El dedo de Aznar. Entre los libros que conservo de mi padre hay uno muy singular. O no tanto. Su título, largo y de tono arcaizante, es éste: Manual de educación, civismo y cultura social. Es su cuarta edición, la de 1950. El autor es inverosímil. Firma el volumen nada menos que un títulado: el duque de Pierrefont. Suena a noble francés emigrado del 89, de 1789… No sé quién es, pero parece un pseudónimo, un alias que alguien adoptó para encubrir su identidad. Si no me equivoco, el volumen se publicó en 1939 y yo tengo en mi casa esa cuarta edición. A lo largo de la obra, el autor nos proporciona una cuantas reglas de conducta social, según dice.
Son normas de urbanidad, de buenas maneras (que falta nos van haciendo). Muchas de esas reglas tienen un sentido trasnochado y se detallan en este libro para reforzar y recordar el cumplimiento de la etiqueta. No chillar, no señalar con el dedo, no afrontar innecesariamente, no dar empellones, no beber de un trago, no hacer ruidos con la comida, no levantar el plato para sorber la sopa, ir siempre planchado, dar la vez a las damas, etcétera. Algunas de esas reglas son antiguas y otras están plenamente vigentes.
Una de ellas figura en la página 13: «siempre debemos hallarnos dispuestos a oír opiniones razonables, para contrastarlas con los propios juicios, sin que en conversaciones o contraste de ideas adoptemos tono de disputa, y menos de agresión en defensa de nuestros puntos de vista». Saber hablar con moderación y sin estridencias o contundencia. Hacer «lo contrario implica presunción jactanciosa, excesiva soberbia y pedantería y falta de nobleza», aclara. «No creamos nunca que decimos la última palabra y poseemos el don de la infalibilidad», ese orgullo propiamente luciferino.
«Otra regla de conducta que se olvida con frecuencia es que el cumplimiento del deber no debe confundirse con la intransigencia, y menos con la fragilidad. Faltan a esta regla lo mismo los iracundos e impulsivos que los remisos y apocados. El deber, cuando es de conciencia, ha de realizarse inflexiblemente, sin temores ni jactancias, ecuánime y serenamente».
Más adelante, al referirse a los actos públicos, a las representaciones teatrales, habla de las broncas que en ocasiones provocan algunos: concretamente de «los escándalos que a veces se promueven». Éstos «son espectáculos inciviles y groseros, que prueban la baja condición moral de sus autores. Nosotros no hemos de sumarnos nunca a los que patalean, chillan o gritan, sin consideraciones a nada ni a nadie», aclara. «Los aplausos ruidosos y estridentes son también de mal gusto».
Pensaba en estas cosas cuando oí cómo abucheaban al ex presidente del Gobierno. Creo que hay que dejar hablar a los ponentes, a los conferenciantes, a los oradores: por mucho que nos disgusten. ¿Es una norma de cortesía? No: es una regla de convivencia democrática. De debate, de afinamiento y de refinamiento argumental. Y pensaba en eso que dice el duque de Pierrefont: que «nosotros no hemos de sumarnos nunca a los que patalean, chillan o gritan«. Ése es el primer principio del conferenciante en situaciones extremas, principio que
José María Aznar incumple.
No hay que señalar con el dedo… ¿Era muy grande la afrenta? ¿Era insoportable la provocación? El temple se mide en situaciones extremas y la Universidad es, frecuentemente, territorio hostil.
Si acude al recinto académico para examinar la crisis española, si acude para presentar sus recetas (que están en un libro cuya argumentación ya analicé aquí), ha de saber comportarse. ¿Que hay gentes insultantes que le afean groseramente el belicismo de su Gobierno? Pues no se responde. Hay que guardar las formas ante los alborotadores en espera de que acabe el estrépito o de que se restablezca la normalidad.
¿Recuerdan al rey cuando en el Parlamento vasco fue abroncado? Si no equivoco, ocurría a comienzos de los años ochenta. Era un desaire pero era sobre todo un asunto de orden público y de protocolo parlamentario. El rey guardó silencio. Cuando el orden fue reestablecido, el monarca tomó la palabra. Lo hizo con gran entereza.
