“Te preguntas si funcionará el motor de despegue, que no ha sido puesto a prueba nunca, y que lanzará verticalmente hacia el espacio la parte superior de la nave Eagle, dejando atrás la plataforma ya inútil del aterrizaje, sostenida por las cuatro patas metálicas, articuladas como las de un cangrejo o un insecto.  El extraño cuerpo poliédrico ascenderá hasta una altura de cien kilómetros para encontrarse en su órbita solitaria al módulo de mando, al que deberá de nuevo ajustarse en una maniobra exacta, después de un cortejo silencioso que no deberá durar más de unos pocos minutos. Imaginas la cara pálida y sin afeitar, la mirada del compañero que ha permanecido solo durante una eternidad de veintiuna horas, dando vueltas alrededor de la Luna, hundiéndose cada setenta y dos minutos en el abismo de oscuridad de la cara oculta. Pero lo que imaginas o sueñas más vívidamente es el despegue, asomado a una de las ventanillas, el polvo que al disiparse revela lo que se va quedando muy abajo y muy lejos, la llanura en el Mar de la Tranquilidad, la plataforma metálica herida por la luaz solar, las pisadas, la bandera rígida, los instrumentos, todo inmovilizado para siempre…”

Para siempre. 

bolso1 22 de julio. Pese a estar aún en el espacio exterior, publico un artículo en El País. Las maravillas de las comunicaciones permiten estas cosas. De todos modos, abandono la Luna, emprendiendo un regreso a la realidad terrestre y pedestre, cosa que aún me llevará algunos días.  Esta columna que aparece hoy, 22 de julio de 2009, es mi colaboración fija en dicho periódico y la he escrito jovialmente, reprimiendo la carcajada y conteniendo la palabra. Veo el final de la temporada: con la misión cumplida. En cierta fase de este curso ha habido algún momento de riesgo, de despresurización. Ahora ya atisbo -ya- el principio de las vacaciones. Antes deberé pasar por la cuarentena: ese plazo de adaptación y examen que permite comprobar el estado actual de mi persona.

El artículo lo he titulado “El bolso” y comienza así: “Pienso en Rita Barberá e inmediatamente conjeturo sobre sus bolsos: sobre el continente y sobre el contenido. Qué quieren, la actualidad aprieta y apremia. Por ahora me atendré al contenido. Veo el saquito de la alcaldesa, ese accesorio costoso y superferolítico, a juego con su rojo pasión, y me pregunto qué hay, qué puede haber en su fondo“.  ¿El fondo de la realidad?

Jueves, 23 de julio. Se acerca el día. Pronto acabará la misión: he de hablar en la Universitat d’Estiu de Gandia y salvo el artículo dedicado a Rita Barberá todo lo que he leído y he escrito en los últimos días tiene que ver con este viaje al fondo de la Luna, con la ciencia-ficción y el porvenir imaginario, con la memoria de lo pasado y de lo fantaseado. 

Tierra21 de julio. Gracias  a la misión del Apolo VIII (1968), tenemos “una de las imágenes más impresionantes de la era espacial: la Tierra desde la Luna”, leo en la página 64 de La carrera espacial (2009), de Ricardo Artola. “Esa esfera azul y marrón, rodeada de nubes y perdida en la inmensidad oscura del espacio, era algo que probablemente no había previsto ninguno de los que pensaron en mandar un hombre a nuestro satélite”, añade.

“Y, sin embargo, aquella visión que fotografiaron los astronautas del Apollo 8 cambió nuestra concepción del mundo al mostrar la fragilidad de la Tierra. Se ha dicho que aquella fotografía está en el origen de la toma de conciencia ecológica de la humanidad”, concluye.

Sin duda, esa imagen ha sido muy influyente en el movimiento ambientalista, pero también ha sido la fuente de numerosas predicciones, de previsiones sobre el porvenir: suposiciones  conjeturas de porvenires posibles o probables. La misión Apolo XI multiplicó el número y la índole de esas predicciones, algunas verdaderamente imaginativas, que el tiempo ha desmentido punto por punto. Desde los años sesenta nos intoxicamos con futuros venideros y mecánicos, con una humanidad patética o reconciliada, robotizada y computerizada, con viajes intergalácticos de ida y vuelta.

En El viento de la LunaAntonio Muñoz Molina detalla algunas de esas previsiones fantasiosas sobre la Tierra, sobre la Luna, sobre el espacio exterior. Y lo hace con rara poesía: con la ironía y la ternura que provocan los errores humanos, con la piedad que despiertan los vaticinios empeñosos. El narrador cuenta lo que él espera del porvenir y lo que otros le han dicho que debe esperar o desear o temer. Sin duda, es una mezcla de lo factible y de anhelado, de lo verificable y de lo fantasioso. 

“En el año 2000 los computadores y los robots harán todos los trabajos fatigosos o mecánicos, conducirán los coches y los aviones, barrerán y fregarán las casas, cultivarán la tierra. «Algún días las máquinas dominarán el mundo», dijo un día en casa mi tío Carlos, con aplomo de experto, porque al fin y al cabo tiene una tienda de electrodomésticos. Lo dijo también con cierto sarcasmo, porque mi abuelo acababa de llegra con la noticia asombrosa de que en algunas tabernas y cafés de Mágina iba a instalarse máquinas expendedoras de tabaco y de bolsas de pipas de girasol (…). Algún día las máquinas dominarán el mundo y habrá coches voladores y viajes turísticos al planeta Marte, pero por ahora mi abuelo disfruta saliendo a los caminos montando en su burra…”, dice el narrador.

En la imaginación febril de tantos jóvenes de entonces, de 1969, el mundo será distinto en 1984, en 1999 o en el 2000, fechas que producen vértigo e inverosimilitud. “Habrá estaciones espaciales permanentes y vuelos regulares a la Luna y probablemente a Marte. Naves robots habrán traspasado la densa atmósfera venenosa de Venus y establecidos bases de observación permanentes en alguna de las lunas de Júpiter”, aventura. Todo parece confirmar ese porvenir de vuelos intergalácticos: ningún muchacho de entonces estaba dispuesto a creer en el fin de la carrera espacial o, al menos, en el declive de aquel sueño. Julio Verne o H. G. Wells han nutrido esas fantasías, como también los films de ciencia-ficción y las series televisivas: en las páginas de Muñoz Molina, la aeronáutica es ya un logro cotidiano y contrasta cómicamente con las faenas del hortelano.

 

Aldrin20 de julio. Ya está, ya hemos llegado. Hoy es el gran día. Cuarenta años atrás, el módulo lunar Eagle emprende la aproximación. La Luna no es sólo algo que se contempla, sino un terreno sobre el que depositarse. El capitán es Neil Armstrong. Buzz Aldrin le acompaña en esa aventura que a tantos nos cautiva. Hay distintas fotografías de Aldrin, algunas tomadas cuando Armstrong ya pisa la superficie lunar. Son simples y bellas. Expresan lo obvio, lo límpido y lo polvoriento, lo metálico y lo plástico, lo humano y lo mecánico. Nos sorprende casi todo, pero lo que aún nos fascina es la sombra, las sombras que se proyectan sobre esa superficie.  Nos inquieta también el color, esos brillos cenicientos y marrones en los que se refleja la luz.

