El 11-S y sus metáforas. Desde hace unos años, cada vez que se acerca el 11 de septiembre nos sobrecogemos. Recordamos las imágenes televisivas que hemos visto cientos de veces y hacemos sociología de urgencia. Nos preguntamos por qué pasó o, más sutilmente, qué pasó. Nos interrogamos acerca de los precedentes y de las predicciones razonadas. ¿Puede volver a pasar? La simple visión de un par de aviones incrustrándose en las Torres Gemelas nos atudió, nos dejó sin habla. Pero quizá lo que más nos impactó fue lo que ocurría en el suelo, en tierra: la ceniza, ese gris que todo lo envolvía tras el hundimiento, la solidaridad primaria y primera, elemental. Quedamos sin habla, insisto.
¿Sin habla? No, no: aquel hecho insólito, inaudito, provocó un aluvión de palabras, una expresión aturdida o reflexiva, analítica o vengativa. Muchos quisimos decir la nuestra, explicarnos qué había sucedido. Para ello nos servimos de todo tipo de recursos: de analogías, de conocimientos históricos, de informaciones contrastadas, de impresiones temerarias, de ignorancias atrevidas. Quisimos averiguar y exponer la etiología de aquel inmenso crimen, el contexto político, ideológico, religioso, de aquel infierno. Ven, ya me sale una imagen muy fecuente en aquellos días: el infierno.
Ateos, agnósticos, creyentes: tuvimos que valernos de fórmulas y de metáforas bíblicas para expresar lo inexpresable, lo inefable. El terrorismo cambiaba de forma y, sobre todo, cambiaba sus resultados: de operar localmente, pasó a intervenir global y mediáticamente. Que todos viéramos lo mismo, que todos asistiéramos a la repetición de un hecho dantesco que había sucedido de verdad, nos aturdía aún más: no era posible desentenderse o mostrar aburrimiento. La puesta en escena o la conclusión del último acto nos trastornaban. Dantesco, último acto: metáforas que entonces ya estaban gastadas.
Yo también me vi escribiendo en la prensa para decir… ¿qué cosa? Poca cosa, la simple congoja que aquello me producía. «El artículo más triste» titulé la pieza en la que, no sé por qué, me valía de una única imagen: la del hundimiento nazi, la de los últimos días del Reich milenario, la de la esperada consumación apocalíptica. Recuerdo que leí muchos de los libros españoles que entonces se publicaron. Quería saber o averiguar el perfil de un acontecimiento monstruoso, un suceso hiperreal.
Desde entonces, todos los años leo algo nuevo. Es una suerte de penitencia o de deber escolar que cumplo con puntualidad. Esta vez lo hago leyendo El segundo avión. 11 de Septiembre: 2001-2007, de Martin Amis, que en España publica Anagrama. Me lo ha regalado Francisco Fuster. Se lo agradezco especialmente: mientras escribo estas líneas, el libro aún no está a la venta.
Amis enuncia y describe un régimen de terror (otra vez, el régimen de terror), el que vivimos en aquel momento: justamente después del hecho, con esa impresión de apocalipsis inminente que hoy se ha ido enfriando. Digo esto y me muerdo la lengua. La superstición, la mera superstición, me hace pensar en que puedo convocar a la Parca al decir eso de que el apocalipsis se ha enfriado. Vaya: lo dejo estar.
Leo a Amis y, como suele ocurrirme con su prosa, me atrae y me repele. Desde hace años, este autor empuja una pesada carga, que él mismo ha analizado. ¿A qué fardo me refiero? Ser hijo de quien es (Kingsley Amis), elevarse por encima de esa sombra, escribir bien y con estridencia, declararse de izquierdas e individualista, arremeter contra lo políticamente correcto, expresarse con énfasis intelectual y profesar el antiestalinismo o el antiislamismo: eso sí , cómodamente instalado. Algún día, más adelante, deberé tratar aquí alguno de sus libros principales: Experiencia o Koba el Temible, por ejemplo.
¿He dicho cómodamente instalado? Me corrijo. Me parece injusto calificar así los aspavientos críticos de Amis. Los grandes ismos del siglo XX, al menos los más dañinos, no son algo distante o ya muerto. Las ideologías más tóxicas reviven o perviven conforme sus adeptos rezagados o nuevos las extienden. El estalinismo es un mal de otro tiempo pero esa forma de ejercer el poder totalitario no ha desaparecido. Por otro lado, el islamismo no es una nostalgia de otra época, sino una utopía arcaica o arcaizante, una arremetida que aún sigue. Quiza hoy vivimos el terrorismo global de una manera menos dramática que en 2001: ahora, las cosas parecen suceder en desiertos remotos o en montañas lejanas, en países distantes como Irak o Afganistán. Pero la amenaza continúa.
En El segundo avión, Amis recopila cronológicamente sus textos (2001-2007). Eso nos permite conocer su estado de ánimo personal y es, a la vez, una radiografía: cómo llega la representación del terrorismo, de la guerra, de apocalipsis mediático. Las cosas que Amis dice acerca de la violencia no son exactamente nuevas. Las hemos leído en las obras de algunos expertos. Como tampoco son especialmente originales las andanadas antirreligiosas de Amis: lo que detalla del islam, del fracaso del islam, es en buena medida algo ya escrito por Bernard Lewis. Digo Lewis y me acuerdo de que yo también me he servido de sus obras en algún artículo periodístico… Pero volvamos a lo que estaba señalando.
