Impresiones

 

1. Primeras impresiones. El jueves 7 de julio de 2005, en la primera etapa de este blog, escribí un texto que ahora reproduzco. Lo titulé Las lágrimas de Zapatero y Gallardón. Curiosamente, los hechos recientes devuelven actualidad a aquellas palabras e imágenes.

Pulgares“El otro día veíamos a Esperanza Aguirre, a Rodríguez Zapatero y a Ruiz-Gallardón representando una unidad de gran simbolismo político, de inmediata lectura semiótica. Levantaban sus respectivos puños con los pulgares hacia arriba. Quizá fue una precipitación, fundada en la expectativa que albergaba cada uno, en los posibles réditos personales. Era un gesto hecho de cara a la galería, un ademán con el que fotografiarse representado unidad, una seña con la que querían comunicar fuerza e ilusión, seguridad en el triunfo. Al día siguiente, cuando ya se sabía el resultado olímpico, se difundió una foto de la Agencia Efe que lo decía todo: mostraba los rostros contritos, hundidos, de Ruiz-Gallardón y Rodríguez Zapatero.

Vestidos con las americanas preceptivas, con los símbolos del COI, miraban aturdidos hacia algún punto del suelo, hacia abajo, como no atreviéndose a enfrentar los ojos de la ciudadanía, como si carecieran de ganas, de espíritu para afectar espíritu olímpico, precisamente. Lo mismo sucede con quienes les seguían, con Esperanza Aguirre, por ejemplo: consternados, ajenos, distantes, clavando sus ojos en el suelo que pisaban. Dicen los pies de fotos: el alcalde de Madrid y el presidente del Gobierno no disimulan su decepción al ser eliminada su candidatura en la tercera votación.eliminacion

En la foto, el alcalde de Madrid aún parece mantener la compostura: tiene su celular pegado a la oreja, no sabemos si intentando comunicar con alguien o escuchando la voz de algún corresponsal telefónico. No habla: mantiene la boca cerrada. Como corresponde a los móviles más deslumbrantes y modernos, casi no se distingue, de lo escueto, de lo diminuto que es. Rodríguez Zapatero no habla ni escucha ni comunica con nadie: sólo mira hacia abajo. Se le distinguen unas pupilas extraviadas y los labios apretados, también con la boca cerrada, sellada, ajena a todo bla, bla, bla.

Nadie llora, aunque por dentro les rebosen las lágrimas. Todos parecen componer el gesto, afectar tristeza, pero nada más. No parecen tener ganas de charlar entre sí. Mantienen la distancia, la compostura y obran, paradójicamente, como auténticos ingleses. Desde hace tiempo, el llanto masculino es algo secreto, reservado, incluso íntimo, impropio desde luego en la cultura anglosajona, que es la que finalmente se ha impuesto. Los hombres no gimotean ni berrean ante los demás. Recuerdo a Esperanza Aguirre en alguna sesión de las Cortes llorando a moco tendido, lamentándose, incluso hipando. Llamó poderosamente la atención que una correosa parlamentaria se abandonara a sus sentimientos más inmediatos. Se le pudo afear su sentimentalismo, pero nadie dudó de la sinceridad de aquel lamento. Una disposición legal en la que había puesto todo su énfasis se venía abajo en las Cortes por efecto de la ley del número, por rechazo de la mayoría, y, por eso, la entonces ministra se abandonaba al sollozo.

Hago esfuerzos por recordar algo semejante entre los varones de nuestra política actual y, la verdad, sólo me vienen a la cabeza los ‘pucheros’ de Aznar cuando se despedía de sus compañeros del País Vasco. ¿Lloró el entonces presidente o no pudo contener las lágrimas? No es lo mismo. Lo de Aznar era exactamente un puchero. Leemos en el ‘Diccionario de la Real Academia’ que un puchero es un “gesto o movimiento que precede al llanto verdadero o fingido”. ¿Cómo averiguar si ese gesto o movimiento era natural, espontáneo o forzado, y cómo dictaminar sobre la verdad o el fingimiento de dicho llanto?

