Uno. El 23 de abril es, ya lo saben, el Día del Libro. Los autores salen a la calle, acuden gustosos a firmar. En Barcelona se ponen puestos en la calle y los compradores regalan libros y flores. Es una tradición simpática.
En Valencia, el 23 es un día más de la Feria del Libro. Aquí empieza el 20 de abril y se prolonga hasta el 2 de mayo. Cuando escribo estas líneas, este evento local ya ha comenzado. ¿Local?
Bien mirado, es un acontecimiento universal. No hay como los buenos libros para salir de uno mismo, para arrancarse de lo rutinario. No hay como la buena lectura para romper con quien nos cerca o nos ciñe: por ejemplo, ese personaje nimio y predecible en quien nos hemos convertido.
Al adentrarnos en una novela compleja o en un poema exigente, nos aventuramos más allá de nuestra experiencia o de la vida breve: esos artefactos nos deslocalizan o nos amplían. Al consultar un buen ensayo nos retamos: nos ponemos en crisis con preguntas insólitas que quizá no sospechábamos.
Se celebran cuarenta y un años ininterrumpidos de la Feria del Libro en Valencia. Está instalada en el Jardín de Viveros. Ir allí es siempre un paseo agradable, una deliciosa caminata de la primavera local, con ese sol prometedor que aún no asfixia y con esa luminosidad moderada que todavía no ciega.
Hay numerosas casetas, en algunas de las cuales tengo amigos o gentes que vengo tratando desde hace años (Gaia, Viridiana, Tirant Lo Blanch, etcétera): nos invitan a manosear y a hojear los libros. Nos invitan a todos. En la caseta número 2 está la Librería Gaia, que es el establecimiento en el que compro muchos de los volúmenes que leo. Esta semana, por las mañanas atiende Lola; por las tardes, Alejandro (ya saben: un amigo habitual de este blog). La semana que viene, al contrario. Acudan allí, de verdad. Serán muy bien tratados.
Hay que perder el miedo a la letra impresa. El papel aún tiene tanto que decir… Y tras las tapas de un volumen hay mucho que hallar, enseñanzas de las que aprovecharnos. Las tapas…, días atrás leía precisamente un artículo sobre este asunto, un asunto que tanto me preocupa y al que indirectamente he dedicado algún post. Los responsables de los E-Books han advertido algo que se pierde con el nuevo dispositivo: las cubiertas. De momento, los E-Readers no pregonan qué lees. En cambio, un libro sin forrar te señala, te significa: revela una parte de ti, una parte de tu intimidad, lo que estás leyendo, aquello que consumes y que te consume. Es publicidad de la que tú eres portador. Vaya un artefacto remoto e ingenioso.
Dos. De esos artificios duraderos que llaman nuestra atención hablan Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, Nadie acabará con los libros, un volumen recién publicado en castellano por Lumen (2010). ¿Ustedes se imaginan la agudeza que despliegan ambos contertulios, la ironía de que se valen? ¿Un libro de Eco —naturalmente, Umberto Eco— en el que se habla de los libros, de los soportes y de sus rendimientos?
La edición española de este volumen es es simplemente exquisita: por la excelencia de la traducción (debida a Helena Lozano) y por las fotografías de André Kertész, que ilustran la inteligente conversación de Carrière y Eco. Yo ya tenía la versión italiana de este libro, que me regaló Josep. Ahora, con las ilustraciones y con la bella traducción, el volumen español es una joya que les recomiendo.
En la tapa, justamente en la tapa, vemos a un lector consumido por lo que lee, ajeno al bello paraje del río y de la ingeniería: ese puente por el que transitan peatones contemporáneos.
¿Me propongo escribir una reseña de este volumen? No. Yo no escribo aquí una reseña de la obra de Eco y Carrière, sino que me valgo de una grata experiencia de lectura para celebrar la Fiesta del Libro.
Francisco Fuster tiene la amabilidad de poner un enlace a una brevísima recensión de este libro. He empezado a leerla y se me caía de las manos o de la pantalla, no sé. ¿Por qué razón? No acostumbro a leer reseñas de libros sobre los que quiero escribir. Al menos de entrada. Cuando incumplo este precepto suelo arrepentirme: no es raro que me revelen lo que no quiero saber de antemano.
En cambio, me apresuro a leer aquellas reseñas de libros que sé que no voy consultar. Así me oriento sobre lo que no me interesa. Esto que digo parece ir contra mi costumbre de escribir reseñas. No es una incongruencia. Insisto en que yo suelo hacerlo cuando tengo que escribir: para que no me condicione. Aun así, a veces es inevitable que se te cuelen los juicios críticos de otros.
Tres. Por cierto, hoy he leído en El País un artículo absolutamente desorientado de Manuel Rodríguez Rivero. Se lo tengo que decir, amistosamente, pero se lo tengo que decir. Creo que se deja llevar por la incoherencia y por el miedo a no ser moderno. Como no quiere resultar antiguo o trasnochado se equivoca argumentando. Digo que se equivoca en la forma de razonar, no en el objetivo, que –imagino– compartimos: la lectura como experiencia enriquecedora y formadora.
Rodríguez Rivero se rebela contra la nostalgia del libro de papel, pero no se sabe bien qué defiende. Ya se lo preguntaré. ¿Acaso el formato del libro más allá del papel? ¿La promesa del iPad como sucesor del volumen de pasta? Si no la ha leído, le recomendaría la obra de Eco y Carrière. «No hay nada más efímero que los soportes duraderos», se titula uno de los capítulos. ¿En qué quedará el DVD o el CD? ¿Alguien se acuerda de la cinta de cassette, del VHS? Los hallazgos tecnológicos que triunfan no tienen por qué desaparecer. La televisión no ha sustituido a la radio y el libro ha aguantado muy bien el paso del tiempo y, por supuesto, convivirá con los E-Readers. En un futuro próximo es probable que una parte de lo que leo lo haga valiéndome de un iPad. Pero, como dice Eco, la comodidad del libro es imbatible.