Frente a los expertos, Amis tiene la ventaja del ensayo: los especialistas de cultura religiosa en ocasiones se pierden con erudiciones avariciosas. Amis no se vale de ese patrimonio: puede remontar el vuelo con el ensayismo urgente. Pero, más allá de sus cualidades como escritor, como divulgador y como crítico, ¿hay algo que justifique su libro, la novedad de su obra? ¿Aprendemos cosas relevantes con El segundo avión?
Sin duda, en las páginas de Amis siempre hay ideas atinadas formuladas con la ironía más sutil, pero hay también descripciones gruesas y expeditivas que nos decepcionan. En esta obra hay un par de relatos que sirven de complemento a otros textos: uno está dedicado al doble del hijo de un dictador, entregado a las mismas sevicias y amputado como el vástago tras atentados o accidentes; otro nos relata en tercera persona las últimas horas de Mohamed Atta, un difícil experimento narrativo, sin duda. En ambos casos, lo verosímil es el logro real o el defecto que lastra el cuento, depende: y depende del momento o del párrafo. Y no les digo más.
En el resto del libro, Amis opta por otros géneros (el ensayo, el artículo periodístico, la reseña, etcétera) para aventurar respuestas a lo que no parece tenerlas: ese segundo avión que cambió el mundo. Seguramente es la imagen más atinada del volumen: la reflexión aparece al principio, en la página 13, y es recurrente. Regresen a 2001 y traten de recordar sus impresiones de entonces o, al menos, lo que el mundo sintió cuando el presunto accidente se convertía en ataque. En aquel momento, lo que nos sobrecogió espantosamente, lo que derrumbó nuestra idea de lo humano, lo que nos hizo ingresar en otra época, fue ese segundo aparato incrustándose en la Torre Sur.
O en los términos de Amis: «La llegada del segundo avión, rasgando el cielo en vuelo bajo sobre la Estatuta de la Libertad: ése fue el momento definitivo. Hasta entonces, Norteamérica pensaba que no estaba presenciando sino uno de los peores desastres de la historia; ahora podía tener una percepción de la vehemencia aterradora orquestada en su contra». En efecto, mientras sólo era un aparato el que se había estrellado, los espectadores aún podían confiar en la mala fortuna: todo era un dantesco accidente. Cuando llega el siguiente y el piloto repite la misma acción, el estupor se convierte en incredulidad y en espanto: no hay azar, no hay fatalidad, sino una decisión humana.
Las reseñas de este libro subrayan ciertos aspectos polémicos. Son lecturas correctas pero parciales de Amis: el autor –dice algún comentarista– cree que es básicamente el fanatismo religioso el móvil de estos atentados inconcebibles, causantes de incontables mortandades y estragos. Si esto es así, ¿entonces por qué otros fanáticos religiosos, que los hay a paletadas, no ocasionan destrucciones semejantes? ¿Porque no pueden o porque algo moral aún les frena? Amis cree igualmente que es una violencia sexual masculina la que está detrás de estas explosiones, subrayan otros críticos. Cierto, cierto. Pero ese dato es insuficiente y probablemente sesgado. Hacen falta otros factores, añadiría Amis. ¿La humillación que siente o percibe el mundo islámico? ¿Las derrotas militares que sufre? No es un dato incorrecto, pues está en algunas páginas de El segundo avión: siempre que tengamos en cuenta que el terrorismo global empieza gestarse a gran escala después de la crisis de la Unión Soviética en Afganistán. Es decir, después de una victoria de los muyahidines. En todo libro sobre terrorismo, la controversia sobre las causas es algo frecuente: algunos autores disputan sobre ellas; otros simplemente las niegan.
En realidad, más que estos aspectos, lo relevante de esta obra es el examen de una impresión: la de la muerte. Es su reflexión –verdaderamente polémica– sobre el tanatismo, esa exaltación de la muerte y de la inmolación, que parecen escapar a todo raciocinio. El islamismo radical es, a juicio de Amis, comparable «con los movimientos políticos tanatoides que mejor conocemos; a saber: bolchevismo y nazismo». Hay numerosas afinidades, insiste. Liderazgos hipertróficos, sumisión total, hombre nuevo, «romanticismo autocompasivo», antiliberalismo, antiindividualismo y, sobre todo, «la obsesión por el sacrificio y el martirio; una malsana rebeldía dolescente mezclada con una inclinación pueril a la destrucción; el ‘agonismo’, o aceptación de una beligerancia permanente e implacable; el uso y la invocación de lo muy nuevo y lo muy viejo; la obsesión por la purificación y un feroz antisemitismo», concluye.
Sin duda, hay una simplificación en este retrato de grupo, pero su lectura vale la pena. Como decía al principio, desde 2001, todos los años leo libros nuevos sobre el terrorismo global. Es una suerte de penitencia o de deber escolar que cumplo con puntualidad, al menos en septiembre. Esta vez lo hago leyendo El segundo avión. 11 de Septiembre: 2001-2007. Vale la pena: aunque sólo sea para debatir.

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