Días de libro

Uno. El 23 de abril es, ya lo saben, el Día del Libro. Los autores salen a la calle, acuden gustosos a firmar. En Barcelona se ponen puestos en la calle y los compradores regalan libros y flores.  Es una tradición simpática.

En Valencia, el 23 es un día más de la Feria del Libro. Aquí empieza el 20 de abril y se prolonga hasta el 2 de mayo. Cuando escribo estas líneas, este evento local ya ha comenzado. ¿Local?

Bien mirado, es un acontecimiento universal. No hay como los buenos libros para salir de uno mismo, para arrancarse de lo rutinario. No hay como la buena lectura para romper con quien nos cerca o nos ciñe: por ejemplo, ese personaje nimio y predecible en quien nos hemos convertido.

Al adentrarnos en una novela compleja o en un poema exigente, nos aventuramos más allá de nuestra experiencia o de la vida breve:  esos artefactos nos deslocalizan o nos amplían. Al consultar un buen ensayo nos retamos: nos ponemos en crisis con preguntas insólitas que quizá no sospechábamos.

Se celebran cuarenta y un años ininterrumpidos de la Feria del Libro en Valencia. Está instalada en el Jardín de Viveros. Ir allí es siempre un paseo agradable, una deliciosa caminata de la primavera local, con ese sol prometedor que aún no asfixia y con esa luminosidad moderada que todavía no ciega.

Hay numerosas casetas, en algunas de las cuales tengo amigos o gentes que vengo tratando desde hace años (Gaia, Viridiana, Tirant Lo Blanch, etcétera): nos invitan a manosear y a hojear los libros. Nos invitan a todos.  En la caseta número 2 está la Librería Gaia, que es el establecimiento en el que compro muchos de los volúmenes que leo. Esta semana, por las mañanas atiende Lola; por las tardes, Alejandro (ya saben: un amigo habitual de este blog). La semana que viene, al contrario. Acudan allí, de verdad. Serán muy bien tratados.

Hay que perder el miedo a la letra impresa. El papel aún tiene tanto que decir… Y tras las tapas de un volumen hay mucho que hallar, enseñanzas de las que aprovecharnos. Las tapas…, días atrás leía precisamente un artículo sobre este asunto, un asunto que tanto me preocupa y al que indirectamente he dedicado algún post. Los responsables de los E-Books han advertido algo que se pierde con el nuevo dispositivo: las cubiertas. De momento, los E-Readers no pregonan qué lees. En cambio, un libro sin forrar te señala, te significa: revela una parte de ti, una parte de tu intimidad, lo que estás leyendo, aquello que consumes y que te consume. Es publicidad de la que tú eres portador. Vaya un artefacto remoto e ingenioso.

Dos. De esos artificios duraderos que llaman nuestra atención hablan Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, Nadie acabará con los libros, un volumen recién publicado en castellano por Lumen (2010). ¿Ustedes se imaginan la agudeza que despliegan ambos contertulios, la ironía de que se valen? ¿Un libro de Eco —naturalmente, Umberto Eco— en el que se habla de los libros, de los soportes y de sus rendimientos?

La edición española de este volumen es es simplemente exquisita: por la excelencia de la traducción (debida a Helena Lozano) y por las fotografías de André Kertész, que ilustran la inteligente conversación de Carrière y Eco. Yo ya tenía la versión italiana de este libro, que me regaló Josep. Ahora, con las ilustraciones y con la bella traducción, el volumen español es una joya que les recomiendo.

En la tapa, justamente en la tapa, vemos a un lector consumido por lo que lee, ajeno al bello paraje del río y de la ingeniería: ese puente por el que transitan peatones contemporáneos.

¿Me propongo escribir una reseña de este volumen? No. Yo no escribo aquí una reseña de la obra de Eco y Carrière, sino que me valgo de una grata experiencia de lectura para celebrar la Fiesta del Libro.

Francisco Fuster tiene la amabilidad de poner un enlace a una brevísima recensión de este libro. He empezado a leerla y se me caía de las manos o de la pantalla, no sé. ¿Por qué razón?  No acostumbro a leer reseñas de libros sobre los que quiero escribir. Al menos de entrada. Cuando incumplo este precepto suelo arrepentirme: no es raro que me revelen lo que no quiero saber de antemano.

En cambio, me apresuro a leer aquellas reseñas de libros que sé que no voy consultar. Así me oriento sobre lo que no me interesa. Esto que digo parece ir contra mi costumbre de escribir reseñas. No es una incongruencia. Insisto en que yo suelo hacerlo cuando tengo que escribir: para que no me condicione. Aun así, a veces es inevitable que se te cuelen los juicios críticos de otros.

Tres. Por cierto, hoy he leído en El País un artículo absolutamente desorientado de Manuel Rodríguez Rivero. Se lo tengo que decir, amistosamente, pero se lo tengo que decir. Creo que se deja llevar por la incoherencia y por el miedo a no ser moderno. Como no quiere resultar antiguo o trasnochado se equivoca argumentando. Digo que se equivoca en la forma de razonar, no en el objetivo, que –imagino– compartimos: la lectura como experiencia enriquecedora y formadora.

Rodríguez Rivero se rebela contra la nostalgia del libro de papel, pero no se sabe bien qué defiende. Ya se lo preguntaré. ¿Acaso el formato del libro más allá del papel? ¿La promesa del iPad como sucesor del volumen de pasta? Si no la ha leído, le recomendaría la obra de Eco y Carrière. “No hay nada más efímero que los soportes duraderos”, se titula uno de los capítulos. ¿En qué quedará el DVD o el CD? ¿Alguien se acuerda de la cinta de cassette, del VHS? Los hallazgos tecnológicos que triunfan no tienen por qué desaparecer. La televisión no ha sustituido a la radio y el libro ha aguantado muy bien el paso del tiempo y, por supuesto, convivirá con los E-Readers. En un futuro próximo es probable que una parte de lo que leo lo haga valiéndome de un iPad. Pero, como dice Eco, la comodidad del libro es imbatible.

A lo que nos cuentan, el iPad pesa demasiado para tenerlo dos horas en las manos. No sé. Habrá que ponerlo en un atril para pasar página virtual o para subrayar o anotar. Regresaremos, pues, al scriptorium. Qué maravilla y que anacronismo: el ingenio de Apple, con sus grafismos, ilustraciones y viñetas, y un soporte medieval. Bien mirado, es lo más parecido a un libro: sólo le faltan unas buenas y llamativas cubiertas. Pero tiene ventajas, claro. La escritura electrónica dispone de hipervínculos. ¿Y…? La escritura tradicional tiene notas a pie de página. Y además las llamadas que interrumpen la lectura suelen conspirar contra la historia que estamos leyendo y no siempre favorecen la imaginación. No soy un entusiasta de la nota al pie.

