Yo, profesor

Uno. profesor1El comienzo del Curso es una promesa de juventud. O, al menos, así me lo tomo yo. Sí, ya sé: en realidad, los años académicos son un ciclo que se repite cada doce meses y, por tanto, son el retorno de lo mismo. Pero quienes empiezan no son idénticos: ni los estudiantes ni ese profesor –yo mismo– que lleva una larga temporada impartiendo clase. Algunos compañeros me preguntan: ¿cuándo pedirás un año sabático? Les explico: un año sabático es un curso sin docencia, una estancia fuera de tu universidad, dedicado sólo a investigar. La verdad es que aún no me lo planteo. 

A pesar de llevar veintidós años dando clase, el encuentro con los alumnos sigue siendo lo que más dicha me procura. Sólo les pido que demuestren algún interés por la materia que enseño, alguna motivación por aquello que no saben, alguna inquietud por aquello que pueden aprender. Por mi parte, yo ya pongo el entusiasmo, la dedicación y algo de vergüenza torera.

Vergüenza torera, en efecto. No basta con faenas de aliño. Hay que arrimarse cada día, como hacen los diestros precisamente. Arrimarse, aquí, significa: documentarse mucho, provocar las intervenciones de los estudiantes, enseñarles a leer históricamente, combinar datos pasados y referencias  actuales, ponerle ironía a las cosas, demostrar buen humor,  evitar el histrionismo, exigir y ser cortés. Ya sé que soy un privilegiado: no imparto lección a bachilleres desinteresados. Son universitarios…, pero universitarios que no los tienes ganados por el hecho de serlo. Cada día es un pequeño reto para el que sirven los años de experiencia y el rodaje de esta máquina algo desvencijada. Pero, insisto, nada está ganado, porque, como dicen los actores, el público te exige en cada sesión y el resultado es incierto. Un día crees que la performance ha sido correcta y, sin embargo, notas en sus rostros  el hastío o la decepción. La analogía teatral es pertinente aunque sólo sea eso: una analogía.

Dar clase es como actuar, como representar un papel. Lo haces pero con un guión que cambia cada día y con un público que siempre es el mismo (al menos durante el curso académico). Eso te obliga a utilizar todo tipo de recursos para mantener la atención. No es un circo en el que te plantees el más difícil todavía, sino un teatro modesto en el que el actor se ha estudiado su papel. Como sabes lo que sabes y sabes lo que no sabes, has de hacer una tarea digna, decorosa: una faena que te permita regresar al día siguiente sin vergüenza.

La asignatura con la que empiezo el curso no puede ser más prometedora: Introducción a la Historia. La impartí hace años y ahora vuelvo a ella. Algunos colegas desprecian estas materias de poco vuelo, de escasa especialización. Yo, por el contrario, las prefiero: tienes la posibilidad de enseñarles a observar históricamente. ¿Qué hace un historiador? ¿Cómo mira? ¿De qué se vale? ¿Qué puede y qué no puede hacer? Hoy, viernes 18 de septiembre, se inaugura oficialmente el curso en la Universidad de Valencia. El lunes comienzo mis clases.

Dos. ¿Han observado al profesor cuya imagen reproduzco en este post? Provoca una impresión de autoridad, como el rector de un College. Es un tipo de aspecto británico, con indumentaria preceptivamente académica. Tocado con el birrete, demuestra un aire despectivo. Lee con anteojos: quizá un breviario o un prontuario o un poemario. Por la mirada desdeñosa que les dedica, esas páginas no parecen ser de su agrado. El asiento no es cómodo. Sin duda, el profesor se está dando un respiro tras impartir lección. Es como si estuviera esperando el fin de un examen, el que sus alumnos están rindiendo. Pero a éstos no los vemos, ya que están fuera de campo. O tal vez esté en la biblioteca después de la última clase. Lo ignoramos. El docente tiene una botella al lado. No sabemos si su vaso contiene ginebra pura o un combinado, quizá un gin tonic. Quién sabe, quizá esté achispándose para acudir a una high table. Sin duda es uno de esos profesores excéntricos a quienes frecuentaban los alumnos de Oxbridge… Qué tiempos.

43 comments

Add Yours
  1. La ratita presumida

    Pues nada Don Justo, “suerte y al toro”.
    Conociéndole, me atrevería a asegurar que su final de curso terminará con una gran ovación :-)

    Saludos roedores.

  2. marpop

    Yo también estoy convencida de la ovación final, casualmente hace un tiempo me topé con amigos de amigos que hablaban de usté e incluso le dedicadan un post en sus espacios, así que puede sentirse orgulloso de verdad. Estoy de acuerdo: el papel del profesor es casi el mismo que el de un actor, como el propio estudiante universitario que también interpreta un papel, bastante polifácetico, pues en clase es uno, en la cafetería de la universidad es otro, y una vez sale por la puerta es otro. Y así, sucesivamente. En mis años de universidad, yo fui un poco pessoana en ese sentido, un ir y venir de personalidades con un fondo común: yo, y mire por dónde, finalmente he acabado centrada en el estudio de la lengua, cosas de la vida, partiendo muchas veces como referencia de su bibliografía citada en aquellas clases.
    Saludos POP y gracias por aquellas clases!
    (no sé por qué, aunque normalmente hay tuteo entre nosotros, hoy le hablo de usté…debe ser cosa de una de esas personalidades mías de las que hablaba).

  3. Marisa Bou

    Ni un sólo día he dejado de asomarme a esta ventana, pues acodada en ella -tal como la mujer del cuadro de Dalí- es donde relajo mi vista en el hermoso paisaje, negro sobre blanco, de la letra escrita. Es aquí donde tómo conciencia del mundo real, de ese que se me escapa porque ando de puntillas y dando saltos, sin saber dónde debo apoyar con firmeza los pies. A diferencia de esos otros mundos en los que me muevo, en los que intento siempre pisar con fuerza, de modo que -por lo resbaladizo e inconsistente del terreno- acabo con una, o con ambas patas hundidas hasta el corvejón.

    Las intervenciones de nuestro gato filósofo, o filosogato, son siempre acertadas, oportunas y enjundiosas. O casi siempre. La última me ha encantado. Yo no ando por tejados, pero siempre llevo macuto (bolso). Y sin embargo, no siempre llevo un libro en él. Papel escrito, siempre, pero sin encuadernar. El vicio de la lectura lo tengo en solitario, en lo del sedentarismo mo parezco más al señeor Serna.

