1. Alemania. El blog es un instrumento prodigioso: permite la comunicación instantánea y la escritura casi automática, la respuesta sucesiva. Un bla bla bla continuo: un hábito muy humano, cuya expresión nos singulariza. De repente tienes una idea (o dos) y te pones a escribir alegre y ufanamente, como si la pronunciaras en voz alta: creyendo, en fin, que lo que dices tal vez interese a algunos amables lectores. Pero el blog es también un medio agotador: redactas una entrada, un post, y tienes la impresión de que te repites, de que lo que dices ya lo dijiste mejor. En efecto, insisto: a veces tengo la impresión de que cuento batallitas mil veces referidas, como aquel ancianito de tebeo que atormentaba a su familia y a sus conocidos con lances antiguos. No sé… Por cierto, hablando de batallitas, se cumplen setenta años del inicio de la II Guerra Mundial.
Estuve en dicho país hace un año, el verano pasado. Fue un viaje a la Selva Negra. Visité Heidelberg, Friburgo, Baden Baden y otras ciudades menores. ¿Menores? En Alemania no hay rincón irrelevante: todo lugar está cargado de referencias. Siempre repetiría un viaje así, a un espacio que me desconcierta. En 2008, durante el tiempo que estuve allí residí en la Haus Rebblick de Sasbachwalden, un sitio impecable: un municipio inquietantemente ordenado, sin colillas en el suelo, sin papeles ni inmundicia, sin ruido ni estrépito. Únicamente las babosas se deslizaban cada noche por las calles desiertas de aquel pueblecito de ensueño.
Días atrás, Xavier Pericay celebraba el orden de la Europa septentrional en un artículo que le leí en Abc: «Usos y costumbres«. Frente al caos mediterráneo, frente a los malos modales de los meridionales, lo nórdico es felizmente previsible. No sé, no sé. Haga la prueba, señor Pericay: pase un invierno en Sasbachwalden… Quizá añore el Sur. Pero dejemos esto, que me pierdo, y regresemos a Alemania.
En efecto, a lo largo de este mes de agosto, he vuelto otra vez a dicho país. En esta ocasión, mi retorno es exclusivamente literario, una tarea que cumplo con periodicidad imprevisible: conforme me llegan novedades o cuando recupero obras que aún no he leído. Durante semanas he vivido en la época nazi, en aquel tiempo de exaltación y de dolor, de represión y de expectativa, de persecución y de exterminio. He leído miles de páginas –digo bien, miles de páginas– en las que se detalla la Europa quebrada, hundida, de los años treinta y cuarenta, el hitlerismo. Hace setenta años comenzaba la Guerra Mundial. Lo he recordado ahora, estos días, cuando los mandatarios y la prensa han insistido en la fecha del 1 de septiembre. A primeros de agosto, cuando empezaba a leer las Memorias de Albert Speer (Pre-Textos), no tenía conciencia de lo que se avecinaba: simplemente había olvidado la fatalidad de los números redondos, esos setenta años que ahora se cumplen. De repente me doy cuenta de que he estado preparándome involuntariamente para esa efeméride con las páginas –muy conocidas– de Speer.
Speer fue el arquitecto preferido del Führer, aquel que proyectó «Germania, capital del mundo», una remodelación dórica de Berlín que no pudo consumarse: precisamente por la derrota del Eje en la contienda. Speer fue también el ministro de Armamento del Reich a partir de 1942, un eficaz organizador, un técnico entregado, un gerente de la maquinaria de guerra. Son datos muy conocidos.
Esta obra se concibió en la prisión de Spandau, mientras su autor cumplía la pena impuesta en Núremberg: veinte años. Simultánea o sucesivamente, he devorado otros textos que le son hermanos o parejos, libros que explican cómo escribió aquella autobiografía, quiénes le ayudaron a editarla tras su salida de la cárcel, quiénes le hicieron recortar el original, quiénes le obligaron a responder lo que Speer no había redactado u olvidado. Es un documento con numerosos paratextos: con obras que la circundan y que sirven para entender su elaboración.