Cuatro. Por eso, prefiero una lectura cerrada, fatal, de la historia que se consuma en un texto concluido. Perdonen la cita extensa de Héroes alfabéticos. Reproduzco un pasaje en que cito al autor de El nombre de la rosa para este argumento: “al decir de Eco, la lectura puede modificar los textos con una semántica libre. Ahora bien, como inmediatamente sugiere el ensayista italiano, la partitura está escrita y de lo dicho en ese texto se harán enunciados más o menos documentables, fundados o infundados, que la erudición, la crítica, la historia o la filología nos permitirán comprobar´´.

Y sigo: “En todo caso, estos grandes personajes que mudan, que se desvanecen, que migran, que aletean hasta convertirse en mito, que se adueñan de distintas narraciones, siempre acaban regresando al lugar original, al texto en que fueron alumbrados. Por eso, yo también regreso a la Madame Bovary, de Flaubert. “La función de los relatos ‘inmodificables’ [como son las obras literarias que se consuman en ese artefacto material que llamamos libro] es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo”. No hay una eternidad textual, sino un cierre. Es decir, frente a los hipertextos de Internet, las novelas que leemos en papel nos hacen tropezarnos otra vez con el destino de lo inmodificable o, mejor, con el curso inexorable de la vida, una lección que por la actual omnipotencia técnica podemos olvidar´´.

Y concluyo: “Con la hipertextualidad muchos han aprendido a ser libres y creativos, a alterar las palabras siempre provisionales, a cambiar los discursos. “Está bien”, añade Eco, “pero no lo es todo. Los relatos ya hechos nos enseñan también a morir” como Emma. Nos enseñan a rebajar la omnipotencia del hipertexto. Por eso, la lectura de las novelas, que es o puede ser un acto de libertad, de libertad interpretativa, nos obliga a respetar lo escrito, a guardarle fidelidad. Con una obra literaria no podemos hacer lo que se nos antoje, lo que queramos, “leyendo en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos sugieren”, advierte Eco. Así leía Emma Bovary y ya ven, ya ven cómo acabó´´.

Cinco. Días atrás tuve que hablar de La verdad sobre el caso Savolta. Era en una clase de historia, de historia de la Restauración borbónica. Por supuesto, no se trataba de tomar la novela de Eduardo Mendoza como fuente histórica. Tampoco como documento de época. Se trataba de transmitir el asombro que esa novela aún provoca. Ambientada en la Barcelona de 1917-1919, la narración nos muestra las clases burguesas y el ambiente menestral, el hampa y los obreros de aquel tiempo. Con personajes deslumbrantes o irrisorios, con magnates o potentados, con desgraciados y purria, todos los individuos son objeto de relato a partir de un montaje propiamente cinematográfico que se sirve de variados contrapuntos: rompen la historia y las versiones. Es una maravilla, ya saben. Y, además, tiene la ironía como principio rector, regulador y narrador.

Con motivo de la Feria de Fráncfort de 1991 –dedicada a España–, El País organizó una encuesta entre lectores cualificados. Los resultados se publicaron el 9 de octubre de ese mismo año. Era una lista de la narrativa española perdurable, las obras editadas entre 1975 y 1990 que sobrevivirían al paso del tiempo. El elenco incluía entre otros los siguientes libros:

10. Un día volveré, de Juan Marsé.

9. Juegos de la edad tardía, de Luis Landero.

8. Diario de un hombre humillado, de Félix de Azúa.

7. Si te dicen que caí, de Juan Marsé.

6. El testimonio de Yarfoz, de Rafael Sánchez Ferlosio.

5. Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet.

4. El río de la luna, de José María Guelbenzu.

3. La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza.

2. Todas las almas, de Javier Marías.

1. La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza.

Tenemos auténtica obsesión por las listas, como ha mostrado Umberto Eco. Nos sirven para precisar lo que amamos o lo que odiamos, lo que esperamos o tememos. Ordenamos y así establecemos jerarquías. Los más vendidos, los más apreciados, los más valorados, etcétera. Aquella vieja lista de El País era una fiesta de la novela, una felicidad lectora, y la premonición no era insensata. Desde luego faltan libros decisivos y autores imprescindibles, pero era un elenco a tener en cuenta. En el primer lugar, hallamos La verdad sobre el caso Savolta. No es mala cosa. Y es una feliz coincidencia, pues apareció un Día del Libro: el 23 de abril de 1975.

Ahí empezaba todo.

¿Continuará…?

53 comments

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  1. David P.Montesinos

    Desde luego, yo pienso pasarme a darle un poquet la tabarra al señor Lillo. Creo que es muy hermosa la costumbre catalana del libro y la flor de Sant Jordi, llevo años practicándola y me gusta especialmente. Estoy impaciente por escuchar a Serna hablar sobre lo nuevo de Eco. Sospecho que me va a decir que los lea y demás, pero me gustaría saber qué piensa sobre los que sacó sobre la historia de la belleza y la de la fealdad.

    Otra cosa. Acabo de llegar de Sagunto. La asociación Prosopon, que sospecho está formada por profesores de Clásicas y por amantes del mundo antiguo y del Teatro Romano de Sagunto, llevan la semana celebrando el ludi saguntini. Hoy un grupo de alumnos de un centro de Valencia han representado Antígona -se dice pronto, pero lleva un curro de muerte, y lo han hecho maravillosamente, hasta el punto de que he salido henchido de pasión trágica- y por la tarde un grupo fantástico de chavales de Zaragoza han hecho una revisitación de la Odisea absolutamente genial e hilarante. Creo que se acaba el viernes. Hay talleres didácticos antes de subir al teatro… Una gozada, de verdad. Hay algo heroico en esta gente que emplea tiempo que no le retribuyen en preparar dignísimamente obras muy difíciles, se tardan meses, los chicos adquieren una experiencia única, la gente se divierte y se lo agradece… Solo tengo palabras de elogio y me gusta decirlo aquí.

  2. aleskander62

    Presentaremos el libro Imágenes falsas, una colección de poemas, en la librería Sahiri, a las 19:30 el viernes 23 de abril.
    Sacaremos unos saladitos y tomaremos unas cervezas.
    Hasta la vista.
    aleskander62

  3. Paco Fuster

    Sobre el libro de Eco-Carriere, el fin de semana pasado leí la reseña que venía en ABCB:

    http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=14374&num=945&sec=32

    La editorial Lumen suele hacer buenas ediciones. Lo que no hace tan bien es reeditar libros que publicó en los ochenta y noventa y que ahora están totalmente descatalogados. Ya me había pasado con algún libro de Virginia Woolf que publicaron y la última vez que me pasó fue precisamente con un libro de Eco que me recomendó Justo: “El superhombre de masas” (1995).