Los buenos modales en situaciones extremas. Alguna vez ya les he hablado de otra guía de comportamiento que tengo en mi casa. Es el Manual de supervivencia en situaciones extremas, de Piven y Borgenicht. Entre las pintorescas situaciones ambos que describen no está el abucheo de estudiantes.
Los autores te explican muy didácticamente cómo salir de arenas movedizas, cómo salir de un coche que se hunde, cómo escapar del ataque de un toro, cómo defenderse de un caimán o como sobrevivir a un naufragio. Entre otras circunstantas, ésas son las que se recogen en sus páginas, todo un prontuario bien práctico: efectivamente, siempre te puede atacar un caimán.
Pero en sus páginas no encuentro nada, ninguna indicación, sobre la posible acometida de universitarios alborotadores. ¿Será una situación extrema? En la ilustración que precede, que fue portada de El Mundo del 19 de febrero, el periódico junta dos fotografías que se daban en el mismo espacio y en el mismo acto: Aznar levantando el dedo corazón de la mano izquierda; los estudiantes llevando una pancarta en la que lo ultrajan gravemente: «Aznar: Criminal de Guerra». Y nosotros aquí, espectadores estupefactos ante el matonismo verbal y la grosería gestual.
Segunda situación extrema. He visto La carrerera (2009), la película que interpreta Viggo Mortensen. Sobrecoge. Ésa sí que es una situación extrema, un límite final, el último lugar al que se puede ir y con la circunstancia ya acabada. No la voy a contar, por supuesto, pero sí que quiero invitarles a verla. Vayan al cine y vayan recomendados por David. P. Montesinos, que hizo una reflexión honda sobre el film.
Todo está rodeado de peligros, todo es amenazante. Tas una destrucción planetaria prácticamente completa, con las ruinas de una civilización material ya inservible, con la fauna y la flora calcinadas o casi, sólo sobreviven unos pocos individuos hambrientos, sin nada que echarse a la boca. Caminan y caminan desorientados, buscando qué o a quién comerse.Como en los cuentos infantiles: ahí fuera hay ogros o sacamantecas…
Por la carretera que se dirige hacia el sur marchan un padre y un hijo: un muchachito que sólo ha conocido el mundo tras el infierno, es decir, un mundo sin seguridad, sin confianza. Es de su padre de quien espera el sustento y la tutela, la protección y el amor. Es de él de quien recibe los valores con los que guiarse cuando ya no esté. En una circunstancia verdaderamente extrema en la que ya nada parece contar, el egoísmo del superviviente no es lo único válido.
Hay normas morales, criterios que aprender. Pero el muchacho lo tiene difícil: el padre no es eterno y el hijo ha de descubrir quiénes son los buenos en un mundo destruido, totalmente averiado. ¿Como distinguir, cómo discriminar?
Lo que vemos es un estado de naturaleza, sin sociedad o Leviatán, sin instituciones que frenen o defiendan: una auténtica regresión primitiva en la que todo está por aprenderse y en la que el agregado básico –la celula familiar– también está fracturado, desaparecido. ¿Podrán reconstruirse las relaciones sociales? Qué soledad más extrema la del chico, qué inerme está. Todo gris, todo calcinado, sin animales. ¿Sin animales? Padre e hijo han visto un escarabajo que aún mueve sus patitas. Luego el muchacho cree ver a un perro…
Es una película de ciencia-ficción, fantástica, de terror. Pero es también un Western sucio, polvoriento, con la sociedad refundándose, con la ley aún estableciéndose. Es un film de pistoleros y es una historia de amor.
Tercera situación extrema. Lo mejor que te puede ocurrir cuando vas a ver Shutter Island (2009) es ignorarlo casi todo de dicha película. Por eso, no insertaré aquí ningún hipervínculo que les lleve al tráiler español. Esa manía reciente, la de revelarlo todo…
Cuando lo vi en pantalla, cuando vi el tráiler (pues es díficil evitar este exhibicionismo comercial que todo lo cuenta), procuré no enterarme del relato abreviado: sólo estaba atento a las imágenes inquietantes que me mostraban, sin prestar atención a nada más.