Hace tiempo que los hombres aprendieron a no llorar en público, a contener la expresión de sentimientos, antes admisibles o aceptables. Esta restricción, que es o puede ser una patología emocional, la asimilábamos, sobre todo, en la infancia, momento en el cual los hombrecitos aprendíamos a no exhibirnos llorando, a controlarnos, a tragarnos las lágrimas o, como mucho, a emitir pucheros. Educados en la contención de los gestos y de las emociones, muchos hombres sólo se consienten ciertas expansiones cuando es una muchedumbre la que los ampara o devora o atrae. Es entonces, en el esparcimiento colectivo, cuando los varones lloran, colisionan, se restriegan, se acarician, comparten fluidos…, atravesando ese límite impalpable que es la proximidad de los cuerpos, rebosamiento al que las mujeres no suelen tener tanta prevención.

No sé. Queda un poso de melancolía por la esperanza frustrada –que a mí, francamente, no me afecta, dada mi distancia del evento olímpico–, pero queda sobre todo un futuro en el que paso a paso constatamos que éste, en efecto, es, puede ser, un valle de lágrimas. Y en ese valle de lágrimas habrían enterrado sus expectativas gubernamentales Ruiz-Gallardón o sus ansias de gloria Rodríguez Zapatero, alias el gafe, dicen los malasombras. Cosas peores se leen ya en la Red. ¡Qué país!”

2. Segundas impresiones. Las lágrimas de Lula. Todo el mundo habla de ellas y todo el mundo parece interpretarlas. Son una muestra de humanidad, son el desquite del Tecer Mundo, son el orgullo de Sudamérica. Probablemente sean eso y algo más… Lula llora de emoción en 2009, según vemos en la fotografía de la agencia FP, pero había otros postulantes con emociones que expresar o que contener. Lula

“Nada más anunciar el presidente del COI, Jacques Rogge, la elección de Río de Janeiro, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, que aguardaban el anuncio dentro de la sala en primera fila, se han fundido en un fuerte abrazo al que han seguido muchos otros”, leo en una noticia de agencia de El País.

Es el colofón de dicha información. Ignoramos qué se valora, cuáles son los criterios. El COI elige una ciudad para celebrar unos Juegos Olímpicos: los ciudadanos del mundo no hemos elegido a esos representantes que toman esa decisión trascendental. La cuestión no es baladí. Decía Ralf Dahrendorf en Después de la democracia (2002) que uno de los problemas que aquejan al sistema representativo es que muchas decisiones  graves, importantes, se toman precisamente fuera de las instituciones elegidas democráticamente. 

Nos abandonamos a las emociones y a las primeras impresiones que nos transmiten los medios. Queremos dejarnos arrastrar por ese llanto. De las lágrimas de Lula da Silva a los abrazos del presidente del Gobierno y del alcalde de Madrid: son humanos, nos decimos. De las deliberaciones del COI lo ignoramos todo o casi todo. La primera impresión, la puesta en escena, las emociones nos embargan: todo lo anegan. ¿Recuerdan el nombramiento del nuevo papa, de Benedicto XVI, años atrás? Las muchedumbres esperaban con arrobo ese hecho, ignorando también quién iba a ocupar dicho puesto. Mientras sucedía, mientras la vasta multitud aguardaba paciente su turno, los cardenales, los auténticos personajes y responsables del drama, estaban fuera de campo nombrando al nuevo director de escena. Como lo miembros del COI. Comienzan ahora las especulaciones y las interpretaciones.

20 comments

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  1. Arnau Gómez

    Me parece muy dramático su comentario.No creo que a los protagonistas perdedores les haya dado una llantina.Su aspecto es el adecuado.Tampoco iban a tirar cohetes,cosa que otros hubieran hecho si estuviesen en nuestra querida ciudad y les hubiesen timado con una copa de más en la mano.A Luis Inacio de Silva si le iba mucho.Le iba poder remodelar Rio de Janeiro,ciudad emblemática en un país rico por los cuatro costado y con muchas lacras ancestrales, que hacen que tenga índices de pobreza intolerables.Esa remodelación y la posibilidad de eliminar el favelismo podía dar un giro a país.Por eso le ha emocionado la designación, tal vez porque se ha dado cuenta de la tarea de titán que le espera.