    Por cierto, que los dioses le sean propicios en este curso que empieza, don Justo. Me sumo con pleno convencimiento a las opiniones que le auguran un éxito total.

  4. el náuGrafo

    Tengo particular admiración por el profesor que hace del hecho de impartir su clase un arte, y creo que tú eres de éstos. Enhorabuena.

    Había un profesor de la UPV, Bilbao, que decía (en un libro) que el primer día de clase sentía el síndrome de la bragueta bajada. Esos nervios que no se iban ni con la experiencia, y que le hacian mirarse cada dos por tres la bragueta, no fuera que se la hubiera dejado abierta, para ridículo y risotada generales.

    Que tengas buen curso académico.

  5. Pumby de Villa Rabitos

    ¡Suerte, Serna!… por cierto, creo que viene al pelo, como contraposición al tema del profesorado, lo que comenta Juan Carlos Escudier en “Público” hoy – pag. 6 de la edición en papel: “Un repertorio de culpables” – lamento no poner el link pero no lo encontré en la edición digital.

    Marisa, gracias por tus merecidísimas palabras sobre mi que orlan de forma refulgente mi panoplia de virtudes, esas que tan sabiamente haces brillar con tus afirmaciones y que tanto y tan sobradamente me merezco. La modestia no es uno de mis fuertes, desde luego.

    Me mareo, Marpop, me mareo… ¿cómo que “usté”, cómo que “usté”?… Comenzaron los tontosdelhaba de “El País” con su Manual de Estilo (¡menudo estilo!) a quitar las consonantes del final de palabra porque los madrileños no las pronuncian (vaya, por dos!), obteniendo grandes resultados verbales tales como “me voy al chalé” o “beba coñá”. La Academia, para no ser menos, admitió burradas del tipo de “setiembre” o “sicología”, como si los hispanoparlantes fueran incapaces de pronunciar dos consonantes seguidas… ¿de verdad un señor de Vallecas enmudece para decir “septiembre”, o sea, “el séptimo mes”?… ¿y porqué no el “sétimo”?… ¿de verdad es indiferente saber que no es lo mismo hablar de la ciencia de la mente (psicología) que de la ciencia del higo (sicología)?… ¿Y ahora tu te descuelgas con un “usté” abominable?… ¡Al próximo que me diga que el español está en peligro por culpa de los catalanoparlantes, lo mato a “patás”!

  6. industria permanente de armamento

    Pumby:

    Le leo con sumo agrado y aprecio su furia crítica. Pero en este caso se equivoca de cabo a rabo pues confunde un idioma con su escritura. La reducción al absurdo de su preocupación es la pedantesca pronunciación de Sánchez Dragó cuando dice, con todas las letras p’sicología.

    Salud a todos!

  7. Pumby de Villa Rabitos

    Industria Permanente de Armamento: me alegro que te divierta mi lectura, espero poder divertirme yo también contigo.

    Errar es humano y aunque yo soy un felino, tampoco soy infalible. Es lo propio de la Naturaleza, su perfecta imperfección. La entropía es nuestro motor primero, ya sabes. Dicho lo cual, comprenderás que si yo me equivoco de cabo a rabo (¡nunca mejor traído lo del rabo!, aunque prefiero, cola) tu confundes el culo con las témporas. Te lo explico más abajo.

    Pero como me gustaría que no nos desviáramos del punto de atención que ha fijado Serna en su blog – pues, a la postre esto y no nosotros (me refiero a ti y a mi y nuestras opiniones) es lo que convoca al lector y al contertulio del presente medio – me permitiré decir sólo un par de cosillas sobre la cuestión que te preocupa y me callo, prefiero volver a la reflexión sobre el profesorado. Te dejo pues, la última palabra, así que, si las vas a utilizar, espero que sea con acierto, confío, por eso, en tu gentileza.

    Vamos allá. Que yo confunda idioma con su escritura es una opinión tuya absolutamente gratuita. No lo hice. Un idioma – y para las dudas, consúltese el DRAE, vulgo Tumbaburros – es, como sinónimo de lengua, un sistema. Y ese sistema lo que hace es regularizar lo hablado. Lo hace a través de una serie de convenios que permiten que el hecho natural – la imperfección de la que hablaba “up supra” – se vea compensada por la perfección de la artificialidad humana, producto de la razón de la especie. Un idioma, en conclusión, es, básicamente, su escritura.

    ¡Y no nos perdamos ahora por los vericuetos de los idiomas ágrafos! entiéndaseme en su justa medida o esta intervención se hará interminable.

    En otras palabras, el idioma, el sistema, lo creado artificialmente por los seres humanos, es lo que “limpia, fija y da esplendor” a una lengua, a cualquier lengua, pues ésta está sometida al azar y la diversidad de su naturaleza. Un ejemplo: como el latín no tuvo nunca una Academia de Lengua se deshizo en multitud de nuevas lenguas guiadas, éstas, tan solo por el hecho natural del habla, o sea, por carecer de un sistema artificial referencial.

    Precisamente, por eso, ni septiembre, ni chalet, ni, por supuesto, psicología, deberían perder letra alguna pues ¿por qué deberían hacerlo?… ¿por qué un señor de Madrid es incapaz de pedir un coñac, sólo alcanza a pedir un “coñá”?… Pues mira, en toda Latinoamérica y más de la mitad de la Península Ibérica, pronuncian esa ce y hasta la te de vermut, algo ya impensable para los redactores de estilo de “El País”, sus acólitos y palmeros.

    Llegados a este punto, la alternativa que deberá tomar el castellano es si va a admitir las ocurrencias de cualquier botarate – o francachela de los mismos – que viva en cualquier punto del orbe hispanoparlantes o se va a mantener firme como lengua unitaria, común, en un sistema lingüístico fuerte y flexible como lo ha sido hasta ahora. En el primer caso, el castellano se volatilizaría como lengua en apenas un par de siglos – algo así le costó al latín sin la ayuda de la globalización – en el segundo, de aquí a doscientos años, aun existirá una lengua inteligible, al menos, a ambos lados del Atlántico.