Por supuesto, ayuda saber que la dirige Martin Scorsese y que la protagoniza Leonardo di Caprio. Como también ayuda saber que sucede en 1954, en un frenopático para criminales enclavado en una isla agitada por tormentas constantes: un lugar de difícil acceso, con vientos furiosos y lluvia abundante. No hace falta nada más, ningún dato concreto que aclare las cosas.
¿Imaginan visitar un sitio así o, peor, vivir en un psiquiátrico de esas características? Sería, sin duda, una circunstancia insoportable: la tercera situación extrema de la que quería hablarles en este post.
He acudido al cine con unción, como si fuera un acto sagrado. He ido así, tan expectante, porque me gustan las historias de miedo, pasarlo mal un ratito. Sólo un ratito. He acudido con ganas porque me inquietan las películas que transcurren en un psiquiátrico o en una cárcel, en un recinto cerrado con un pequeño grupo de personas padeciendo angustiosamente.
No me decepciona Leonardo di Caprio, pues siempre le pone extremismo a su interpretación. Extremismo, que no histrionismo. Sí, lo admito: debo de ser de los pocos espectadores que jamás ha repudiado a Di Caprio. Me gusta su ceño fruncido, ese dolor a punto de manifestarse. Por otra parte, Martin Scorsese siempre me entretiene, aunque hay algo en sus películas que me frena: no es raro que caiga en el exceso, en la exageración absurda.
¿Recuerdan aquel remake que filmó el director norteamericano? El cabo del miedo (1991) se llamaba. Era una película de miedo, pero era tan disparatada, tan hiperbólica, y la actuación de Robert de Niro era tan histriónica…, que al final sólo podías carcajearte. «¿Abogado, abogado? ¿Estás ahí? ¿Abogado? Sal, ratita, quiero verte la colita».
Era, sí, una historia que provocaba risa, risa nerviosa, si quieren. Aquí, en Shutter Island no te ríes, pero este film comparte con El cabo del miedo muchas cosas. ¿La principal? El uso enfático de la música, el acompañamiento sonoro estridente. Les estoy dando una pista y no debería seguir. O sí: continúo. Los críticos se han puesto muy serios, con mucho empaque, al analizar la nueva película de Scorsese. La han comparado a otras de Alfred Hitchcock o de Jacques Tourneur: Recuerda (1945), Regreso al pasado (1947), Vértigo (1958). Incluso han detectado influencias o citas de films expresionistas o de la literatura de terror.
Todo ello es cierto y muy… grave. Le da solidez cultural a esta película, de acuerdo. Pero en Scorsese siempre hay un trazo grueso deliberado, un punto alocado y hasta soterradamente cómico. Lo cómico está siempre muy presente en dicho director. Quizá por eso podríamos comparar este film con aquel otro de Hitchcock: aquel que en España se tituló Con la muerte en los talones (1959). Al pobre Cary Grant le hacían pasar las de Caín. Nos hacía mucha gracia la persecución a que se le sometía (la avioneta, su confusión con un espía, etcétera). Grant se salvaba con elegancia (cómo no, con ese porte), pero era una experiencia horrorosa. ¿Recuerdan la banda sonora? Pero regresemos a Shutter Island.
En esta última –como en El cabo del miedo–, ya digo, la banda sonora no puede tomarse en serio. Insisto: no podemos tomar en serio esa música estridente que avisa, que precede a las cosas terribles que van a suceder, que anuncia lo que va a pasar o creemos que va a pasar. Es más: algunos personajes tienen guiños irónicos más o menos explícitos. Así sucede con los que interpretan Ben Kingsley o Max von Sydow. Sólo Di Caprio no parece bromear. Está ante psicóticos y ante sus guardianes. Y está ante sí mismo… Con él vemos lo que pasa, con su punto de vista: con él nos salvaremos o nos hundiremos. ¿Una exageración? Quizá, pero no olviden que en una película de Scorsese lo que le pasa a su protagonista siempre es lo que le pasa a la humanidad. No me pidan más detalles.
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Viñeta: Forges, El País.


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