    PS para Montesinos: He estado en Sagunto viendo esas obras de teatro. Es más, el director de Prosopon en Sangunto (Fernando) es un viejo amigo que fue compañero mío de clase durante varios años. Si hubiera sabido que ibas se lo habría comentado.

  4. David P.Montesinos

    Pues parece una amistad a cuidar, Paco, realmente tiene mucho mérito lo que está haciendo esta gente, hay mucho, mucho trabajo en este asunto. Lo veo con verdadera envidia, la verdad. Leeré el link sobre el libro de Eco.

  5. jserna

    A los sres. Montesinos y Fuster.

    …¿Me propongo escribir una reseña de este volumen? No. Yo no escribo aquí una reseña de la obra de Eco y Carrière, sino que me valgo de una grata experiencia de lectura para celebrar la Fiesta del Libro.

    Francisco Fuster tiene la amabilidad de poner un enlace a una brevísima recensión de este libro. He empezado a leerla y se me caía de las manos o de la pantalla, no sé. ¿Por qué razón? No acostumbro a leer reseñas de libros sobre los que quiero escribir. Al menos de entrada. Cuando incumplo este precepto suelo arrepentirme: no es raro que me revelen lo que no quiero saber de antemano.

    En cambio, me apresuro a leer aquellas reseñas de libros que sé que no voy consultar. Así me oriento sobre lo que no me interesa. Esto que digo parece ir contra mi costumbre de escribir reseñas. No es una incongruencia. Insisto en que yo suelo hacerlo cuando tengo que escribir: para que no me condicione. Aun así, a veces es inevitable que se te cuelen los juicios críticos de otros.

    Por cierto, hoy he leído en El País un artículo absolutamente desorientado de Manuel Rodríguez Rivero. Se lo tengo que decir, amistosamente, pero se lo tengo que decir. Creo que se deja llevar por la incoherencia y por el miedo a no ser moderno. Como no quiere resultar antiguo o trasnochado se equivoca argumentando. Digo que se equivoca en la forma de razonar, no en el objetivo, que –imagino– compartimos: la lectura como experiencia enriquecedora y formadora.

    Rodríguez Rivero se rebela contra la nostalgia del libro de papel, pero no se sabe bien qué defiende. Ya se lo preguntaré. ¿Acaso el formato del libro más allá del papel? ¿La promesa del iPad como sucesor del volumen de pasta? Si no la ha leído, le recomendaría la obra de Eco y Carrière. “No hay nada más efímero que los soportes duraderos”, se titula uno de los capítulos. ¿En qué quedará el DVD o el CD? ¿Alguien se acuerda de la cinta de cassette, del VHS? Los hallazgos tecnológicos que triunfan no tienen por qué desaparecer. La televisión no ha sustituido a la radio y el libro ha aguantado muy bien el paso del tiempo y, por supuesto, convivirá con los E-Readers. En un futuro próximo es probable que una parte de lo que leo lo haga valiéndome de un iPad. Pero, como dice Eco, la comodidad del libro es imbatible.

    A lo que nos cuentan, el iPad pesa demasiado para tenerlo dos horas en las manos. No sé. Habrá que ponerlo en un atril para pasar página virtual o para subrayar o anotar. Regresaremos, pues, al scriptorium. Qué maravilla y que anacronismo: el ingenio de Apple, con sus grafismos, ilustraciones y viñetas, y un soporte medieval. Bien mirado, es lo más parecido a un libro: sólo le faltan unas buenas y llamativas cubiertas. Pero tiene ventajas, claro. La escritura electrónica dispone de hipervínculos. ¿Y…? La escritura tradicional tiene notas a pie de página. Y además las llamadas que interrumpen la lectura suelen conspirar contra la historia que estamos leyendo y no siempre favorecen la imaginación. No soy un entusiasta de la nota al pie.

    Por eso, prefiero una lectura cerrada, fatal, de la historia que se consuma en un texto concluido. Perdonen la cita extensa de Héroes alfabéticos. Reproduzco un pasaje en que cito al autor de El nombre de la rosa para este argumento: “al decir de Eco, la lectura puede modificar los textos con una semántica libre. Ahora bien, como inmediatamente sugiere el ensayista italiano, la partitura está escrita y de lo dicho en ese texto se harán enunciados más o menos documentables, fundados o infundados, que la erudición, la crítica, la historia o la filología nos permitirán comprobar´´.

    Y sigo: “En todo caso, estos grandes personajes que mudan, que se desvanecen, que migran, que aletean hasta convertirse en mito, que se adueñan de distintas narraciones, siempre acaban regresando al lugar original, al texto en que fueron alumbrados. Por eso, yo también regreso a la Madame Bovary, de Flaubert. “La función de los relatos ‘inmodificables’ [como son las obras literarias que se consuman en ese artefacto material que llamamos libro] es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo”. No hay una eternidad textual, sino un cierre. Es decir, frente a los hipertextos de Internet, las novelas que leemos en papel nos hacen tropezarnos otra vez con el destino de lo inmodificable o, mejor, con el curso inexorable de la vida, una lección que por la actual omnipotencia técnica podemos olvidar´´.

    Y concluyo: “Con la hipertextualidad muchos han aprendido a ser libres y creativos, a alterar las palabras siempre provisionales, a cambiar los discursos. “Está bien”, añade Eco, “pero no lo es todo. Los relatos ya hechos nos enseñan también a morir” como Emma. Nos enseñan a rebajar la omnipotencia del hipertexto. Por eso, la lectura de las novelas, que es o puede ser un acto de libertad, de libertad interpretativa, nos obliga a respetar lo escrito, a guardarle fidelidad. Con una obra literaria no podemos hacer lo que se nos antoje, lo que queramos, “leyendo en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos sugieren”, advierte Eco. Así leía Emma Bovary y ya ven, ya ven cómo acabó´´.
    Volveré.

  6. jserna

    Sr. o sra. RRT, esto que aquí decimos no son tonterías de profesor, sino reflexiones sobre los usos humanos de las tecnologías.

    Como dice Umberto Eco en las páginas de este libro que no reseño, “o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta”. Eso decía Eco antes de iPad. Y prosigue: “Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor (…). El libro ha superadp sus pruebas y no se ve cómo podríamos hacer nada mejor para desempeñar esa misma función. Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es”.

    Pese a lo que dice Rodríguez Rivero, sí que veo un serio problema en los E-Readers: los E-Books no tienen cubiertas o sobre cubiertas que sirvan de reclamo o publicidad. El iPad atraerá como una posesión material pero no nos dice qué lees.

    O sea, sr. o sra. RRT, templanza.