Hay unas páginas de El viento de la Luna en las que Antonio Muñoz Molina rehace admirablemente los sentimientos, las emociones del actor y del espectador, las fantasías de quien se dispone a pisar el satélite y de quien asiste al espectáculo televisivo. O sea: todos nosotros.

“Los sensores adheridos con esparadrapos a la piel registran los latidos del corazón, la presión sanguínea, el grado en el que se dilatan y contraen los pulmones, pero no esa mirada, ni tampoco el vértigo ligero del descenso gradual en cada peldaño, ni  la sensación de que no soy yo quien está viendo lo que ven mis ojos, de que no estoy del todo despierto aunque esté menos dormido que nunca en mi vida. Ahora el pie derecho baja y no encuentra nada, se mueve en el vacío, en la distancia que separa el último peldaño de la superficie de la Luna. Este último impulso para saltar hacia abajo da casi tanto miedo como el primer salto en un paracaídas, como esos segundos de pánico y caída libre en los que el paracaídas no se ha abierto y no parece que exista ninguna posibilidad de que vaya a abrirse. Cierra los ojos, respira hondo el oxígeno puro con olor a plástico que te embriaga ligeramente el cerebro, que dispara a una velocidad inusitada las conexiones neuronales. Salta como un buzo en el fondo del mar, sobre la arena removida, como un simio, muévete ingrávido y acompañado por el retumbar de un latido próximo como un feto flotando en el líquido amniótico. Esas pisadas que descubres en un instante de aturdimiento sobre el polvo lunar son las que tú has dejado ahora mismo: esa luz de cine en blanco y negro y ese silencio de película muda son los que has visto en los sueños. Al cabo de unos segundos, cuando la pupila se ajusta a la claridad excesiva, la superficie de la Luna adquiere un tono casi rosa pálido, casi pardo, que se acentúa según el sol está más alto. Ni en la memoria consciente ni en los sueños rescatarás nunca los matices exactos de la luz en las rocas lunares, y cada fotografía que mires será una decepción…”

missioncontrol19 de julio. Estoy en 1969. Tengo diez años. Sigo la trayectoria del Apolo XI con la expectativa y la fantasía que los libros, la radio y  la televisión me han provocado. Me excita ese vuelo, pero me admiran también los científicos que desde Houston controlan la misión…

Escribo ahora Apolo XI y creo cometer un error: he puesto un número romano. Pero no, inmediatamente reparo: entonces yo lo escribía así, Apolo XI, justo cuando  seguía  las crónicas de Jesús Hermida en televisión, cuando miraba las portadas de los periódicos en los kioscos o cuando escuchaba el relato de Cirilo Rodríguez –entusiasta, fervoroso y gritón– en la radio, la Radio Nacional de España.

Ahora, nuestros periódicos y libros rotulan de otro modo: Apollo 11. Ya no somos distintos, ni debemos traducir las cosas: las expresiones son universales. Pero entonces, cuando faltaban pocas horas para que se cumpliera el alunizaje,  el mundo era una suma de espacios particulares: sólo de cuando en cuando se emitían noticias globales en tiempo real. La transmisión en directo de esta misión espacial fue un hito -se dice-, un hito de la televisión. Los adelantos llegaban a una España aún pobretona, sometida a la dictadura inacabable del franquismo. Esas novedades cambiaban el orden cotidiano y alteraban la percepción moral de las cosas.

La técnica nos hacía soñar con un futuro fascinante, con un porvenir hecho de materiales plásticos: embutidos en escafandras habitaríamos en un mundo irrespirable, un mundo metálico en el que regirían el poder de las computadoras y el dominio de los satélites. Pero esa ciencia aplicada también trastornaba un presente de carencias y de pesadillas recientes, las de la guerra y la posguerra. El viento de la Luna es una enumeración emocional de adelantos o, más bien, de atrasos, la demora con que se difundían en la España rural las novedades del siglo: el agua corriente o la ducha diaria, el teléfono o el cine. Todo tardaba en llegar y lo que los medios nos mostraban era aún inaccesible o escaso.

Con lupa de varios aumentos, Antonio Muñoz Molina examina esos restos que entonces nos maravillaban. Todo puede ser visto con microscopios, con lentes, con cámaras, con objetivos, con telescopios; todo puede ser visto en pantallas de pocas pulgadas. Los monitores de que disponían los  ingenieros del control de la misión permitían observar o adivinar el tránsito de la nave. El computador funcionaba con precisión admirable y la televisión nos llevaba a ese mundo espacial y especial: todo podía ser registrado, retransmitido, exhibido. O eso creíamos.

lunacuartocreciente18 de julio. Leo un pasaje de El viento de la Luna. Es sencillo, bienhumorado, escrito con la ternura y la ironía del recuerdo: un extracto en el que se aúnan el mundo obvio, lógico, de los mayores y la insensatez espacial del adolescente que todavía no se ha rebelado. “Sólo recuerdo la emoción de las cosas”, dice Antonio Machado.

Esa cita encabeza el libro de Antonio Muñoz Molina. Es un exergo que define perfectamente la lectura que el autor propone para su novela, para esta autoficción. La emoción de las cosas. Los objetos no son la pura materialidad, sino sobre todo la evocación emocional, el impacto que las cosas nos causan o nos causaron. Lo que llamamos memoria es  la rememoración de lo que nos conmociona, por pequeño que sea, y de lo que nos ata arbitrariamente, lo que nos enreda con hechos y fantasías. Individuales y colectivas.

La cita de Machado figura debajo de la dedicatoria. La primera de ellas dice así: “In memoriam Francisco Muñoz Valenzuela”. El libro es, en efecto, una inspección sobre el padre, sobre el mundo del padre, esa España de 1969: rural, cotidiana y previsible, la España de la que el hijo querrá escapar, emprendiendo un viaje tan temerario y distante como el de los astronautas. De momento, no hay escapatoria y la Luna aún está lejos. El adulto que narra lo hace recordando justamente la emoción de las cosas, reproduciendo los sentimientos del joven que no ha olvidado y que nutrió su imaginación con el trayecto improbable del Apolo 11 

“Mi padre no ha ido hoy al mercado a vender aunque es viernes, porque es la fiesta nacional, el 18 de julio. Me ha despertado cuando aún era de noche, cuando nadie estaba despierto todavía en la casa, ni siquiera mi madre. Yo me había dormido muy tarde, escuchando en la radio la última crónica del corresponsal desde Cabo Kennedy, y al principio me tambaleaba de sueño y se me cerraban los ojos. Hemos salido a la plaza de San Lorenzo y el cielo empezaba a volverse azul oscuro sobre las copas de los álamos, donde aún no piaban los pájaros. Todavía estaban encendidas las bombillas de las esquinas y se filtraba un hilo de luz amarilla entre los postigos de la habitación en la que agoniza Baltasar. Mi padre baja por las calles empinadas hacia el camino de las huertas montado en el mulo, y yo, medio dormido, le sigo sobre la burra de mi abuelo, que también se queja al soportar mi peso liviano, como un sirviente marrullero y gandul. La luna en cuarto creciente palidece en el cielo del valle, donde aún es visible Venus.

    –La estrella de la mañana –dice mi padre, con el ánimo despejado y jovial que le produce el madrugón, la cabalgata demorada hacia el campo.

     –No es una estrella, sino un planeta.

     –¿Y cuál es la diferencia?

     –Que una estrella tiene luz propia, y un planeta refleja la del Sol, igual que la Tierra.

