¿Quién vive y quién cuenta? Meses atrás, leí con aprovechamiento dos obras ciertamente recomendables. La primera es La apuesta biográfica, de François Dosse (PUV, 2007). La segunda obra es el dossier correspondiente al número 1 (2005) de Cultura escrita & sociedad, dedicado a la autobiografía y a los documentos personales. A esta revista, dirigida por Antonio Castillo, ya hice alusión tiempo atrás. La reflexión a que nos fuerzan Dosse y las páginas de dicha publicación es de primera necesidad. Y digo bien con esa expresión que puede parecer exagerada: en ello nos va la vida, la vida que se plasma en la autobiografía y en la biografía. Las páginas de una y otra obra están escritas por historiadores y, por tanto, no dejan estos géneros para sus oficiantes o para los teóricos de la literatura. Son, pues, empeños atendibles y muy documentados que ahora no voy a reproducir, claro.
La autobiografía y la biografía son géneros de escritura en los que se plasma una vida ordinaria o excepcional, sí, pero son sobre todo trabajos, esfuerzos, de azarosos resultados. De entrada no sabemos si lo que se expone o se narra a partir de recuerdos, testimonios o documentos tendrá sentido, coherencia; no sabemos si será suficiente, si lo escrito se atendrá a los hechos verdaderamente ocurridos. Perdonen lo obvio: toda escritura es una selección, un recorte, una presentación, un fragmento. Vivir es emprender numerosas acciones de las que después no queda registro: desde acciones propiamente físicas hasta pensamientos no expresados. ¿Qué autobiografía o qué biografía podrían retener todo ese material perdido o no documentable?
Por eso, pese a lo que pueda parecer, escribir sobre uno mismo o sobre otros es una empresa difícil. No nos conocemos bien. No conozco bien a aquel que fui, en parte porque he olvidado lo que hice y lo que sentía, lo que experimentaba y el significado que entonces le daba a lo que hacía; en parte porque no siempre sé bien el paso que doy y las consecuencias que tendrá; en parte porque no conozco enteramente mis motivaciones o mis justificaciones; y en parte porque no quiero examinarme cada vez que actúo: no hago continuas reflexiones o cogitaciones para evaluar todos los datos internos o externos con los que opero. Muchos actos los realizamos dejándonos llevar sin interrogarnos sobre su sentido. Muchos años después, si hiciéramos memoria para escribir una autobiografía, probablemente buscaríamos significado a aquello que emprendimos. Que lo encontráramos no quiere decir que fuera el sentido que le dábamos entonces. Ciertamente, es muy difícil escribir de uno mismo en términos autobiográficos si lo que nos anima es decir la verdad y decirlo todo. Esa meta está llena de obstáculos.
Si todo eso nos ocurre con lo que hemos vivido, si todas esas dificultades y obstáculos son los que debemos salvar para recordar lo propio, siempre insuficiente, ¿cómo podemos adentrarnos en la intimidad de un individuo a cuya existencia accedemos sólo a partir de esos vestigios, de esos restos exiguos y dudosos? Cuando acometemos dicha empresa, hacemos biografía, una tarea rara, extraña. Ya lo dijo Jorge Luis Borges, la biografía es un género paradójico. Se ha repetido muchas veces pero vale la pena reiterarlo. Decía Borges en Evaristo Carriego “que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutada con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”. Un documento no es el hecho, sino su huella, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso se valen siempre los biógrafos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado en su contexto. La empresa se consuma adecuadamente cuando esos documentos son abundantes y permiten ahondar en la esfera pública, privada e íntima del biografiado, pero sobre todo se realiza bien cuando las interpretaciones, cuando los actos de sentido a que se ve obligado el biógrafo, no pecan de anacronismo o de suficiencia o de generalización.
¿Por qué leemos las vidas de otros? ¿Por qué el género autobiográfico o el biográfico tienen hoy dicho éxito? En una época de incertidumbre, lo que otros hacen nos sirve de ilustración y ejemplo: de lo bueno y de lo malo. Estos géneros siempre han tenido un sentido moral para el lector, casi una lección que aplicar a la propia vida. Las autobiografías y las biografías nos obligan a examinarnos: nos fuerzan a averiguar de qué manera recordamos y con qué hilos trazamos la identidad fija a la que nos agarramos. Nos obligan a compararnos. La urgencia de vivir y de saber cómo vivir nos lleva a leer y a escudriñar cómo vivieron los otros, si fue la suya una existencia desastrosa, rica, plena o irrelevante. Una existencia ordinaria o excepcional. Somos cotillas pero somos también discípulos de alguien que nos precedió: individuos que seguiremos a un predecesor o que desmentiremos lo que él hizo. De ahí la fuerza de estos géneros, de la autobiografía y la biografía. Quienes cuentan o les cuentan la vida podemos tomarlos como sujetos carnales y visibles a los que les suceden cosas, individuos que se resignan o se adaptan, que se enfrentan animosamente a sus propios límites y a sus contextos o que pretextan la obediencia debida.
