La disciplina de la imaginación

Uno. Así, con ese epífrafe (La disciplina de la imaginación) tituló Antonio Muñoz Molina una de sus conferencias, impartida en 1990 en la Universidad Complutense de Madrid. Se refería, claro, a la capacidad de novelar, al esfuerzo de inventar, pero sobre todo al empeño, al sutil y duro empeño, de hacer coherentes todos los elementos de una historia.

No es fácil leer: ha requerido insistencia y persistencia. Como tampoco es sencillo escribir: ha exigido imaginación y transpiración. “Las cosas que más institivamente llevamos a cabo, las que nos parece que nos salen sin esfuerzo, han requerido un apredizaje muy lento y muy difícil”, decía Muñoz Molina. “Los mayores logros del arte, de la música, de la literatura, incluso del deporte, tienen en común una apariencia singular de facilidad. Pero a ese atleta que en menos de diez segundos corre cien metros ese instante único le ha costado años de entrenamiento”.

Es curioso: el pago que recibimos por nuestro esfuerzo se demora, pero cuando llega tiene algo de epifanía: es como una revelación corta y sublime. Las pericias son cantidades (pura repetición) se transforman en cualidades: la habilidad es sobre todo habilidad cultivada o, en otros términos, repetición con mayor nivel de exigencia.

De repente, un día, aquello que realizabas mediocremente alcanza una dimensión nueva, una cualidad superior. Y, así, “ese músico que toca delante de nosotros sin mirar la partitura y ese aficionado que se la sabe de memoria y goza cada instante de música han pasado horas innumerables estudiando aquello que más amaban, negándose al desaliento y a la facilidad”.

De eso, precisamente, trata la nueva columna que publico  en El País: de que nos hacemos promesas vanas, de que somos inconstantes y de que esperamos que las cosas nos salgan bien por suerte, de pura chiripa. Lo titulo ¿Música celestial? 

Y hablo con admiración del trabajo que lleva a cabo el Centre Instructiu Musical de Benimaclet, del que se cumplen cien años. Mis hijos han estudiado o aún estudian solfeo. Han tocado y aprendido algunos instrumentos con desiguales resultados: percusión, trombón de varas, chelo, piano. Hay que tener una madera especial, sí, pero hay que tener disciplina.

Yo carezco de esa pasta, es decir, carezco de oído y mi psicomotricidad fina es no es fina: es simplemente roma. De mí, pues, no se puede sacar nada. Pero, además, tiendo a la pereza o al trabajo de manera ciclotímica o intermitente.

Frente a la indolencia o la furia laboriosa a la que muchos nos entregamos, resulta admirable el empeño diario de los músicos: tienen que ensayar, mejorar, repetir, insistir cotidianamente. ¿Serán capaces de la imaginación?, se preguntan los envidiosos. 

Quitémonos de la cabeza el señuelo del artista arrebatador, la creencia de que hay genios por descubrir y de que éstos aflorarán sin trabajo. Es una imagen muy romántica y consoladora: seguro que soy mejor de lo que creo ser porque lo que efectivamente soy no puede ser este producto sin brillo. Pues eso: si quieres lucir, abrillántate trabajando. La imaginación sin disciplina es una explosión incontrolada que probablemente no alcanza sus objetivos. En cambio, guiada por el trabajo suele dar resultados alentadores y personalmente  placenteros.

Es exactamente lo mismo que dice Mario Vargas Llosa en su emocionado discurso de recepción del Premio Nobel. Por dos veces emplea la palabra disciplina y la repite para mostrarnos el camino. “La literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad”. No hay misterio: ser terco, perseverar, es la clave de toda habilidad o cualidad que deban cultivarse.

Por eso, haciendo el repaso de su vida, haciendo el registro de sus logros, Vargas Llosa señala: “No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia”.