     –¿Y en ese planeta hay gente, igual que aquí, y madrugan, y van al campo, y comen, y hacen de todo, como nosotros?

     –El cielo está siempre cubierto de nubes y hace muchísimo calor, más de cuatrocientos grados, y la atmósfera está llena de gases venenosos –leo tan fervorosamente las enciclopedias de Astronomía de la biblioteca pública que los datos más peregrinos se me adhieren sin ningún esfuerzo a la memoria–. Si hay alguna forma de vida no se parecerá nada a las de la Tierra.

     –Pues si vive alguien seguro que quiere venirse aquí, a disfrutar de este fresquito…”

SaturnoV17 de julio.  Sigue la cuenta atrás: o el tiempo invertido e imaginado. Cuando uno lee placenteramente una novela, cuando uno se adentra en sus páginas con gusto o con arrebato, la impresión es la de estar cubriendo un trayecto. Estamos avanzando, sin saber muy bien adónde nos llevará esa historia, hacia un pasado rehecho, hacia un presente imaginado o hacia un futuro conjeturado. Estamos siendo transportados gracias al ingenio del autor y a los dispositivos que ha ideado para hacernos partícipes de un sueño. Podemos cumplir ese tránsito con éxito.  O podemos precipitarnos al vacío. En este caso de nada habrá servido la combustión inicial que nos ha propulsado. Sólo quedará una inútil estela de fuego. No es metáfora. Son la quemazón o el disgusto que sentimos tras un fracaso que no sabemos si es personal.

Con las novelas de Antonio Muñoz Molina, leídas y releídas muchas veces, siempre experimento un placer extraño. Me cuenta lo que yo siento, lo que jamás seré capaz de escribir. El goce es ambivalente, pues. Me conduce vicariamente a lo que experimenté o aún experimento. Por eso, cada cierto tiempo, de Muñoz Molina debo alejarme para no confundir mis vivencias con las que él relata.

Para mayor paradoja fue mi padre quien me introdujo en sus novelas, quien me las recomendó cuando yo aún las miraba con desinterés. De eso hace quince años. Transcurre el tiempo y poco antes de morir, poco antes de emprender su último viaje, mi padre me confiesa algo: el  placer tan grande que había sentido el día en que el novelista tuvo la gentileza de obsequiarle con un ejemplar de El jinete polaco, la nueva edición con una dedicatoria autógrafa y cariñosa.  Su último viaje…

Antonio Muñoz Molina sabe conducirnos al espacio que él imagina. Es diestro en estos artificios: El viento de la Luna es un periplo espacio-temporal hacia un pretérito imperfecto, el de 1969, el de una posguerra en la que sobrevivían españoles para los que 1939 era aún una fecha cercana. Pero 1969 era también un mundo que se abría con un esplendor tecnológico de plásticos y computadoras, en contraste con el arcaísmo y la repetición agraria. Eso también está en su novela.

A esa España llegaban turistas y antropólogos, dispuestos a examinar el tipismo, lo pintoresco, las bellezas naturales, lo que nos diferenciaba. Pero en dicha tierra ya vivían jóvenes desorientados y levantiscos -airados, claro-, gentes que querían aventurarse, gentes que a  la vez se querían ajenas a la guerra y a la posguerra de sus mayores. La España cíclica, ese país de todos los demonios, quedaba alterada por la televisión, por la radio, por la comunicación mundial.

El 17 de julio de 1969 el cohete Saturno V ya ha comenzado a surcar el espacio, transportando a tres astronautas que no alcanzan los cuarenta años. Son jóvenes norteamericanos que han emprendido un viaje a la Luna -tantas veces anticipado por la literatura y el cine-, tres estadounidenses que confirman lo que todo el mundo sospechaba: que, como había dicho John F. Kennedy en 1961, Norteamérica ganaría la carrera espacial. Antes de que acabe la década -sostuvo-, América habrá puesto al primer hombre en la Luna.

La misión del Apolo 11 corroboraba ese vaticinio, un reto típico de la Guerra Fría, un acicate para la imaginación juvenil. En la televisión y en la radio españolas, Jesús Hermida y Cirilo Rodríguez relataron aquella gesta, obligándonos a trasnochar, como bien recuerda Juan Planas.  Numerosos muchachitos de entonces quedamos impresionados por la poesía de aquellas imágenes torpes, lentas: adiós a la gravitación, adiós al pasado, adiós al peso muerto de la Guerra, nos decíamos frente al padre.

La novela de Antonio Muñoz Molina transcurre  a lo largo de ese viaje de varios días. Comienza el 16 de julio y lo que nos relata acaece en jornadas inmediatamente posteriores. Transcurre en Mágina, ciudad imaginada por el autor para algunas de sus novelas, y lo que  nos detalla es una suma de hechos locales y de gestas espaciales, tipismos de aquella España digna, miedosa y raquítica, y fantasías de la Norteamérica que inventa un futuro, que predice un mundo gobernado por los robots y las computadoras.

Toda la novela está enunciada en primera persona por un muchacho que entonces tiene trece años, un narrador que lo cuenta muchos años después haciendo suyos los sentimientos de entonces. Toda la obra transcurre así salvo cuando una segunda persona del singular irrumpe para precisar circunstancias o expectativas del astronauta o del joven que también hace suyos los temores y el éxtasis del viajero espacial. Un éxtasis, en efecto.

ArmstrongAldrinCollins16 de julio. Comienza la cuenta atrás. Voy a pasar una semana pensando en la Luna. Así como suena. Insisto: antes de marcharme de vacaciones, voy a estar orbitando. O en otros términos: daré vueltas al satélite. ¿Por qué razón?

El jueves día 23 de julio, en el seminario que dirige Alfons Cervera en la Universitat d’Estiu de Gandia, hablo de Historia, memoria  y novela. Cervera organiza estas jornadas sobre un tema muy relevante: “Memòria i coneixement: de què parlem quan parlem de memòria histórica”.  Curioso título, que es un homenaje a Raymond Carver. Curioso título, muy parecido  a otro que se me ocurrió tiempo atrás para abordar un asunto semejante.

En el seminario de Cervera intervendrá Francisco Fuster: supongo que tratará de Pío Baroja. Yo, por mi parte, hablaré de conceptos generales: de la historia, de la memoria, de la novela. Pero a la vez concretaré mi intervención analizando un ejemplo próximo: el de Antonio Muñoz Molina y, en particular,  el de su obra El viento de la Luna (2006). ¿Cómo recrea el novelista su experiencia, que me resulta tan cercana?

Regresemos a 1969, que es el tiempo en que sucede  la acción. La acción de la historia narrada, quiero decir. También es el momento en que se desarrolla la experiencia básica de Beatus ille (1986), su primera novela (que ya analicé en Pasados ejemplares). ¿Qué ocurre en 1969, que tanto impresiona a Muñoz Molina?  He leído El viento de la Luna tres o cuatro veces, no sé. Y lo he hecho para mi disfrute pero también como historiador. ¿Cómo historiador? ¿Qué puedo hallar en una obra de ficción?

Hace cuarenta años, también un 16 de julio como hoy, los astronautas Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins eran trasladados a una nave espacial. Empezaba la última fase de la misión Apolo 11. 

42 comments

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  1. jserna

    Fiesta de despedida de la temporada del blog

    Viernes 17 de julio a las 19:30 horas

    Cervecería Vera Park, de Valencia

    Calle Guardia Civil, esquina calle Daniel de Balaciart

  2. Marisa Bou

    ¡Hay,Justo! ¡Maldita sea la nostalgia!