  2. jserna

    En efecto, Arnau. Mi comentario es “muy dramático”, aunque no sé si damos el mismo significado a esa expresión. El dramatismo lo ponen los medios, la representación, la puesta en escena. Es un certamen que se vive como una dádiva. Porque es una dádiva, precisamente.

    Dramatismo y dádiva, regalo y emociones venden muy bien en televisión, con multitudes congregadas y retransmitidas. Y esto lo digo al margen de que los efectos reales, materiales, económicos que traen unos Juegos Olímpicos. De momento, lo que hemos visto es el teatro de los postulantes y el desgarro de los aspirantes derrotados. ¿Es como un cuento? Como ha dicho Obama, en esta competición no siempre gana el mejor. Interprétenlo como quieran.

  3. Arnau Gomez

    D. Justo.Su “dramatismo” me parece sin comillas.Los actores de esa representación no se jugaban el ser o ser poco.Se jugaban prestigio,aplausos enfervorizados,un puesto entre una élite.Posiblemente no haya ganado el mejor,pero casi seguro que puede haber ganado el que más lo necesitaba.Todo un subcontinente esperaba esta decisión para creerse que pueden ser algo en esta selva,que es el mundo actual.
    Un cordial saludo.

  4. jserna

    Precisamente, Arnau. Cuando me he enterado del resultado he sentido una leve decepción, en todo caso mayor que en 2005. Seguramente porque crece mi amor irracional por Madrid. A la vez me he alegrado por Río. Seguramente porque quiero creer irracionalmente en las reparaciones históricas, en los finales felices. Como en los cuentos ansiamos creer: que cada uno tenga su merecido, que se le premie o se le castigue. Durante la retransmisión y después vivimos en un cuento. El cuento tiene efectos reales, claro. Como todas las fábulas aleccionadoras. De las ficciones no salimos indemnes. ¿Qué será de Gallardón? ¿Qué será de la deuda…?

  5. R.S.R.

    No sé si le leo muy ácido con las lágrimas de Lula o es sólo mi impresión,( este medio de comunicación me sigue dando cierta inseguridad, no se ven las caras, se pierde todo el lenguaje gestual, el tono….) Creo que ayer efectivamente hubo una puesta en escena demasiado sentimental , pero no por las lágrimas de Lula. Considero que paradójicamente su discurso fue el menos dramático, y no apeló tanto a cuestiones personales (lo de Samaranch francamente, no me pareció muy acertado) como a una injusticia histórica, a una realidad económica… el que llorase a moco tendido sin tapujos ni imposturas ante el mundo, me conmovió. En su post creo que, entre otras, hay una cuestión importante: emociones, género e ideología. La manifestación de las emociones humanas está también sujeta a ideología, determinada por la superioridad de una cultura y por una falsa idea de la masculinidad y de las identidades sexuales llenas de tópicos. (Recuerden aquello de que al señor Aznar le gustaba la mujer, mujer).
    “A la vez me he alegrado por Río. Seguramente porque quiero creer irracionalmente en las reparaciones históricas, en los finales felices…” Yo también, aunque su triunfo puede ser vivido como una falsa redención.

  6. jserna

    Muy interesante su intervención, R. S. R. Y especialmente significativa su última frase: ” su triunfo puede ser vivido como una falsa redención”.

    Más vale que los Juegos incrementen la riqueza, las infraestructuras, el trabajo. Si se quedan como desquite moral será sólo eso: un desquite sin rendimientos.

    Llorar de alegría en público es liberador, cierto, cosa que no suelen hacer los varones, que tampoco se tocan o se frotan (salvo los deportistas cuando triunfan). Me parece bien que se llore de emoción, aunque yo no sé si podría hacerlo (Pío Séptimo u Octavo me pregunta si yo he llorado alguna vez. Yo le preguntaría si él ha hipado en alguna ocasión).

    Digo esto –llorar de emoción– y enseguida me corrijo: ¿cómo podríamos llorar sin emoción? ¿Con lágrimas de cocodrilo. Bueno, los actores hacen eso, ¿no? En la puesta en escena olímpica hay lágrimas reales y lágrimas de cocodrilo, supongo. En el caso de Lula tiene la ventaja de que su humanidad, su cercanía y su campechanía hacen creíbles las lágrimas.

