Uno. Universitat de València. Publico aquí, en el blog, un escrito de Juan Carlos de Miguel, profesor de Filología. Es una crónica de las pasadas elecciones celebradas en la Universitat de València, la institución en la que él y yo impartimos clase. Su texto, que amablemente me ha remitido, es una crónica pensada y escrita para todos los lectores, no sólo los académicos: está concebida para que cualquiera de nosotros pueda tener todos los elementos del debate. Leyéndola podremos entender qué ha sucedido en estas elecciones a rector, elecciones en las que compitieron cuatro candidatos. Bien pensado, fue un hecho insólito. En este blog pudimos seguir la fase final de la disputa con un par de posts: Elecciones personales y Universidad u hostilidad.
Ahora, Juan Carlos de Miguel escribe para todos nosotros una crónica rigurosa, crítica, sensata, mesurada y con su punto de acidez o su dosis de ironía. Algunos amigos y seguidores de este blog, desvinculados de la Universidad, me dijeron en alguna ocasión que no tenían todos los elementos de juicio acerca de lo que se disputaba, que no podían pronunciarse sobre lo que desconocían. Es comprensible: en una Universidad hay funcionamiento institucional y hay corrientes de opinión; hay posiciones políticas y hay intereses corporativos; hay expectativas colectivas y hay intereses personales. Por favor, lean la crónica de Juan Carlos de Miguel. Se titula Elecciones a rector en la Universitat de Valéncia 2010. Crónica de una victoria augurada. Comprenderán mucho de lo que aquí, en esta institución, se libraba…
No sé, la verdad, por qué escribo el verbo en pasado. Lean más…
Dos. Estatut de Catalunya. Hace casi cinco años publiqué un artículo sobre el proyecto de Estatuto de Cataluña. Me granjeó la adnimadversión de ciertos nacionalistas de cortas entendederas. Por supuesto no todos son así.
Ha pasado mucho tiempo de aquel escrito. El Tribunal Constitucional aún no se ha pronunciado públicamente sobre la norma estatutaria. Como admite casi todo el mundo, que esto siga así es una rémora institucional grave. Yo no tengo competencia jurídica para enjuiciar la constitucionalidad del texto, pero cuando escribí dicho artículo me pronunciaba como historiador. O quizá como simple observador: concretamente analizaba el concepto de historia y el concepto de nación de los que se servía el legislador en el preámbulo de dicho proyecto. El título era éste: Los preámbulos de Cataluña. No sé, leído ahora, quizá aún conserve algún valor. Habrá que comprobarlo.
Entre otras cosas decía: «El pasado no es esa patria primera, el limo original, el paraíso que algunos añoran: siempre es algo extraño cuyo significado se nos resiste, un significado que no podemos trazar con el hilo rojo, con una continuidad que el legislador pretende, además, proyectar hacia el porvenir como si fuera un proceso obvio. Así, en el preámbulo del ‘Estatut’ se habla de la libre y plena interdependencia que una nación necesitaría hoy. La redacción es muy confusa…».
Algún adversario me dijo: si hablas de redacción confusa, es la tuya la que se lleva todos los merecimientos. Quizá. Lean más…
Tres. Aprender. David P. Montesinos formula una serie de cuestiones a los universitarios. Marisa Bou se plantea los mismos interrogantes. Las preguntas son pertinentes y algunas de ellas –no todas– yo también me las hago. No sé si me creerán pero no me interesa nada la disputa de poder que hay en el seno de la institución (en el seno de toda institución: no me gusta mandar). Cuando digo disputa de poder no me refiero a las elecciones y a los cambios que puedan darse si triunfa esta o aquella candidatura. Cuando digo que no me interesan las luchas intestinas aludo a los juegos de suma cero que enfrentan a distintas capillas para el reparto de lo escaso.
¿Me creerán si les digo que mi experiencia académica más placentera es la docente, enseñar y aprender al tiempo que enseño? No es una pose divina. Es la verdad de lo que siento. Me interesa el saber: lo que aprendo al informarme e informar. Me interesa la instrucción: la calidad de los datos y el acopio documental, claro que sí. Pero me preocupa más la educación, llegar a ser culto.
Ser culto no es tener muchos datos o conocer todas las respuestas. Tampoco es abrumar con erudiciones de enciclopedia, sino saber formularse las preguntas reveladoras; saber qué consultar o qué leer o qué buscar para colmar lagunas o ignorancias. Muchas de las cosas que nos rodean en la Universidad no tienen nada que ver con eso y son ordenancismo o burocratismo. Ojo, no nos abandonemos a la demagogia: hacen falta las ordenanzas y la burocracia, reglamentos racionales y funcionarios probos. Hacen falta personas eficaces y entregadas que gestionen a partir de normas claras. Pero convertirlo todo en trabajo administrativo seca la educación.
En Schopenhauer como educador, Friedrich Nietzsche arremetía contra la enseñanza rutinaria de su tiempo. Ya lo he citado en otras ocasiones. Nietzsche defendía la figura del educador, aquel que es capaz de despertar la curiosidad intelectual y el afán. El libro dedicado a Schopenhauer era una de sus Consideraciones intempestivas. «Observaciones intempestivas» he titulado precisa y conscientemente este post.
Yo quiero transmitir entusiasmo en mis clases, la apetencia de saber, las ganas de aprender, la modestia de exigirse a uno mismo: no hay que conformarse con cuatro datos y con cuatro conocimientos manoseados y repetidos. Admiro a los científicos, pero yo no lo soy. Eso no me permite hacer cualquier cosa. Quiero ser riguroso y quiero que quienes cultivamos las humanidades –o las enseñamos– seamos serios y no meros diletantes.
Pero también admiro a quienes analizan lateralmente, con capacidad de conexión, de relación, a partir de criterios comunicables. Admiro a quienes sortean las barreras académicas y las fronteras departamentales para pensar contra lo obvio, contra la corriente. Ojalá pudiera seguir ese ejemplo con humildad. Por eso no me gustan los ventajistas, los savonarolas o los que ya están a vuelta de todo.

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