    Hace 40 años, aquel hito histórico se me eclipsó (aunque no por completo, pues en ningún momento perdí la consciencia) con otro hito, éste en mi propia experiencia vital.

    Mientras Amstrong, Aldrin y Collins llegaban a la luna, yo me preparaba para mi primera experiencia con la maternidad, que se produjo a poco más de un més de aquel “logro de la humanidad”.

    Ya sé que son hechos en absoluto comparables, pero para mí, quedaron ligados para siempre.

    Nos vemos mañana en la quedada. Ésa en la que nos reuniremos los blogueros cercanos, sin olvidar a los lejanos, para los que tendremos un buen recuerdo, ni a los “virtuales o de fábula”, a los que -aprovechando su ausencia- criticaremos a modo.

  3. Ana Serrano

    Ojalá no me critiquen mucho :-) Me encantaría estar con ustedes, pero no puede ser y ya no digo que otra vez será porque cada vez se hace más difícil. Pensaré en ustedes; los imaginaré sentados en un chiringuito, charlando y riendo, felices de estar todos juntos y mostrando lo mejor de cada uno.

    Disfruten todos de la compañía.

    Cariños.

  4. Alejandro Lillo

    Desde luego el título del seminario es muy carveriano. Allí se va a hablar de memoria, de historia y de novela, aunque Raymond Carver escribió sobre todo relatos. Fragmentos de un mundo que se desmorona, que se viene abajo sin que apenas uno pueda darse cuenta, poco a poco, paulatinamente. Algunos de esos relatos hablan de personas que quieren empezar de cero, olvidar su pasado y su historia. Sin embargo, lo que destacaría ahora de su obra es la profunda soledad que supuran sus historias, tan distinta a la que debieron sentir Amstrong y Aldrin en su paseo lunar. Pero pienso en la metáfora y tal vez sea válida, porque Carver, aún colocando a sus personajes en un entorno poblado y familiar, más o menos satisfactorio y feliz, nos muestra en realidad cómo esos personajes caminan por un pasiaje lunar: irremisiblemente alejados de sus congéneres y/o seres queridos, avanzando por un terreno devastado y con la infinitud vacía del universo por horizonte. Como en la luna, los relatos de Carver están llenos de cráteres, y en cualquier momento puede abrirse una grieta que engulla o atrape al protagonista (y a nosotros con él). De hecho se abren constantemente. Entonces, como lectores, nos asomamos al abismo y reprimimos un escalofrío. Cerramos el libro y suspiramos aliviados pensando, rogando, para que eso no nos suceda a nosotros. Pero la soledad está ahí…

  5. jserna

    Alejandro: la soledad cósmica de Michael Collins, la soledad del astronauta que aguarda el regreso de los compañeros que han llegado a la Luna. Él espera sin saber si todos los mecanismos funcionarán, si todas las expectativas se cumplirán, si sus colegas haráb funcionar el módulo lunar. Está solo en la nave, viviendo una angustia semejante a la de Adán: rodeado de cosas que son nuevas, que están sin gastar y que no garantizan la felicidad o la dicha.

  6. Alejandro Lillo

    Es verdad, Justo. Me había olvidado de él. Del que se queda, del que aguarda. Inspirador, sin duda.

  7. Juan Antonio Millón

    La épica de la conquista de la luna, con la huella de la pisada humana y la pica en el suelo lunar, con la bandera estadounidense ondeando victoriosa, la verdad, nunca me ha seducido excesivamente. Evidentemente la comezón de la curiosidad sí se vió espoleada en mis nueve años de entonces, pero la verdad es que mi interés mayor, en aquel caluroso verano, de aquel veinte de julio, lo fue el comienzo de la la gran odisea ciclista del gran Eddy Merckx. Tour en el que los españolitos nos conformamos con el honorífico quinto puesto del vasco Gandarias y el espectacular logro de una etapa por Mariano Díaz.
    No sé, quizá sea que esa proeza tiene su columna vertebral en el adalid tecnológico, en la superpotencia económica, en una visión excesivamente colonial y expansiva del norteamericanismo de la Guerra Fría, no sé, pero mi seducción épica, en aquel 69, venía dada por la columna enarcada entre el sillín y los cuernos invertidos del biciclo, en la tensión muscular y el sobresfuerzo protéico de la lucha contra la orografía y la climatología, la lid frente a la montaña y la gran distancia del llano.
    No sé por qué, pero la imagen de Roald Amundsen y la bandera de Noruega en el Polo Sur, allá por diciembre de 1911, cifra de la consecución de un gran hito en la historia de las expediciones y las aventuras inhóspitas, llama más íntimamente mi atención. Si, creo que es el exceso en el peso de lo tecnológico, en donde encuentro la respuesta de mi desapego de aquellas imágenes lunares. En mi escala de valores ocupa un valor más alto la aventura humana de Amudsen y Scott, antes que la de los astronautas del Apolo 11.
    Por cierto, leo la información en El Mundo de la presentación de un libro de Buzz Aldrin, el “segundo hombre”, Magnificent Desolation. Leo en el periódico:”… una historia que narra la aventura de subir al espacio, pero también lo complicado que es reubicarte al bajar cuando te has convertido en una celebridad internacional”. El difícil regreso a casa, el paso estrecho y dudoso de la vuelta al inhóspito panorama moral de la turbia y rencorosa tierra.

  8. Paco Fuster

    Supongo que ya veremos fotos o leeremos reacciones sobre la quedada de esta tarde.

    Respecto a mi intervención en Gandía el próximo miércoles, poco puedo decir de momento. Bueno, tengo más o menos una idea sobre lo que diré, pero todavía no he concretado ni he redactado nada. Todavía estoy en Santander. Ahora mismo escribo desde un ordenador de la UIMP. Curiosamente, hace veinte minutos que se ha sentado a mi lado Enzo Traverso (estamos los dos gestiones billetes de aviones y cosas de éstas). Digo curiosamente, porque como Justo sabe, este profesor italiano es un gran especialista en el tema de la memoria histórica (ayer nos dio una conferencia sobre ese tema). En Gandía diré alguna cosa sobre la memoria y sobre Traverso. Hablaré también de la literatura como fuente para el historiador y, si me da tiempo, hablaremos un poco sobre el caso de Baroja.

  9. jserna

    El club de la palabra

    No, no habrá fotos de esa fiesta que empezaba a poqueta nit. Nos reunimos durante horas, picamos y bebimos en una tarde-noche espléndida, con un aire fresquito que nos aliviaba. Se hizo el reparto de las camisetas encargadas y alguna nueva que allí aún se vendió. La verdad es que la estampación había quedado fenomenal y, por tanto, sus portadores podrán lucir los irónicos diseños del autor. No habrá fotos, insisto. Había tantas cosas que contar…

    David P. Montesinos estuvo locuaz, ocurrente: derrochando ingenio mientras relataba leyendas urbanas de la filosofía. De la general y de la local: de la filosofía valenciana, de los profesores. Existe la filosofía valenciana.

    Alejandro acicateaba sin parar: queremos saber, queremos saber. No conozco a nadie con tal capacidad de pregunta, de inquisición. Se interrogaba con asombro, con voluntad de conocimiento: no hay actitud más filosófica. De paso nos dejaba caer gotas de su educado sarcasmo.

