Preferiría leerlos y no decir nada

BartlebyycompañiaUno. La mucha faena y los numerosos encargos me impiden cumplir con algunas obligaciones primarias. Quedo mal, llego tarde y mis disculpas son menos creíbles. ¿Qué hago, qué completo? ¿Lo que da más lustre? No necesariamente. Al final suelo hacer lo que mayor satisfacción me procura, o lo que mayor irritación me provoca, aun cuando eso que escribo o eso de lo que hablo no sea lo más beneficioso materialmente o lo más rentable intelectualmente.

Este noviembre no es el mes más cruel, el de T. S. Eliot, aquel momento que “hace brotar / lilas del interior de la tierra muerta, mezcla / la memoria y el deseo, estremece / las raíces marchitas con lluvia de primavera”. No estamos aún en un invierno recogido y suspendido. Vivo arrastrado, en plena actividad, y con un entusiasmo quizá enfermizo. Yo no espero la llegada de abril para hacer brotar las lilas, para mezclar  memoria y deseo, para estremecer las raíces marchitas. Supongo que es eso, el entusiasmo, lo que me hace brotar, mezclar, estremecerme. Tanto se suma que temo un ataque inminente: el estrés bajo la forma de una ciática. Hay indicios. Las lumbares siguen su fastidiosa labor de cada día, recordándome la fragilidad y el aviso…

Escribo, leo, doy clases, atiendo en tutorías, imparto conferencias. Es un ritmo poco saludable. De vez en cuando dejo de escribir ciertas reseñas encargadas; o amigos que me quieren me relevan de esos compromisos; o simplemente me prohibo extenderme sobre algunas obras. Prefiero leer. Prefiero abandonarme al placer no venal de la lectura, al disfrute largo, demorado de páginas y páginas que leer, libros que me satisfacen y que son felicidades chiquitas. En ese momento me veo como un personaje secundario de Batherby y compañía (2000), de Enrique Vila Matas, aquella novela que, inspirada en Herman Melville, rendía homenaje a los escritores sin obra o sin voluntad, sin líneas o sin consumación. Autores renuentes. Escribientes cansados.

Leo lentamente a Antonio Muñoz Molina, leo a Juan Planas, leo a Isabel Barceló. Si de escribir se trata ahora sobre ellos, francamente preferiría no hacerlo. ¿Por qué razón? Prefiero, sí, el disfrute puro de sus páginas exactas o acertadas, de la imagen y de las cosas, de la evocación histórica y familiar. Esto me lo procuran los libros de dichos autores, cada uno a su manera. Como otros, que esperan una lectura venidera: El exilio de los marinos republicanos (2009), de Victoria Fernández Díaz. Un exilio de individuos, pero también un desarraigo moral, generacional. Qué horror me espera… Preferiría leerlos y no decir nada, pero diré cosas sobre ellos en otros momentos.

Ahora dejo fuera, dejo sin hacer, reseñas posibles de libros completados. Por ejemplo, no escribiré sobre Caín (2009), de José Saramago. O, por ejemplo, no escribiré sobre Yo, comandante de Auschwitz (2009), de Rudolf Höss. No me extenderé. ¿Por qué razón?

CainSaramagoDos. ¿Tiene algún sentido regresar a la Biblia para reescribirla? En principio, podemos pensar que es absurdo. Son tan bellas las páginas de las Escrituras, en particular las del Antiguo Testamento, que parece una operación inútil. ¿Para qué retocar aquello que los siglos han consagrado? Para muchos, además, esas Escrituras son propiamente sagradas: son palabra de Dios. Aceptemos o no su condición santa, ¿no será una insensatez enmendar lo que permanece, esa prosa que enuncia la escatología humana?