En la confección del libro editado intervino decisivamente Joachim Fest, el gran historiador y periodista alemán, aquel que publicara la primera biografía de Hitler (Planeta) y aquel que acabara sus días escribiendo unas memorias conmovedoras e informativas: Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral (Taurus). Fest cuenta parte de su tarea con Speer en su libro Preguntas sin respuesta. Conversaciones con Albert Speer (Destino). Es un libro tardío (aparecido en Alemania en 2005), una elaboración o reelabofración de sus apuntes, de sus anotaciones, que se remontan a 1967. ¿Por qué tardó tanto tiempo en revelar el interesante y penoso trabajo de edición de las Memorias de Speer? Probablemente la aparición de una biografía del personaje le obligó a mostrar sus cartas. ¿A qué libro me refiero? Al de Gitta Sereny, Albert Speer, su lucha con la verdad (Javier Vergara Editor), un grueso volumen que me deslumbra.
En realidad, todo esto que les cuento es erudición, más o menos interesante. Lo importante es otra cosa. Por un lado, la cuestión moral en Speer: o la amoralidad o la inmoralidad. Es decir, ¿por qué un tipo educado, instruido, nacido en ambiente distinguido, fue seducido por el plebeyismo hitleriano? Por otro lado, no menos importante es el documento en sí, las Memorias. Esto es, ¿por qué un historiador ayuda a un testigo y protagonista del pasado nazi a reelaborar el recuerdo?
2. Everybody’s darling. Por lo que sabemos, Speer fue un tipo normal, incluso un individuo atento, curioso, comprensivo y culto, muy culto. No es la suya la efigie del nazi bronco, amante de la violencia, sino la del técnico eficiente, la del experto preparado.
Comienza a trabajar como arquitecto cuando Alemania está sumida en una crisis económica aguda: es decir, no tiene encargos ni proyectos, cosa que le obliga a vivir del padre, de la generosa asignación que su progenitor le pasa. Con ese dinero, Speer y su esposa llevan una existencia rumbosa. Pero vivir materialmente bien no significa tener los afectos cubiertos: las relaciones de padre e hijo siempre fueron distantes y su matrimonio con Margret empeora la circunstancia. Como sucede en tantos otros casos, el vástago decepciona y decepcionará al progenitor. Es un joven de gran agudeza, de excelentes capacidades, un as en matemáticas y en estadística, disciplinas en las que no se licencia. Cursa arquitectura para así complacer a sus mayores, siguiendo la tradición de la familia.
Por lo que él cuenta y por lo que cuentan sus biógrafos, esa carencia emocional jamás se resolvió y todo, prácticamente todo, lo que Speer hizo a lo largo de su vida tuvo que ver con el padre, con lo que el padre podía esperar o aprobar, con lo que podría haber deseado. La conducta de Speer siempre será la de un tipo que se hace querer, la de quien sabe cómo granjearse la admiración o la sorpresa de los otros, dispuestos a reconocerle sus méritos. O, como dijo expresamente Joachim Fest en Preguntas sin respuesta, «lo más llamativo en toda la vida de Speer era que siempre fue el everybody’s darling: fue el favorito de su maestro Tessenow, el de Hitler, de los jueces de Núremberg, del personal de la prisión de Spandau, y siempre así». Con alguna salvedad, añade Fest en una anotación de 1967: «Al parecer, la única excepción fueron sus padres, cuya frialdad todavía lo atormenta». Todavía: cuando ya sobrepasaba los sesenta años. «En cierto modo», prosigue el historiador en Preguntas sin respuesta, «todavía hoy sigue siendo esa especie de darling. Esa circunstancia le concedió unas oportunidades enormes, que él supo aprovechar. Pero al mismo tiempo fue el problema de su vida, incluso su fatalidad».
Cierto día, cuando es un joven prometedor y bien nutrido en una Alemania en crisis acude a un meeting de Adolf Hitler. Se desarrolla en la institución universitaria en la que Speer ejerce de profesor contratado. Pese a la fama pendenciera que le precede, el político se presenta como un honorable burgués, bien vestido, con ínfulas moderadas. La mesura y la teatralidad del futuro Führer le seducen y aturden. Pronto se conocerán: Speer seducirá Hitler.