  7. Alejandro Lillo

    Muchas gracias, señor Serna, por sus palabras. Ya saben que allí, en la caseta nº 2 de la Feria del Libro, serán todos bienvenidos, incluso el señor Montesinos. Ya sabe que siempre es un placer hablar con usted.

  8. jserna

    Mire, sr. Lillo, gracias a usted. Salvo obstáculo de última hora, me pasaré por la Caseta núm. 2 esta misma tarde. Hay un libro de José-Carlos Mainer que le quiero comprar.

    Hola, aleskander62, no voy a poder pasarme pero deseo que todo vaya muy bien en la presentación de ‘Imágenes falsas’.

  9. David P.Montesinos

    De placer nada, Lillo, voy a ir a hacer de pelmazo de turno en las tiendas, ese tipo de personaje que se pone junto al vendedor y convence a los posibles clientes de que tal y cuál libro no son recomendables. Una apostilla a RRT. Los profesores tenemos algunas manías en común, como hablar de lo que te pagan por el siguiente trienio o si te va a tocar algún grupo chungo el año que viene. En lo demás, me parezco a, pongamos por caso, mi compañero de seminario tanto como un percebe a un pterodáctilo. De vez en cuando hacemos algo bueno, por ejemplo, lo de las jornadas de cultura clásica de Sagunto a que me he referido lo han hecho, sospecho, profes de Clásicas,de Literatura, de Música… y por supuesto sus alumnos, que han hecho un trabajo magnífico. Por lo demás somos todos unos panolis y puede usted tranquilamente vivir dedicándose a profesiones más sanas. Ah, y por cierto, no es cierto que nos deprimamos mucho, venimos ya deprimidos de fábrica.

  10. R.S.R

    Yo también pasaré por la caseta de la librería Gaia, me siento muy bien atendida por Lola y Alejandro.
    Hablamos de la relación con los libros pero no de la relación que establecemos con nuestros libreros, es una relación peculiar, finalmente acaban conociendo mucho de sus clientes por lo que leen, por lo que les gusta, por lo que rechazan. Hay por ahí una historia llena de encanto acerca de la relación de una americana extravagante y un librero de Charing Cross Road, una librería londinense. Jamás se vieron, pero no saben lo que llegaron a conocerse a través de los libros.

    Puesto que habláis de Eco recuerdo algunas palabras de su ensayo “sobre la literatura”

    “Los textos literarios no sólo nos dicen explícitamente lo que nunca más podremos poner en duda, sino que, a diferencia del mundo, nos señalan con soberana autoridad lo que en ellos hay que asumir como relevante y lo que no podemos tomar como punto de partida para libres interpretaciones”.

  11. Marisa Bou

    ¡Hola a todos! Yo también intentaré pasarme por la feria del libro, y espero verles. Entre tanto, aquí les dejo un link muy apropiado para la ocasión, aunque tal vez lo hayan visto. Es verdaderamente genial.

  12. Alejandro Lillo

    Señor Fuster, muchas gracias por el enlace, es sumamente interesante en artículo de Azúa. Lo que no me queda claro es a qué género pertenece ese texto. Me explico. Con un poquito más de desarrollo, los dos primeros párrafos podrían constituir un magnífico y sugerente relato. Si así fuera, nada tendría que objetarle al narrador.

    Si en cambio el texto pertenece al género periodístico y nos encontramos ante la opinión del propio Félix de Azúa, debo confesarle que me irrita un poco. Por jemeplo, ¿qué es eso de que “Mi generación es la última que ha logrado tener al alcance de la mano la totalidad del saber y de la literatura”?

  13. Paco Fuster

    De nada, Alejandro. Sigo el blog de Azúa porque de vez en cuando, dice cosas interesantes. El género del texto lo desconozco. Es una simple reflexión autobiográfica sobre las grandes bibliotecas y ese afán por guardar y acumular libros. No te puedo decir más. Espero que tengáis una buena Feria en Gaya y que, pese a la crisis, podáis vender muchos libros.

  14. David P.Montesinos

    Es posible que haya cierto mesianismo generacional en Azúa y en muchos ilustrados de su quinta. Se advierte en él, como en Marías, como en otros muchos. A mí, como a Paco, me gusta pasarme por sus artículos de vez en cuando, aunque creo que no ha terminado de envejecer como a mí me habría gustado, teniendo en cuenta joyas ya antiguas como La historia de un idiota o Mansura, o incluso alguna más reciente como La invención de Caín. Esta gente tiende a instalarse en la pose, en el fondo muy cómoda, de que los nuevos llegan como llegan los bárbaros, pero los bárbaros, sigo en este Baricco, son el nombre que le ponemos a quienes tienen otras maneras -diferentes a “nosotros”- de acercarse a la experiencia y el conocimiento. No es exactamente cierto que ya no lean, en todo caso leen de otra manera, seguramente intolerable para nosotros, pero acaso también mejor adaptada a una realidad que cuantos más años tenemos peor somos capaces de digerir. Por otra parte, no comparto el título. El libro ya no entra ni con sangre porque nunca ha entrado con sangre, en todo caso, con sangre te lo embutían o te daban con él en la cabeza, o te lo ponían en las manos de rodillas y brazos en cruz. Es un título ingenioso, pero falso, no se enseña a amar algo a hostias. Yo creo que hay que dar rienda suelta a la imaginación para tratar con jóvenes y no dar la batalla de antemano por perdida, que siempre es lo más cómodo. Merece la pena el artículo, pese a todo, y sobre todo lo que cuenta del tipo que fue leyendo al patíbulo.

    Por cierto, nunca pensé que llegaría a decir esto, pero añoro un poco a Pumby, meterme con Lillo no tiene el mismo morbo.

  15. jserna

    Bueno, he estado ocupadísimo y leo ahora sus comentarios sobre el artículo de Félix de Azúa, que amablemente enlaza Paco Fuster y ustedes comentan.

    Con este escritor me pasa siempre lo mismo: es raro que no lea algo suyo si cae en mis manos. Inmediatamente empiezo a disentir. ¿Ejemplos? Ahí van unos cuantos, que analizo:

    Me duele España

    Los comunistas y los majaderos

    Félix de Azúa, Michel Foucault y Sadan Huseim

    La historia del noble camino de la guillotina que ahora cuenta De Azúa es, ustedes perdonen, sólo una ‘boutade’ con cierta base histórica y algo de paradoja. Nada más o poco más. De Azúa aprovecha siempre para denostar a la gente de su generación, que es una manera de criticar lo que él mismo fue, pero lo hace para salvar a quien ahora es… El sarcasmo lo emplea contra un fantasma: el que fue y ya no es. Alguna anécdota semejante se cuenta en el libro de Eco-Carrière. Pero a De Azúa le falta lo que a Eco y a Carrière les sobra: ironía. No es lo mismo: prefiero la ironía, sutileza crítica, al sarcasmo.