A lo que nos cuentan, el iPad pesa demasiado para tenerlo dos horas en las manos. No sé. Habrá que ponerlo en un atril para pasar página virtual o para subrayar o anotar. Regresaremos, pues, al scriptorium. Qué maravilla y que anacronismo: el ingenio de Apple, con sus grafismos, ilustraciones y viñetas, y un soporte medieval. Bien mirado, es lo más parecido a un libro: sólo le faltan unas buenas y llamativas cubiertas. Pero tiene ventajas, claro. La escritura electrónica dispone de hipervínculos. ¿Y…? La escritura tradicional tiene notas a pie de página. Y además las llamadas que interrumpen la lectura suelen conspirar contra la historia que estamos leyendo y no siempre favorecen la imaginación. No soy un entusiasta de la nota al pie.
Cuatro. Por eso, prefiero una lectura cerrada, fatal, de la historia que se consuma en un texto concluido. Perdonen la cita extensa de Héroes alfabéticos. Reproduzco un pasaje en que cito al autor de El nombre de la rosa para este argumento: «al decir de Eco, la lectura puede modificar los textos con una semántica libre. Ahora bien, como inmediatamente sugiere el ensayista italiano, la partitura está escrita y de lo dicho en ese texto se harán enunciados más o menos documentables, fundados o infundados, que la erudición, la crítica, la historia o la filología nos permitirán comprobar´´.
Y sigo: «En todo caso, estos grandes personajes que mudan, que se desvanecen, que migran, que aletean hasta convertirse en mito, que se adueñan de distintas narraciones, siempre acaban regresando al lugar original, al texto en que fueron alumbrados. Por eso, yo también regreso a la Madame Bovary, de Flaubert. «La función de los relatos ‘inmodificables’ [como son las obras literarias que se consuman en ese artefacto material que llamamos libro] es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo”. No hay una eternidad textual, sino un cierre. Es decir, frente a los hipertextos de Internet, las novelas que leemos en papel nos hacen tropezarnos otra vez con el destino de lo inmodificable o, mejor, con el curso inexorable de la vida, una lección que por la actual omnipotencia técnica podemos olvidar´´.
Y concluyo: «Con la hipertextualidad muchos han aprendido a ser libres y creativos, a alterar las palabras siempre provisionales, a cambiar los discursos. «Está bien», añade Eco, «pero no lo es todo. Los relatos ya hechos nos enseñan también a morir» como Emma. Nos enseñan a rebajar la omnipotencia del hipertexto. Por eso, la lectura de las novelas, que es o puede ser un acto de libertad, de libertad interpretativa, nos obliga a respetar lo escrito, a guardarle fidelidad. Con una obra literaria no podemos hacer lo que se nos antoje, lo que queramos, «leyendo en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos sugieren», advierte Eco. Así leía Emma Bovary y ya ven, ya ven cómo acabó´´.
Cinco. Días atrás tuve que hablar de La verdad sobre el caso Savolta. Era en una clase de historia, de historia de la Restauración borbónica. Por supuesto, no se trataba de tomar la novela de Eduardo Mendoza como fuente histórica. Tampoco como documento de época. Se trataba de transmitir el asombro que esa novela aún provoca. Ambientada en la Barcelona de 1917-1919, la narración nos muestra las clases burguesas y el ambiente menestral, el hampa y los obreros de aquel tiempo. Con personajes deslumbrantes o irrisorios, con magnates o potentados, con desgraciados y purria, todos los individuos son objeto de relato a partir de un montaje propiamente cinematográfico que se sirve de variados contrapuntos: rompen la historia y las versiones. Es una maravilla, ya saben. Y, además, tiene la ironía como principio rector, regulador y narrador.
Con motivo de la Feria de Fráncfort de 1991 –dedicada a España–, El País organizó una encuesta entre lectores cualificados. Los resultados se publicaron el 9 de octubre de ese mismo año. Era una lista de la narrativa española perdurable, las obras editadas entre 1975 y 1990 que sobrevivirían al paso del tiempo. El elenco incluía entre otros los siguientes libros:
10. Un día volveré, de Juan Marsé.
9. Juegos de la edad tardía, de Luis Landero.
8. Diario de un hombre humillado, de Félix de Azúa.
7. Si te dicen que caí, de Juan Marsé.
6. El testimonio de Yarfoz, de Rafael Sánchez Ferlosio.
5. Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet.
4. El río de la luna, de José María Guelbenzu.
3. La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza.
2. Todas las almas, de Javier Marías.
1. La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza.
Tenemos auténtica obsesión por las listas, como ha mostrado Umberto Eco. Nos sirven para precisar lo que amamos o lo que odiamos, lo que esperamos o tememos. Ordenamos y así establecemos jerarquías. Los más vendidos, los más apreciados, los más valorados, etcétera. Aquella vieja lista de El País era una fiesta de la novela, una felicidad lectora, y la premonición no era insensata. Desde luego faltan libros decisivos y autores imprescindibles, pero era un elenco a tener en cuenta. En el primer lugar, hallamos La verdad sobre el caso Savolta. No es mala cosa. Y es una feliz coincidencia, pues apareció un Día del Libro: el 23 de abril de 1975.
Ahí empezaba todo.
¿Continuará…?

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