  7. R.S.R.

    Efectivamente, aunque seguramente mi deseo es utópico, espero que la concesión a Brasil no se quede solo en una reparación moral. La certeza y legitimidad de la superioridad occidental, articulada a través de todo un sistema filosófico, moral, científico y económico no se resuelve fácilmente y creo que, lamentablemente, esta decisión está también dentro de ese círculo.
    Brasil, que ha llegado ahí sin ayuda, tendría que aprovechar esta oportunidad para ofrecer un nuevo modelo, crear ese nuevo actor colectivo del que hablaba Françoise Houtart, aprovechar para que realmente esto ayude al auténtico desarrollo del país. Ya veremos… esto es solo un deseo .Pero traigo aquí una pregunta que Galeana deja en el aire en su libro” Las venas abiertas de América Latina” ¿Es América latina una región del mundo condenada a la pobreza? ¿No será la desgracia un producto de la historia, hecha por los hombres y que por los hombres puede, por tanto, ser deshecha?

    Por cierto, suscribo los buenos comentarios que algunos contertulios hicieron acerca de “El secreto de tus ojos”, creo que vale la pena verla. Y aunque el director en este film realiza un viraje importante en cuanto a la temática, mantiene elementos que son comunes a las anteriores, también su verbo, a veces excesivo.

  8. Alfons Àlvarez

    Olimpiadas, América emergente, sonrisas, lágrimas,…y nos deja Mercedes Sosa, “La Negra”, una de las voces más vindicativas de esos pueblos americanos, tan lejanos y tan próximos. Aquí, en el siguiente link, canta a Violeta Parra y su “Gracias a la vida”.

  9. jserna

    ‘Un valle de lágrimas’

    Domingo 4 de octubre, cuando me dispongo a entrar en una sala cinematográfica de Valencia, me encuentro con uno de los amigos de este blog. Sin duda, es una de las personas más refinadas, irónicas y sutiles que he conocido gracias a este medio. Tiene un blog que frecuento…

    Al verme, al vernos, supone este amigo que vamos a ver la nueva comedia de Woody Allen.

    –Pues no -le digo-. Vamos a ver la película argentina (Dios, cómo se titula, me decía a mí mismo).

    –Ah -me contesta sorprendido–. Pues… está muy bien.

    Pues no, no está tan bien. Trataré de razonarlo brevemente y sin estropearles el curso de los acontecimientos y el final.

    Por supuesto, cuando hablaba con este amigo de la película argentina me refería a ‘El secreto de sus ojos’, de Juan José Campanella, y no a ‘El secreto de tus ojos’, como simpática y equivocadamente la titula R.S.R. Yo también me he pasado una semana rotulándola así. Ignoro la razón.

    Para empezar, no me gusta nada ese título, tan folletinesco o novelero. Me parece un pelín cursi o gastado o previsible. Debería estar rigurosamente prohibido emplear la palabra secreto en un título, salvo que su uso sea irónico o burlesco. Suena infantil o enfáticamente poético. La culpa de ese rótulo no es de Campanella. Es del autor de la novela en la que se inspira la película. Aunque no son idénticos, la palabrita la toma Campanella.

    Pero volvamos a los cargos de mayor peso. En realidad, esos reproches son los mismos que le pongo al título: que siempre esta al borde de lo cursi, de lo gastado, de lo previsible. Como se sigue de mis palabras, la película no me ha entusiasmado… Pero eso no tiene por qué interesar a nadie.

    Perdonen el topicazo: la película tiene un sol que hace sombra a todos y a todo lo demás: Ricardo Darín. Como dicen los críticos rutinarios, el actor argentino llena la pantalla. Sin duda. Por Darín vale la pena ver este melodrama. Pero es un melodrama que acaba bien, que deja todos los cabos atados. Y eso es un serio problema.

    Todos los cabos atados. A la altura de 2009, eso es una concesión ‘buenista’ que la hace muy endeble. Bienintencionada, pero endeble. Con alivio, el espectador ve cómo los dos enigmas principales de la película se aclaran finalmente: la autoría de una violación y la consumación de un amor diferido. Como digo, no deja cabos sueltos y eso hace que el espectador salga del cine con la impresión de haber sido recompensado: a pesar de la maldad, a pesar de la fatalidad, a pesar del horror, a pesar de la rutina, la vida nos redime a poco audaces que seamos. Pues no.