    Otro asunto bien diferente es que Sánchez Dragó sea un gilipollas, y, consecuentemente, hable y escriba como tal… Uy, perdón, que Serna me “recomendó” que no dijera palabrotas… nada, nada, me retracto, decía que una cosa es que Sánchez Dragó sea un individuo de inteligencia distraída – ¿vale así? – y otra que sepa o no utilizar el sistema lingüístico del castellano. Bueno, el tipo lo usa correctamente aunque lo haga de una forma afectada y, como dices, pedantesca, ¿qué le vamos a hacer!, pues nada, resignación. Pero, por favor, no confundamos unas cosas con otras.

  8. Jose Castro

    Venga Don Justo, que aquí en tierras de sudamérica viene a dar más o menos en lo mismo. Ya lo decía yo que me he metido a profesor de economía para no asumir lo de actor frustrado… Así le pone uno el mejor de los humores a su libreto. Así se enfrenta uno al inciar cada curso con la sensación de no querer entrar al salon por miedo a no hacer un buen papel…

    Saludos argentinos para todos

  9. Mary Reilly

    ¿Que los madrileños no pronuncian qué? Para empezar, de las personas que viven en Madrid y que yo conozco, el 60% tienen acento andaluz; como un 20% procede de León (la proliferación de leoneses de los últimos tiempos es, cuanto menos, rara); prácticamente el resto de mis conocidos es argentino. Yo, de Madrid, no conozco a nadie más que a mí, con perdón y la forma de hablar, de pronunciar letras finales o no, depende de lo alfabetos o analfabetos que sean los del lugar que sea. Los segundos son cada vez más numerosos en toda España y, del mismo modo que hay leoneses y vallisoletanos incapaces de pronunciar la de final y dicen Madriz y similares, cada vez conozco a más catalanes, valencianos y aún aragoneses, que han perdido la preciosa pronunciación de la elle, que los caracterizaba. Es una cuestión cultural y no geográfica.

    Soy de Madrid, insisto, y digo (y escribo) psicología, septiembre, incluso obscuro, coñac, reloj, chalet y usted. Incluso pronuncio bien claria la elle, aunque a eso me enseñaron.

    Mi lamento es por otra bellísima y graciosa palabra, por no tener singular, que La Academia ha aceptado en su vulgarización y mal uso y que he visto, incluso aquí, empleada en su moderno y lamentable nuevo uso. Efemerides. Ahora ocurre una efeméride, qué le vamos a hacer.

    Yo al Señor Serna (espero que no se crezca como el gato) le aplaudo nada más salir, como se hace con los músicos, únicas gentes a las que se aplaude antes de que hagan nada. Será por la fama que los precede, como le ocurre al Señor Serna, que garantiza el éxito final.

    Buenas noches.

  10. jserna

    Saludos a todos. A los amigos habituales y a los amigos silenciosos. Ah, y a los nuevos amigos que escriben por primera vez. Perdonen mi silencio de ayer tras colgar el post. Estaba atendiendo en labores poshospitalarias y tareas académicas impostergables. Punto y aparte.Filología recreativa. A eso se le llama filología recreativa: inspirada, cómo no, por la gramática parda de Pumby. Las puntualizaciones de Mary Reilly son muy pertinentes y precisas… Es posible que Pumby las viva como un zarpazo. Bienvenido, sr. Castro. Saludos.

  11. marpop

    Querido Pumby, me hace gracia que se haya sacado (de quicio) el tema de mi “usté” casi como subtema de este post, y nada más lejos de la realidad. Simplemente, estaba realizando una parodia de aquella pseudojerga de la que usteD habla. No, yo no sigo ese modelo de escritura, pero soy como el Gran Wyoming en ese punto de inflexión: “lo hago porque me da la gana”, sin más, jajajaja. No sé por qué se le ha dado tanta vuelta, de hecho, ahora mismito mi trabajo está centrado en la docencia de nuestro idioma, así que supongo que puedo permitirme esas escapadas, vaya, digo yo, como mi abuso de los diminutivos.

    Saluditos POP.

    Usté usté usté usté…Dadaísmo puro, viva la provocación, jajajaja.

  12. marpop

    (Señor Serna, dedíquele un post a las vueltas de tuerca gramaticales que el personal que es capaz de hacer y hasta dónde llegar por el simple uso momentáneo y paródico de una palabra, jajaja, quizá alguien llegue a destacar una teoría freudiana sobre mi y mi empleo del usté, aunque sólo lo haya escrito de esa manera ayer y aquí, jajaja)

  13. Pumby de Villa Rabitos

    Solicité de la amabilidad de Industria Permanente de Armamento que, si me quería puntualizar algo, lo hiciese pero que supiera que no le iba a retrucar porque, si lo hacía, nos desviábamos del tema. Pensé que esto se entendería como extensible al resto de contertulios. Veo que no.

    Evidentemente, entendí que Marpop, por alusión directa, bien podía ser la excepción. Y a ella, por eso, me dirijo ahora. Me quito el sombrero (o maúllo a la Luna). Ha sido un placer haber sido burlado por ti. Así da gusto. Me quedé en la anécdota, no en lo categórico de tu intervención, así que no pude apreciar la ironía. Lo siento. Tal vez eso te explique el porqué le pegué vueltas al asunto ¡lo tomé en serio! Así que mis disculpas, ante ti y ante el resto, por desmadrar la cuestión.

    Ah, y me alegro que gente como tu enseñe lengua y cite al Gran Wyoming como autoridad, todavía recuerdo las plúmbeas sesiones vespertinas entonando, para alegrarnos la tarde, aquello de “el ciego sol, la sed y la fatiga, el Cid cabalga…”

    Lo cual, por otra parte, no niega la mayor. O sea, que el castellano peninsular se ha metido en una espiral de denigración que va bastante más allá de la condición alfabetizada o analfabetizada de los españoles, en general, y de los madrileños en particular. Creo que los dos referentes que cité – el Diccionario de la Real Academia de Lengua Española y el Manual de Estilo de “El País” – son pruebas tangibles más que sobradas para entender que no hablo de impresiones subjetivas mías, como tu haces, Mary Reilly (¿o eres Julia Roberts?), si no de una realidad constatable y empírica.

    Así que no, Serna, las puntualizaciones de la criada no las he leído como zarpazos, ni mucho menos puedo considerarlas pertinentes, amen de ser un monumento a la imprecisión. Más bien las interpreto como la expresión palpable de cómo funciona la creación de opinión a partir de la opinión. Por otra parte, algo muy propio de sirvientes y chachas… aunque sean universitarias… y así le va al castellano, con esos talentos.