    En cuanto a Pumby, pues qué le vamos a hacer: se fue por los tejados, digno e irritadísimo con el blogger de aquí.

  16. jserna

    Bueno, me voy a la Feria un ratito. Los que vivan en Valencia… a ver si se animan y acuden.

    No se despisten: en la caseta número 2, la librería Gaia les ofrece el elenco de novedades que trae esta primavera.

    Luego me acercaré a la caseta de la Universidad.

  17. jserna

    Acabo de venir de la Feria del Libro y había una gran animación. ¿A quién le importa? Yo lo que quiero es que la gente vaya a la Feria.

    No se pique.

  18. David P.Montesinos

    No hemos coincidido, pero sospecho que hemos pasado por los mismos sitios. Por cierto, nuestros amigos de Gaia tenían bastante gente, no he conseguido espantarlos. Comparto lo que dice respecto a Azúa, y no es mala cosa revelarnos que lo del patíbulo es una boutade, aunque no sé si recuerda aquella frase clave de una de mis películas preferidas, El hombre que mató a Liberty Valance. Se la dice un periodista veterano a otro joven, después de que se le cuente la verdadera historia de un héroe, que resulta no ser tan redonda, tan perfecta como el pueblo piensa: “Cuando la leyenda supera a la realidad, entonces imprima la leyenda”.

  19. jserna

    Durante un tiempo nos habíamos librado de las gentes rencorosas. Ahora parecen haber vuelto. Es tan cansado abrir el blog y encontrarte maledicencias. Alguien, con un narcisismo averiado, me juzga envidioso. Pero qué envidia, pero qué tontería es ésa, si yo disfruto con la inteligencia ajena. Sr. anónimo, ¿Firma como AntiSerna? ¿Firma así? Ande, cuídese…

  20. Sigue...

    Cinco. Días atrás tuve que hablar de La verdad sobre el caso Savolta. Era en una clase de historia, de historia de la Restauración borbónica. Por supuesto, no se trataba de tomar la novela de Eduardo Mendoza como fuente histórica. Tampoco como documento de época. Se trataba de transmitir el asombro que esa novela aún provoca. Ambientada en la Barcelona de 1917-1919, la narración nos muestra las clases burguesas y el ambiente menestral, el hampa y los obreros de aquel tiempo. Con personajes deslumbrantes o irrisorios, con magnates o potentados, con desgraciados y purria, todos los individuos son objeto de relato a partir de un montaje propiamente cinematográfico que se sirve de variados contrapuntos: rompen la historia y las versiones. Es una maravilla, ya saben. Y, además, tiene la ironía como principio rector, regulador y narrador.

    Con motivo de la Feria de Fráncfort de 1991 –dedicada a España–, El País organizó una encuesta entre lectores cualificados. Los resultados se publicaron el 9 de octubre de ese mismo año. Era una lista de la narrativa española perdurable, las obras editadas entre 1975 y 1990 que sobrevivirían al paso del tiempo. El elenco incluía entre otros los siguientes libros:

    10. Un día volveré, de Juan Marsé.

    9. Juegos de la edad tardía, de Luis Landero.

    8. Diario de un hombre humillado, de Félix de Azúa.

    7. Si te dicen que caí, de Juan Marsé.

    6. El testimonio de Yarfoz, de Rafael Sánchez Ferlosio.

    5. Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet.

    4. El río de la luna, de José María Guelbenzu.

    3. La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza.

    2. Todas las almas, de Javier Marías.

    1. La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza.

    Tenemos auténtica obsesión por las listas, como ha mostrado Umberto Eco. Nos sirven para precisar lo que amamos o lo que odiamos, lo que esperamos o tememos. Ordenamos y así establecemos jerarquías. Los más vendidos, los más apreciados, los más valorados, etcétera. Aquella vieja lista de El País era una fiesta de la novela, una felicidad lectora, y la premonición no era insensata. Desde luego faltan libros decisivos y autores imprescindibles, pero era un elenco a tener en cuenta. En el primer lugar, hallamos La verdad sobre el caso Savolta. No es mala cosa. Y es una feliz coincidencia, pues apareció un Día del Libro: el 23 de abril de 1975.

    Ahí empezaba todo.

    ¿Continuará…?

  21. David P.Montesinos

    No sé si lo hemos pensado, pero hay algo que es especialmente hermoso en todo este rollo del libro y la rosa, en que el Parque de Viveros se llene de mendas como Lillo y en que hasta los sospechosos de filonazis se pongan a vendernos libros. Es uno de los pocos días en que tengo la sensación de que la civilización triunfa sobre la barbarie. Uno ve a un padre acompañado de su hijo, el cual no lleva petardos para tirártelos en los morros ante la sonrisa complaciente de aquél…No, los dos miran, hablan y eligen qué quieren leer. Ve igualmente mujeres, muchas mujeres dando vueltas porque, al margen de querer adquirir un libro, tienen la sensación de que esa feria es un recinto donde solo hay gente de paz y pasan cosas bonitas. No imaginas un sitio así con grupos de fanáticos que llevan banderas de tal o cual naciòn, con viejas que insultan a algún presunto culpable camino del patíbulo, o periodistas que te preguntan si te acuestas con Jesulín de Ubrique. Acabo de comprar en Gaia el libro de Eco, y pienso como él, las casandras que auguran el fin del libro me recuerdan a los que piensan que los ordenadores acabarán, también, con los maestros. Para ello habría que ocurrir como en Fahrenheit, que se prohíben los libros y en un bosque hay un grupo clandestino de personas que recitan los textos que han memorizado. Y, si me permiten, dos joyas no narrativas, dado que la lista que Serna nos pasa corresponde a las mejores novelas españolas: “Deseo de ser piel roja”, de Miguel Morey, una rareza que decidí situar entre mis imprescindibles, y la autobiografía -no sé si se puede llamar exactamente así- de Luis Buñuel: “Mi último suspiro”.

  22. Isabel Zarzuela

    A mí me pasa algo muy parecido a lo que le ocurre al señor Montesinos cada año cuando acudo a la Feria del Libro: “que tengo la sensación de que la civilización triunfa sobre la barbarie”. No sé… hay como un ambiente muy idílico. Es como una ensoñación.

    Ayer mismo me preguntaba por qué en este país no se establecía el 23 de abril como día festivo.

  23. jserna

    Una Feria con casetas es algo efímero y frágil. Depende de la caprichosa clientela y depende de la azarosa primavera. Los libreros exhiben, exponen su mercancía y los potenciales compradores se acercan atraídos por el reclamo, esas cubiertas que ahora dicen que desaparecerán.