    Pues no, la vida no nos redime: la existencia siempre acaba mal. O, al menos, en la vida real no sabemos cómo van a andar las cosas. En el film hay un personaje que vive atado al pasado, inevitablemente. No puedo revelarles más. Bien, sabemos que hay un personaje que queda preso de su obsesión. ¿Pero por qué tenemos que saber quién es el violador y asesino? En la vida, muchos enigmas quedan sin resolver o nos dejan con la incertidumbre. Como el amor.

    Me viene a la cabeza ‘Los puentes de Madison’. ¿Recuerdan la secuencia del semáforo, cuando todos queremos que Clint Eatswood se quede con la chica? Aquel melodrama nos deja llorando y con un regusto amargo (hoy no digo más que tópicos). En el mejor de los casos, la vida es eso: un valle de lágrimas (y de eso, precisamente, venimos hablando en este post).

    En ‘El secreto de sus ojos’, los amores frustrados o no correspondidos finalmente se consuman. ¿Por qué no nos quedamos con la duda? No hay dudas y, por si quedaba alguna, la banda sonora la despeja con una estridencia redundante. Los instrumentos de cuerda se emplean exageradamente. Todo acalarado, pues. Quizá el film obtenga un Oscar.

    Cambio de tercio y de género. Veré [REC] y su secuela. Ya les contaré otro día.

  10. R.S.R.

    Sin querer creo que le ha desvelado la película a más de uno.
    Es verdad que no es comparable a ‘Los puentes de Madison’pero no solo por el final, para mí, mejor galan Clint Eatswood y sobretodo es real como la vida misma, especialmente ese final que nos deja llorando porque sabemos de antemano que ella no se irá… ¿sabe? yo también pensé en ella.

    Pero está bien que de vez en cuando algo acabe bien aunque sea en un “folletin” (mire que a veces es…corrosivo)

  11. Pumby de Villa Rabitos

    Ya estamos como siempre… me descuido un poco, brincando por aquí y por allá y cuando vuelvo la vista al “blog” ya estáis metidos en harina. Muchos temas para hablar…

    Sobre lo de los Juegos Olímpicos – que no Olimpiadas – tres reflexiones.

    Una: ha sido la patochada más inconcebible que se pueda uno imaginar. ¿A santo de qué el rollo de “la corazonada”? Ni los Juegos han repetido continente – salvo causa mayor – ni en los garitos de apuestas del universo mundo se daba un chelín por Madrid. Ha sido una pantomima risible con final predecible. Sólo, repito, sólo podía ganar Río de Janeiro. Y no, no soy adivino. Descartad vosotros mismos… Chicago no podía ser por dos motivos: 1, la población chicagolense presentaba un rechazo abrumadoramente mayoritario al evento; y 2, en los USA se ha iniciado ya la campaña “acabemos con ese maldito negro que ocupa la Casa Blanca”: el Partido Republicano ha iniciado su ofensiva de acoso y derribo contra el presidente Obama y, desde luego, el COI no se ubica entre los amigos del Partido Demócrata. Tokio tampoco podía ser: Pekín está demasiado reciente y Tokio, la ciudad, ya ha tenido sus propios Juegos. ¿Qué quedaba? ¿Madrid y Río? pero, vamos a ver, ¿quién va a dudar entre, por un lado, una potencia emergente, líder de todo un subcontinente, en el pelotón de cabeza del mundo, con unas perspectivas de crecimiento, desarrollo, prosperidad, liderazgo y bonanza a nivel global, y por otro, una ciudad que tiene por mayor gloria ser una capital provinciana de un país segundón en plena crisis socioeconómica, sin visos de solución a corto plazo y condenado por el FMI, el primo hermano del COI. ¡Venga, hombre!… qué forma de hacer el canelo…

    Dos. La elección de Río no repara afrenta histórica alguna, simplemente, señala el nuevo orden mundial en el que los países B.R.I.C. marcan un nuevo compás al que Occidente, no por gusto, sino por fuerza, no tienen más que acatar, someterse y aguantar. “A todo cerdo le llega su san Martín”.