    Isabel, quizá algo cansada, resistió bravamente con su mejor humor, regalándonos con sus inteligentes comentarios. Lucía espléndida, distanciándose irónicamente de lo que allí se peroraba. Pasábamos de Heidegger a Umberto Eco, muertos de risa y algo de rigor.

    Juan Antonio Millón, que fue saludado por los presentes con recibimiento amistoso, nos deleitó con su saber literario, filosófico: con su cultura sorprendentemente vasta. No hay en él ni un ápice de pedantería: se expresa suavemente, con la modestia de su inmensa erudición.

    Marisa tuvo la fortuna de poder escuchar enteramente sus observaciones: algunos, por nuestro mal oído, nos perdíamos una parte del certamen intelectual. Han leído bien: el certamente intelectual que se libraba entre Montesinos y Millón. Marisa no fue todo oídos: apostillaba y desarrollaba, matizaba y sugería. La oí intervenir con contundencia y con claridad, como ella espera de sus interlocutores.

    Lejos de ella estaba Francesc, que viene y no viene a estas celebraciones. Su insólita indumentaria revelaba cierta intención: apareció vestido con una camiseta de la Falla Arrancapins, una prenda toda marrón con innumerables llamitas que –supongo– son metáfora de los años que lleva ardiendo el monumento. En realidad, las llamitas en Francesc son símbolo de sí mismo, de su conducta, de la chispa que arde, del fuego que prende y que si te descuidas te quema. Como Millón, Francesc derrocha erudición: pero la suya amenaza con la combustión a poco que la frotes.

    Encarna y yo ejercimos de anfitriones y estuvimos encantadísimos de tratar con este selecto comité de discusión, el club de la palabra. Brindamos por los amigos que no pudieron asistir, por los contertulios ausentes, por los lectores que privadamente me han escrito para decirme que les habría gustado estar con todos nosotros. A su salud.

  10. R.S.R.

    Hace días que sigo sus comentarios de “el viento de la luna”, un libro que yo en su día no leí, no me “engancho”, fue una pequeña frustración porque desde que a través del “invierno en Lisboa” conocí a este autor suelo leerlo.
    De la existencia de su blog, me hablaron el otro día de una manera totalmente azarosa y mi mayor sorpresa fue que tuviese más un carácter literario que histórico. La curiosidad me ha hecho entrar cada día a ver que ha escrito sobre el libro hasta que finalmente ha provocado que vuelva a iniciar su lectura; al menos con una disposición nueva y a salir de mi escondite para escribirle, ya veremos.¿ Provoca el mismo interés con los temas de historia?.

  11. jserna

    R.S.R., gracias por su comentario. Si lo mira bien, este blog no es más “literario que histórico”, pese a lo que pueda parecer a primera vista. La literatura es una vía de acceso a un mundo histórico, a un pasado remoto o reciente cuya verdad y cuya emoción hay que hallar. No se trata de separar el grano de la paja, la ficción de lo documentado, sino de observar cómo los literatos recrean lo real, lo mezclan, haciendo híbridos, monstruos o figuras fantaseadas. Sin dejar de ser una ficción, la novela de Antonio Muñoz Molina es un compendio preciso, sin anacronismos, del mundo de 1969: han pasado treinta años de la guerra civil y faltan cuarenta años para llegar a nuestro porvenir, 2009.

    A la altura de 1969, esa fecha, la de 2009, era para mí un futuro de ciencia-ficción: es decir, literario. A la altura de 1969, la otra fecha, la de 1939, era un tiempo remoto que mis mayores me narraban con miedo y con prevención, mezclando lo ocurrido y lo temido: es decir, también era un pasado finalmente literario que tenía efectos reales, bien reales.

  12. Juan Antonio Millón

    Entre luna y luna… ahí andamos, a la espara de un instante feliz, como lo fue la noche del pasado viernes donde tuve la fortuna de compartir miradas y palabras, amigas y cómplices, entre algunos de los tripulantes -selectos- de esta nave amiga que pilota con tan buen tino el capitán Serna. Como Amstrong o Buzz, pisaba por primera vez el dudoso firme de una luna no hollada aún por mí y llena de incógnitas. Al final, todo fue un festín de camaradería y el deseo de un próximo encuentro.
    Casualidades. Con el título de “Entre luna y luna” reunió Paul O´Prey un conjunto de cartas de Robert Graves, que en España editó Alianza. Conocí a O´Prey hará veinticuatro años el próximo 24 de este mes, en Deià, en la fiesta de cumpleaños -nada menos que noventa- de Graves, en el jardín de Ca N´Alluny, bajo un olivo. Allí me encontraba yo, aquel miércoles mágico, escuchando la melodía de una gaita celta, mientras recogía material para realizar un monográfico de la revista Abalorio, que editábamos aquí en Sagunto. Por la mañana, después de ver y elegir las fotografías que iban a ilustrar parte de la revista, junto a sus hijos Lucía y Tomás y su nujer, Beryl Pritchcard, asistí a algo que no esperaba a tener: mi encuentro con Graves. No lo esperaba porque ya Lucía me advirtió que no podría verle porque se encontraba mal y no hablaba apenas. Pero, estando solo en su estudio, mirando los libros de su biblioteca y reteniendo en mi retina el perfil de su mesa, sus libros, sus manuscritos… me llamó Beryl y me presentó a Graves. Lo atendía una mujer que acababa de darle una papilla. Él estaba sentado en una silla de ruedas, cubierto por una manta. Tenía la frente agachada, mientras le limpiaban, cuando su mujer le edvirtió de mi presencia y alzó los ojos, mascullando algo que no comprendí. Estaba cansado y yo acerté a decirle que era para mi un orgullo poderle ver y decirle lo mucho que aprendí con sus obras. No olvidaré el azul de sus ojos jamás, eran el azul del mar de Deià, movido por el viento de la Sierra de la Tramuntana. Volví este invierno pasado a quel lugar y allí estaba el azul, allí estaban sus ojos y el olivo, unas naranjas (que sí, William, son estupendas) y también creí escuchar muelle una canción celta de cumpleaños. Instantes felices que hoy recuerdo, entre luna y luna, después de compartir una deliciosa velada con los amigos de este blog.

  13. David P.Montesinos

    La última intervención de Juan Antonio se asocia en mí a la cita bellísima que trae Justo de Machado: “sólo recuerdo la emoción de las cosas”. Mi hermano y yo comprábamos de críos sobres “de soldaditos” dedicados a muchas y diversas guerras, pero de todas ellas mis preferidas eran las de astronautas, con tipos rubios con escafandra, botas de pocero doradas y nave espacial de atrezzo. Nos pasaba igual con el cine fantástico serie B proveniente de los cincuenta. Aunque el mayor icono de mis emociones espaciales fue la lectura -emocionada, se lo aseguro- del díptico lunar de Tintin, en especial del segundo episodio, titulado aquí “Aterrizaje en la luna” pero cuyo sentido original -On a marché sur la lune, algo así como “Se ha caminado sobre la Luna-, traduce algo muy distinto, mucho menos frío, algo así como una experiencia colectiva. Amstrong, Aldrin y Collins -o Tintin, Haddock y Tornasol, qué importa- son héroes de una aventura que todavía parecía querer implicar a toda la humanidad. Quizá haya que desconfiar de este tipo de universales antropológicos, como querrían pensadores tan a la francesa como Foucault-, tampoco deberíamos olvidar que todo aquello fue una batalla más dentro de la Guerra Fría -como también refleja Hergé en sus dos cómics lunares, con el espionaje de los impíos bordurios a la operación espacial de los sildavos-… Quizá, pero la emoción machadiana, el viento de la luna que a mí se me ha quedado es el del valor universal del proyecto Apolo. Acaso sea ese el valor de trampantojo que tuvo y que justifica todas las bromas y los bulos negacionistas: el que la se colocara sobre la superficie del satélite una bandera nacional a modo de representación de todo el planeta, ese planeta que Amstrong contemplaba en su paseo y en el cual los soldados representativos de aquella bandera estaban friendo gente con napalm en las selvas del Vietnam.

