La realidad y sus novelas. Días atrás, el filósofo José Luis Pardo publicaba en El País una tribuna titulada «Basado en hechos reales«. Discutía las mezclas de historia y ficción, de pasado y novela. Otra vez, sí. Con recursos polémicos, más o menos convincentes. Con razones más o menos endebles, con argumentos más o menos poderosos, siempre debatibles.
José Luis Pardo mostraba cierto desdén hacia esas novelas que estando basadas en hechos reales, que empleando lo real como un valor añadido, simplifican los acontecimientos y su significado. Para el filósofo hay ficciones que nos ayudan a entendernos mejor, obligándonos a abordar las complejas situaciones de los individuos. Y hay otras que son desechables porque nos vacían lo real o porque utilizan los hechos para confirmarnos. Estas últimas novelas serían puramente consoladoras.
«Tanto el lector como el autor tienen perfectamente claro antes de empezar a leer y a escribir quiénes son los buenos y quiénes los malos, y la ficción no tiene otra pretensión que la de confirmar a ambos en ese saber previo, con el regusto de unos personajes y unas situaciones específicamente construidos para ese fin», encerrados en «una empalagosa maquinaria narrativa que presenta la coherencia propia del relato (la del planteamiento, nudo y desenlace) como un espejo de la coherencia moral de nuestros valores».
El planteamiento de Pardo es interesante y discutible, ya digo. Por un lado, aprueba las buenas ficciones, esas que nos ayudan a entender la complejidad social. Por otro, condena las malas ficciones, esas que simplifican las cosas, el discurrir de lo humano. No me convence la presentación. Cómo no vamos a estar de acuerdo en valorar lo bueno y rechazar lo malo. Entiendo su diatriba, pero el asunto merece mayor examen.
Tomás Eloy Martínez. «Los novelistas van siempre un paso adelante de la realidad», escribe en su último artículo, publicado póstumamente en El País. «Hacia 1930, el argentino Roberto Arlt vislumbró en sus dos grandes novelas, Los siete locos y Los lanzallamas, la madeja fascista que se cernía sobre las naciones jóvenes del sur. Así también ahora la guerra contra las drogas y el narcotráfico impregna buena parte de la literatura, sobre todo en Colombia y México, donde la cultura narco se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida», añade. Tomás Eloy Martínez es un ejemplo sobresaliente de lo que es la literatura basada en hechos reales, unas obras de creación en la que la experiencia del periodismo, las noticias de la prensa, la información diaria sirven para pensar lo que realmente pudo pasar, para narrar lo que probablemente ocurrió. Aquí veo su retrato, que no sé quién firma: una fotografía que se distribuye por la Red y en la que atisbamos la sonrisa bondadosa e irónica de Martínez. Me habría gustado conocerlo en persona.
Por supuesto, no leemos las novelas de este escritor argentino para documentarnos fehacientemente: uno no lee sus ficciones para obtener el dato concreto que te proporciona un periódico. Pero experimentamos una rara sensación con Santa Evita (1995) o La novela de Perón (1991). En ellas, el autor capta, comprende, averigua el problema real de Argentina, una Argentina ficticia y perfectamente verosímil, concebida a partir de una materia existente. Su lectura nos ayuda a entender las expectativas, los deseos, los temores que el peronismo ha provocado. Tomás Eloy Martínez se documentó extensamente o trató con los personajes principales. Nos lo cuenta todo en novelas que son indagación y el proceso de indagación, novelas que tienen un modo de producción metanarrativo, es decir, que muestran al relator investigando y contando, acopiando datos e imaginando su conexión.
Leí Santa Evita en 1995, alertado por Mario Vargas Llosa: un artículo suyo en El País celebraba el logro de Tomás Eloy Martínez. Poco tiempo después, un amigo argentino, Miguel Ángel Taroncher, me regaló La novela de Perón (1991), no editada en España. En ambas obras es pavorosa la radiografía que el escritor hace de su país: un retrato kitsch y desvaído, fantasmal y necrófilo. ¿Literatura fantástica? Por lo que hemos sabido después, lo sucedido en Argentina supera las expectativas espectrales y las peores pesadillas. La literatura basada en hechos históricos –como la que escribió Tomás Eloy Martínez con prosa de reportero y descripciones de cronista demente– es el mejor examen de lo real. No sabemos, eso sí, si sus obras pertenecen al género de terror.