    Y tres. Si el barón Pierre de Coubertain levantara la cabeza… la volvía a bajar asqueado del dislate al que ha llegado el movimiento olímpico. Una de las característica fundacionales y fundamentales de los Juegos de la Era Moderna es que los organizaban las ciudades. El barón, harto de esos nacionalismos criminales que son los estados democráticos contemporáneos (sí, esos que que han montado todas las guerras que conocemos en nombre de una patria inexistente o de unas bastracciones inverosímiles fraguada en los gabinetes de fanáticos de izquierdas y derechas) exigió que el evento tuviera una dimensión limitada a lo municipal, lo local. No quería estados ni gobiernos. No quería ni presidentes de república, ni reyes. No quería ministros de deportes, ni secretarios, ni la caterva de chupatintas que los envuelven. La máxima autoridad debía ser el alcalde. El alcalde. ¿Alguien sabe cómo se llama el de Río sin necesidad de buscarlo en Google o semejante? Pues eso. Una vergüenza para el olimpismo y un bochorno para quien aún conserve el espíritu olímpico.

    Y ya que estamos en Latinoamérica y aunque la voz de Violeta Parra enmudeció. ¡Dejad inmediatamente de escuchar las versioncillas sandungueras de Ana Belén y escuchad las versiones originales! Escuchad a Violeta Parra y conoceréis la auténtica “cintura cósmica del Sur”

    Vamos a ver, Serna, ¿qué tiene de malo que alguna vez, aunque sea por error, excepción o mala interpretación del espectador, “gane el bueno”? De verdad, estoy tan hasta los bigotes de tanto bruto triunfante, de tanta sumisión ante la irrefrenable imposición de lo (falsamente) cínico, lo frustrado, lo sinvergüenza, lo carente de ética, la moral perversa, la realidad incierta, velada, dudosa… del “malismo”. Y estoy hasta el rabo de la resingación. ¿Qué el chico y la chica se reencuentran? ¡Pues que lo disfruten, ellos que pueden! Y si nos dan una alegría a los espectadores, oye, mejor, con esa sonrisa salimos de la sala. Parece que o sales con cara avinagrada de profunda reflexión intelectual sobre el pesimismo inmanente o lo que has visto no vale la pena. ¡Dale una oportunidad al amor, coño!

    Otra. ¡Dejemos en paz “Los Puentes de Madison” que acabaremos mal! Vamos a ver… Por un lado, a la película no se le puede atribuir previsibilidad o imprevisibilidad porque es un “flash back” (la novela, excelente, también) o sea, todos sabemos qué va a pasar. Por otro, en la fatídica escena del semáforo, Robert Kincaid (Clint Eastwood) llega hasta el límite más extremo de la imprudencia. Cuelga ostensiblemente el regalo de Francesca para que ella lo vea – y lo ve – no atiende la puesta en verde del semáforo… espera… bajo la lluvia… compungido, contenido… espera. Es ella la que ha de dar el siguiente paso. No basta con aferrarse a una manilla que nunca abrirá, no basta con mirar como Robert le suplica – ¡Dioses, Clint suplicando! – le suplica, decía, que dejara al pavo de su marido – que de bueno que es, es para abofetearlo ¡maldito mediocre destripaterrones! – y cambiara de auto, cambiara de vida, la siguiera con él. Él, en tres días, le ha dado lo que ella no ha conocido en años de matrimonio. Maldita sea, R.S.R. yo tampoco dejé de pensar en ella. Ella es la que tiene la vida reventada, la mujer fuerte que debe aguantar a un lelo a su lado, la que ha renunciado a su dignidad, la que ha olvidado la libertad que buscaba en América cuando emigró, la encerrada… ¿y duda?… ¿y renuncia a Clint?… ¿por esa vida, por ese tipejo del sur profundo…? Sólo podía ser Meryl Streep quien encarnara semejante papel…

  12. Pumby de Villa Rabitos

    Me gustaría decir que he acuñado una palabra nueva, “BASTRACCIONES.- dícese de las abstracciones que hacen los bastardos”. Lamentablemente para mí – y por suerte para vosotros – no es el caso, aunque , en el que nos ocupa, el sentido era ese. Así, escribí “bastracciones” en lugar de “abstracciones” en el párrafo en el que hablo del barón de Coubertain. Perdón, fue el apasionamiento.

