Uno.
El comienzo del Curso es una promesa de juventud. O, al menos, así me lo tomo yo. Sí, ya sé: en realidad, los años académicos son un ciclo que se repite cada doce meses y, por tanto, son el retorno de lo mismo. Pero quienes empiezan no son idénticos: ni los estudiantes ni ese profesor –yo mismo– que lleva una larga temporada impartiendo clase. Algunos compañeros me preguntan: ¿cuándo pedirás un año sabático? Les explico: un año sabático es un curso sin docencia, una estancia fuera de tu universidad, dedicado sólo a investigar. La verdad es que aún no me lo planteo.
A pesar de llevar veintidós años dando clase, el encuentro con los alumnos sigue siendo lo que más dicha me procura. Sólo les pido que demuestren algún interés por la materia que enseño, alguna motivación por aquello que no saben, alguna inquietud por aquello que pueden aprender. Por mi parte, yo ya pongo el entusiasmo, la dedicación y algo de vergüenza torera.
Vergüenza torera, en efecto. No basta con faenas de aliño. Hay que arrimarse cada día, como hacen los diestros precisamente. Arrimarse, aquí, significa: documentarse mucho, provocar las intervenciones de los estudiantes, enseñarles a leer históricamente, combinar datos pasados y referencias actuales, ponerle ironía a las cosas, demostrar buen humor, evitar el histrionismo, exigir y ser cortés. Ya sé que soy un privilegiado: no imparto lección a bachilleres desinteresados. Son universitarios…, pero universitarios que no los tienes ganados por el hecho de serlo. Cada día es un pequeño reto para el que sirven los años de experiencia y el rodaje de esta máquina algo desvencijada. Pero, insisto, nada está ganado, porque, como dicen los actores, el público te exige en cada sesión y el resultado es incierto. Un día crees que la performance ha sido correcta y, sin embargo, notas en sus rostros el hastío o la decepción. La analogía teatral es pertinente aunque sólo sea eso: una analogía.
Dar clase es como actuar, como representar un papel. Lo haces pero con un guión que cambia cada día y con un público que siempre es el mismo (al menos durante el curso académico). Eso te obliga a utilizar todo tipo de recursos para mantener la atención. No es un circo en el que te plantees el más difícil todavía, sino un teatro modesto en el que el actor se ha estudiado su papel. Como sabes lo que sabes y sabes lo que no sabes, has de hacer una tarea digna, decorosa: una faena que te permita regresar al día siguiente sin vergüenza.
La asignatura con la que empiezo el curso no puede ser más prometedora: Introducción a la Historia. La impartí hace años y ahora vuelvo a ella. Algunos colegas desprecian estas materias de poco vuelo, de escasa especialización. Yo, por el contrario, las prefiero: tienes la posibilidad de enseñarles a observar históricamente. ¿Qué hace un historiador? ¿Cómo mira? ¿De qué se vale? ¿Qué puede y qué no puede hacer? Hoy, viernes 18 de septiembre, se inaugura oficialmente el curso en la Universidad de Valencia. El lunes comienzo mis clases.
Dos. ¿Han observado al profesor cuya imagen reproduzco en este post? Provoca una impresión de autoridad, como el rector de un College. Es un tipo de aspecto británico, con indumentaria preceptivamente académica. Tocado con el birrete, demuestra un aire despectivo. Lee con anteojos: quizá un breviario o un prontuario o un poemario. Por la mirada desdeñosa que les dedica, esas páginas no parecen ser de su agrado. El asiento no es cómodo. Sin duda, el profesor se está dando un respiro tras impartir lección. Es como si estuviera esperando el fin de un examen, el que sus alumnos están rindiendo. Pero a éstos no los vemos, ya que están fuera de campo. O tal vez esté en la biblioteca después de la última clase. Lo ignoramos. El docente tiene una botella al lado. No sabemos si su vaso contiene ginebra pura o un combinado, quizá un gin tonic. Quién sabe, quizá esté achispándose para acudir a una high table. Sin duda es uno de esos profesores excéntricos a quienes frecuentaban los alumnos de Oxbridge… Qué tiempos.

Deja un comentario