E. L. Doctorow

Homer y Langley, de E. L Doctorow. Barcelona, Miscelánea, 2010.

Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla.

¿Qué es lo primero que nos llama la atención de esta novela? Por supuesto sus protagonistas: Homer y Langley. Esos dos personajes principales son hijos de la América próspera: gentes que fueron muchachos rodeados de bienes materiales pero carentes de afectos profundos y reales. Uno que narra y otro que emprende acciones; uno que observa y otro que realiza. El hombre de letras y el hombre de acción, por decirlo malamente. El punto de vista y la voz narrativa son los de Homer, el hermano ciego. Sin duda es un acierto. Todo lo que sabemos o creemos saber nos lo cuenta alguien que no ve: sólo oye, palpa, huele o saborea.  El lector tiene una percepción escasa, fragmentada, –la de Homer–, que es la percepción finalmente humana. No somos seres olímpicos, sino criaturas muy limitadas que con el tiempo perdemos incluso nuestras propias facultades.

La ceguera sobrevenida antes de los veinte no es lo único que a Homer le ocurre: en la madurez padece también una sordera creciente que lo deja como a un ser desarbolado y clarividente, como un tipo que ha de conjeturar lo que sucede a su alrededor. Es la plena consciencia amputada, inerme, indefensa, incapaz de obrar por sí misma, pero es a la vez sutil y perspicaz. Es el ser que ha de aplicar el pensamiento hipotético, dado que no puede valerse de información completa. Es el ser dependiente y siempre inocente. Acaba siendo un trozo de carne vivo, un muñón humano totalmente indefenso, pero capaz de percibir el olor y el ruido de las calles, capaz de oler los efluvios que despide la bosta de los caballos.
No tiene nada que ver pero la circunstancia de Homer me recuerda al protagonista amputado de Johnny cogió su fusil (1971), que sobrevive en una camilla tras la Primera Guerra Mundial: aquel personaje interpretado por Timotty Bottons en la película de Dalton Trumbo. Como dice Homer: “pero ahora ya hace tiempo que vivo en un silencio absoluto”. El silencio absoluto es algo paradójico: que sepamos, Homer no pierde el habla, es decir, puede pronunciar palabras; ¿pero qué es el habla sin destinatario o qué es el habla sin la autopercepcion?

Homer es Homero, el poeta, el narrador, el cronista de unas desgracias que los dioses mandan a los hombres para que no les falte algo que contar, como decía Jorge Luis Borges.  La novela es la crónica de una historia colectiva –quizá lo menos valioso y pedagógico de la novela– que se materializa en dos hermanos: lo universal en lo particular, lo colectivo en lo individual. ¿A quién va dirigida? Hay un narratario, es decir, un destinatario interno que vamos descubriendo poco a poco, gracias a alusiones fáticas –fáticas, sí, digo bien— del discurso: Homer alude a alguien a quien se dirige. Conforme vamos leyendo descubrimos esa dimensión de la novela: “Te preguntarás acaso cómo se las arregla un ciego…” La destinataria es Jacqueline Roux, una escritora francesa que acude a casa de los Collyer atraída por la fama de esos hermanos: será el amor de Homer, un amor otoñal y evanescente, impreciso o fantaseado, alguien que le invita a escribir.

Ya que no puede ver ni tampoco oír, “¿por qué no escribe, pues?” Y así hará Homer. “Ella prometió leer lo que escribiera. Tendrá que perdonar mis faltas de ortografía y los errores gramaticales y mecanográficos. Escribo en Braille y se supone que el texto sale en inglés”. Y nosotros leemos esta versión española, bien traducida, con prosa eficaz. Escribir es el deseo compensatorio de permanecer vivo, dice Homer en algún momento. O como tantas veces se ha repetido: morir debe de ser dejar de escribir.

Por su parte, Langley conserva todos los sentidos, pero está aquejado de neurosis de guerra, que es un cuadro típico posterior a la Gran Guerra. “Amargura de posguerra” la llama Homer. O “rabia”… O “desesperación filosófica”…Sigmund Freud trató específicamente esta dolencia. El fin de la contienda es para Langley una deserción a efectos formales, deserción que anuncia la retirada familiar de los Collyer: todo soldado ha de prepararse para sobrevivir con los recursos que sea capaz de reunir, con los pertrechos que le sirvan de protección. Langley exagera patológicamente este precepto del soldado y el resto de su existencia será una vida de campaña, una vida a la contra.

La casa, con los postigos cerrados, será un fortín preparado contra la invasión. Todo lo exterior es potencialmente dañino o agresivo (pueden entrar a robar), pero los bienes externos son esos pertrechos que preparan el bastión. Langley es brillante y obsesivo, compulsivo e incluso algo violento, un tipo averiado: un severo preceptor moral. De los efectos de la guerra –los gases– le queda una lesión en los pulmones y en las cuerdas vocales: una tos crónica y una voz ronca, la voz rota del veterano, un resuello que es también síntoma neurótico, dice Freud de casos semejantes. Puede llegar hasta la completa mudez.

Tras la guerra, el gran objetivo que Langley se propone es hacer un periódico clasificado y eterno, un “periódico eternamente actual y siempre al día”, dice Homer.  Eso le lleva a acumular pilas y pilas de diarios, el resumen completo del mundo o, mejor, la presunta reproducción del mundo: una tarea titánica e inútil. ¿Para qué reunir el vasto conocimiento de las cosas que pasan si lo que ocurre solo lo sabemos por una versión tergiversada y parcial? En nuestro mundo y en el de Langley Collyer, el máximo de información es el ideal. Pero el ser humano no se conduce reuniendo toda la información, sino descartando lo redundante, desechando incluso lo importante, ignorando lo fundamental. Así obramos: con un sentido económico y emocional del esfuerzo informativo, un ahorro de energías del que Langley carece. Por eso es un tipo demente, “el periodista supremo”: utiliza más  información de la que puede procesar u ordenar.


El final, interrumpido, con un Homer que lo ha perdido todo es bello: un final que es una explosión, un estruendo, una detonación probablemente provocada por Langley. ¿Qué ha pasado? ¿Es fiable el relato de un ciego que ha quedado sordo, que vive “en un silencio absoluto”, que solo tiene un contacto corporal, la mano del hermano aquejado de paranoia?

Insisto: ¿qué ha pasado? La versión que de ellos den los periodistas será probablemente sintética y errónea: ya lo han podido comprobar los hermanos Collyer cuando la prensa empieza a hablar de ellos: lo que después se diga no será mejor, sospechan. Son conscientes de que se convertirán en un mito sesgado, una deformidad sin explicación, algo monstruoso. “¿Cómo podíamos hacer frente a eso, una vez muertos y en otro mundo, sin nadie aquí para reivindicar nuestra historia?”

Hemos de suponer que la novela que leemos es la versión que nos lega Homer, una historia que hará frente a la deformación de lo vivido, que reivindicará su vida. ¿Pero qué  crédito podemos dar a un ciego, a un sordo, a un tipo ajeno al mundo que narra lo que no ve y que cuenta lo que ya no puede oír? ¿Cabe mayor paradoja? Esa paradoja es la vida del ser humano, siempre esforzándose en decir lo que no sabe o no sabe completamente.

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