“Trabaja, trabaja, escribe todo lo que puedas, tanto como tu musa te arrastre. Es el mejor corredor, la mejor carroza para avanzar en la vida”, dice Gustave Flaubert en una carta que dirige a Alfred Le Poittevin en septiembre de 1845. Sin duda, es una excelente recomendación, un consejo que el escritor se da a sí mismo aplicándose el mismo remedio: “continúo mi lenta obra como el buen obrero que, con los brazos arremangados y los cabellos sudorosos, golpea el yunque sin preocuparse de si llueve o si hace viento, si graniza o truena. Antes no era así. Este cambio se ha producido naturalmente. También ha influido mi voluntad. Me conducirá lejos, espero. Si bien, temo que se debilite, pues hay días en que siento una desidia que me da pavor…”

Muchos sentimos esa desidia que sólo se combate con la disciplina. Pero la disciplina, que es orden, que es serie, que es secuencia, que es ritmo, que es uniformidad, también tiene sus riesgos. Ahormar lo distinto es imprescindible en una agrupación musical. Justamente es eso: poner orden a individualidades separadas e incluso desafinadas. Pero la disciplina puede tener también efectos desastrosos. ¿Cuáles…?

Dos. La disciplina individual puede tener consecuencias desagradables: las principales de ellas son la falta de espontaneidad, la incapacidad de improvisación, la rigidez, la autopersecución o, también, el sometimiento de nuestro humilde yo, pequeño y decepcionante, a un ideal de la identidad que nos resulta inalcazable y por eso punitivo. La persona muy disciplinada me produce cansancio, asfixia, presión. Suele ser alguien que me mete prisa y me marca el calendario. Yo sé lo que opongo: a veces una irresponsable indolencia o un trabajo obsesivo que no tiene hora ni calendario.

Por su parte, la disciplina colectiva tiene efectos no siempre positivos. Es más, Michel Foucault habló de las sociedades disciplinarias, aquellas en las que las tareas están reguladas, reglamentadas y normalizadas sin que eso se perciba como represión o punición. Hablaba de esta disciplina colectiva como sometimiento sin que esa sujeción sea necesariamente preventiva, represiva o punitiva. ¿Cuál es el resultado?

El resultado es un sujeto, efectivamente: alguien sujetado, como un caballo con riendas. La disciplina nos doma, nos domestica, nos ciñe y hace de nosotros seres intercambiables: lo que tú haces podría hacerlo otro y por tanto nada depende directamente de ti. Cumples funciones que pueden ser desempeñadas por otros que poseen tus mismas competencias.

Pero la disciplina colectiva cobra su auténtica dimensión en la acción de la masa tutelada, guiada, ordenada, estimulada, encaminada: en la sujeción de la muchedumbre. ¿Recuerdan La ola (2008), de Dennis Gansel?

Colofón. Me gustaría repensar esta película, exponerles aquí el tratamiento que el director da al fenómeno de la disciplina colectiva. Pero un resfriado matador me tiene desarbolado y poco lúcido: vaya, parece que los episodios se repiten. Hay momentos del día en que pienso. En esos instantes me sobrepongo a mi congestión y hasta puedo acabar tareas académicas que tengo pendientes; y hay otros momentos en que he perdido los concordantes: tanto es el aturdimiento.

Sin embargo, ahora me esfuerzo. Algo puedo decir sobre este film. Observen otra vez el fotograma que reproduzco. Plano general. Vemos al profesor, de espaldas, haciendo un gesto a sus estudiantes, todos ellos uniformados de blanco, recién planchados. Ese ademán tiene algo de coreográfico y expresa gran autoridad. Es bello, limpio y provoca un escalofrío. Lo veremos hacia el final de la película.

El profesor ha hecho un experimento. Para explicarles a sus alumnos en qué consiste la autocracia, ha ideado unas prácticas que les obligan a representar: deberán tomarse en serio la disciplina colectiva, entendiendo por tal la uniformidad, el espíritu de grupo,  la conciencia de fraternidad, las relaciones de camaradería, la sumisión al líder.

Y vaya si se las toman en serio: los chicos y las chicas, salvo excepciones, se sienten cómodos paciendo juntos, compartiendo sus camisas blancas que a todos aúnan, respondiendo y respetando las jerarquías, saludando marcialmente. Quienes se sentían desorientados ahora tiene metas concretas que cumplir y compartir. Quienes vivían sin criterios tienen ahora valores firmes a los que aferrarse o adherirse. Lo que empezó como un experimento y una representación acaba propiamente como una experiencia de vida: la disciplina contiene y ensancha la existencia del grupo. ¿Dónde queda la individualidad?