Sin duda es una temeridad rectificar, corregir, completar o proponer un curso alternativo a lo que ya ha sido o permanece en la memoria oral y religiosa de tantos creyentes. Pero es que las mejores historias de la Biblia nos hablan de eso precisamente: de la presunta soberbia, de la supuesta arrogancia de los humanos…, que quieren parecerse a la Providencia o quieren alcanzar su cenit. Si lo pensamos bien, llevamos siglos haciendo eso: rehaciendo las viejas historias que en sus libros se cuentan. ¿Por qué razón? Porque la Biblia reúne nuestros mitos de origen, de vida, de muerte, de triunfo, de epifanía. En un mito, decía Claude Lévi-Strauss, no  importa la exactitud de las palabras que lo enuncian, sino el sentido último que encierra. El mito puede reescribirse una y otra vez.

Aceptando ese supuesto, José Saramago reelabora la historia de Caín en clave irónica y eso le sirve para reprochar a Dios su acción y su inacción.  Caín mata a Abel y el Ser Supremo lo condena: “Andarás errante y perdido por el mundo”. La historia que nosotros leemos ahora, la escrita por Saramago, está narrada en primera persona por alguien actual de quien nunca sabremos nada. Quiere obrar como un historiador o un cronista, escribe en minúsculas todos los nombres propios y alude constantemente a la vida de hoy por contraste con los tiempos bíblicos. Comete anacronismos deliberados, se burla de los grandes héroes del pasado y su propósito es relatar la verdadera historia de Caín, un tipo que no era tan odioso como las Escrituras indican, un individuo que efectivamente andará errante por el mundo transitando de presente en presente.

Vive tiempos distintos, como si viajara en una máquina del tiempo, como si cambiara de circunstancia gracias al teletransporte. Es por eso por lo que conoce personalmente a Abraham, aquel a quien el Señor ordena sacrificar a su propio hijo; es por eso por lo que conoce la edificación de Babel, la torre con la que los hombres quería alcanzar el cielo, cometiendo un pecado de soberbia que Dios castigará con la confusión de lenguas; es por eso, en fin, por lo que conoce a Lilith. ¿Y? Pues que el lector tiene la sensación de estar ante una fábula artificiosa, innecesariamente alargada. Por ejemplo, ya sabíamos de Noé, algo borrachín, por otros libros: por la Biblia y por el primer capítulo  de Una historia del mundo en diez capítulos y medio, de Julian Barnes. Puestos a hacer guasa, prefiero ese relato del autor inglés a la novela del escritor portugués. El lector, en fin, tiene la sensación de que Alfaguara quiere sacarnos los cuartos sin que la historia merezca gran atención (cosa que ya me pasó con la primera obra suya que leí y de la que hice una reseña). Por supuesto, está bien escrita y bien traducida, pero la sensación creciente es la de producto innecesario, prescindible. Como no escribo reseñas breves, no completaré estas palabras. Faltan fuelle y mala leche. A Saramago y a mí.

UJITres. Acudo presto a conferenciar. Hoy, miércoles 4 de noviembre de 2009 a las 10 horas, he de hablar larga, extensamente, sobre Historia y cultura. La novela. Esta actividad está dentro del Máster en Historia del mundo hispánico que la Universitat Jaume I (Castellón de la Plana) organiza en su propio campus, en concreto en la Facultat de  Ciències Humanes i  Socials. Hoy me toca hablar, aunque siguiendo lo que me inspira en este post, preferiría no hacerlo. Prefiriría seguir leyendo, ejerciendo de lector impenitente y caótico, para así poner en contraste y en contradicción los que uno aprende, siempre aprende, con cada página con la que disfruta o se irrita.

En mi disertación haré un pequeño homenaje a Claude Lévi-Strauss, a su noción de cultura, a su idea de artificialidad humana, espacio de relaciones en el que nacen los productos culturales. El etnólogo se ocupó de los salvajes, de los pueblos primitivos que llegan incólumes o parcialmente incólumes a la sociedad de hoy. A ese pequeño prodigo, a esas excecpiones, Lévi-Strauss destinó sus horas y su vida.

Lo universal es natural, decía el antropólogo; lo local es cultural. La cultura es un código normativo; es prescripción, prohibición; es una forma particular de hacer, una resolución de problemas concretos; pero es también contexto en el  que se ponen en práctica destrezas locales y recursos universales. La novela –a la que Lévi-Strauss no le prestó gran dedicación– es uno de esos productos culturales de que nos servimos los modernos. De eso voy a hablar…, pero preferiría no hacerlo: preferiría leer.