Debería volver sobre ellas. Cuando leí Santa Evita me pareció un experimento narrativo interesante. Incluso muy interesante. La novela no sólo es la historia de una primera dama. Es, además, el proceso de producción y escritura de la ficción, con el añadido de sus resultados. Alguien llamado «Tomás Eloy Martínez» emprende una investigación biográfica: la de Evita Perón, a partir de la historia de su cadáver. Todo ello a lo largo de muchos años. Eso da como resultado dos relatos distintos: el del cadáver mismo y el de sus garantes o guardianes, particularmente el del militar que se ocupó de su cuidado hasta enloquecer fascinado por su amor necrófilo. Con razón deslumbró a Gabriel García Márquez. Parece, en efecto, una historia ocurrida en Macondo. Pero no: sucede, y sucede de verdad, en Argentina. ¿Es una historia de muertos? Sin duda, es la novela de un cadáver, literalmente hablando. Pero dicha historia no es más fantasmal que la que nos cuenta Martínez en La novela de Perón. En vida, también Juan Domingo Perón fue un espectro. En su exilio en Puerta de Hierro, en Madrid, el general vivía sumido en sus añoranzas, cultivando su propio mito y el de Eva Duarte, rodeado y asistido por Isabelita y por Héctor J. Cámpora. Allí, en su retiro español, fue entrevistado por Tomás Eloy Martínez. En 1973, Perón pudo regresar a Argentina.
El declive fue imparable. El declive, ¿de quién o de qué?
Colofón:
1. Me tomo unos días de descanso. Es una expansión que me permito. Necesito descansar. Ustedes me entenderán. El lunes 8 de febrero estaré de vuelta con un nuevo post.
2. Escribí lo anterior y me fui a Bilbao unos días. Estando allí pude leer el comentario de un lector argentino, Horacio, que me indica muy amistosamente el error que he cometido al confundir a Héctor J. Cámpora con José López Rega. Por supuesto, le agradezco la precisión. Efectivamente: he confundido a Cámpora con López Rega y por eso, en este colofón, lo indico claramente. Cámpora ganó las elecciones que permitieron, de alguna manera, la vuelta de Juan Domingo Perón. López Rega desempeñaba otras funciones: era una suerte de asistente y nigromante al servicio de Perón. Por lo que parece fue un personaje siniestro: sería, además, inverosímil en una novela que lo hubiera inventado.
Muchas gracias.
Hemeroteca y videoteca. Blog y literatura
1. Ojos de Papel. Nuevo número de Ojos de Papel, con autores u obras habituales de este blog y con asuntos que tienen que ver con lo que tratamos en este post. Índice:
-Miguel Veyrat, Razón del mirlo, por Víctor Claudín
–Alejandro Lillo, Providence, de Juan Francisco Ferré
–Francisco Fuster, Modernas y vanguardistas, de Mercedes Gómez Blesa
–Eduardo Laporte, Londres es de cartón, de Unai Elorriaga
–Justo Serna, Invisible, de Paul Auster
2. Mercurio. Nuevo número de Mercurio, mes de febrero, dedicado a la Novela histórica. Índice. Con artículo de cabecera de JS:
–Justo Serna, «Las huellas de un pasado», Mercurio, núm. 118 (febrero de 2010), págs. 8-10
3. El blog. Unas reflexiones. Mesa redonda Trazos de la comunicación digital en la Comunidad Valenciana. De la web 1.0 a la 2.0. Primer Congreso de Comunicación Digital en la Comunidad Valenciana (18 y 19 de noviembre de 2009):
–Justo Serna: Mesa redonda. Minuto 40:46
4. Nuevo artículo de JS en El País:


Deja un comentario