Podríamos poner numerosos ejemplos, pero en principio me voy a ceñir a uno que me resulta especialmente desagradable.
¿El monstruo? Desde que leí Yo, comandante de Auschwitz no dejo de pensar en este volumen, en esta autobiografía. No quería hablar de él, pero sus páginas están volviendo obsesivas… Las leí antes de reparar en dos reseñas recientes: una de Jacinto Antón, en El País, y otra de Eduardo González Calleja en ABCD Las Letras. ¿Qué dicen ambos periodistas? Lo veremos. ¿Quién es el autor de esas memorias? Rudolf Höss (1900-1947), comandante de Auschwitz desde 1940 hasta 1943. Creo que en ese caso límite se cumplen las observaciones que antes hacía sobre los géneros del yo. No quería hablar de este libro, justamente por la repugnancia que puede llegar a provocar. Pero su rara y banal sinceridad y su percepción de las cosas me obligan.
No me motiva morbosidad alguna. Tampoco deseo contrastar todos los datos históricos. No es ésa mi intención. Ni esto es una reseña ni un examen documentado. Prefiero detenerme en la autobiografía como género y, por tanto, de qué manera se maneja Rudolf Höss. Por lo que dice y por cómo lo dice, podemos aprender muchas cosas acerca de… nosotros mismos, acerca de la naturaleza humana.
«En las páginas siguientes quisiera hacer un balance de mi vida interior», dice Höss al principio de su obra. «Evocando, de la manera más verídica», añade, «todos los acontecimientos esenciales de mi existencia y los efectos psicológicos, unas veces positivos y otras negativos, que han influido sobre mí». Es sobrecogedor este primer párrafo. ¿Por qué razón? Porque Höss, el comandante de Auschwitz, adopta la retórica precisa de la tradición autobiográfica, la de las Confesiones, la que empieza con San Agustín y llega a Jean-Jacques Rousseau. La obra del filósofo ginebrino comienza con una fórmula que es consumación de esa tradición, el acuerdo con el lector, un presunto pacto de verdad. Si San Agustín comenzó confesándose ante Dios, Rousseau hará algo parecido. Las consecuencias son muy distintas
Confesiones.«Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores», dice Rousseau. «Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente: “He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido».
Rousseau podría haber dicho algo semejante a esto otro: voy a emprender un balance de mi vida interior, evocando, de la manera más verídica, todos los acontecimientos esenciales de mi existencia. Como se sabe, el filósofo ginebrino fantaseó abundantemente, recreando fantasiosamente su vida para hacerla modélica y aleccionadora: para hacer de su ejemplo un caso moral. Una parte de lo dicho la inventó literalmente y a otra parte le dio un sentido imaginario, el sentido que los hechos no tenían cuando sucedieron. Pero ese párrafo inicial, que es un incipit muy célebre, fija la convención. Todo memorialista parece obligado a comenzar así. Que empiece así no significa que todo memorialista mienta tanto como fantaseó Rousseau. Significa que el sujeto adopta un código expresivo, una regla. Y adopta también un interlocutor: en unos casos, como en el filósofo ginebrino, es Dios, un Dios al que alude vagamente como remoto destinatario.
También Robinson Crusoe, el Robinson de Daniel Defoe, cuando está perdido en la isla, tiene un interlocutor a quien interpela, exige, reclama: alguien con quien conversa para hacer balance de lo bueno y de lo malo. ¿Lo recordamos? Él se ha convertido en un industrioso fabricante, un tipo que modifica todo su entorno para hacerlo habitable. Se siente orgullo: tiene cualidades que ignoraba poseer. Pero él es un burgués, un inglés nacido libre, el hijo de una familia acomodada que ha recibido una buena educación y, sobre todo, el temor de Dios. Cuando Robinson tiene recaídas en la pura nostalgia, la nostalgia de lo que ha perdido realmente, se sobrepone enseguida anotando en una especie de dietario el haber de sus acciones, lo positivo de su vida aparentemente desdichada. Si no está trabajando, escribir para él es, efectivamente, hacer balance, un medio de sopesar, de registrar y de frenar la desesperación. Y Dios es ese destinatario que supervisa a todo creyente, un ojo que todo lo ve pero sobre todo una conciencia a la que dirigirse. Si se hace memoria ante Dios, ¿cómo se va a mentir? Entre las convenciones del género Confesiones, la interlocución con la Providencia suele ser esencial y frecuente. ¿Y en otros casos, cuando Dios queda relegado? un papel ¿Y en otros?