ErnstJungerCuatro. Regreso de Castellón de la Plana contento, leyendo. El tren casi siempre es una dicha. Leer cómodamente instalado es una manera de darme satisfacción tras casi tres horas de conferencia e interlocución. Creo haber provocado a alguien. Ahora me toca a mí. Regreso, digo.  ¿Leyendo qué cosa? Un traqueteo de antiguo ferrocarril me mece y me hace dormir. Cuando despierto vuelvo a la página y a mis subrayados salvajes, anotaciones en rojo, con rotulador, para dejar inservible el volumen.

Tengo en mis manos la reedición de El autor y la escritura, de Ernst Jünger. Ayer lo compré en Gaia y hoy a primera hora, cuando me preparaba la cartera con mis papeles y mis libros, me he decidido. Le haré un hueco en el portafolios –me he dicho–. Así, cuando vuelva en el tren, me dedicaré a leer las reflexiones de Jünger, anotaciones largas o aforismos que el escritor alemán fue registrando a lo largo de los años.

En estas páginas están sus ocurrencias y sus consecuencias, lo que el oficio le sugería y los efectos que tenía en su persona y en su obra: efectos auténticamente embriagantes o lúcidos, según.  He leído libros grandes y menores de Jünger, pero no soy un experto en su obra… Me perdí la lectura de este volumen cuando se tradujo (en 2004). ¿Para qué retrasar más el placer y la discrepancia? En Jünger hay exageraciones, juicios expeditivos cuyo origen no es estricta ni exclusivamente nietzscheano.

En el autor hay conciencia de auctoritas y de creación. No es únicamente un escritor: siempre quiso ser autor. “Autoría. ¿Cómo hay que entender el concepto? De una manera absolutamente general, como exteriorización de la fuerza creadora. Autor somos todos y cada uno, pero la mayoría no sabe de su felicidad”, indica Jünger. La felicidad de ahormarse, de crearse, de sacurdirse fardos. El autor no mira a su público, dice Jünger, pues “detrás de cada poema logrado”, detrás de cada prosa consumada, “hay siempre algo más que la sociedad y la época: la soledad atemporal”. Los peores escritores son, precisamente, los que se atienen al contexto, aquellos que no emplean más que recursos obvios: los de su circunstancia. Y acaba: “tomado en sentido literario, el concepto [de autor] debe incluir al poeta y no puede legítimamente excluir al escritor”. No hay paradoja en este juicio, pues Jünger distinguía entre autor y escritor. A esta condición, ínfima o común, pueden aspirar muchos: todo aquel que es epígono, que es heredero. Ser llamado autor es el merecimiento de unos pocos.

Venía leyendo estas cosas y, de repente, me he tropeazado con una anotación que parecía hecha para mí, para hoy. “Ajetreos nuevos. Dar conferencias. Están asociadas con viajes y esfuerzos y consumen el tiempo productivo. Van seguidas de una charla, la mayor parte de las veces infructuosa”. ¿Infructuosa? ¿Es así? No sé qué responder. En todo caso, dar conferencias no es declamar. Es crear de otro modo, dejándose llevar por el hilo rojo de las palabras. “El autor puede, pero no debe, ser un entretenedor. Declamar está bien dentro del círculo de los amigos o de la familia”. Aunque hubiera querido, yo no habría podido hacerlo: un público latinoamericano de formación diversa y de concepciones distintas no es el círculo de los amigos o de la familia. Eso me ha obligado a esforzarme otra vez con mayor empeño. Nuevamente, el entusiasmo. En fin…

32 comments

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  1. Ana Serrano

    Al leer a Justo que no va a escribir sobre libros leídos de amigos o no, he recordado algo que me dijo uno de los más grandes músicos que en España han sido (y la más bella persona), en una entrevista que le hice para las notas al programa de un concierto homenaje que le dedicó el CDMC (Centro para la Difusión de la Música Contemporánea). Miguel Zanetti. El aplauso del que habla me parece comparable al comentario y, a veces, no hay mayor alabanza que no decir nada, no aplaudir.

