Los espárragos son un vínculo emocional. Se lo dije a R.S.R.: siempre hay una primera vez para descubrirlos, la ocasión en que alguien nos lleva advirtiéndonos cuál es la esparraguera y por qué no debemos cortarla de raíz.
Las matas son despreciadas por los labradores, esas malas hierbas que están en los márgenes o en los ribazos a punto de extenderse hasta arruinar la producción. Y el espárrago es algo tentador que se protege hiriéndonos.
Como señalo, siempre hay una primera vez: alguien que nos quiere nos dice cómo evitar los arañazos. Mi abuelo me condujo por las cunetas de los caminos enseñándome a descubrir los espárragos. Fue hacia 1969. Volví a recuperar ese saber olvidado hace unos años, cuando mi hijo mayor era un niño.
Por supuesto, en la última batida –que tuvo lugar semanas atrás–, mi hija demostró ser la más entusiasta. Éramos cuatro. Ahora repito para descansar. No quiero decir ni mu de Gürtel o de los regalos: llevo ya muchos artículos publicados en el El País. Permítanme, pues, este intermedio casi musical: me voy a escuchar el silbido del viento.
Volveré al blog el viernes por la noche.

Deja un comentario