Literatura y autobiografía en la España contemporánea.
Éste es el título del ciclo de conferencias que dirige Jordi Gracia y que organiza la Fundación Juan March. Se desarrolla los martes y jueves del mes de octubre de 2009, en concreto los días 13, 15, 20, 22, 27 y 29. Intervenimos Jordi Gracia, José-Carlos Mainer, Enric Sòria, Miguel Ángel Aguilar y yo mismo. Para el último día, el 29, está prevista una mesa redonda con Andrés Trapiello, Antonio Martínez Sarrión y Esther Tusquets.
En mi caso la conferencia es el día jueves 22 a las 19:30 horas. Y su título es Autobiografía e historiografía. El caso de Antonio Muñoz Molina. En cincuenta minutos he de hablar de ambos géneros, de lo que distingue y aproxima a ambos géneros: lo que separa al memorialista del historiador, lo que acerca al autobiógrafo y al investigador. Trataré de la escritura del yo, del testimonio; hablaré del valor que el historiador puede conceder a la versión subjetiva del pasado; y hablaré, en fin, de la novela como espacio de autoficción y como recreación histórica.
Tomaré el caso de Antonio Muñoz Molina. Me basaré en alguna obra suya, comparándola con otras. Analizaré su condición de novelista, su condición de historiador (del arte), su perspectiva y observación a partir de la memoria, del recuerdo emocional de los hechos. Justamente, el recuerdo emocional de los hechos.
Perdonen que sea tan escueto, pero estoy en plena fase preparatoria, concentrado y ordenándome.
2. En ausencia de Blanca. La última novela de Muñoz Molina que he releído es En ausencia de Blanca. Aunque yo tenía ya mi ejemplar, muy gastado y subrayado y anotado, me he vuelto a comprar la nueva edición, fechada en 2007. ¿Me sirve para la exposición que debo hacer en la Fundación Juan March? Aparentemente, no. La historia menuda de un delineante de la Diputación de Jaén perdidamente enamorado de su esposa nada tiene que ver con el tema central: con la Autobiografía y la Historiografía. Muñoz Molina jamás ha sido delineante y que yo sepa tampoco ha trabajado en esa Diputación.
¿Qué es? ¿Una autoficción? Por supuesto. Como otras que él ha escrito y que le sirven para cotejarse, para pensarse en situaciones distintas de las efectivamente sucedidas. ¿Cómo habría reaccionado yo si en vez de irme a la capital me hubiera quedado en la provincia? Eso lo aplica en sucesivas ficciones con ingredientes varios y es una manera de hacer autoanálisis. Pero atención: no es mero autoanálisis. Hay que saber contar, saber mezclar materiales y recursos, y hay que saber persuadir al lector para que se quede, para que se interese por una historia que en principio no le concierne.
Contada en tercera persona, la narración tiene el punto de vista del varón protagonista. El personaje se llama Mario López y su circunstancia es conmovedora. Perdidito por su mujer, ve cómo ésta se aleja sentimentalmente. Blanca tiene muchos pájaros en la cabeza. Nacida en el seno de «una opulenta familia malagueña de abogados, notarios y registradores de la propiedad», se cree destinada a grandes empresas culturales. Pero es víctima de sus muchos intereses e iniciativas: a la postre, sus metas suelen quedar en poca cosa. Quizá frustrada por ello, Blanca aprovecha para reprocharle a Mario su poca energía, su indolencia o pasividad de funcionario… Eso es lo que se nos cuenta en tercera persona, pero con la perspectiva del marido. La novela rinde homenaje a muchas historias ya contadas, aunque de manera directa se inspira –así lo advirtió Muñoz Molina– en un cuento fantástico de Adolfo Bioy Casares: En memoria de Paulina.
En ausencia de Blanca se publicó originariamente en 1999. Desde entonces la he releído varias veces sin venir a cuento. Quiero decir, sin tener necesidad, que es la mejor manera de disfrutar de una ficción y de sacarle provecho después. Umberto Eco decía que una tesis doctoral es como un cerdo: que todo aprovecha. Salvando las distancias –las distancias entre una novela y una tesis–, podríamos decir que también en una narración hay un despiece absoluto. Vamos, que lo leído nos regresa tiempo después y para otros fines.