    Todos, libreros y clientes, saben que aquello va a durar poco y que nadie tiene la soberanía de dicho espacio. Todos quieren ser correctos, mostrando una educación y una cortesía que no siempre gastamos en nuestras relaciones sociales. Como dice el sr. Montesinos, es “uno de los pocos días en que tengo la sensación de que la civilización triunfa sobre la barbarie”.

    Ésa es la impresión, en efecto. La agradable sensación de que la gente no está allí para agravar el estado del mundo. Sr. Montesinos, no he leído los dos libros que nos recomienda, aunque los hago míos. Como dicen Eco y Carrière, generalmente sabemos mucho de ciertos libros que no hemos leído. El capítulo que titulan “Todos los libros que no hemos leído” es la clave de esto último.

    Un abrazo. Ya verá cómo le divierte el volumen de Eco-Carrière.

  24. aleskander62

    Votaría como novelas española perdurables:
    1. Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé.
    2. El jinete polaco de Muñoz Molina.
    3. El corazón helado de Almudena Grandes.
    4. Sldados de Salamina de Javier Cercas.
    5. El camino de Delibes.
    6. El Jarama de Sánchez Ferlosio.
    7. La plaÇa del diamant de Rodoreda.
    8. La calle de Valverde de Aub.
    9. Crta blanca de Lorenzo Silva.
    10. Bajo los árboles azules de Daniel Arenas.

    O por lo menos recomiendo leerlas o releerlas.

  25. jserna

    aleskander62, le agradezco esa lista en la que hay, sí, novelas ciertamente perdurables, pero las fechas que usted escoge son más amplias.

    La lista que yo les ofrezco en el post cubre el período 1975-1990 y es la que finalmente publicó El País. Yo no coincido totalmente con aquella lista. Falta, por ejemplo, ‘Beatus ille’, de Antonio Muñoz Molina, publicada en 1986. Es su primera novela y es una obra imprescindible.

  26. Ana Serrano Velasco

    Aquí sólo tenemos Día del libro. La fiesta (qué bonita es siempre la fiesta de los libros) se limita al día 23 y en mi Pérgamo, muy a la catalana, damos rosas y firmaron dos autores (mañana y tarde) y tocó un dúo de violines… En la galería-librería de mis amigos, también firma de un poeta, lectura por Ángel Marco de unos textos de Lezama Lima; un grupo de Jazz y la presentación de dos ediciones exquisitas de las que ellos elaboran. Llegué corriendo y, como siempre, tuve que desdoblarme, porque he estado en el asombroso espectáculo de la Feria de Sevilla (casi tanto como su semana santa), para hacer fotos, fundamentalmente. Regresé para correr de una librería a otra, pero, sobre todo, para asistir a la manifestación de ayer en Madrid.

    He ido a muchas manifestaciones; a todas aquellas en que se clamaba por algo que siento mío: jamás he estado en una tan contenida, tan sobria, tan apacible y digna como la de ayer. Una manifestación de ancianos y personas mayores (no carcamales, no), acompañados por hijos y por nietos, en la que se palpaba esa emoción, esa sensación de dolor contenido y tamizado por años y años de “resignación”, unida a una especie de alegría de “Estamos todos juntos, podemos decir lo que pensamos y tenemos razón”, la razón de todos nuestros muertos sin voz. No sé, fue muy hermoso ver a un niño de catorce años, con una bandera tricolor a modo de capa, empujando la silla de ruedas de su abuela, que abrazaba en su regazo la foto de su marido, de su padre, de su madre y sus hermanos asesinados con un tiro en la nuca y en una cuneta desconocida. Fue hermoso oír al bello viejo Marcos Ana, que no se llama así, que tomó el nombre de su padre y de su madre, asesinados, como suyo, hablar con su potente voz y siempre sin rencor. Y la campana que nos anuncia el nuevo año, de la Puerta del Sol, durante el minuto de silencio con que terminó el acto, desgranar las ocho campanadas. Hay veces en que me gusta pertenecer al género humano, a este género humano.

  27. jserna

    Ana, muchas gracias por la crónica que usted hace de la manifestación del día 24 en Madrid. Vivo confundido con lo que está pasando. Desde el punto de vista jurídico, lo que está ocurriendo con el juez Garzón es muy raro, lamentable, y no sé cómo evaluarlo. No es que no quiera pronunciarme: es que no sé cómo analizar un asunto para el que carezco absolutamente de competencia. Siento simpatía y respeto por las víctimas del franquismo, por esos muertos que fueron acribillados. ¿Cómo desembarazarnos del pasado?

  28. Ana Serrano Velasco

    ¿Desembarazarnos del pasado? De ninguna manera.

    Con una modestia infinita (usted me conoce y lo sabe, Justo), yo sí me considero capacitada para analizar el asunto; los asuntos. El del juez Garzón y el de las víctimas (no sólo los muertos, no sólo), que no son del todo lo mismo, aunque se unan. Es fácil estarlo, se lo aseguro.

    Hay mucha, muchísima gente que no se considera con competencia ni para opinar. Hay una prudencia desmesurada (que no suele darse en otros campos) en relación a todo esto. Hay terror a pillarse los dedos, a no resultar democrático, a parecer revanchista. Es una consecuencia más del horror, la injusticia y la ignorancia en que nos han enseñado a vivir.

    Yo, fíjese, no siento simpatía por los muertos, quiero decir que no es una cuestión de simpatía y mucho menos por el juez Garzón. Lo que yo siento y hago, en las mínimas posibilidades que tengo, no es, en esencia, por las víctimas ni por Garzón, que no me parecen más que una consecuencia de algo que va muchísimo más allá.

  29. David P.Montesinos

    Yo sí tengo simpatías por el Juez Garzón, las he tenido siempre, pero ¿qué importa eso? Daría completamente lo mismo que se tratara de otro juez. Lo que ahora mismo hay en juego, como creo que apunta Ana, tiene que ver con algo más que las querencias personales, y también, diría yo, con algo más que la memoria histórica. Estamos en un momento clave para diagnosticar la salud de las instituciones democráticas. La separación de poderes, la imparcialidad de la judicatura, la influencia de los poderes fácticos, la impunidad de los criminales poderosos, la corrupción de los cargos públicos…Esto hay que tomárselo con mucho cuidado, desde luego, pero también hay que ser concluyentes a la hora de manifestarse, pues tras treinta años podemos hallarnos ahora mismo en un punto de inflexión: cuál sea la calidad de la democracia del futuro y qué imagen tendrán de ella -cosa nada despreciable- en el extranjero pueden depender de cómo reaccione la ciudadanía española ante este asunto tan escandaloso.

