Hoy debería escribir sobre la corrupción mediterránea; hoy debería deplorar la presunta corrupción que ha estallado, el caso por el que ha sido detenido un cargo público valenciano; hoy debería lamentar la pésima pedagogía democrática que ello supone.
A fuerza de acostumbrarnos a los escándalos, acabaremos desistiendo, renunciando a nuestras particulares responsabilidades. Y eso es grave: echaremos las culpas –así, en genérico– a los políticos, descalificación que a todas luces es injusta.
Hay representantes nuestros que son honrados, por supuesto: representantes que no sisan, que no nos birlan dinero del presupuesto, que no aprovechan las contratas públicas (por ejemplo, de basuras) para enriquecerse. Presuntamente, claro. Hacer del caso de la basura una metáfora de lo que nos pasa es un expediente sencillísimo; hacer de la inmundicia una analogía de lo que resulta la política es muy fácil.
Los corruptos –aún presuntos corruptos– no se andan con metáforas; tampoco con imágenes figuradas; menos aún con el lenguaje superferolítico de las analogías, por Dios. Ellos parecen ir a lo directo: sacas de dinero o desvío de fondos, no sé. Parece como si las opciones fueran siempre las mismas: acumular parné, tapizar el suelo que pisan con billetes grandes, esmaltar el camino del éxito con papel moneda.
Hoy debería haber publicado mi columna en El País sobre estos casos. No llegué a tiempo, pues el artículo tenía que entregarlo al mediodía del martes 6 de julio. Pero no importa: no quiero cambiar esa columna, que dedico a la vida corriente y menestral, a la convivencia de barrio, esas relaciones que se establecen en los núcleos pequeños. Gracias a los pacíficos tratos, al honrado comercio de las cosas, la existencia se vuelve agradable.
He querido escribir un pequeño artículo para glosar la vida de Benimaclet, que es el barrio en el que resido. No hablo de instituciones políticas, ni de servicios públicos, sino de negocios honrados: de la modesta sociedad civil que crea prosperidad. Describo un posible tránsito por la vida, por la vida de este núcleo valenciano.
Benimaclet fue pueblo y hoy es un barrio tranquilo, quieto y bullicioso: según las horas. Me olvido de la corrupción, y escribo de la honestidad fenicia de sus habitantes, del comercio, del buen trato personal.
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