Hombres solos. ¿Por qué rotulo así esta nueva entrada del blog? Para empezar parafraseo el título de un artículo que acabo de publicar: Un hombre solo. Las pequeñas virtudes según Javier Cercas. Analizo brevemente la literatura de Javier Cercas y encuentro en esa fórmula una de sus claves: en sus novelas, en sus narraciones, el hombre siempre está solo tomando decisiones, acertando o equivocándose. Léase hombre preferentemente como varón.
En Cercas, los personajes principales o los narradores de sus obras son eso: varones que viven en la orfandad, que sobreviven con desconcierto; tipos que llevan una existencia más o menos calamitosa para luego, de repente, emprender acciones que los redimen; individuos acobardados y de pronto corajudos, capaces; hombres, en fin, que observan a otros para tomar lección, para aprender. No fueron educados en la gran virtud, sino en la pequeña, en la mezquindad incluso: como tantos y tantos hemos sido instruidos; como la humanidad ha sido habitualmente formada. Ese contraste me ha llevado a preguntarme ciertas cosas.
Este artículo, publicado en Ojos de Papel, recoge con mucha reelaboración lo que dije en la Universitat d’Estiu de Gandia semanas atrás, en el curso que dirigieron Milagros Julve y Rafael Aliena, titulado El poder del relato. Para escribirlo he releído las novelas de Cercas: pero releídas después de mi charla, a lo largo del mes de agosto, ahondando en la tesis que en Gandia sostuve. He tenido la suerte de contar con la lectura previa y amistosa de Isabel Zarzuela, de Francisco Fuster y de Alejandro Lillo. Quizá ahora, tras sus comentarios, el texto valga la pena…
Dos hombres solos. Precisamente de Alejandro Lillo es la reseña de otra obra fundamental que hoy les propongo: Homer y Langley. Es una novela de E. L. Doctorow inspirada en un caso real, el de los hermanos Collyer.
La reseña de Lillo aparece también en Ojos de Papel y es una sutil, una inteligente aproximación a la historia de dos hombres solos, de dos varones averiados que convivieron en Nueva York acumulando periódicos, enseres y bienes. ¿Padecieron el síndrome de Diógenes? Sin duda, la novela es algo más que eso. No es un diagnóstico: es una historia de dos hombres solos que se enfrentan a una realidad que juzgan hostil o amenazadora.
He conversado con el autor de la reseña sobre dicho caso. Y creo haber aprendido algo sobre lo que esa ficción nos muestra. Tanto me ha interesado que me escrito alguna reflexión privada. Más tarde la añadiré a este post. Pero ahora quiero que lean con atención la reseña de Lillo. Es, ya digo, una fina disección. Reproduzco un pasaje de su escrito:
Apuntes sobre Homer y Langley. Coincido con muchas de las cosas que señala Alejandro Lillo sobre esta novela de E. L. Doctorow. Pero hay otros aspectos que me gustaría subrayar. Creo que son reflexiones complementarias. Ahora, eso sí, quien no haya leído la novela quizá no debería leer lo que he escrito y ahora enlazo aquí. ¿Por qué razón? Pues revelo cosas…:
La imagen del hombre solo, huérfano y sin tutelas, que ha de tomar decisiones es un hecho y es un sentimiento frecuente en las obras de Javier Cercas. En sus novelas, las mujeres no suelen estropear el mundo. La sensatez es su punto de partida. En cambio, los varones son atolondrados y nada constantes, individuos dañados y quejosos que sólo una vez aciertan. Algunos al menos. En ese momento, cuando aciertan, rompen el maleficio que les acompaña o detienen las inercias que les arrastran.
Como antes decía, esa imagen de hombres solos también podría predicarse de Homer y Langley. Homer nos contará sus respectivas orfandades: ¿y qué mayor orfandad que la de un tipo trastornado por la guerra y la de un joven que queda completamente ciego? La vida americana, la vida regalada que ambos tenían cuando vivían sus padres, una existencia de lujos materiales y de escaseces emocionales, se acaba. A partir de aquel momento se hacen mayores sin ningún amparo, y la soledad es la condición que padecen. La casa es un bastión, cierto. O un microcosmos patológico.
Vamos tirando. Leamos a Javier Cercas. Como dice Alejandro Lillo, este novelista escribe condenadamente bien, entretiene con los recursos de todo buen creador. Sabe que no se debe a él: se debe a la historia que debe contar y por tanto se salva o se hunde con los datos que dé y con la intriga que sea capaz de urdir. La obra que escribe no es un alarde que pruebe su valía, sino una vicisitud que ha de sostenerse por sí sola: al margen del pasado o del futuro del autor.
Lo que es recurrente en Cercas es el acto explícito de narrar, pero también la dificultad de saber y de relatar. Es como cuando de niños nos contábamos una película. El film podía ser una obra maestra, los hechos podían ser especialmente atractivos o heroicos, pero todo dependía de ti: de tu capacidad para entretener, para recrear, para administrar la información, para mantener el suspense. Todo dependía del tono de voz, de la gesticulación. Es más, en ocasiones jugábamos a representar mudamente películas que debían adivinarse. Nuestros espectadores aventuraban títulos y si éramos capaces de actuar bien, entonces pronto, bien pronto, acertaban.
Imaginen ahora que debiéramos representar una película cuyo título nosotros mismos ignoramos. Imaginen que debiéramos actuar ejecutando escena tras escena sin saber de antemano cuál es el sentido, el hilo o el final que tendrá. Las novelas de Cercas no acaban, se suspenden: in medias res. ¿Por qué razón? Porque hay futuro, un futuro no resuelto, generalmente aguardado con esperanza. En Cercas no tenemos al escritor malasombra que nos ensombrece el porvenir, sino el escritor que nos deja las cosas abiertas para desear lo mejor. No siempre me apetece el optimismo, pero administrado en pequeñas dosis es un tónico insuperable. En mi tribuna sobre Cercas hablo de humor, hablo de ternura, hablo de metanarración. Hay, aparte, un elemento esencial: un optimismo de la voluntad. Y ello a pesar de los varones atolondrados que protagonizan sus novelas.
Los hechos que nos cuenta Javier Cercas en cada una de sus obras no constituyen una historia cerrada con significado obvio y establecido de antemano. El narrador nos detalla las cosas con torpeza, como cualquiera de nosotros lo haría en condiciones semejantes. Nos han pasado cosas, cosas que podemos enumerar y reproducir en un cierto sentido, pero siempre ignoramos qué acabará ocurriendo. ¿Y para qué vivir con pesadumbre lo que quizá acabe bien? Nos vamos a morir, seguro, pero mientras tanto vivamos con algo de entereza y con algo de coraje. A ratos. Y sobre todo vivamos con la expectativa de lo que medianamente puede resolverse.
¿Qué me dicen? ¿Que esta concepción es pequeñoburguesa? Bueno, quizá, pero mientras tanto yo voy tirando.

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