Quien se tome en serio la experiencia acabará provocando un cataclismo y por tanto acabará trastornado el orden figurado. Bajo determinadas circunstancias, eso es la disciplina, un orden figurado que no se puede tomar literalmente. La película es una metáfora de la Alemania adulta que simpatizó con el nazismo, pero es también una historia común, ordinaria, de autoritarismo, que a todos podría ocurrirnos. Da miedo, la verdad, el caos que involuntariamente alienta el profesor: imbuido de las mejores intenciones, con ganas de experimentar, de dar rienda suelta a la imaginación, provoca efectos graves. Para quienes somos perezosos o antojadizos, es un consuelo saberse indolentes, sin espíritu de grupo.

Hemeroteca:

Justo Serna, “¿Música celestial?”, El País, 8 de diciembre de 2010.

“Vargas Llosa o la orgía perpetua del lector”, Ojos de Papel, 16 de octubre de 2002

Fotografía de Antonio Muñoz Molina: Jordi Socias, El País

Caricatura de Mario Vargas Llosa: Sciammarella, El País

 Fotograma de La ola (2008), de Dennis Gansel

32 comments

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  1. Isabel Zarzuela

    Qué relax, cuánta paz, cuánta tranquilidad transmite esa fotografía de Antonio Muñoz Molina. El silencio que sugiere me permite escuchar el leve sonido de un viento ligero y el susurro de la hojarasca a su paso; mientras tanto, en este idílico espacio otoñal el escritor pone a prueba la disciplina de su imaginación.
    No sé quién es el autor de esta instantánea, pero desde aquí le felicito.

    Pertenezco al grupo de aquellos que tienen una especial tendencia a la indisciplina. Y es que es tan tentadora… pero, ay, cuando caemos en ella. Todo es un ‘tira y afloja’.

  2. Ana Serrano

    “En cambio, quien aprende a tocar un instrumento musical sólo verá progresos lentos si repite y repite, si se entrega, si insiste. Para quienes no tenemos oído ni capacidad, esa disciplina nos maravilla. O no tanto, pues quienes lo hacen tienen recompensa, lenta, pero la tienen.”

    Hay una característica especial en el músico que repite y repite, que tiene esa disciplina y ese tesón necesarios para llegar a tocar una pieza musical como se supone que su autor deseaba que fuera tocada y es que cada día, cada repetición, es una satisfacción en si mismas: cada fragmento dificultoso que se supera a base de estudio es una alegría y una recompensa. Si el premio a ese tesón fuera la pieza superada, el día del concierto y del aplauso, no creo que nadie fuera capaz de dedicar al menos cuatro horas diarias de su vida a estudiar. Pero, además de la recompensa está la necesidad. El estudio del propio instrumento es como un enganche, una adicción, una droga que, si no se toma cada día tiene inquieto a quien la sufre.

    El instrumento es tu vida, tu alegría y tu consuelo. Cuando un músico, un músico de verdad, tiene un dolor profundo, cuando muere su padre o pierde a su pareja, va como un autómata, va ciego a su instrumento y en él, en su estudio se consuela y le llega el olvido. El tesón de las cuatro, cinco, seis horas diarias de estudio, no tiene más mérito que el de la propia vida. No se puede vivir sin tocar, aunque jamás se de un concierto, aunque se haga para dar clases al día siguiente en una escuela o para acompañar, en un piano destartalado a unas niñas en sus clases de danza.

    Quería escribirle a su correo, Justo, pero lo voy dejando porque estoy últimamente muy ocupada, pero no quiero perder la costumbre que tenemos de comunicarnos los avanes de nuestros “musiquitos”. Quería contarle, y se lo cuento aquí, donde, al fin, todos son amigos, que mi hijo menor, que, como sabe, terminó felizmente su carrera de cello, se ha trasladado a Barcelona, tras pasar por sevilla un curso y hacer un master con Barenboim, para hacer la carrera de cello barroco. Ha hecho muchas pruebas, está en varias orquestas muy importantes; hay enormes satisfacciónes que aún me dejan perpleja, asombrada, admirada y derretida, pero el próximo día 14, va a tocar en el Auditorio de Barcelona como un miembro más de la orquesta de Jordi Savall y con él. Está, estamos muy contentos, pero donde mi hijo es feliz completamente es cuando, cada día, desde que tenía tres años, se encierra en su cuarto a solas con su cello y se le hace de noche hablando, comunicándose con él y a través de él. Se que se alegra y por eso se lo cuento, aprovechando su bonito artículo sobre la inexplicable vocación de los músicos.