En el caso del comandante de Auschwitz, el descreimiento o el enfriamiento religioso será un factor decisivo en su formación o malformación. Por eso, en las Confesiones que escribe no es exactamente Dios quien espera el relato. Son la humanidad a la que se dirige y sus captores. El individuo sólo haciendo un examen… muy autoindulgente: el del empleado público que cumplió fielmente sus obligaciones. Apresado por los británicos, entregado a los polacos, Höss ha escrito con ganas y con soltura porque sabe que todo está perdido y porque sabe que su tarea fue funcional y funcionarial. Nada más. O nada menos. La escritura es lo único que le queda. Redacta algo así como la memoria de su gestión, una labor de la que no tiene por qué arrepentirse globalmente. Se siente bien incluso, leemos. Tiene unos destinatarios que sabrán comprender su ejecutoria como empleado. «Jamás habría accedido a revelar mis pensamientos más íntimos, más secretos, exhibiendo desde mi yo, de no haber sido tratado aquí con tanta comprensión, tanta humanidad». ¿Qué pensar ante esa declaración? «Ahora mi vida llega a su fin. A lo largo de estas páginas he expuesto todo lo que me ha ocurrido de esencial, todo lo que ha influido en mí y me ha impresionado. Me he expresado conforme a la realidad y la verdad; he contado lo que vi con mis propios ojos, dejando de lado los detalles que me parecían secundarios. También hay muchas cosas que he olvidado o que no recuerdo muy bien». ¿Una impostura?
Una vida circunstancial. Todo su relato es una suma de episodios corrientes o aparentemente corrientes. Desde su infancia anodina en Baden-Baden, con un padre distante, frío, exigente, hasta su llegada a Auschwitz en 1940, con expectativas de funcionario: Auschwitz como la consumación de una existencia ordinaria, una vida de bronca y disciplina, de guerra y de camaradería recia, viril, en los Freikorps, una vida familiar con granja y jardín. Habrá dudas religiosas, pronto aliviadas con la hermandad del matonismo. Pagará por ello: en concreto por la ejecución de un traidor. Ese crimen le lleva a la cárcel condenado a una pena de diez años de trabajos forzados por ser el «instigador y principal participante en una condena a muerte». Estamos en los años veinte y la República de Weimar se ve sacudida por la violencia del escuadrismo. Höss es uno de sus más activos responsables.
La vida carcelaria será, claro, su otro lugar de formación y malformación. «La vida en la celda presentaba rasgos comunes con el confesionario», admite con una analogía que no es disparatada. «En aquellos tiempos me asombraba escuchar a los presos revelar con tanto descaro sus secretos más íntimos», añade. Nuevamente, las confesiones como relato de vida, prosa y orden. El confesionario es la celda con un interlocutor ante el que te presentas, un tercero que te examina. Nada escapa a su visión. De ahí que se obstine en hacer las cosas bien, sin impurezas o desarreglos, con el orgullo o la neurosis de quien sólo se vigila a sí mismo. «Siempre he insistido en resolver por mí mismo los problemas que más me angustiaban», dice en una página. Solo, con esa autosuficiencia rencorosa y reprimida del veterano que sobrevivió a la Gran Guerra, a la temprana orfandad, a la prisión. Laborioso, con ese activismo neurótico del que cree posible gestionarlo todo. Riguroso, con esa obediencia del que sabe cumplir su «deber de manera puntillosa», dice. Con «la aprobación general», añade. Así, con esos ideales domésticos, este probo ciudadano regentará después distintos campos: en concreto, un campo de exterminio ideal, aquel al que hubiese querido dar el orden definitivo y eficaz. El orden, precisamente, y su expresión más pequeña, recóndita y bella: como un jardín bien cuidado, como una granja familiar, en una vida ordinaria y previsible.
Toda su existencia se organiza en torno a ese ideal de orden doméstico. Las cosas en su sitio, con cada pieza funcionando. «Habituado desde niño a la obediencia absoluta, a la limpieza y el orden meticulosos, no tenía inconveniente en someterme a las duras exigencias de la disciplina carcelaria», dice cuando describe el cumplimiento de su condena en los años veinte. «Me empeñaba en respetar rigurosamente los reglamentos, mantenía mi celda pulcra y ordenada y ni siquiera los más maliciosos tenían motivos para criticarme», concluye. Ése será su modelo de vida, el esquema que aplicará en Dachau, en Sachsenhausen y, después, en Auschwitz: ya afiliado al NSDAP y ya oficial de las SS.