    Y sin embargo, hay una cierta melancolía en todo esto… Como si ya no fuera posible hacernos creer en verdaderas empresas “mundiales”. Si la ONU da más lástima que otra cosa y ya no hay causas justas, me pregunto que Proyecto Apolo puede hacernos volver a sentir que los seres humanos somos capaces de trabajar juntos. Eso es lo que a mí, que tenía dos años entonces, se me ha quedado de aquella epopeya tan sesentera y tan pop.

    Una curiosidad. Ya saben ustedes que lo que determina la relevancia de la noticia es el impacto público que produce. Es así de estúpido, pero real, como revelan por ejemplo los corresponsales o free lance de los periódicos en privado, que reconocen que solo les “compran” aquellas noticias que tocan temas con cierto morbo. (Una vez oí decir a un free lance suizo en España que siempre sabía que vendería bien a periódicos de CentroEuropa noticias hispanas sobre siesta, toros o el Rey, aunque fueran verdaderas gilipolleces o simples bulos) Pues bien, esto que ocurre en la “prensa seria” se advierte más descarnadamente en noticiarios como el de yahoo. Cada vez que se habla del espacio o que una efemérides como la que nos ocupa genera demanda de noticias, lo que aparece -es decir, lo que más “tickamos”- son las noticias en torno a la posibilidad de la existencia de agua en la Luna o en Marte y la posibilidad de lanzar próximas misiones en su busca. En el fondo todos pensamos que mientras el astronauta de turno -que esta vez se encargarán de que sea mujer, homosexual o negro- va dando saltos por algún valle lunar, a la vuelta de un pedregal va a encontrarse con un hombrecillo verde que le va a explicar en qué consiste la piedra filosofal y qué tenemos que hacer para salvar al mundo (En mi pueblo llaman a eso “el secreto del Tío Moreno”, siempre hay un listo que pone cara de que está a punto de revelárnoslo) Bueno, me voy al rastro a ver si encuentro sobres de “Monte Man del espacio”. Ya sé que me ha quedado muy freaky el post pero se llamaban así los sobres, lo juro

  14. R.S.R.

    Muy buena y bien enhebrada su apreciación sobre la historia y la literatura, aunque siempre creí que la historia se preocupaba más por los hechos y su significación en una determinada época que por la emoción que subyace tras ellos.
    En 1969 para mí la luna no existía, yo estaba todavía en el mundo irreal de la infancia y era una enorme casa de muñecas, unos años más tarde de los que ya tengo más conciencia, el mundo no había cambiado en exceso, el universo relatado por Muñoz Molina en un pueblo imaginario es perfectamente trasladable a un pueblo real del Sur. Es esa emoción recuperada través de la literatura de ese tiempo histórico lo que sin duda le otorga un valor singular a esta novela, creo que también es lo que puede provocar su rechazo.
    Veo que ya ha llegado a la luna, yo todavía no, pero todo se andará.

  15. jserna

    Muy bello recuerdo el de Juan Antonio Millón junto a Robert Graves y un honor que la agradable cena del pasado viernes le evocara instantes así.

    Como siempre, con Montesinos coincido ‘casi’ totalmente. Le llevo unos años, pero sus vivencias son en parte las mías. No me pregunten por el ‘casi’.

    R. S. S.: la relación de la historia con la literatura no es un arbitrariedad ni una mezcla alegre de géneros. ¿La historia se preocupa más por los hechos y su significación en una determinada época que por la emoción que subyace tras ellos? La emoción no es algo extirpable de los hechos; la emoción no es algo ajeno al significado de las cosas. Permítame esta metáfora tan torpe: la emoción es el rescoldo que dejan los hechos entre quienes los viven o entre quienes los evocan, cosa que tiene algo de paradójico. Cosas semejantes dijo Borges a propósito de la biografía. “Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”, escribió.

  16. David P.Montesinos

    Pone usted el dedo en la llaga sobre la gran paradoja que habita el ejercicio cotidiano de la educación, de lo cual, por cierto, es tan partícipe un padre como un maestro de escuela: la imposibilidad de “traducir” las razones del propio entusiasmo. Hubo un tiempo en que todo common man se sentía con derecho a esperar algo de la conquista del espacio. Para algunos fue el símbolo de la victoria histórica de los ideales de la Razón, tal y como los ilustrados los vinculaban al desarrollo de la Ciencia en el XVIII; para otros, aún más tendenciosos, fue la prueba de que el modelo liberal era no solo más próspero sino moralmente superior al comunista… Se me ocurre también pensar en aquellos pioneros del New Age que veían a Jiménez del Oso en la tele los sábados por la tarde y suspiraban por la llegada de algún alienígena del espacio, alguien capaz de enseñarnos a ser mas sabios y espirituales, de explicarnos a dónde va el alma cuando morimos o, por lo menos, ayudarnos a arreglar la batería del coche. Todo esto son expectativas, emociones… un juego de fibras emocionales sobre las que podemos entendernos los coetáneos, pero que pierde su sentido cuando se intenta comunicar a nuestros jóvenes. Recurrimos entonces a explicarles cosas como que el Proyecto Apolo dio lugar a las vitrocerámicas -importantes por su resistencia al calor-, la telefonía móvil o incluso los pañales desechables… pero en cuanto al paisaje sentimental, ese lo traman ellos en base a referentes distintos a los nuestros. Y tiene que ser así, sospecho.

    En cuanto a la relación de la literatura y la historia, desde luego que no se trata de mezclar alegremente géneros. No es solo que el rescoldo emocional articule la visión de un acontecimiento histórico entre las gentes… Y no es solo que la “película” de un acontecimiento como el 23-F sea ya indisociable de la “recepción” que hizo cada uno de nosotros de aquellos hechos, de nuestros temores, de mi madre corriendo al mercado a comprar azucar y leche…es que la presencia de impulsos que se explican mejor desde los lenguajes de la poesía o el relato atraviesa ya de raíz los grandes movimientos de las colectividades humanas en el tiempo. No intento recuperar las imposturas del viejo espiritualismo, no soy tonto, no ignoro que las Cruzadas son bastante más que un impulso religioso. Lo que creo es que cuando hablamos del acontecimiento del alunizaje del Apolo que hoy se conmemora, no estamos hablando de un simple “hecho”, sino de toda una gran historia efectual, toda una gran “hermenéutica”, si se me permite, toda una heterogénea red de conocimientos y emociones que son los que verdaderamente vuelven trascendente eso a lo que otorgamos “relevancia histórica”.

  17. jserna

    Paco, a veces resultan cómicas las cosas que dice. Involuntariamente, claro.