  30. jserna

    Ana y David. Creo que hay que partir de una constatación: la calidad de nuestra democracia y la imagen que de ella puedan tener en el extranjero no tienen por qué ser hechos parejos, como si una cosa derivara de la otra. Prácticamente no hay país europeo que haya ajustado cuentas con su pasado de manera siempre razonable y completa.

    Gran Bretaña empleó la violencia colonial de una manera escandalosa y generalizada y, sin embargo, nadie ha pedido disculpas por la muerte ocasionada o por la explotación secular. Lo mismo podría decirse de Francia, vieja potencia territorial de saña probada. Cuando aludo a Gran Bretaña o Francia no me estoy refiriendo a muchos siglos atrás.No es tan remoto ese tiempo. Me remonto a unas pocas décadas atrás, cuando la descolonización puso de relieve lo que había sido la civilizada Europa. Británicos y franceses, por ejemplo, deberían examinar qué pasado es el que les constituye como países civilizados y reconciliados. Un libro que revela las formas de violencia colonial, que tanto inspiraron a los hitlerianos, es ‘La violencia nazi’, de Enzo Traverso. En sus páginas se detallan prácticas y procedimientos coloniales que sirvieron para los sistemas totalitarios.

    Insisto. Cada país ha resuelto el trato con el horror de manera muy distinta y siempre carente, insuficiente. Ninguno está en disposición de poder reprochar al otro lo que no ha hecho o a dejado de hacer. Alemania o Italia, antiguas dictaduras, sistemas totalitarios, cayeron tras una guerra de exterminio, y los principales gerifaltes de los respectivos regímenes, apartados y en su caso juzgados. Los principales gerifaltes, digo. Esto fue así cuando dichas tiranías perdían una guerra, en efecto, o cuando su deslegitimación ya era total. Lo corriente, sin embargo, ha sido mantener después una cierta continuidad personal sin evacuar las estructuras administrativas. La depuración no fue completa y la revisión de sus respectivos pasados se dio en fecha relativamente reciente: con la constatación de que una parte de la elite institucional o académica de los nuevos regímenes había tenido implicaciones muy serias con las dictaduras.

    ¿Qué quiero decir? ¿Estoy exculpando, acaso? No, por supuesto, pero quiero precisar. Aunque en numerosos posts he tratado esto, sintetizo ahora. El pasado y la justicia no son lo mismo. El análisis del pasado corresponde a los historiadores. La historia no ha de confundirse con la memoria, pues la investigación no nos confirma lo que hoy somos, sino que muestra los errores o los horrores que hemos cometido en otro tiempo o que nuestros mayores cometieron en otra época. La historia es un ejercicio frío de análisis; la memoria es una vivencia emocional cuyos ultrajes tienen difícil reparación.

    La Ley de Amnistía de 1977 no fue una norma con la que se protegieron los franquistas o una gracia del Régimen, sino un logro parlamentario del que se beneficiaron todos aquellos a los que se les podía imputar crimen o delito tras un sistema legal que no se desmontó de la noche a la mañana. Lean el artículo de Santos Juliá, publicado ayer domingo en El País y sabrán a qué me refiero. Porque el regimen institucional, político, administrativo… no podía desmontarse sin grave riesgo de enfrentamiento. La democracia se construyó con el consenso, cosa que no significó tapar lo ocurrido. La Universidad y otras instancias han investigado amplia y profundamente lo que fueron la Guerra Civil y el Franquismo. Por su parte, las instituciones políticas han funcionado aceptablemente bien.

    Si mi abuelo o mi tío o mi padre hubieran sido ajusticiados por el Régimen franquista, jamás podría perdonar tamaña violencia. El nuevo régimen democrático debería resarcirme de alguna manera; debería rendir homenaje a mis antepasados: no porque hubieran luchado por la democracia (cosa que pudo ser así o no: pues quizá pudieron profesar el estalinismo, por ejemplo), sino por haber sido víctimas de la dictadura. Con el paso del tiempo, el Estado español ha de ser generoso.

    Dicho esto, afirmo inmediatamente: el juez Garzón no debería estar padeciendo lo que le está ocurriendo. Es un sarcasmo inaceptable.

  31. Isabel Zarzuela

    Lo que no puede ser es que en España no haya habido nunca, ya en DEMOCRACIA, una investigación judicial por los crímenes impunes del franquismo, y justo cuando la Audiencia Nacional actúa de oficio en consecuencia, el propio sistema judicial lo impide. Me da igual que sea Garzón o “Rita la Cantaora”. Eso es lo que no puede ser.

    Desde luego que es un buen momento para revisar el estado de las instituciones públicas… o de nuestra democracia.

  32. Alejandro Lillo

    Ahora mismo estoy superado por las circunstancias. No me refiero únicamente a las obigaciones laborales que me acechan por doquier -que bienvenidas sean- sino también al asunto que nos ocupa ahora, el del franquismo, las víctimas, el juez Garzón y el PP. Porque no han de olvidarse del PP, que deben estyar contentos con el caso Gürtel relegado. Me asustan las palabras de Cospedal y Rajoy hablando de manifestaciones antidemocráticas y de ataque a las instituciones. Me asustan porque en estos momentos de crisis veo a una cúpula del PP muy franquista… con más de diez millones de votos y no lo entiendo, es algo que no logro comprender. Con este asunto noto cómo me hierve la sangre y me digo tranquilo, calma, que no es bueno hablar de estas cosas con ira, con indignación…Entonces veo a quienes supuestamente tengo enfrente, a quienes piensan lo contrario que yo y los veo rabiando, diciendo una barbaridad tras otra y echando veneno por la boca. Ahí es cuando me pregunto por qué son siempre los mismos quienes tienen que pagar los platos rotos, por qué son siempre los mismos los que tienen que contenerse, que actuar con responsabilidad. La cosa me está empezando a cansar, la verdad. Es algo increíble y muy muy lamentable. Pero está sucediendo aquí y no en Italia. Está sucediendo aquí, señores, delante de nuestras propias narices. No doy crédito.

  33. jserna

    ¿Italia? ¿España? Como dice Umberto Eco en la entrevista de El País, “antes se decía que el futuro de Europa sería Estados Unidos. Hoy, desgraciadamente, el futuro de Europa será Italia. La Italia de Berlusconi anuncia situaciones análogas en muchos otros países europeos: donde la democracia entra en crisis, el poder acaba en las manos de quien controla los medios de comunicación. Así es que no se preocupen por nosotros, preocúpense por ustedes mismos”.

    Berlusconi ha tenido y tiene problemas con los jueces, pero se ha blindado parlamentaria y mediáticamente. El auténtico problema histórico al que nos enfrentamos es precisamente ése: el control de los medios de comunicación, la lucha por el significado de las cosas. Qué sabio, Umberto Eco. Lean, lean todo lo que de él caiga en sus manos. Casi siempre acierta.