    Un abrazo para todos.

  3. aleskander62

    Sí, se trata de trabajo. Trabajando se mejora y también disfrutando o comenzando a disfrutar con lo que haces y con el buen trabajo de los demás. Tenemos buenos maestros, Almudena Grandes, Javier Marías, Javier Cercas, Muñoz Molina, que, a su vez, bebieron de Onetti, Clarín, Pérez Galdós o quizá también de Kerouak o Scott Fitzgerald. Desde luego La noche de los tiempos me gustó mucho. Ahora he comenzado con los Héroes alfabéticos del autor del blog, Justo Serna. Está interesante … Un homenaje a la lectura y los lectores. A personajes vivos y ficticios.

  4. Créditos de las imágenes

    Fotografía de Antonio Muñoz Molina: Jordi Socias, El País
    Caricatura de Mario Vargas Llosa: Sciammarella, El País

  5. Agustín Celis

    Gracias por la entrada de hoy, Justo. Me parece una auténtica invitación a seguir perseverando. Es una verdad que sabemos y no sabemos, o que creemos saber pero a menudo olvidamos. Y está bien que nos la recuerden de vez en cuando.
    Un saludo.

  6. Isabel Zarzuela

    Ay, gracias don Justo por la información que me (nos) ha proporcionado. He estado buscando información en internet sobre este fotógrafo, y la verdad, tiene una obra interesantísima. No lo conocía.

    Y encima me acabo de dar cuenta de que acercando el cursor a la fotografía del post en cuestión, aparece una etiqueta con el nombre del autor. ¿No le he dicho que además de indisciplinada soy bastante despistada?

    Ah, coincido con ‘Alicantino’ ;-)

  7. Paco Fuster

    “Aljanat”, la prestigiosa e influyente revista de estudios locales de mi pueblo, dedica el monográfico de este año a la “Societat Artística Musical d’Alginet”. Aquí en mi pueblo pasa como en en Benimaclet: todos tenemos algún lazo de un tipo u otro con la banda de música. Por cierto, el archivero de la banda es mi amigo Artur, cocinero de San Patricio. Esa dicotomía camarero/músico también es muy habitual entre la gente joven.

    Respecto al tema de la imaginación, coincido con Muñoz Molina. El otro día copié aquí una cita de Nietzsche sobre cómo se podía escribir una buena novela y venía a decir algo parecido: la práctica y la repetición sistemática crean y perfección una habilidad.

    He leído el discurso completo de Vargas Llosa. Creo que se ha emocionado al hablar de su esposa (“Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico”) y de la lectura. He leído también varias críticas que se le han hecho por las palabras que ha dedicado a la izquierda latinoamericana y al nacionalismo. No seré yo quien juzgue el discurso, pero esa mezcla de elogio de la literatura y crítica de la política (llama “seudodemocracias populistas y payasas” a Bolivia y Nicaragua) en un mismo discurso, no me termina de gustar. Me gusta lo que ha dicho sobre el miedo de las dictaduras a la literatura, pero de ahí a criticar en bloque a la democracia latinoamericana…

  8. jserna

    Me permitirán que salude especialmente a Ana Serrano, que la felicite y que me emocione con lo que cuenta de su hijo. Y con lo que dice de la pasión del músico, cosa que detalla con un conocimiento que yo no poseo.

    En mi caso, todo es más modesto. Mis hijos nunca han ensayado tantas horas diarias: la verdad es que me habría preocupado, dado que suelo ser muy moderado para casi todo. Y yo no tengo ese ardor que usted describe y expresa tan certeramente.

    Me conformo enseguida: como digo en el artículo y en el post, soy antojadizo e inconstante. Por eso, admiro al músico (aunque ensaye menos horas de las precisas), al artista y al escritor que son capaces de sacrificarse.

    A mí me pasa como a Isabel Zarzuela. O al revés: soy bastante indisciplinado y un poco –sólo un poco– despistado.

    Agradezco los elogios que Alicantino y Agustín Celis hacen del artículo que publica El País o de este post: en realidad, una modesta columna y una entrada de blog para celebrar la tarea instructiva del CIM de Benimaclet, parecida en efecto a la que Paco Fuster describe para la agrupación musical de Alginet y de tantas otras de Valencia.