  14. jserna

    1. ¡Hay! Que sebero es usté, don gato. No me se herize, que aqui charramos mu bien.

    2. Para aprender le recomiendo lo mejor:

    ‘Manual del español urgente’. Ediciones Cátedra.

  15. jserna

    “…¿Han observado al profesor cuya imagen reproduzco en este post? Provoca una impresión de autoridad, como el rector de un College. Es un tipo de aspecto británico, con indumentaria preceptivamente académica. Tocado con el birrete, demuestra un aire despectivo. Lee con anteojos: quizá un breviario o un prontuario o un poemario. Por la mirada desdeñosa que les dedica, esas páginas no parecen ser de su agrado. El asiento no es cómodo. Sin duda, el profesor se está dando un respiro tras impartir lección. Es como si estuviera esperando el fin de un examen, el que sus alumnos están rindiendo. Pero a éstos no los vemos, ya que están fuera de campo. O tal vez esté en la biblioteca después de la última clase. Lo ignoramos. El docente tiene una botella al lado. No sabemos si su vaso contiene ginebra pura o un combinado, quizá un gin tonic. Quién sabe, quizá esté achispándose para acudir a una high table. Sin duda es uno de esos profesores excéntricos a quienes frecuentaban los alumnos de Oxbridge… Qué tiempos”.

  16. Juan Antonio Millón

    Cuánto siento no haber participado del anterior post sobre Canetti y los libros, sr. Serna. Ese “spaniol educado entre Suiza y Austria” como lo llamó Hermann Broch, según nos recordaba mi amigo José-Francisco Yvars en su prólogo a la traducción de “Las voces de Marrakesh”, en Pre-textos, una de las primeras obras (joyas) traducidas al castellano, aunque yo ya conocía la obrita que editara la formidable y extinta colección Maldoror, de la editorial Labor, “Cincuenta caracteres”, memorable ejercicio de psicológia lúdica, al que me llevó el no menos lúdico e irónico José Bergamín con su obra “Caracteres”. Por cierto que Canetti escribió unas líneas comentando las “Memorias” del recién tratado -en este blog- Speer, con el título “Hitler según Speer”, recogido en el libro “La conciencia de las palabras” -pido perdón por no saber cómo introducir la cursiva-, editado en castellano por Fondo de Cultura Económica.
    Me sumo a todos los buenos augurios y las felicitaciones ante su nuevo curso, sr. Serna. Comparto con usted esa promesa de renovación, esa promesa de camino y horizonte que trae cada septiembre de cada año. Yo nací un día de este mes, y esa sensación, unida al viento fresco que renueva los aires, me ha acompañado con fidelidad extraña.
    Sí, promesa, todo puede cambiar, todo es posible. “September” de T. S. Eliot.
    Aunque a veces -como este mismo septiembre- venga acompañado de tristes acontecimientos. Querido Pumby ya no podré contarle nada de nuestro gato Fenris, algo fatal nos lo ha arrebatado y nos ha dejado -ocurrió hace dos días- un rastro de dolor y pérdida, que, ante todo, sufren mis hijos. ¡Qué extraño!

  17. Alejandro Lillo

    Para mí la docencia -sea universitaria o no-, y como tantas otras cosas al fin y al cabo, debe consistir principalmente en interesar, motivar e incluso descolocar al alumno o al receptor de tu mensaje. En ese sentido la deuda que tengo contraída con varios profesores es incalculable. Gran parte de lo que aprendí en la Universidad, por ejemplo, se lo debo a tres o cuatro docentes –justamente del departamento de Historia Contemporánea- que cada día me retaban con sus clases. En cambio, mi aburrimiento era soporífero cuando el profesor llegaba, se sentaba en la mesa que había sobre la tarima, sacaba sus amarillentos apuntes y comenzaba a hablar siguiendo un libro de texto que teníamos a nuestra disposición en la biblioteca. Entonces me parecía que acudir a esas clases era un pérdida de tiempo, porque yo no estaba allí para sacar buenas notas ni para escuchar algo que podía encontrar y leer fácilmente; estaba allí para aprender cosas nuevas, cosas a las que yo no tenía acceso, las conclusiones y el resultado del estudio y la investigación durante años de aquellos profesores, quería aprender de su dedicación exclusiva, sus dudas y reflexiones, sus afirmaciones polémicas, sus interpretaciones, su visión de las cosas etc., etc. En ese sentido, el primer profesor de ese estilo con el que me encontré, fue Toni Casaña, mi profesor de historia en BUP y COU. A él es a quien debo agradecer en gran medida –como ocurre tantas veces con los profesores de instituto- mi interés y pasión por la historia.
    Nunca me dio clases el señor Serna. Pero se ve a la legua que forma parte de ese selecto club de docentes del que hablo, que tanto hacen por sus alumnos y que tanto disfrutan con su trabajo; en ese sentido creo que don David P. Montesinos también es uno de ellos. En el caso de don Justo volvemos a coincidir. Introducción a la historia me parece una asignatura preciosa, con muchas posibilidades; fundamental, además, para captar la atención y el interés de los alumnos hacia la disciplina, la forma de hacerla y su significado. Me encantaría asistir a sus clases.
    Pumby, lleva usted razón con lo de “coñá” y “chalé”, aunque también debo decirle que el libro de estilo de El País da una de cal y otra de arena. Ellos, a diferencia de la Academia, prefieren “septiembre” a “setiembre”; y piensan que todas las palabras derivadas del griego “psyjé” (alma) deben escribirse con “ps”. Lo que está claro es que en muchas ocasiones se hacen cosas tan raras con la lengua… Cada vez la empleamos peor. Y no nos damos cuenta. Cómo echo de menos los dardos en la palabra de Lázaro Carreter.