    El “poblema”, señor, lo tiene usted.

  18. Pumby de Villa Rabitos

    Regreso de Asturias – el único país razonable, ya se sabe que “Asturias es España y lo demás, tierra conquistada” – y os encuentro haciendo disquisiciones sobre la Luna. Vaya. Unas literarias (enternecedoras) y otras ideológicas con una cierta pátina científica (jocosas).

    Vamos por la guasa. Que los primeros en llegar a la Luna fueron los soviéticos es algo que ya se ha dicho – y demostrado – en este blog. Pareciera como si a alguien le escociese y se hubiese de insistir con ésta “otra batalla ganada al comunismo” tratando de soterrar los hechos objetivos del Programa Luna. A ver, lo único que hizo USA fue poner a un par de astronautas en nuestro satélite y salir pitando. La languidez en “la carrera” vino, por parte americana, cuando se consiguió aquella meta que ellos mismos se habían puesto y que su “competidor” no le aceptó, sencillamente, porque no aportaba nada especialmente importante para la ciencia, por ende para la humanidad. Se limitaba a clavar un trapo en nuestro satélite, hacerse una foto, ganar fama (propaganda) y punto. Contrariamente, la ciencia soviética siguió desarrollando unos conocimientos y una tecnología que hoy día, desaparecida la URSS, seguimos utilizando para la Estación Espacial Internacional, que se hace sobre base de diseño soviético, no americano… ¿por qué será?

    Esa “carrera” tuvo mucho que ver con la disposición que hubo unas décadas antes entre Scout (Gran Bretaña) y Amundsen (Noruega) por la “conquista” del Polo Sur. El primero llevaba una misión científica que realizar y un aprendizaje para la Humanidad que aportar; el segundo quería clavar su trapo en los 0 grados, hacerse una foto, ganar fama (propaganda) y punto. “Ganó” Amundsen. Uy, y “ganó” USA. Igual os tenías que hacer mirar qué entendéis por “ganar” y “perder”. Qué chiquillos sois…

    Enternecedor es leer la suficiencia científica del escéptico ignorante. Si vais a seguir esperando, entre risitas, que “las máquinas dominen el mundo”, mejor si miráis que tenéis delante de los ojos. Nuestro mundo sólo es tecnología. Las máquinas YA lo dominan. Que lo controlen, eso ya es otra cosa – Sarah Connor, no lo quiera – pero si hay gente tan incauta como para no darse cuenta que desde lavar la ropa a llegar a la Luna, desde usar el tiempo de ocio a realizar cualquier trabajo remunerado se hace gracias a las máquinas, chicos, alguien empieza a dar los primeros síntomas de senilidad: no os enteráis de qué está pasando “ahí afuera”, en el mundo real, no ese especulativo en el que vivís tan a gusto.

    Ah… sí… ya regresé…

  19. jserna

    ¿Pumby, un gato prosoviético? Qué cosa tan enternecedora. Más aún si tenemos en cuenta que en la Uйiои SоЫЭтiсд los gatos no eran especialmente amados.

  20. Pumby de Villa Rabitos

    Yo soy tan prosoviético como tu proyankee… aunque, ¿llevaremos el antisovietismo a la gatofobia?… creo que con esta cuestión tan profunda, con un granizado de limón en la mano y desparramado en la tumbona de esta lujuriosa piscina, meditaré el caso.

    Insisto, qué magnífico, volver a casa y comenzar ya con las collejas…

    Por cierto, Serna, ¿para cuando el libro de Gramsci? Ahora mismo tengo en las manos (de nuevo) “Guerra y paz”. Parece que Rusia, una vez inventada, es un bucle, no sale de si. Pero, para estas fechas yo ya calculaba devanarme los sesos con la edición anacléticojustina de las obras de aquel… ¡no me digas que te/os esperas/ais a la campaña de navidad! Comprobarás que mi persistencia con el tema es contumaz… pero empezaste tu al anunciarlo antes de hora, ahora, claro, todo es ansiedad en mi espíritu felino.

  21. jserna

    Pumby, admitirás que la URSS le dio todo el protagonismo espacial a la perrita Laika. Que yo recuerde no hubo gato alguno en esos viajes. Luego vino Yuri Gagarin. Me preguntas por nuestra edición de Gramsci. Pues, en efecto, será una publicación navideña. Es pieza invernal.

  22. Pumby de Villa Rabitos

    Ay, es verdad… Laika y varios monitos también… Cánidos, primates… todos conejillos de indias – nunca mejor dicho – para la experimentación humana… ¡Qué listos que somos los gatos! (modestia a parte) no nos pillaron ni rusos ni americanos.

    Bueno, bueno, pues a ver si pasamos las navidades con Gramsci. Voy a darme un chapuzón con Blanquita, hasta luego.

  23. Ana Serrano

    Aún no se encuentra, con portada, en Google, pero hoy se anuncia en El País el nuevo número de Claves de Razón Práctica y, en él, un artículo de un tal Justo Serna. “El golpe del 23-F. Adolfo Suarez y Javier Cercas”. ¿Les suena? :-)

    Un abrazo contento, Justo.

  24. Marisa Bou

    Llegó el gato, y con él la polémica.

    No me quejo, Pumby: al contrario, me encanta que animes el cotarro. ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya con el pro-soviético! Y el caso es que tienes razón.

    Bromas aparte, no me había asomado por aquí, ni siquiera para contar lo bien que lo pasé la noche del viernes, porque estaba con fiebre. Pero tranquilos, es un resfriado común, aunque fuerte, producido por el aire acondicionado de mi trabajo. Nada que ver con la gripe A. Espero estar como nueva en lo que resta de semana.

    Por cierto, Justo; muy bueno lo del bolso de Rita, aunque dudo que su contenido sea, en nada, similar al de Ana Karenina.

    Señor Millón, disculpe la descortesía. Mañana trataré de mandarle por mail los textos de los que le hablé. Y estoy verdaderamente encantada -y no es una frase protocolaria- de haberle conocido.

    Y gracias, también, a Ana Serrano por la información. Desde luego, leeré ese artículo (de un tal Justo Serna) con verdadera fruición.

  25. jserna

    No le den mayor importancia, Ana y Marisa. Es una versión y reelaboración, quizá algo más inspirada, de la reseña que ya había hecho del volumen de Javier Cercas.