    En cuanto al discurso de Vargas Llosa, ya volveré…

  9. Marisa Bou

    Puesto que hablan de indisciplina y despiste, me veo forzada a intervenir: yo la reina de los haraganes, con la única salvedad de que nunca dejo de leerles, aunque no diga ni “mú” por eso, por pura pereza. No sé lo que me pasa pero, a medida que se va aproximando la edad de jubilación, voy perdiendo las pocas ganas de trabajar que tenía. Sólo lamento no ser un hombre, para dedicarme a contemplar las obras. ¿Qué hacen las mujeres cuando se jubilan? Somos tan invisibles, lamentablemente aún, que no se suele hablar de estas cosas. Tendré que inventarme mi propia tarea de pensionista.

    Quiero aprovechar para saludar a doña Ana, con todo cariño: se la echa en falta en este blog. Y felicitarla por ese maravilloso hijo músico, que tantas alegrías le proporciona.

    Y a doña Isabel, decirle que no me hable de pereza, con una niña pequeña, pues yo sé muy bien el trabajo que dan y la dedicación que exigen los bebés.

  10. Alejandro Lillo

    Es muy cierto lo que comenta Muñoz Molina. Desarrollar ciertas destrezas, ciertas habilidades, requiere un tiempo; desarrollarlas correcta o decentemente, mucha dedicación, interés y esfuerzo. Hay que perseverar venciendo apatías y abatimientos; hay que insistir, repitiendo y equivocándose una y otra vez.

    El resultado de todo ese esfuerzo casi nunca se ve, pero está ahí y hay que valorarlo. Esa valoración muchas veces no es fácil, pues quien tiene que hacerlo quizá no es consciente del esfuerzo que conlleva el trabajo realizado. Además, el hecho de condensar décadas de estudio y dedicación en unos minutos o en unas cuartillas hace que uno ponga también una parte de sí en eso que hace, pues esos segundos musicales, esas líneas, nacen ya impregnadas de lo que somos, una parte de nosotros se va con el texto, se disuelve en la nota musical que se lleva el aire.

    Ahora bien, como insinúa el señor Serna en su artículo de El País, cada día vemos cómo hay más gente que, alentada por algunos medios de comunicación y la publicidad, considera que puede alcanzar el éxito sin apenas esfuerzo y, lo que es peor, por ellos mismos, sin la ayuda de nadie. Se genera así una situación de prisa e insatisfacción permanente que no puede generar nada bueno.

    Marisa, yo le doy una idea: escriba, que lo hace muy bien.

  11. Isabel Zarzuela

    No, no, doña Marisa, perezosa no: más bien indisciplinada aunque no precisamente con la niña, sino conmigo misma. Por cierto, a ver si nos vemos pronto y tomamos unos vinitos, que me tiene usted ‘abandoná’.

  12. aleskander62

    Héroes alfabéticos es un buen ensayo de Justo Serna, por donde pasan escritores como Cercas, Marías, Tolstoi,Flaubert y películas como Eyes Wide Shut, basada en Relato soñado de Schnitzler. Mary Shelley …

  13. jserna

    Me permitirán comentar lo que nos dice Marisa Bou. Hay una parte muy simpática o terrible, como quieran. Es cuando dice: “No sé lo que me pasa pero, a medida que se va aproximando la edad de jubilación, voy perdiendo las pocas ganas de trabajar que tenía. Sólo lamento no ser un hombre, para dedicarme a contemplar las obras”.

    Cuando he leído concretamente eso de “sólo lamento no ser un hombre, para dedicarme a contemplar las obras” he pensado en esa imagen tan repetida: los varones retirados supervisando las obras del barrio. ¿Es que no tienen museos a los que ir o novelas que leer? ¿Recuerdan ‘En construcción’? Unos arqueólogos están haciendo trabajos de excavación en el centro de Barcelona. En principio parece una obra más: y allá que se van los abuelos. Uno de ellos, muy audaz y versado en saberes varios, se da cuenta de que no son obras normales y comienza a conjeturar. Es divertidísimo y pesado el abuelete.

    Marisa Bou no tiene nada que ver con esa circunstancia. Nada. Marisa Bou escribe de perlas y lee con competencia. O sea…

    Un fuerte abrazo.