    _______________

    — ¿Qué significa el aplauso para usted?

    — Lo que más vale es el aplauso propio. Hay algunos conciertos en los que me gustaría que la gente no aplaudiera, se levantase y se marchase como máximo signo de entusiasmo. Te gusta que te aplaudan, pero según en qué obras se debería acabar con un absoluto silencio. Cuando hago el Viaje de invierno de Schubert el mejor éxito sería que todos nos marchásemos a casa sin decir una palabra.
    _________________

    Quizás no sea eso lo que nos vaya a decir Justo, no se refiera a eso, es muy distinto en literatura, pero sus palabras me lo han recordado.

  2. jserna

    Gracias, Ana, por sus palabras. Como sabe, acabo de leer su tercera entrega de ‘Que arda la casa pero que no salga el humo’. Su novela familiar. Así justamente titulé la historia general que comenzaba y que yo tuve oportunidad de leer. Si les apetece relean lo que la narración de Ana Serrano me sugirió tres años atrás:

    https://justoserna.wordpress.com/2006/10/25/la-novela-familiar-del-lector/

    Ahora, la minuciosa pesquisa continúa, centrada en la reconstrucción paso a paso de sus orígenes por esa Centroeuropa que deja su huella en Argentina. Resulta ser un paseo por el tiempo, una especie de recorrido por los lugares familiares que en parte ya se han perdido o se han olvidado. Hay mucha melancolía. Literalmente, melancolía. La narradora no siempre puede hacer un duelo por alguien a quien no llegó a conocer. Y hay un elemento siniestro que recorre su texto. La verdad es que da miedo qué pudieron ser aquellas vidas. El tratamiento que le da evita la ensoñación o la tentación puramente melancólicas. He leído una filigrana.

  3. Ana Serrano

    Mil gracias, Justo, pero no debería, ya le dije que no dijera nada. Es demasiado generoso. Mi sentimiento es de absoluta vergüenza.

  4. jserna

    Por cierto, hablando de amigos a los que leer con placer, he de referime nuevamente a David P. Montesinos. La última entrada de su blog, titulada ‘Buscando a Kafka’ es simplemente imprescindible. Entre su post y el mío hay una secreta o evidente afinidad. El amor por los libros, por las buenas historias que nos trastornan, sí. Pero también la distancia irónica que hemos de poner frente a lo relatado, la modestia suspicaz del lector. Nuevamente me pregunto despues de que el sr. Montesinos escriba sus melancólicas palabras: ¿para qué escribir después de leer algo así?

    Gracias, David P., por la cortesía.

  5. SaraB

    Me hace pensar. Habla con ganas de los libros aunque no le gusten.

    Me voy a comprar “Cain” de Jose Saramago.

    Saludos

  6. jserna

    SaraB, muchas gracias por sus palabras. No era mi propósito convencer al lector potencial –lectora potencial– para que comprara dicha novela.

    Por cierto, aprovecho para poner el enlace al blog de David P. Montesinos, que antes citaba:

    http://lacuevadelgigante.blogspot.com/2009/10/buscando-kafka-1.html

    No se despisten. No se lo pierdan.

    Han muerto dos de los grandes:

    http://www.elpais.com/especial/jose-luis-lopez-vazquez/

    http://www.elpais.com/articulo/cultura/Muere/escritor/Francisco/Ayala/elpepucul/20091103elpepucul_3/Tes

  7. Pío Nono

    Hombre Serna, por fin respetas las creencias!! “Cain” es un “producto innecesario, prescindible”. Bien!!

  8. jserna

    Me tengo que haber equivocado. En algo me tengo que haber equivocado para que el Sr. Nono apruebe lo que digo de la Biblia. No puede ser esa condescendencia.

    Por cierto, IB, gracias por tu observación: ¿autoanálisis? Cierto. ¿Y cuándo no lo es?

  9. Ana Serrano

    Si algo caracteriza al Señor Serna (Don Justo) es su profundo respeto a los demás, su cordura y su mesura. Si sus críticas, sensatas y argumentadas, molestan a los píos, es su problema.