  18. Pumby de Villa Rabitos

    Gracias por la recomendación, Serna, y, eso, volvamos al tema del profesorado… Cuanto más dices – en este caso, de la imagen adusta del profesor indubitablemente británico (por supuesto, es una ginebra seca lo que le acompaña) – más veo lo oportuno del artículo de Juan Carlos Escudier “Un repertorio de culpables” (”Público” 2009.09.18) para contrastarlo con lo que apuntas. Bueno, tampoco es para perderse el chiste de Manel Fontdevila de la misma página (la 6). Afortunadamente, hoy ya es capturable a través de un nexo-e, ahí va:

    http://files.publico.es/estaticos/pdf/ficheros/pdf/18092009.pdf?r=1909200912

    ¿A qué mi persistencia con ese artículo contrapuesto al tuyo? A que, igual, habría que comenzar a hacer autocrítica por parte del profesorado. Poca he leído en estas páginas y menos aún fuera de ellas. ¿O es que, en efecto, el profesorado está exento de responsabilidades en el malestar existente en el mundo de la educación?… Verás, no sé si me precipito – cosa, por demás, nada nueva en mi, pero bueno, no divaguemos – comentaba que desde un planteamiento maniqueo (perdón Mani por usar tu nombre en vano), parece como si, llegados al asunto de la educación, se contrapusiese al tipo de profesor de la caricatura, a quien, encima, se da por muerto y enterrado, un nuevo profesor definido por el patrón de la LOGSE. Y de ahí no se sale. Lo malo y lo bueno, sin matices, sin análisis.

    Tratar este asunto aquí es bastante incómodo, profesores como David, Fuca, Marpop – a quien acabo de descubrir del gremio – o tu mismo sois un mal ejemplo para el caso. Me disculpará quien también fuera de la peña de los enseñantes pero no reconozco a más. Mi incomodidad, decía, viene de la mano de que, los citados, no respondéis a ese profesor a quien Escudier fustiga y, obviamente, tampoco al rancio borrachín pseudobritánico que no escapaba de ser un peón ideologizador del franquismo. Supongo que lo ideal sería que, precisamente por eso, por no ser los jerarcas autoritarios del pasado, ni los muchachuelos blandengues del presente, y claro, sin caer en el la defensa acérrima de los colegas “contra mundum”, os adentrarais en la cuestión que Serna – especialmente, en su punto dos – y Escudier pinzan con sus respectivos artículos. Bueno, es un propuesta… pero me escama el silencio o la timidez de los contertulios dedicados a la enseñanza cuando Serna ha comenzado éste “post”.

  19. Pumby de Villa Rabitos

    Caramba, Juan Antonio, se cruzaron nuestras intervenciones. Cuanto siento la noticia que me das. Sinceramente. No lo siento por el gato, claro, los gatos – él, Fenris, o yo – sólo somos eso, gatos, una parte minúscula de la Natura pero tengo una idea muy clara del cariño que un niño puede verter sobre un animalillo doméstico y la tremenda vivencia que le supone su muerte. Mi total solidaridad con tus hijos.

    Y ahora que te leo… con eso de que seas poeta, se me olvidó que también eres profesor… siento el despiste. Espero que te pueda sumar a las excepciones que cité, la de los contertulios que ni son muermos represivos, ni coleguillas desubicados.

    ¿Por qué me gustará tanto adjetivar?… uy, perdón… ha sido una reflexión en voz alta…

  20. daalla

    De docente a docente, te deseo que mantengas durante muchos años la llama de la ilusión y de la motivación por la enseñanza lejos de la actitud desdeñosa y de británica superioridad que muestra la imagen.
    Saludos

  21. industria permanente de armamento

    Estimado Pumby:

    Dice usted: “Un idioma, en conclusión, es, básicamente, su escritura.”

    Es en esto donde no podremos ponernos de acuerdo. Como holgazán semi-culto, le presento de tercera mano los razonamientos de nuestra divergencia, para su amable consideración.

    Hasta otra!

    http://www.elpais.com/articulo/sociedad/REAL_ACADEMIA_ESPANOLA_/RAE/Explicando/trasgresiones/ostaculos/subcoscientes/elpepisoc/19911216elpepisoc_13/Tes

    http://weblogs.madrimasd.org/pensamiento_pedagogico_radical/archive/2008/07/07/96308.aspx

  22. Mary Reilly

    Me va a perdonar que no le conteste, Señorito Pumby, pero las sirvientas y chachas estamos muy ocupadas a estas horas. Y es que, ante reacciones tan desproporcionadas, el servicio de mi época no puede decir nada que, lo mismo se queda sin trabajo. Quizás, si no tuviera un carácter tan arbitrario, no tendría que pedir tantas disculpas. De todos modos, agradezco el detalle de que se haya rebajado a responder a una criada que, además, es de Madrid ¡Lo último!

    ¿Julia Roberts?

    Lamento muchísimo la pérdida de Fenris. Mis condolencias más sinceras, Señor Millón.

  23. Pumby de Villa Rabitos

    Vaya… también me crucé con Alejandro… Es interesante lo que dices, eso de que el profesor ha de motivar e interesar al alumno… hombre, qué quieres… si un tipo de veintitantos está cursando una carrera desmotivado, sin interés… ¿para qué la hace?… En esas condiciones, ¿debe el profesor descuidar a los alumnos con interés para que estos pavos, sin él, muestren alguno?…

    Como tu, le debo a diversos profesores o mejor, a diversos maestros, desde los niveles elementales hasta los universitarios – amén de mi propia familia – el descubrir el placer (y la necesidad) del estudio y del esfuerzo. Aunque, al final, el interés, la motivación por un estudio concreto, fue un hecho individual, propio, mío, elaborado por mi propia experiencia y las influencias que experimenté en mi ámbito personal y entorno vinculado (amigos, familiares, esperanzas, ensoñaciones, proyectos…). En otras palabras, no por la acción externa de los funcionarios de la enseñanza sino por mi propia elaboración interna. Creo pertenecer a una generación en que eso era así, no era una “rara avis”, es que se entendía de esta forma. Es que entenderlo al revés supone trasladar una responsabilidad personal a otra persona, realmente, ajena a quien debía poner el empeño en estudiar, que es uno mismo.