  26. R.S.R.

    No deja de sorprenderme, no sabía que se interesara por el contenido de los bolsos femeninos, me gustaría saber cúal es su fantasía acerca del contenido de ese bolso “horrible” que aparece en portada.
    Para estar en la luna, es de una lucidez aplastante.Seguramente he cometido un error de precisión y no he usado ni el lenguaje ni los conceptos de una forma adecuada, quizá, no es exactamente el término “emoción” sino “sentimientos” de lo que yo estoy hablando.La literatura, las artes en general, me parecen un espacio privilegiado para hablar de los sentimientos y no creo que la historia tenga entre sus objetos de estudio a los mismos, aunque efectivamente coincido con usted en que los hechos históricos no están desprovistos de emoción ni es algo – como usted dice- “extirpable a los hechos”. Si estamos de acuerdo- que no sé si lo estamos- en el hecho de que el hombre es un objeto de estudio de la historia y de que la emoción es consustancial a lo humano, la historia también es de alguna manera emoción. Cualquier hecho histórico tiene una emoción en cada uno de los “receptores”- que dice David.P.Montesinos-, y si no, y por poner un caso extremo, pienso en el “holocausto”.Por otra parte, también creo que algún historiador puede contar los hechos con alguna carga emocional o así me lo parece en el caso de Hobsbawm en sus “Años interesantes” , aunque en esta obra su oficio de historiador pase a un segundo plano.
    Antonio muñoz Molina, en “el viento de la luna” creo que habla de sentimientos, los sentimientos de un joven despertando a la vida, a la curiosidad, a la sexualidad…en un determinado contexto y momento histórico, y ese acontecimiento “la llegada del hombre a la luna”, que pudo producir una emoción , es solo el telón de fondo donde se expresan los sueños y las fantasías de un adolescentes y donde otros que ya no lo eran pudieron evocarlas. A mi parecer, realiza una mirada de ese acontecimiento histórico desde lo personal, desde lo íntimo, la mirada que un historiador puede hacer de ese acontecimiento, ¿es más pública?.
    En los comentarios que usted realiza acerca de la novela sin duda se apreciará su oficio de historiador, pero al menos como yo le leo, solo en parte, porque creo que usted está hablando también y sobretodo de sentimientos, de los suyos, de lo que le produjo ese hecho histórico y de los que le produce la novela, y es en ese sentido en el que entiendo que su blog es más literario que histórico.
    Así que, ¡hombre!, señor Serna, no me asuste con sus comentarios que los recibo con una determinación y contundencia que me dejan noqueada, no está en mi ánimo meterme en ningún jardín del que no tengo ni claves ni instrumentos para transitar por él; aunque veo que ya lo he hecho.

  27. jserna

    R.S.S., no creo que haya mucha diferencia entre lo que usted sostiene y lo que yo he querido ir diciendo a lo largo de estos días. No pretendo asustarla. Dice que recibe mis comentarios “con una determinación y contundencia que me dejan noqueada”. No, mujer: ¿noqueada? Aquí comentamos para ilustrarnos mutuamente, para provocarnos intelectualmente, para precisar –como usted hace– lo que el blogger tal vez confunde o mezcla con alegría veraniega. Seguiremos, pues.

    Reciba un cordial saludo, JS.

  28. David P.Montesinos

    He leído el artículo de Justo Serna en El País y me parece agudo y oportuno. Me pregunto no obstante si todo este asunto de los trajes y los regalitos no va a terminar escamoteándonos el debate que verdaderamente nos preocupa: ¿qué Valencia queremos?, y por ende, ¿cómo debe plantearse su proyecto de ciudad el gobierno de un consistorio? Imaginemos por un momento que a Rita no le han regalado en su vida ni un encendedor con el escudo de la Pía Unión… No digo que dé igual la corrupción, y hay razones para pensar que toda la trama Gurtel es un asunto de altísimas implicaciones al respecto, pero si considero a Barberá representativa de una cultura detestable es por qué creo que su filosofía de gobierno es devastadora para la salud de la ciudadanía valenciana. No sé si me alegraría dolería que las expectativas del PSOE para recuperar el tercer ayuntamiento del Estado pasaran por este asunto.

    Hablando de rusos y soviéticos. Me cuenta el amigo Fuster que la intervención de Carlos Taibo en Gandía, con la teoría del decrecimiento como leitmotiv, fue francamente interesante. Mento a Taibo porque creo que se le puede considerar un ilustre “putinólogo”. Fuster me refiere también una conferencia reciente de Taibo sobre el zar de todas las Rusias que le resultó estremecedora. El asesinato de una periodista rusa que denunciaba las “operaciones militares” en Chechenia -con desenlace como el de Polikotskaya, seguro que está mal escrito- me viene ahora a la mente.

    Señor Millón, le he pedido a Paco Fuster su mail, espero que no le moleste.

  29. David P.Montesinos

    Que no se me olvide, si no me equivoco, la conferencia de Justo debe haber sido hoy… Espero que sea posible leerla.

  30. Paco Fuster

    Hay una confusión en el comentario del amigo Montesinos, motivada por la cantidad de datos que circularon en nuestra última conversación. Taibo intervino la semana pasada en Santander, no en Gandía. Quien intervino en Gandía citando a Taibo fui yo anteayer.

    Y hablando de intervenir, y por si a alguien le interesa, comunico a los lectores de este blog que he abierto un blog – “El Malestar en la (in)cultura” – abierto a todo tipo de intervenciones. Espero que les guste o, al menos, que no les disguste:

    http://malestarencultura.blogspot.com/

  31. jserna

    Sr. Montesinos, mi intervención en Gandía estaba escrita pero finalmente me animé a no utilizar el texto que llevaba escrito y creo que quedó mucho mejor que si lo hubiera empleado. La gente me interpeló con ganas. Me sorprendieron, la verdad.

    De todos modos, si le sigue interesando, ya le pasaré el texto definitivo de mi charla, que he de publicar… Tengo en mis manos el nuevo número de Pasajes. Mañana leeré su artículo sobre Bégout, sr. Montesinos. Prometedor.

    Bueno, saludamos a Paco Fuster con su nuevo blog. No sabe dónde se mete.

    Saludos, JS

  32. R.S.R.

    Bueno ,su comentario me tranquiliza, gracias por su afabilidad.En cualquier caso ha estado bien “el viaje a la luna”.Le agradezco que de forma indirecta e involuntaria haya contribuido a mi disfrute incitandome a la lectura de este libro que ya estoy finalizando.
    Por cierto, soy R.S.R. y no, R.S.S.,que en su viaje espacial me ha cambiado el apellido.

  33. Abate Marchena

    Esta Espanya cainita que avanza hacia la descomposición moral y política está entrando en un proceso irreversible de agonía.

    ya Gil de Biedma lo decía hace años…….

    “Y qué decir de nuestra madre España,
    este país de todos los demonios
    en donde el mal gobierno, la pobreza
    no son, sin más, pobreza y mal gobierno
    sino un estado místico del hombre,
    la absolución final de nuestra historia?

    De todas las historias de la Historia
    sin duda la más triste es la de España,
    porque termina mal. Como si el hombre,
    harto ya de luchar con sus demonios,
    decidiese encargarles el gobierno
    y la administración de su pobreza.

    Nuestra famosa inmemorial pobreza,
    cuyo origen se pierde en las historias
    que dicen que no es culpa del gobierno
    sino terrible maldición de España,
    triste precio pagado a los demonios
    con hambre y con trabajo de sus hombres.

    A menudo he pensado en esos hombres,
    a menudo he pensado en la pobreza
    de este país de todos los demonios.
    Y a menudo he pensado en otra historia
    distinta y menos simple, en otra España
    en donde sí que importa un mal gobierno.

    Quiero creer que nuestro mal gobierno
    es un vulgar negocio de los hombres
    y no una metafísica, que España
    debe y puede salir de la pobreza,
    que es tiempo aún para cambiar su historia
    antes que se la lleven los demonios.

    Porque quiero creer que no hay demonios.
    Son hombres los que pagan al gobierno,
    los empresarios de la falsa historia,
    son hombres quienes han vendido al hombre,
    los que le han convertido a la pobreza
    y secuestrado la salud de España.

    Pido que España expulse a esos demonios.
    Que la pobreza suba hasta el gobierno.
    Que sea el hombre el dueño de su historia.”

    Ayer y hoy los alaridos de dolor y muerte de nuevo corren por la piel de toro.

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