    Justo no tiene o deja de tener razón porque estemos o no estems de acuerdo con él, la tiene porque es su razón,siempre coherente y, repito, mesurada

  10. R.S.R.

    Espero que el Sr. Montesinos no tome mis palabras como un halago innecesario ni como una exageración. Realmente es precioso el Post “Buscando a Kafka” ,todo lo que habla de la huella que pueden dejarnos los libros me conmueve,no entender la vida sin algunos libros imprescindibles de nuestra existencia.

  11. David P.Montesinos

    Gracias como siempre por tu generosidad, Justo. No conozco a RSR, salvo por nuestra común condición de contertulios en este blog, quizá por ello le agradezco aún más inmensamente sus palabras tan amables.

  12. David P.Montesinos

    Ya he sufrido unas cuántas decepciones con Saramago, no sé, es un autor con el que nunca acabo de entenderme, acaso porque nunca he optado por leerle en los momentos oportunos. También tuve la sensación de camino demasiado andado ya cuando vi que publicaba Caín. Me recuerda un poco a El evangelio según Jesucristo, que leí con atención y no llegó a emocionarme. En fin, soy poco adecuado para hablar de este autor. Simpatizo más con todo lo que tiene que ver con Bartleby, la verdad. Por cierto, hablando de Caín,y pese a que sé que no es muy popular entre algunos de ustedes, Félix de Azúa tiene un ensayo de hace doce o trece años, La invención de Caín, que llegó a fascinarme y al cual vuelvo de vez en cuando. La invención de Caín es la ciudad: el largo pasaje dedicado al caos de Nápoles me parece brillante a la vez que delirante.

  13. jserna

    Gracias, Ana. Y a David, por su espléndido post. Jesús entra en este blog y, sí, nos da una mala noticia, muy mala noticia. Le agradezco mucho la información y el enlace sobre la muerte de Claude Lévi-Strauss. Aunque era probable o venidero su fallecimiento, la verdad es que uno no se resigna. Qué curioso: hace pocas semanas rescaté un texto mío en el que repasaba sintéticamente la importancia de Lévi-Strauss:

    https://justoserna.wordpress.com/quienes-son-los-maestros-pensadores

    Y Lázaro resucita de vez en cuando. Unos resucitan y otros, tristemente, mueren.

    No me toque las narices.

  14. Juan Antonio Millón

    Me ha dicho Pereira, mientras con delectación engullía su omelette a las finas hierbas, que les recordara que también se acuerden de otra finada, de la cual debe preparar para la edición de mañana su necrológica: Alda Merini. Sostiene Pereira que sus poemas merecerían un recuerdo. Me ha pasado un papel con estos versos, que, sí, merecen ser leídos:

    “Le più belle poesie
    si scrivono sopra le pietre
    coi ginocchi piagati
    e le menti aguzzate dal mistero.
    Le più belle poesie si scrivono
    davanti a un altare vuoto,
    accerchiati da argenti
    della divina follia.
    Così, pazzo criminale qual sei
    tu detti versi all’umanità,
    i versi della riscossa
    e le bibliche profezie
    e sei fratello a Giona.
    Ma nella Terra Promessa
    dove germinano i pomi d’oro
    e l’albero della conoscenza
    Dio non è mai disceso né ti ha mai maledetto.
    Ma tu sì, maledici
    ora per ora il tuo canto
    perché sei sceso nel limbo,
    dove aspiri l’assenzio
    di una sopravvivenza negata.”

    (de La Terra Santa)

  15. jserna

    Con Alda Merini desaparece otra figura necesaria. Y con estos versos regresamos a la referencia bíblica que no abandonamos. Gracias, sr. Millón.

  16. R.S.R.

    Leo su final del Post y de nuevo, aunque ayer no se lo dije porque no puedo recordar su autoría, me trae a la cabeza una frase de un escritor que me hizo gracia , decía algo así como que en realidad a él escribir no era lo que más le gustaba, escribía para poder dedicarse a aquello que más le gustaba : era leer, por supuesto.