  34. Marisa Bou

    Comparto la indignación del señor Lillo, y no quiero decir que la supero, porque eso sonaría a lo que “ellos” dicen siempre: y tú más. Prefiero no imaginarme en qué va a acabar toda esta historia. Si, Alejandro, da mucha rabia saberse siempre en el bando de los “perdedores”, no por el hecho de serlo, sino porque lo que perdemos es mucho más importante, justo y necesario que lo que ellos ganan.

    En otro orden de cosas, qué gran lección he recibido al leer la entrevista de Umberto Eco. Me quedé boquiabierta cuando leí la frase en la ue dice “nosotros, los jóvenes que no tenemos más que ochenta años…”

    Admirable. Y mientras tanto yo, aquí estoy, considerándome una vieja cascarrabias que está ya en el tramo final del viaje. Según Eco, yo debería ser una jovencísima señora de sesenta y cuatro años. ¡Ya ven: la flor de la vida!

    Pero claro, para sentirse tan joven como él, habría que tener una mente tan clara, tan potente, tan entrenada, como la que él tiene. Creo que, con menos dotes de las que él tiene, se envejece mucho antes. Señor Serna, prometo leer cuanto pueda de Eco, pues sólo he leído -y releído un par de veces- El nombre de la rosa. Pero no puedo poner fecha a estas lecturas porque, para no variar, he vuelto a meterme en otro berenjenal, del que no podré salir hasta el 13 de mayo. Ya les contaré.

  35. jserna

    Querida Marisa, ¿otro berenjenal? Madre del amor hermoso. ¿En qué se ha metido? Ya nos contará…

    ¿Umberto Eco? Me gusta tanto este joven de ochenta años, que le dedico la próxima columna que publico este miércoles en El País. ¿Ochenta años? Pero qué narciso es: se pone años. ¡Umberto Eco sólo tiene setenta y ocho!

  36. Paco Fuster

    Eco tiene un libro, poco conocido fuera del gremio universitario, que se titula “Cómo se hace una tesis” y que a mí me fue – y me sigue siendo todavía – muy útil en su día. Es un libro que debería ser de lectura obligatoria para todos los que alguna vez han pensado en escribir una tesis doctoral. Aunque dice cosas que luego, una vez leídas, parecen lógicas, a veces uno ve y escucha cosas por ahí que le hacen pensar que mucha gente (doctorandos y directores de tesis) desconoce el “abecé” de lo que dice Eco en ese libro que, pese a sus más de treinta años de vida, se sigue leyendo y reeditando. Por algo será.

  37. jserna

    No se lo va a creer, sr. Fuster, pero lo que cuento es ‘completamente verídico’ (que decía aquel humorista): yo leí ese libro cuando estaba en el servicio militar. Quiero decir, en una de las guardias de Estado Mayor que hacíamos por parejas y que consistían en estar durante unas horas en el Cuerpo de Guardia de la Segunda Sección (Información Exterior). Estábamos cómodamente sentados, sin cetme ni subfusil, expectantes, aguardando el ataque del enemigo. Eso nos decían.

    En aquellas horas muertas (o muy fértiles), leí ‘Cómo se hace una tesis’, de Umberto Eco. Era el año 1982 y acababa de salir la edición española de dicho volumen. Yo ya había escrito y defendido mi tesina. Estaba preparándome para mi tesis doctoral. El libro de Eco se titula en italiano ‘Come si fa una tesi di laurea’ (1977). Tesi di laurea: o sea, literalmente, ‘tesis de licenciatura’. Es decir, yo estaba leyendo lo que ya había hecho o creía haber superado. Objetiva y académicamente, era así. Yo ya era un licenciado con tesis de licenciatura, pero el volumen de Eco es tan divertido e inteligente que habría que recomendárselo no sólo a quienes se van a licenciar o a doctorar, sino también a quien ya posee el título de doctor.

    Lo volví a leer años después para poder recomendárselo a mis estudiantes, para poder incitarles a su lectura.

  38. Paco Fuster

    Me lo creo, Justo. Yo he leído varios capítulos (los más instructivos para mí: cuando explica cómo se debe elegir el tema, cuánto tiempo se debe emplear) durante el último año. Aunque es verdad que el texto y la mayoría de los ejemplos que pone hacen referencia a una figura – la “tesis de licenciatura” – que ya no existe en España, yo también pienso que lo deberían leer – preferiblemente antes de hacer las barbaridades que hacen algunos – los aspirantes a doctores en incluso los que ya lo son. A veces hablo con los nuevos becarios de nuestro Depto. (alumnos del Máster de este año) y me preguntan por la tesis, por el planteamiento, la elección del tema, etc. La verdad es que me divierto charlando con ellos y viendo que lo que les dice su director o tutor, pocas veces coincide con lo que yo pienso.

    La verdad es que no hay mucha bibliografía (que yo sepa) sobre ese tema del proceso de elaboración de una tesis y, sobre todo, la que hay supongo que será más teórica (métodos de investigación, uso de fuentes, etc.) y aburrida que el libro de Umberto Eco.

  39. David P.Montesinos

    Vaya cosas que leía usted en la mili, señor Serna. Yo, por mi parte, debuté con “Obra abierta”, en la facultad. El ensayo, aún bastante juvenil, contiene algunas imprudencias, eso en realidad no es raro en toda la trayectoria de Eco, pero me parece que aporta vías de análisis a problemas de la estética y de lo que no es la estética absolutamente esenciales. Por cierto, soy uno de los pocos fanáticos que conozco de “Baudolino”, una novela sobre el valor de verdad de la mentira. Realmente bonita la entrevista de Verdú con don Umberto en El País semanal. Cioran dijo que hay una cruzada universal contra el humor en nuestro tiempo: como intelectual, Eco es en este sentido una absoluta rareza. Lo cual no le quita un ápice de seriedad a lo que dice, como eso tan inquietante de que “no se preocupen tanto por nosotros, los italianos, preocúpense de ustedes, porque la berlusconización no es el futuro de Italia, sino de Europa”. Pavoroso, ¿no?

  40. jserna

    Pavoroso, sí, sr. Montesinos.

    A las 16 horas, nuevo post. Por cierto, con referencias al blog del sr. Montesinos.

  41. Días de diario « Los archivos de Justo Serna

    […] He llegado al libro de Bonnet gracias a Francisco Fuster: nos ponía un enlace a un artículo de Félix de Azúa en el que éste lo citaba.  Leo el volumen de Bonnet y compruebo que es más, mucho más, de lo que el escritor barcelonés indicaba. Es una obra de gran ironía, una humorada: justamente lo que le falta a Félix de Azúa. Lo dejaré estar. Regreso a Bonnet. […]

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