Y en esa gestión del orden, todo fueron tropiezos. La desatención de los superiores, dispuestos a poner en marcha la Solución Final sin los medios pertinentes. La pillería de los subordinados, dispuestos siempre a evitar el trabajo, el rigor o la responsabilidad. ¿Que eran duras o crueles las órdenes recibidas? «¡Cuántas veces tuve que esforzarme por aquel entonces para parecer duro e implacable!», dice. La obediencia debida era lo que permitía no interrogarse. Escribir las memorias es preguntarse sobre su actuación; vivir es ejecutar, disponer, realizar. Höss responde con inocencia obscena o con cinismo sincero. Parafraseémoslo: hice lo que debía y no pude hacer más, como era mi propósito, porque ni superiores ni subordinados me ayudaron lo suficiente. Porque él quería ser probo y eficaz, neutralizando para ello cualquier prurito moral. Mis funcionarios no tenían el temple adecuado y el burocratismo impedía la buena marcha del establecimiento. «Yo no podía estar en todo», se lamenta. Por eso, «debido al ambiente de desconfianza general que reinaba en Auschwitz, yo mismo me acabé transformando en otro hombre», un tipo deshumanizado, desilusionado, «un ser insociable», pues «no hacía más que pensar en mi trabajo», ese que no podía delegar con tranquilidad. Por ello, «relegaba a un segundo plano todo sentimiento humano» y no era infrecuente que buscara «refugio en el alcohol» o en el trabajo incesante. «No podía reflexionar: tenía que ejecutar la consigna. Mi horizonte no era lo bastante amplio para permitirme elaborar un juicio personal sobre la necesidad de exterminar a todos los judíos».
¿Colofón? En un artículo de Cultura escrita & sociedad, revista que antes citaba, Richard L. Kagan habla de las «autobiografías involuntarias o inducidas que se producen como consecuencia de alguna forma de coerción o coacción». Generalmente, «los autores de este tipo de autobiografías son individuos que, por alguna razón, han entrado en conflicto con la ley y, como consecuencia, se han visto atrapados en un proceso judicial instruido para obtener de ellos un relato detallado y «veraz» de sus vidas». Kagan pone el ejemplo de la Inquisición española, «que requirió de forma regular que los individuos sujetos a juicio elaborasen un «discurso» sobre sus vidas». ¿Son creíbles?
Desde luego, no puede compararse la circunstancia de Höss con la de las víctimas inquisitoriales, pero cabría preguntarse si su autobiografía es involuntaria o inducida y si de ese hecho deriva la verdad o no del documento. Digo esto y me corrijo. ¿Importa esta cuestión? En realidad, Höss escribe con placer, con orgullo, con detalle y con pormenor. No oculta su aportación al exterminio. No se molesta en designar la naturaleza de sus crímenes, ni siquiera los califica en esos términos. Höss habla de error (el exterminio judío), cosa que resulta repugnante. Pero eso no hace inválido dicho testimonio. Lo que nos muestra es su percepción.
«En resumen», dice Primo Levi en la introducción (1985) que acompaña el texto, «el libro es una autobiografía esencialmente verídica, y es la autobiografía de un hombre que no era un monstruo». Tampoco era un «diablo», calificación sensacionalista que empleaba Jacinto Antón en su artículo de El País. «Intento decir», añade Levi, «que se le puede creer cuando afirma que nunca ha disfrutado al infligir dolor y al matar: no ha sido un sádico, no tiene nada de satánico». Es decir, que era un tipo normal de vida ordinaria que suspendió el juicio moral, que no opuso la moralidad a la presión violenta, destructiva, de su ambiente ideológico. «Fue uno de los máximos criminales que jamás hayan existido, pero en esencia no era distinto de cualquier otro burgués de cualquier otro país».
Un tipo corriente, un tipo corriente…
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Hemeroteca: Últimas Noticias de Antonio Muñoz Molina
Revista Mercurio, número de noviembre de 2009 dedicado a Antonio Muñoz Molina con motivo de la publicación de La noche de los tiempos. Con entrevista al autor y con artículos de Pere Gimferrer, Ángel Loureiro, Justo Serna, Olga López-Valero Colbert y William Sherzer.
Información de Europa Press (aquí)
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Primer capítulo de La noche de los tiempos (aquí)

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