  13. R.S.R.

    Señor Pumby, nunca he conversado con un gato y mucho menos con un gato tan mordaz y letrado como es usted pero…por “Los Puentes de Madison” yo me tiro al ruedo, y como dice “el Bos”, me arrimo.

    Cuando dice :” Ella es la que tiene la vida reventada, la mujer fuerte que debe aguantar a un lelo a su lado, la que ha renunciado a su dignidad, la que ha olvidado la libertad que buscaba en América cuando emigró, la encerrada… ¿y duda?… ¿y renuncia a Clint?… ¿por esa vida, por ese tipejo del sur profundo…? Sólo podía ser Meryl Streep quien encarnara semejante papel…” espero que no lo diga con ironía porque es exactamente así. Piense qué mujer se hubiera ido en 1965, tampoco ahora. En el hipotético caso de que esa historia pudiera darse en la realidad ¿qué mujer deja, no al lelo del marido, sino a los hijos? Vamos Pumby… no podía hacer otra cosa, por eso nos deja llorando.
    Sólo puede ser Meryl Streep, porque ella puede representar la intensidad de una pasión como esa sin sobreactuación, y la situación de millones de mujeres con el dramatismo y la naturalidad que la hace totalmente real.
    De todas formas no se fue, se quedó con “el mediocre destripaterrones” pero lo vivió… vaya si lo vivió.
    En fin , me callo porque con esta película me sale mi carácter sureño y me arrebato.

  14. Pumby de Villa Rabitos

    Ya sabía yo que con “Los puentes de Madison” íbamos a liarnos… En fin… entremos al trapo.

    En la frase que reproduces de mi intervención, RSR, traslado dos ideas: la que incumbe a la actitud de los personajes (la espera de Robert y la indecisión de Francesca) y la actuación de la Streep.

    Respecto a la primera parte, no hay ironía. No puede haberla. Es el miedo de la mujer lo que me revienta y, a la vez, me emociona. Porque sabemos… sabemos… que tampoco son los hijos lo que la retiene. Éstos ya son mayores. Son autosuficientes y su esposo no va a cambiar nunca, ha tenido años con él para confirmarlo. Luego si no se va con Robert es porque no se atreve. Teme el cambio, al riesgo. No sólo ha desgastado su cuerpo en aquella granja sino sobre todo, su espíritu, su fuerza, su voluntad de vivir. En los surcos de esa tierra se ha enterrado ella misma, tanto, que ya ni es capaz de estirar su mano hacia la que le tiende Robert. Esa es su desdicha. Sí que podía haber hecho otra cosa si no hubiera renunciado a vivir.

    Menos mal que, al menos, vivió su propio “Carpe diem”, que aun tuvo redaños para vivir con Robert la historia más bonita de su vida. ¿Por Robert?… No, por ella misma, porque fue libre. Sólo fueron tres días pero le valieron más que toda una existencia al lado del frustrante “hombre bueno” de su esposo.

    En cuanto a Meryl Streep no entraré en este asunto porque es muy subjetivo. A mi, personalmente, no me gusta esa actriz. Precisamente por lo contrario que a ti: me da la sensación de que sobreactúa permanentemente. Sin embargo en esta película considero que está en su lugar y lo hace perfectamente. Claro que las historias del rodaje que se cuentan son tremendas. Clint Eastwood salió a pelotera diaria con ella para ceñirla a su papel, para que fuera Francesca, no Meryl. Y es que Malpaso – la productora de Clint y de esa película – se vio forzada a contratarla por cuestiones bastardas (que en todas partes cuecen habas…) y la incompatibilidad entre ambos actores fue patente desde el primer día de rodaje.

    Espero no haberte arrebatado, sureña.