  24. Juan Antonio Millón

    Gracias Pumby y Mary por vuestas palabras emotivas. Se las trasladaré mañana a mis hijos, que sabrán apreciarlas, como estos versos que he leído en un poema que Borges dedicó a los gatos: “En otro tiempo estás. Eres el dueño/de un ámbito cerrado como un sueño”.
    Pumby, he leído el artículo de Juan Carlos Escudier y, aun cuando dice verdades como puños, no puedo estar de acuerdo con el tono de su planteamiento, porque me parece desmedido. Quiero decir, no considero un “desastre” al sistema educativo, ni encuentro ningún “culpable”, en esta situación. Ciertamente existen muchas deficiencias en nuestro sistema educativo, algunas de hondo calado que deberían llevar a reflexionar a los legisladores y a los ciudadanos como elementos fundamentales de eso que se llama “comunidad educativa”. Escudier da en la diana cuando dice: “que la misma enseñanza ha de ser obligatoria para todos hasta los 16 años, lo que impide derivar hacia el aprendizaje de algún oficio a niños cuyo interés por el estudio es nulo y su principal actividad consiste en distraer al compañero o retar al profesor.”. Efectivamente. Si bien la escolarización obligatoria hasta los 16 ha sido un logro social, el realizarla sin establecer vías educativas diversas -con dotaciones adecuadas en infraestructuras y personal- que satisfagan las opciones y aptitudes diferentes que presentan los jóvenes, ha llevado a una situación difícil o conflictiva que ha ido deteriorando paulatinamente a todos los sectores de la educación. Gran parte de esa “pérdida de la autoridad” del profesorado ha venido de esa tensión no resuelta y deberían los ciudadanos, las familias y los legisladores trabajar por exigir e introducir cambios sustanciales. Coincido también con él en la consideración de la memoria, en su exigencia al alumno. Una memoria, desde luego inteligente, con sentido, instructiva, capacitadora y necesaria para ejercicios mentales y adquisión de informaciones, para la construcción de lo humano.
    Pero si a estos dos elementos -entre otros muchos de la educación que cabría tratar-, autoridad y memoria, se los ideologiza, se los carga de una experiencia histórica negativa, formando parte únicamente de la refriega política y demagógica, no sabremos encontrar una salida eficaz.

  25. jserna

    Las tarimas

    Al impartir clase, raramente me alzo. Quiero decir: suelo parapetarme tras la mesa, sobre la que dispongo algunos papeles y un par de libros, por ejemplo. En ocasiones, esas cuartillas no son apuntes: son simplemente una red que me da seguridad. Sólo cuando es estrictamente imprescindible me levanto para apuntar algo en la pizarra: el nombre de un autor, algún topónimo, poco más. Por tanto, transcurre la hora y allí sigo, sentado a la mesa, en posición elevada, sobre una tarima. No es cuestión de poder o de narcisismo: simplemente estoy cómodo. Para qué levantarme –me digo–, si desde aquí puedo distinguir lo que en la clase sucede.

    Leo en El Mundo una noticia curiosa. Se refiere a las tarimas de las aulas. Esperanza Aguirre quiere devolver la dignidad al profesor elevándole de nuevo. Se propone instalar tarimas en todos los colegios de la Comunidad. Esos tablados desaparecieron para quitarles reverencia y severidad a las clases: eso supone la Presidenta de Madrid. Para Aguirre, dicha medida fue una de las consecuencias desastrosas de Mayo del 68, del sesentayochismo. Como buen sedentario que soy, yo aplaudo el regreso de las tarimas. Para comodidad de los profesores. Simultáneamente, a Aguirre le pediría que dejara de hacer demagogia con la escuela y con la educación. La veo venir: pronto exigirá el regreso de la palmeta.

  26. Juan Antonio Millón

    La tarima ni quita ni pone autoridad por sí misma. A este respecto recuerdo una anécdota atribuida a Unamuno en la que, estando en una acto público, le instaron a que se sentara en un sillón, apropiado a su “categoría” y no en una sencilla silla donde se encontraba sentado, a lo que respondió el nivolista que la “cátedra” siempre la llevaba consigo, sentarase donde se sentara.
    Ahora bien, lo que sí crea la tarima es una distancia media que puede ser aprovechada por el profesor para mantener un cierto orden, adecuado, que, en absoluto, impide que el docente baje y transite por los pasillos del aula.
    Pero, suficiente con que Esperanza Aguirre haya propuesto la tarima para que ésta se convierta en un instrumento intimidatorio, “autoritario” y sea difícil poder mantener una idea distinta con respecto a ella.

  27. R.S.R.

    Menudo guirigay han montado, no sé si atreverme a decir nada entre tanto erudito, gatos, sirvientas y demás visitantes del blog. Una de las cosas que más me gusta de este blog es su tolerancia para con el desacuerdo e incluso con las desavenencias, que por otra parte me parece una condición necesaria para que no se haya convertido en algo plebiscitario. No soy docente, desde esa posición no puedo emitir ninguna opinión más o menos fundamentada, pero todos alguna vez fuimos alumnos y de una manera u otra lo seguimos siendo. Desde la posición de alumna hay muchas cosas que agradezco en un docente, algunas incluso sería deseable exigirlas : con tarima o sin ella, agradezco cada vez más que un profesor me ofrezca complejidad en cada tema que introduce o explica, que no ofrezca dogmas sino diferentes formas de acercarse al asunto del que se trate, que ofrezca diferentes puntos de vista y opiniones , que por su condición son ,según Fernando Savater, discutibles y cambiables .Agradezco también, y puesto que el tiempo es limitado y no se puede leer todo ¡qué vamos a hacerle!, que me de criterios para seleccionar aquello que me ayudará a formarme una opinión, a mirar con mis propios ojos los caminos por donde otros pasaron. Es loable que un profesor valore por encima de la erudición la creación de la que todo ser humano es capaz, y por supuesto también me parece fundamental “la escucha”, como alumna puedo reconocer cuando un profesor escucha con el firme y velado convencimiento de que los alumnos le pueden enseñar algo nuevo, eso no se aprende en los libros, es una actitud en la vida que intuyo en el Sr. Serna.
    Así qué, puesto que ha sido usted el que ha utilizado la jerga taurina, espero que tenga temple y pueda lidiar con lo que venga, Joaquín Vidal le haría una buena crónica. ¡Suerte y al toro, maestro!

    R.S.R.