  14. Marisa Bou

    Señores, me abruman. Sí es cierto que leo, aunque menos que antes, como ya dije. No les hago relación exhaustiva de mis lecturas, como Aleskander62 (me alegro de que, por fin, se haya decidido a leer “Héroes alfabéticos”, imprescindible) pero leo, claro está. Siempre ha sido muy importante para mí hacerlo. Y escribir, es mi mayor afición, pero sin pretensiones.

    Pero insisto, nunca he sido disciplinada y además ahora soy perezosa. Tiene mérito reconocerlo, ¿no?

    Está claro, señor Serna, que hay muchas más cosas en este mundo para ver, que no sólo obras. Yo me refería más bien a que no hay ninguna afición que se achaque a las jubiladas de hoy, puesto que ya no suelen dedicarse al punto y esas cosas, como antes. Razón por la que me voy a ver obligada a cavilar alguna cosa original para entretener mis días de pensionista, sentando precedente si es necesario, pues siempre me ha gustado ser original.

    Y apoyo la moción de don Alejandro: continúe usted el post, que creo poder sacar de él alguna enseñanza.

  15. Marisa Bou

    Y por favor, que a nadie se le ocurra recomendarme el bingo ni los bailes de salón. Faltaría más.

  16. Sigue...

    Dos. La disciplina individual puede tener consecuencias desagradables: las principales de ellas son la falta de espontaneidad, la incapacidad de improvisación, la rigidez, la autopersecución o, también, el sometimiento de nuestro humilde yo, pequeño y decepcionante, a un ideal de la identidad que nos resulta inalcazable y por eso punitivo. La persona muy disciplinada me produce cansancio, asfixia, presión. Suele ser alguien que me mete prisa y me marca el calendario. Yo sé lo que opongo: a veces una irresponsable indolencia o un trabajo obsesivo que no tiene hora ni calendario.

    Por su parte, la disciplina colectiva tiene efectos no siempre positivos. Es más, Michel Foucault habló de las sociedades disciplinarias, aquellas en las que las tareas están reguladas, reglamentadas y normalizadas sin que eso se perciba como represión o punición. Hablaba de esta disciplina colectiva como sometimiento sin que esa sujeción sea necesariamente preventiva, represiva o punitiva. ¿Cuál es el resultado?

    El resultado es un sujeto, efectivamente: alguien sujetado, como un caballo con riendas. La disciplina nos doma, nos domestica, nos ciñe y hace de nosotros seres intercambiables: lo que tú haces podría hacerlo otro y por tanto nada depende directamente de ti. Cumples funciones que pueden ser desempeñadas por otros que poseen tus mismas competencias.

    Pero la disciplina colectiva cobra su auténtica dimensión en la acción de la masa tutelada, guiada, ordenada, estimulada, encaminada: en la sujeción de la muchedumbre. ¿Recuerdan La ola (2008), de Dennis Gansel…?

  17. David P.Montesinos

    El sujeto es “sujetado” a través de una disciplina que se impone de forma heterónoma. Ese podría ser el sentido en que Foucault proyecta su sospecha sobre la constitución de las identidades. Suscribo la sospecha que usted proyecta sobre el modelo de sumisión al que la lógica disciplinaria nos conduce. A fin de cuentas, el rastreo del origen histórico de esa cultura de racionalización del tiempo nos lleva nada menos que al Monacato medieval, en cuya obsesión por sujetar a los individuos al implacable trascurrir de las horas del día encontraríamos la gestación remota del espíritu del capitalismo, trasladado de los monasterios a los burgos.

    Es por todo esto que el vocablo tiene mala fama. Añadamosle sus implicaciones con el sadomasoquismo o la herencia de los movimientos de liberación de los sesenta,que asocian “disciplina” a opresión de clase o de género, y la cosa se explica. Y sin embargo, creo que lo que usted dice al inicio respecto de la música, que podría valer para tantas otras cosas, tiene mucho sentido.

    Tengo un grupo de alumnos que llevan el pelo largo y se declaran anarquistas. No creo caerles mal, excepto cuando me pongo borde pidiendo silencio insistentemente en clase, cuando pongo un examen o cuando les reprocho su impuntualidad, es decir, siempre que hago el más mínimo esfuerzo por recordar la importancia que tienen las normas. No consigo que vean que las normas propician la convivencia y no son producto de mi inconsciente represivo y mi sueño secreto de ser un dictador.