  15. R.S.R.

    Señor Pumby, usted sabía y era consciente de que con sus palabras me iba a arrebatar y yo, le voy a contestar porque como decía el Vizconde de Valmont a la Marquesa de Merteuil “no lo puedo evitar”.
    Primero, vayamos con la actitud de él: no es pasivo, creo que es un personaje masculino precioso, es “el hombre”,respetuoso, apasionado…se atreve a entregarse, en la escena del semáforo él espera, pero no es pasivo para nada, empuja, pero no chantajea, sabe en qué situación se encuentra ella , él también tiene miedo. En fin, hace una interpretación soberbia,qué quiere que le diga.
    Francesca: claro que no se va por miedo, pero ese miedo es muy complejo no estamos en el plano de lo racional, claro que no son los hijos, o el trabajo o el marido, eso son argumentos racionales( la película se mueve en el contexto de lo pasional) no se va porque tiene que dejar una vida y eso incluye hijos, marido y todo lo demás..Mientras hay red ella se atreve pero sin red ¿quién salta al abismo? ¿Quién da ese giro copernicano a su vida? Ella una mujer rural con un hombre de mundo…está absolutamente paralizada por el miedo y a la vez le empuja un deseo irrefrenable. ¿Qué le estamos pidiendo a Francesca? Claro que no puede, seguramente ni usted, ni yo, ni el común de los mortales seriamos capaces de hacerlo.

    Bueno, en cualquier caso ya veo que no es tan fiero el león o el gato como lo pintan. Ha sido un placer debatir con usted sobre una hermosa película.

  16. Pumby de Villa Rabitos

    Las palabras, a veces, se retuercen sobre si mismas hasta hacerse polisémicas y, en nuestro uso, no siempre acertamos a encontrar su mejor empleo. Eso me pasó a mi cunado utilicé la palabra “pasivo” para referirme a Robert. Sin embargo, coincido plenamente contigo, RSR, a la hora de evaluar al protagonista masculino. Ni una coma voy a cuestionarte. Y, en efecto, en su aspecto de actuación, Clint Eastwood tuvo una interpretación soberbia.

    Donde tal vez haría falta una reflexión más detenida sería sobre Francesca. Dejo de lado a la Streep por lo dicho “ut supra”. Hablo, sólo, del personaje y lo hago sin cuestionarte el medio, cuando apuntas que la película se mueve en un contexto pasional, lo hace, como la vida, como la vida. También coincido en ello. Sí discrepo con que Francesca sea una mujer rural. Más bien diría que la han convertido (se ha dejado convertir) en tal. Ahora mismo ya no te sabría decir si me saqué esto de la película, de la novela o de una mixtura de ambas pero, vaya, Francesca, la joven Francesca, no era una timorata. Saltó al vacío sin red cuando se fue a América y dio un giro copernicano a su vida al aceptar casarse con un hombre de campo e irse a vivir a una granja en pos de una esperanza. Hubo un tiempo en que ella fue capaz de enfrentarse al mundo.

    ¿Qué le pido a Francesca?… que vuelva a ser ella, que aproveche la oportunidad que le da Robert para reencontrarse, para volver a ser audaz, valiente, libre. Sin embargo, lo que Robert le muestra es la medida de su impotencia, de su renuncia a si misma. Francesca, vive en el mejor de los mundos posibles – nos diría el profesor Pangloss – con un marido amantísimo, unos hijos ejemplares y una casita de cuento. Pero Robert le señala su mundo real, el de su propia frustración con ese “buen hombre” (la forma más perversa de violencia) para el que es madre antes que mujer, procreadora en vez de compañera, cocinera y no cómplice. Los años con el campesino la han embrutecido sin que ella lo percibiese, los días con fotógrafo le han devuelto, repentinamente, su consciencia de si. Pero ya es demasiado tarde para ella. Mis lágrimas por Francesca vienen de captar su consciencia del “tempos fugit”, de que su miedo no le viene porque algo la retenga sino porque ella misma se retiene. Ha perdido su vida, toda su vida y cuando le dan la oportunidad de recomenzar, no tiene ni fuerzas para hacerlo.

    Independientemente de nuestras discrepancias, vuelvo a coincidir contigo en lo agradable del debate sobre “Los puentes de Madison”, claro que, la belleza de la película y la inteligencia de la interlocutora lo han facilitado enormemente.

    PS.- Respecto a “ferocidades”… eso pasa con los felinos, pueden ser leones o gatos, depende de la sagacidad de quien se aproxime a ellos. No todos los humanos lo entienden.

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