Sin duda, no es la novela decisiva del autor, pero es una de esas obras menudas que tanto le agradecemos sus lectores. De cuando en cuando, al salir de un empeño de mayor cota, Muñoz Molina se divierte con una novelita. No tomen el diminutivo como algo despectivo. Toménlo como sinónimo de ligera. Según sostuvo el propio autor en Santillana del Mar, «ligereza, se ha dicho, no es lo contrario de seriedad, sino de pesadez». Así es. Y allí, en esa novela ligera, hay una historia de amor, hay una historia de adulterio, hay una historia fantástica, de delirio, y hay una recreación muy convincente de la España de los ochenta. O, al menos, de cierta España cultural y banal. Pero no voy a seguir por aquí. Veo que me aprovecha, que las páginas de esta novelita también son historiografía recreada.
3. La casualidad. Martes, 20 de octubre. Recibo en mi casa la edición de las jornadas de Santillana del Mar: Lecciones y maestros. Es un precioso librito de tapas rojas en las que se recogen los textos de Luis Mateo Díez, Ángeles Mastretta y Antonio Muñoz Molina. También se editan las palabras de sus respectivos presentadores. No sé si la Fundación Santillana lo va a distribuir. He aprovechado para deleitarme en sus páginas, recordando las intervenciones de los escritores.
Miércoles, 21. Recibo en mi domicilio la nueva novela de Antonio Muñoz Molina. ¿Su título? Ya se ha divulgado en la prensa: La noche de los tiempos. Tengo una edición en pruebas que debo a la amabilidad del autor, a su amistad y cortesía. Por supuesto no podré tenerla leída antes de mi conferencia. Es literalmente imposible cumplir esa hazaña: mi ejemplar tiene novecientas cincuenta y ocho páginas, de las que sólo he leído las primeras. Para disfrute, vaya. Cuando pensaba en ello días atrás –cuando admitía que no podría llevar leída la nueva novela–, lo lamentaba. Ahora no. Ahora creo que es mejor así. Lo que yo pueda decir en la Fundación Juan March es fruto de la larga, repetida y demorada lectura de obras que ya han hecho su efecto, que a mí me hacen efecto. Lo que en Madrid diga no puede adelantar aquello que aún no existe, pues ese nuevo libro aparecerá dentro de unas semanas. Y un libro no es un texto, sino un artefacto material, algo que se completa cuando tiene tapas, cuando tiene paratextos, cuando llega al público. Esperaremos. Esperaremos a escribir sobre ello.
¿Y mientras tanto? Mientras tanto tengo otros dos originales que también estoy leyendo. Son las obras que un par de amigos me han confiado sin estar editadas aún: la novela de Isabel Barceló y el nuevo poemario de Juan Planas. ¿Ustedes se imaginan qué cortesía me hacen? Dedico mi tiempo a leer folios impresos, volúmenes que pronto –en los próximos días– verán la luz, textos que aún no han llegado al público. Tengo la suerte de que no los leo por obligación. Me procuran gran placer y, sobre todo, me permitirán dentro de poco discutir con sus autores. Líneas atrás citaba a Adolfo Bioy Casares. Pues bien en una página suya, el narrador –un trasunto de Bioy– se lamentaba de la lectura de originales a que estaba forzado, y en concreto deploraba la actitud de un tipo avasallador y hasta vulgar que le amenazaba con su gran creación. «Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito», leo, «y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo». Yo no lo vivo así, claro. Yo no veo que se ejerza sobre mí ese despótico derecho. Lo que tengo es mucha suerte. Pronto podrán compartir esta fortuna.
4. Crónica de la conferencia por Eduardo Laporte en El NáuGrafo digital.
Justo Serna, Antonio Muñoz Molina, autobiografía e historiografía: croniquilla del asunto.
Habíamos quedado a una hora de exactitud británica…
6. La crónica que no pudo ser, por JS.
Una conferencia es una conferencia es una conferencia




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