  17. Fuca

    Pues yo con Saramago también me llevé una decepción; disfruté con alguna de sus obras, “Memorial del convento”, “Levantado del suelo”…, pero lo abandoné después de leerle “Ensayo sobre la ceguera” y “Todos los nombres”, a finales de los 90; no voy a leer “Caín” ni creo que ninguna nueva obra que publique, prefiero releer las obras con las que disfruté y aprendí. Coincido con don Justo Serna en leer y leer, ejerciendo de lectora impenitente y caótica, aprendiendo y disfrutando con mis lecturas. En otros tiempos comentaba en algunos foros literarios los libros que iba leyendo pero ahora no, prefiero leer sin preocupaciones, sin obligaciones; no suelo hacer (casi) nada que no me apetezca.

  18. jserna

    …/…

    Cuatro. Regreso de Castellón de la Plana contento, leyendo. El tren casi siempre es una dicha. Leer cómodamente instalado es una manera de darme satisfacción tras casi tres horas de conferencia e interlocución. Creo haber provocado a alguien. Ahora me toca a mí. Regreso, digo. ¿Leyendo qué cosa? Un traqueteo de antiguo ferrocarril me mece y me hace dormir. Cuando despierto vuelvo a la página y a mis subrayados salvajes, anotaciones en rojo, con rotulador, para dejar inservible el volumen.

    Tengo en mis manos la reedición de El autor y la escritura, de Ernst Jünger…”

  19. Paco

    pero serna esto que dices es patético. tu crees que a alguien le interesa lo que escribes??? “vuelvo en tren y abro un libro”. ohhh!!! preferiria que no dijeras nada.

  20. jserna

    Si no interesa lo que escribo, ¿por qué me lee y me amonesta, Paco? Lo suyo es la mar de raro. Muy raro. Me quiere mucho con sus desplantes.

  21. IB

    Me parece una pregunta absurda. Los diarios de Junger son un autoanálisis lúcido . Y él atacó la política del Reich. ¡Hay que leer, bonita !

  22. Alejandro Lillo

    Creo, señor Serna, que entiendo su estado de ánimo, ese “preferiría no hacerlo”, ese “preferiría leerlos y no decir nada”. Por eso considero que ha hecho bien en sacar a la palestra la obra de Enrique Vila-Matas, pues la producción de este singular autor tiene mucho que ver con el silencio, con el pasar desapercibido, con el diluirse en el vacío. “Bartleby y compañía” es una excelente novela que trata, como usted dice, sobre autores renuentes y escribientes cansados. Trata sobre la escasa producción de gente talentosa que, por diversas razones, decide dejar de escribir sin que logremos explicarnos muy bien por qué. Pero la novela de Vila-Matas también versa, por esa misma razón y aunque parezca paradójico, sobre la obsesión por la literatura; obsesión que muchos de los que aquí escribimos –si no la mayoría- compartimos. Obsesión por la literatura y deseo de desaparecer precisamente diluido en lo propiamente literario. Esa parece ser la pulsión que motiva a Vila-Matas, pulsión que, como a Rosa Schwarzer y a tantos otros personajes de sus relatos y novelas, nos tienta a todos los que, de alguna manera, compartimos su obsesión.

    Por eso le decía que creo entender su estado de ánimo cuando afirma: “Regreso de Castellón de la Plana contento, leyendo. El tren casi siempre es una dicha. Leer cómodamente instalado es una manera de darme satisfacción…”. En efecto. No ha podido expresarlo mejor. El placer de leer en el tren. El placer de leer en la cama, en el sofa, con unas horas por delante, disfrutando con cada página. Diluirse en la lectura olvidando los problemas y las preocupaciones, las dolencias del cuerpo y del espíritu. La sensación que usted describe la he experimentado cientos, miles de veces. Se trata de disfrutar con lo que de recogimiento tiene la lectura. Vivir, aprender, leer, callado, en silencio, pasando desapercibido, sin molestar a nadie, deslizándose suavemente por una superficie lisa, libre de obstáculos, sin apenas rozamiento ni perturbación. La lectura como una forma de librarse de las ataduras de lo cotidiano, como una forma inimitable de aprender del otro, que siempre es aprender de uno mismo, pues en realidad se trata de una suerte de descenso a nuestras propias profundidades, en las que a veces se abre un abismo y a veces un paraíso.