  28. Juan Antonio Millón

    Gracias sr. Serna, mi hija se alegra de ser acompañada en su dolor, sumida en una experiencia radical, nueva para ella, superándola con dificultad.
    El texto de David refleja bien el ambiente entre el profesorado y ofrece un excelente argumentario sobre el tema de la “indisciplina” y la “autoridad”. Espero que no se moleste el señor David si comento su texto aquí, ya que estamos ante un solapamiento de temas en blogs amigos y uno no sabe adónde atender. Me gustaría matizar su consideración siguiente:”…son casi siempre malos profesores los que elevan más el tono para echar la culpa de su evidente fracaso profesional a la indisciplina, única causa al parecer de la triste realidad de que sus zoquetes y traviesos alumnos no aprenden nada en su clase”. Creo que deberíamos identificar claramente a qué “indisciplina” nos referimos cuando estamos tratando el llamado “fracaso escolar”. ¿Se trata de las actitudes hostiles (insultos o vejaciones, u otros actos deleznables, a otros alumnos o al profesorado) de aquellos alumnos “conflictivos” que interrumpen el curso de una clase, de manera más o menos sistemática? ¿Se alude a aquellos que, sin provocar actos de conflicto, se abstienen en la participación en la clase, desatendiendo y no realizando ningún trabajo, de forma más o menos sistemática? ¿O es acaso, la actitud de aquellos alumnos que “interrumpen” la clase con preguntas y cuestiones -con más o menos tino, con más o menos respeto- que no tenía previstas el docente y le apartan, le desvían o descolocan de su guión, de su previsión, de su “curriculum”, de forma más o menos sistemática?
    Ni son las mismas “indisciplinas”, ni son todas negativas, ni a todas se les ha de aplicar un mismo tratamiento o una misma solución. Coincido con David en considerar que dichas “indiciplinas” no son causantes únicas ni directas del “fracaso”, concepto que deberíamos revisar.
    Creo, como han dicho Ángel Gabilondo y Miguel Ángel Quintanilla, que los términos “autoridad”, “esfuerzo” o “disciplina” deben de dejar de ser patrimonio del pensamiento conservador -encerrados en un secuestro indebido-, y ser redefinidos por la ciudadanía y los docentes.

  29. Arnau Gomez

    Saludos a todos y todas.A D. Justo le deseo un buen curso.Dar clase, es plantar en un erial.Puede ser muy productiva la cosecha o no dar ni para simiente de la próxima(deformación de mis antecedentes campesinos).
    Según una teoria,es conveniente dirigirse a un grupo de personas (alumnos,oyentes de una conferencia,de un sermón,de un mitín….)estando por encima de las cabezas de ellas.Dicen que da al orador un plus de supremacía.Hablar entre el público es muy campechano y próximo,pero incita a la indisciplina.¡Bendita “disciplina”,que tantas tropelías ha encubierto!.Por lo tanto,hay que poner tarimas,púlpitos,atriles sobre escenarios.

  30. Juan Antonio Millón

    Sr. Arnau, no sé cuáles son sus experiencias en dirigirse a un público, pero más que “dar supremacía”, en multitud de ocasiones se trata de un sencillo ofrecimiento de visibilidad. Creo que las clases pueden darse con total normalidad sin la necesidad de acudir a ningún artilugio -ni tarima, ni micrófono-, pero en ocasiones, por desgracia, alguno de ellos se echa en falta. Como decía irónicamnete David en su blog, ya puestos, que nos dején un megáfono para poder dirigirnos en algunas clases y que se nos oiga. Yo también sufro una clase de Bachiller con treinta y cinco alumnos y no sé qué pasará con mi voz. Por el contrario, a una de las clases que imparto este año, a la que tan sólo acuden cuatro alumnos y nos vemos obligados a darla en una parte del salón de actos donde ha sido colocada la mesa del profesor en una tarima,ad hoc, me veo desplazado y la considero más bien un estorbo para impartir adecuadamente la clase. Quiero decir, que además de que, como dije antes, la dichosa tarima ni quita ni ponga nada -en lo atañente a la “autoridad”-, en ocasiones puede tener una utilidad, o, al contrario, ser contraproducente para dar una clase. Ni ha de imponerse o legislarse -¡por favor!-, ni ha de demonizarse, negándole toda utilidad. Para ser iconoclasta, comme il faut, no hay nada como romper todos los esquemas e iconos preconcebidos…incluso los propios.

  31. David P.Montesinos

    No solo no me molesto sino que me siento sinceramente honrado de que Juan Antonio me comente. Dice bien que se trata de una “matización”, pues no veo que sostengamos posturas contrapuestas en este asunto. Sin duda somos testigos y sufridores de conductas nefastas para la convivencia en las aulas… y fuera de ellas. Me atrevo en este sentido el artículo de hoy de Rosa Montero en El País semanal, donde alude a lo que le ha costado a una chica hispanoamericana, empleada de caja en un supermercado, acostumbrarse a que la mayoría de clientes no le digan buenos días ni le den las gracias ni contesten a un saludo… “Al principio creí que estaban enfadados conmigo, hasta que me dí cuenta de que es que son así”. Bueno, pues eso es lo que nos encontramos en las aulas, pero en plan olla a presión: espacios reducidos y atestados, horarios extensos… ¿de qué nos extrañamos? Aclaro en cualquier caso que no es de “mal profesor” quejarse de eso -yo lo estoy haciendo-. Hay ciertamente “malas indisciplinas”, pura mala educación y conducta disruptiva sin sentido… y también esas otras a las que Millón alude y que no solo no son tóxicas, sino que -yo las llamaría “insolencias”- resultan incluso enriquecedoras. Lo que yo critico es la actitud de quien decide no esforzarse ni mejorar ni interrogarse sobre sus propios errores porque ha decidido olvidar que tiene una materia prima, y que como ésta se le resiste -no conozco materia prima que no se resista- decide que no hay nada que hacer y que ésta es una juventud ineducable. Esa postura es rechazable y sospecho que es ese público el que se sentirá cómodo con la nostálgica recuperación de las tarimas que propone doña Espe.

    Es inútil. Recaída en un bucle melancólico para unos -qué fácil era dar clase antes, claro- y demagogia oportunista para otros. No van a solucionar nada de esta manera… entre otras cosas porque con ello eluden el verdadero problema, por ejemplo las espantosas ratios que soportamos.