3. La seducción. «Speer ha traído algunas fotografías que deben incluirse en el libro», dice Joachim Fest en una página de Preguntas sin respuesta. El comentario data de octubre de 1967. «Muy sorprendentemente una de ellas», dice Fest, «muestra a Hitler y a Speer sentados en un banco en el Obsersalzberg, claramente enfadados el uno con el otro. «Un riña de enamorados», he observado no sin cierta ironía. Speer me ha mirado con una arruga de disgusto en la frente. Entonces maticé: nadie diría que se trata de un líder y su seguidor entregado. Las dos personas que aparecen en la fotografía no lo eran, por lo menos no eran sólo eso. La fotografía revelaba una intimidad que no era imaginable entre Hitler y cualquier otro de sus paladines. «Se trata –añadí– de una pareja que está de morros. ¿Y se habría puesto de morros Hitler con Göring o Himmler? Simplemente nos habría echado a cajas destempladas. Ningún otro documento que yo conozca revela tan a las claras la posición excepcional que usted ocupaba en el entorno de Hitler y que en buena medida se explica por razones eróticas»…»
Sin duda, estas palabras resultan comprometedoras: el erotismo no es sólo el contacto estrictamente sexual, sino la expresión de una libido, la manifestación de un atracción. Adolf y Albert se quieren: no trivializo esa relación; es una descripción de un contacto viril. Se ofrecen mutuamente en un juego de emociones que confirma lo importante que es el uno para el otro. Les gusta sentirse deseados, envidiados, confirmados. Los anhelos de triunfo de Speer eran desmedidos: y su incapacidad para frenar su egotismo, también. Sólo se recogía y se contenía ante Hitler. ¿Por miedo, por respeto? ¿Por amor?
Speer amaba lo que le corroboraba y para él el éxito significaba plantearse retos que pudiera obtener. Hasta 1944, el Führer será la fuente de su autoestima, aquel que admiraba lo que hacía, que celebraba la eficacia de su ejecución, las audacias de su imaginación: en la arquitectura o en la producción de armamentos. Cuando Speer se hace cargo del Ministerio, de ese Ministerio de Armamentos, el joven arquitecto carece de conocimientos precisos sobre esta disciplina, pero él –precisamente– se somete a disciplina: sabe que lo puede conseguir y sabe que puede deslumbrar al Führer. Lo que nunca logró del padre, ese otro Speer tan desdeñoso. Albert, el hijo no admirado, fue un gerente y un alemán, dice Joachim Fest. Es decir, fue un técnico que supo trabajar pragmáticamente, ciñéndose a unas reglas y a unos recursos. Pero fue también un tipo romántico, alguien fácilmente impresionable con las ideaciones más extremas, más convulsas.
4. El hundimiento. Cuando la guerra ya estaba perdida, Speer se propuso salvar a Alemania del apocalipsis a que el Führer quería conducirla, evitando así la destrucción de la red de infraestructuras y de producción. «Si el pueblo alemán sucumbe en esta lucha, será que ha sido demasiado débil. En ese caso, no habrá superado su prueba ante la Historia y únicamente estará destinado al hundimiento», dice Speer que dijo Hitler. Esa frase, atribuida al Führer, se reproduce en la página 707 de las Memorias. Según confiesa el autor, esa suerte de vandalismo le produce repugnancia. Con un lento, lentísimo examen Speer comienza a apartarse de la fuente de su erotismo. El resto de sus páginas son sobre todo esa epifanía, la caída del caballo, el desvelamiento: ofrece de sí mismo una imagen patética, por la dificultad de romper con la seducción; y ofrece también de sí mismo una imagen épica, por la gesta de salvar a Alemania del hundimiento…
Hemeroteca
J S, «El calvario de Camps», El País, 2 de septiembre de 2009.

Deja un comentario