    Digo abismo y me doy cuenta que he vuelto a Enrique Vila-Matas. Paradójicamente, él vence sus deseos de diluirse escribiendo y, una vez más, lo mismo nos pasa a otros. Lo mismo que en ocasiones lo que queremos es desaparecer en la infinitud de la literatura, otras nos es preciso escribir para seguir viviendo como una forma de conjurar nuestros fantasmas y seguir adelante. No sé. Me he sentido muy identificado con su comentario sobre el tren. Es un placer intenso y extraño el que se siente, tal vez sea lo más cercano a la inmortalidad que experimentemos nunca, es la pasión por la literatura la que nos arrastra…

  23. jserna

    Alejandro, coincidimos en todo lo que usted detalla acerca de la literatura y acerca de la lectura. Coincidimos. Un saludo, JS

  24. Juan Antonio Millón

    Puede que haya varias especies de esa categoría a la que denominamos silencio. Y aunque “en el silencio está todo por decir”, como me dijo mi estimado Félix de Azúa, hay un silencio que es un mero no-decir. Aunque la idea del silencio de Bartleby o la más radical de Lord Chandos se muevan en parámetros excesivamente literarios, ficcionales, conformando una paradoja excitante en la que se ha instalado tan fructiferamente Vila-Matas, hay en el silencio como elección, como rechazo a la palabra, a la literatura, una radicalidad que excede todo comentario o al que todo comentario no hace más que negar o al menos restarle su carga subversiva. Es más, ese silencio, el que abocó a Rimbaud a abandonar la poesía, o el que llevó a tomar la decisión a Kafka, es intrínsecamente inexplicable, su razón reside en su irracionalidad. El ser es y el no ser no es. Ellos optaron por el no ser. Y si el ser, como quería Aristóteles, se dice muchas maneras, el no ser no dice nada. Otra cosa será qué podrá decir el ser del no ser -que es en lo que nos hayamos instalados- o la potencialidad del no ser, la posibilidad que pueda devenir ser, o sea, incluso, no sólo condición, sino motor primigenio de aquello que es. No es sólo “preferiría no hacerlo”, es “prefiero no hacer”, es “no hacer”. Abandonar la ciudad y por la senda del monte ir hacia el centro de la piedra, a ese oscuro y recóndito centro que nos anula. ¿Después regresar? Edipo se adentró en su final en el bosque de las Erinias, buscando su tumba…pero sabemos que sobre ella se edificó una ciudad.

  25. jserna

    Uf, sr. Millón. Mi débil constitución me impide asumir un programa de esa índole, un plan –no hacer, no decir– que es laborioso en sí mismo. Fíjese en Vila-Matas…

    Por otra parte, Félix de Azúa es un autor que tiene erudición, mala leche y una egolatría sarcástica. Ninguno de esos nutrientes hacen daño si se toman en moderadas dosis.

  26. Marisa Bou

    Noto en ustedes una especie de cansancio, algo indefinido pero real. Bien. Eso está bien. Hay que admitir lo que se siente, no vale de nada negarlo: si uno está cansado, debe descansar. Algunos lo hacemos, incluso, demasiadas veces. Debe ser cosa de la edad. Pues a mí cada vez me complace más quedarme -en la medida de lo posible- sin hacer nada.

    Tal vez el cansancio sólo sea mío, y acabo por verlo reflejado en los demás. Podría ser.

    En cuanto a diluirse, ser o no-ser, buscar la tumba en el bosque… ¡Uf! Demasiado trabajoso. Ya lo haré otro día.

  27. jserna

    ¿Cansancio? Pues sí, la verdad. Ayer estuve hablando tres horas seguidas salvo unos breves minutos de descanso. Y hoy he tenido sesiones aún más maratonianas. Es algo físico. Y también la impresión de desorden…

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