  32. jserna

    Tarimas y autoridad pertenecen a dos ámbitos distintos: unas son artefactos materiales que facilitan una visión general, incluso minuciosa y simultánea. Idealmente, una tarima proporciona el punto de observación panóptica, un punto desde el que ejercer la autoridad. Desde allí parece verse todo y a la vez. Foucault tiene páginas dedicadas a la analogía panóptica, la visión global. Este sencillo dispositivo es un instrumento de poder. Claro que sí; claro que lo admitimos: siempre que aceptemos que la tarima deja inerme al profesor ante la mirada general de su alumnado, esos que te ven hacer movimientos sin que tú puedas verlos a la vez. En la tarima, el profesor está expuesto. Es un blanco perfecto al que lanzar proyectiles. A los trece años me recuerdo tirando pequeños balines de papel al profesor de Latín. El docente era algo miope y no distinguía bien quiénes lanzábamos esos proyectiles con nuestras cerbatanas improvisadas: los bolis Bic Cristal a los que les habíamos quitado las minas. Parece una nadería pero nuestra mejor insolencia empezó así, con esta gansada. La auténtica violencia la ejercían algunos profesores: capones, bofetones, vejaciones…, expresiones de cierta “autoridad” que algunos añoran nostálgicamente. Suscribo otra vez, de principio a fin, lo que el sr. Montesinos nos dice en el comentario inmediatamente anterior. Pero seguiremos con la anécdota y la categoría…

  33. Pumby de Villa Rabitos

    Verás, Juan Antonio, fuere más o menos apocalíptico el periodista, esas verdades como puños, por más matizables que fueran siempre chocan con el mismo escollo: el profesor no se hace responsable de nada. La culpa siempre es de los otros de los chicos asilvestrados, de la familia descuidada, del político oportunista, de la ley utópica, de las infraestructuras deficientes… Todo es un conciliábulo de desdichas en la que, oh, el profesor es el único virginal. Y eso es lo que me mata. ¿Qué clase de profesionales son esos incapaces de asumir su parte alícuota de responsabilidad? ¿o es que, realmente, resulta que los profesores están exentos de ella? Y esto lo digo tras leer a David, en su blog, y, grrrr, volver a coincidir con él. Y con Serna que, vaya historia más absurda con las tarimas y la autoridad, ¡comodidad y visión panorámica! eso es todo, el problema, su núcleo, para lo bueno y lo malo está en el docente.

  34. David P.Montesinos

    Conste que mi problema no es si hay o no tarimas. La visión panóptica a la que se refiere foucaultianamente Justo remite a la concepción del poder como concepto-fuerza en el autor francés. Nunca aquí el poder es pura unilateralidad y entramado de víctimas y verdugos. El poder, con cada uno de los dispositivos que articula históricamente, por ejemplo desde la escuela, crea sentido, construye juegos de verdad, determina espacios desde los que diferenciar lo visible y lo enunciable. Yo tuve profesores que hablaban desde una tarima. A algunos los respetaba porque ante mí se ganaron la condición de autoridad. Otros, igualmente subidos a la tarima, no eran objeto más que de mi desprecio. Tenían la potestas de fastidiarme y por eso les ocultaba mi aversión, pero estos nunca se ganaron mi respeto. Lo que intento decir es que no es recuperar tarimas allá donde fueron eliminadas lo que nos va a sacar del actual dislate escolar.

    Actualmente, no sé si se han fijado, la silla del profesor tiene un acolchamiento más cómodo que la típica silla de alumno, lo cual podría entenderse en sentido foucaultiano como un dispositivo para establecer jerarquías y diferenciar a la autoridad o, de manera más prosaica, en atención a los problemas lumbares o hemorroidales que acosan a la gente de edad provecta. Sería interesante también hacer un estudio del diseño de los recintos escolares. Dónde situaron la sala de profesores, de tal manera que no sea objeto de miradas incómodas del alumnado, dónde la sala de guardia para alcanzar una especial visibilidad orientada a la vigilancia de merodeos anómalos, dónde las aulas de bachilleres y las de niños… Una crítica de la economía política de la arquitectura escolar, todo un proyecto heredado de la genealogía del poder en la línea de Nietzsche…

  35. Juan Antonio Millón

    Pumby, que no le mate nada, hombre -mejor dicho, gato-, haga el favor de no darme más sustos. Y mucho menos de algo que no tiene consistencia. Ya dije que la valoración de “desastre” no la comparto, como tampoco comparto que el profesorado se presente como víctima (“virgen” has dicho, ¡diosanto!) y no asuma “ninguna resposanilidad”. He de decirte que cada día, cada evaluación, cada curso, con los alumnos, con los padres, el profesorado -en general- cumple con sus responsabilidades. Criticar las deficiencias o quejarse por los hechos o leyes que impiden un avance, no es desprenderse de ninguna responsabilidad, antes al contrario. Nuestra responsabilidad es la enseñanza y la intentamos cumplir pese a los problemas con los que nos encontramos. Creo que, en rasgos generales, la modificación de lo que no funciona, la correción de los errores detectados, el esfuerzo o la superación, son rasgos asumidos en nuestra profesión. Aunque esto que digo, cómo no, a un gatillo como usted, le debe oler a mero espíritu corporativista. Allá usted. Por cierto, no sabe lo que me gustaría conocer a qué se dedica su “majestad”, además de andar por tejados, husmear entre las hierbas, y dar mandobles a diestro y siniestro.

  36. Pumby de Villa Rabitos

    Aprovechando que Serna ya ha puesto un nuevo “post”, te responderé cuestiones más personales, Juan Antonio. Veras, en efecto, mi Republicana Majestad se dedica, básicamente, a caminar por los tejados. Es mi devoción. Camino, miro, observo, río y hojeo u ojeo algún librillo que cualquiera se haya dejado olvidado por ahí. Olisquear entre hierbas, poco, la verdad. La única hierba que olisqueo me la fumo. ¿Mandobles?, bueno, es cosa de familia, una larga y tediosa historia familiar en la que los hermanos nos convertimos en lo más parecido a los nueve príncipes de Ámbar – me refiero a la obra de Zelazny, naturalmente – así que, por mera supervivencia (intelectual), hubimos de defendernos de nosotros mismos y de nuestros mayores. Ahora, guerreamos también con nuestros hijos y sobrinos. Villa Rabitos es un mundo implacable donde se vive peligrosamente. Un caos de desavenencias donde triunfa la termodinámica. Y hablando de termodinámica, como de comer raspas de sardina de los callejones uno no acaba de satisfacerse – véase para el caso a Don Gato y su banda felina rematada por Benito Bodoque – y no se premia el haraganeo – que es mi otra gran virtud – me veo sometido a vender la fuerza de mi trabajo en un laboratorio de análisis de fluidos, en fin, que me paso las horas descifrando porqué los aviones vuelan y no se pegan un costalazo nada más despegar, que es lo que la Madre Natura querría. Ya sabes, un horrible gato de ciencias…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s