    Solamente un día conseguí que no me torcieran el gesto cuando, por enésima vez, les insistía en que su problema es que no se ajustan a ningún tipo de disciplina, ni en el horario, ni en el seguimiento en casa de la materia, ni en la escritura…

    -“No os engañéis, fue la falta de disciplina lo que derrotó a la República. Sólo hay una cosa que aprender de la derecha, su disciplina. No se trata de obedecer sumisamente a un líder, sino de entender que uno forma parte de un colectivo y que no puede cada uno hacer a cada momento lo que le apetece. La izquierda es siempre derrotada por no entender esto”

    Y bueno, al menos se quedaron pensativos. Por cierto, tengo una considerable frustración musical.

  18. Leda

    No sé hacia dónde nos encaminará el Sr. Serna pero me gustado esa diferenciación que hace entre la disciplina individual y la colectiva, entre otras cosas porque me ha hecho ser consciente de lo indisciplinada que soy en mi ‘vida individual’ y lo disciplinada que soy en mi ‘vida colectiva’.

    Ese grupo de alumnos del Sr. Montesinos que se declara anarquista, tal vez nunca se ha planteado si el resto de sus compañeros -intuyo que la inmensa mayoría- quieren hacer valer su derecho a recibir las clases correctamente, si los ha tenido en cuenta, si se preocupan de lo que realmente necesitan. No sé si son conscientes de que por mirarse su propio ombligo (el ombligo de unos pocos) perjudican a la inmensa mayoría.

    Y si esto ocurre en colectivos pequeños de la vida cotidiana, no quiero ni pensar lo que puede ocurrir en la vida pública o política.

    Respetar las normas es respetar a los demás; y si no estamos de acuerdo con ellas, utilicemos el propio sistema democrático para cambiarlas.

  19. Mar Es Pop en Facebook

    Dos.

    Magnífico post y magnífica imagen :) Adoro “Die Welle”, y ahora que vivo en tierras alemanas, puedo decir en cuantísimo mantienen todavía los alemanes la disciplina colectiva en su quehacer cotidiano, jaja, esto lo digo con humor, por supuesto. No hay más que ver las colas organizadas para realizar las compras navideñas, cómo caminan en fila por las calles peatonales de Heidelberg, sin cruzarse y sin altercados posibles con las bicis que deambulan también por ahí, cuán eficientes son para hacer cola en el supermercado sin que ésta se desvíe ni 5 grados del ángulo de la caja, jajaja… En fin, quizá la disciplina aquí venga de serie… basta con ver cómo se enfadan y reniegan cuando subes al autobús sin guardar orden…

  20. Ángeles Lario en Facebook

    Dos.

    Enfadarse también debe venir de serie, jeje. ¿Y el policía entre los setos a altas horas de la noche cuando nadie circula para ver si algún peatón cruza la calle vacía con el semáforo rojo? jajaja. Si es que lo más difícil es alcanzar la virtud el justo medio.

  21. Ana Serrano

    Perdonenme el nuevo inciso, pero tengo que dar las gracias a Justo y lo hago. Mil gracias, Justo y le aclaro que mis hijos tampoco estudiaban tantas horas al principio. No es lo mismo estudiar al comienzo y como una opción más o un complemento a la formación que hacerlo pensando en dedicarse profesionalmente a ello. No se preocuparía usted si viera a sus hijos estudiar tantas horas, si viera que es lo que más les gustaba, que eran felices haciéndolo. Sólo con una vocación decidida, se puede ser músico o cualquier otra cosa que requiera, además de concimiento y cualidades, una preparación atlética de musculatura y agilidad, casi circense.

    Mil gracias, también, Marisa. Me gusta verla aquí y sí, escriba, por favor.

  22. Colofón

    Colofón. Me gustaría repensar esta película [La ola (2008), de Dennis Gansel], exponerles aquí el tratamiento que el director da al fenómeno de la disciplina colectiva. Pero un resfriado matador me tiene desarbolado y poco lúcido: vaya, parece que los episodios se repiten. Hay momentos del día en que pienso. En esos instantes me sobrepongo a mi congestión y hasta puedo acabar tareas académicas que tengo pendientes; y hay otros momentos en que he perdido los concordantes: tanto es el aturdimiento.

    Sin embargo, ahora me esfuerzo. Algo puedo decir sobre este film. Observen otra vez el fotograma que reproduzco. Plano general. Vemos al profesor, de espaldas, haciendo un gesto a sus estudiantes, todos ellos uniformados de blanco, recién planchados. Ese ademán tiene algo de coreográfico y expresa gran autoridad. Es bello, limpio y provoca un escalofrío. Lo veremos hacia el final de la película.

    El profesor ha hecho un experimento. Para explicarles a sus alumnos en qué consiste la autocracia, ha ideado unas prácticas que les obligan a representar: deberán tomarse en serio la disciplina colectiva, entendiendo por tal la uniformidad, el espíritu de grupo, la conciencia de fraternidad, las relaciones de camaradería, la sumisión al líder.

    Y vaya si se las toman en serio: los chicos y las chicas, salvo excepciones, se sienten cómodos paciendo juntos, compartiendo sus camisas blancas que a todos aúnan, respondiendo y respetando las jerarquías, saludando marcialmente. Quienes se sentían desorientados ahora tiene metas concretas que cumplir y compartir. Quienes vivían sin criterios tienen ahora valores firmes a los que aferrarse o adherirse. Lo que empezó como un experimento y una representación acaba propiamente como una experiencia de vida: la disciplina contiene y ensancha la existencia del grupo. ¿Dónde queda la individualidad?

    Quien se tome en serio la experiencia acabará provocando un cataclismo y por tanto acabará trastornado el orden figurado. Bajo determinadas circunstancias, eso es la disciplina, un orden figurado que no se puede tomar literalmente. La película es una metáfora de la Alemania adulta que simpatizó con el nazismo, pero es también una historia común, ordinaria, de autoritarismo, que a todos podría ocurrirnos. Da miedo, la verdad, el caos que involuntariamente alienta el profesor: imbuido de las mejores intenciones, con ganas de experimentar, de dar rienda suelta a la imaginación, provoca efectos graves. Para quienes somos perezosos o antojadizos, es un consuelo saberse indolentes, sin espíritu de grupo.

  23. David P.Montesinos

    Dudo mucho que su resfriado sea comparable al mío. Hoy he buscado durante aproximadamente veinticinco minutos en el mercadona los botes de fruta escarchada, y ello incluso de preguntar al encargado por donde andaban dichos botes. Después, con cuatro bolsas, he subido el puente que atraviesa la avenida y he tenido que detenerme un momento porque las fuerzas me fallaban mientras un viandante que se me cruzaba observaba curioso la patética escena. Yo creo que la culpa es de Zapatero. De mi catarro y de todo lo demás.

  24. jserna

    Sr. Montesinos, métase en cama y no haga nada. Nada. Como mucho lea algún relato de terror: para aliviarse. Evite el contacto con la multitud y con falso invierno de Valencia.

    El miércoles hemos de estar frescos para glosar la obra de Paco Fuster.

    Ánimo.

  25. Mar Es Pop en Facebook

    Y tanto que da miedo, sobre todo el pensar que fue un experimento real… O más o menos real, claro. Tengo la película en mi filmoteca personal, jeje, y he de decir que existe otro final alternativo, más crudo si cabe. Adoro la película, Vogel, como siempre, brutaaaaal; y lamento decir que no he leído el librito al que hace referencia.

    Yo también estoy falta de palabras, también griposa (Alemania, de momento, me ha dado un puesto de trabajo temporal y una faringitis que parece no tener fin, jaja). Sí que simplemente te agradezco este post fílmico, y te recomiendo Erythromycin 500 mg y dos naranjas al día, la medicina recetada por mi médico germano, jaja.

    Saludos POP, gute Besserung!

  26. aleskander62

    He pasado por París-Valencia y me he llevado Viviré si no me olvidas de Daniel Arenas y de paso no he resistido la tentación de llevarme Anatomía de un instante de Javier Cercas. Estoy terminando Héroes alfabéticos. En breve colocaré un pequeño comentario sobre este interesante ensayo.

  27. jserna

    Hola, aleskander62. Gracias por su lectura de ‘Héroes alfabéticos’. Vaya, me congratulo de que le parezca interesante.

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