El discurso del rey. El día 24 de diciembre, el rey pronuncia un discurso ante las cámaras de televisión. Nos saluda con hieratismo y campechanía, como es su costumbre. Y nos habla con soltura, sin excesivos problemas de dicción.
No le hace falta declamar: con mostrarse cercano, despierta nuestra atención. En casa solemos verlo y oírlo, con interés intermitente. Es decir: lo vemos y no lo vemos; lo oímos y no lo oímos. Me parece un ritual simpático e intrascendente. No le doy mayor importancia…
Qué curioso: al día siguiente de la intervención del monarca español vamos a ver El discurso del rey (2010), de Tom Hooper. Jorge VI llega al trono de Inglaterra y del Imperio: es tartamudo y debe pronunciar discursos patrióticos justo cuando su país se enfrenta al enemigo, ese Tercer Reich expansivo y retador. La amenaza se cierne.
Sin duda, es una película que gustará por la historia edificante que encierra: el esfuerzo y la superación de un rey que llegó a serlo de manera accidental. Es la vida de un monarca, de un varón que debe sobreponerse a sus limitaciones humanas, demasiado humanas. Gustará también por el guión levemente efectista, con alegrías y penas, con optimismos y tristezas. Todos sufrimos algún tipo de emasculación más o menos metafórica: hay que auparse, reza la moraleja. Gustará asimismo por las actuaciones sólidas y experimentadas de unos actores que disfrutan y creen en los papeles que interpretan. Gustará en fin por la cuidadosa ambientación histórica, por la fotografía: sombría y luminosa según los estados de ánimo.
Dice Javier Ocaña, en El País, que el director ha tomado «una incomprensible decisión técnica: la abusiva utilización del gran angular fotográfico, un objetivo que conlleva un efecto distorsionador de la imagen por los extremos del plano, cercano al llamado ojo de pez, ideal para secuencias oníricas o para abarcar gran cantidad de elementos a corta distancia, pero cuya motivación en El discurso del rey se escapa». Es una técnica, apostilla Javier Ocaña, que aquí «parece un simple capricho».
Se equivoca. Este efecto distorsionador es deliberado: le resta empaque y severidad a una historia de reyes, una historia siempre lejana, remota, fría. Es decir, la caricaturiza y nos enternece: nos hace cercana y accesible la tragedia personal de un monarca en estos tiempos descreídos y posmodernos.
Cena política. El lunes 27 de diciembre hemos sido invitados a una cena política. La organizan militantes socialistas de Valencia. Yo no lo soy. Quiero decir: no milito en dicha formación. Sin embargo, los amigos de Volem i podem han tenido la cortesía de convidarnos a un acto que tiene mucho de reflexión y de empeño.
Se trata de un grupo muy activo, con ideas y con gentes de valía: personas que no se resignan al cataclismo electoral o al automatismo y a las inercias de la dirección. Escriben en prensa, razonan en público, presentan candidaturas y logran atención y audiencia a pesar de los obstáculos que la jerarquía del partido socialista les pone. No son apocalípticos ni exquisitos. No son asamblearios ni seguidistas. No son divinos ni extremosos. Sencillamente quieren desarrollar una política socialdemócrata digna de tal nombre, sin avergonzarse: no desean que los confundan con sus adversarios. A estas alturas de siglo no está nada mal. Ya les contaremos.
El payaso que mordió la mano de Franco. En la historia menuda del régimen franquista hay episodios muy cómicos, sencillamente esperpénticos. Para conocer con algún detalle la política cotidiana del dictador, sus quehaceres y placeres, no hay mejor documento que el diario de su primo Pacón. ¿Su nombre de pila? Francisco Franco Salgado Araujo.
De todos esos hechos, uno especialmente risible es el percance sufrido por el general Francisco Franco Bahamonde en 1961, justo cuando estaba en una de sus cacerías: Pacón narra el accidente con escueta sencillez, harto de la cetrería patológica de su primo.
Todo esto lo traté en una entrada que periódicamente les recuerdo. La titulé Las cacerías de Franco. En aquel post, citaba la nota de la Agencia Cifra, fechada el 26 de diciembre de 1961. Hace de esto casi cincuenta años. Decía así:
El Pardo, 26.— Durante una cacería en El Pardo, en la tarde del domingo, Su Excelencia el Jefe del Estado sufrió, por accidente, ligeras heridas en la mano izquierda, de las que ha sido curado en el Hospital Central del Aire. El estado de Su Excelencia es completamente satisfactorio, según el parte facultativo, que dice: ‘‘Su Excelencia el Jefe del Estado padece fractura abierta del segundo metacarpiano y del dedo índice de la mano izquierda. Pronóstico leve. Doctor Garaizábal. Cifra.
¿Un accidente privado, un hecho menor? En política no hay nada irrelevante o marginal. Todo cobra una dimensión colectiva y todo puede ser objeto de guasa. En Balada triste de trompeta, Álex de la Iglesia bromea con este hecho, con el del percance, y nos muestra la verdad de lo ocurrido. Estamos en una película, de la que acaba de hablar Isabel Zarzuela, y los acontecimientos históricos son objeto de ficción. Uno de los payasos que protagoniza el film, Javier, está siendo esclavizado y humillado por un militarote que encarna Sancho Gracia. Éste organiza una cacería y Su Excelencia acude.
Estamos en 1973. Permítanme decirlo con Sigmund Freud: el cine condensa lo que la historia desplaza y, por eso, el director hace contemporáneos hechos que son distantes. A Franco le gustaba pegar tiritos: según la historia oficial, la que registra Pacón, el general se accidentó con una escopeta; según Álex de la Iglesia, Franco fue mordido por un payaso al que esclavizaban como perro de presa.
¿Imaginan algo más insólito? Francisco Franco Bahamonde siente pena por ese Javier que acude como un perro pachón. En la boca, el clown lleva la pieza abatida por el general. Acude presuroso a entregársela. Justo en ese momento, el payaso muerde la mano de Francisco Franco. A toda prisa, los cofrades del Generalísimo han de idear una versión aceptable de los hechos. Es lo que llegaremos a conocer: una escopeta ha accidentado al Caudillo. Ay, señor.
En el portal de Belén. Han cerrado CNN+. De este hecho ha informado PRISA TV. El cierre de la cadena e incluso la venta del edificio donde desarrollaba su actividad audiovisual, en la localidad madrileña de Tres Cantos (Cuatro, CNN+ y Canal+) han provocado protestas.
El 28 de diciembre se concentraron en la Gran Vía de Madrid unos centenares de personas. Protestaban por la clausura de una cadena que durante once años ha informado con regularidad, puntualidad, mesura y equilibrio de lo que estaba pasando y estábamos viendo. Ése era el lema del canal: «Está pasando. Lo estás viendo».
Yo era uno de los que lo estaba viendo, en efecto, y lamento el cierre de una empresa informativa, una cadena, además, en la que había entrevistas sin estridencias y discusiones sin ferocidad, esa que se ha impuesto en tantos sitios entre tertulianos extremistas que se jalean mutuamente. No me refiero a Sálvame, sino a otros programas televisivos y radiofónicos.
La clausura es una decisión económica, pues por lo que parece tenía poca audiencia y escasa facturación publicitaria, circunstancia que le hacía acumular pérdidas. Era inviable, dice PRISA TV, tras la fusión de Cuatro y Telecinco.
Pero una decisión económica tiene, además, consecuencias políticas. Por ejemplo, los telediarios de Telecinco y Antena3 son un repertorio de noticias espectaculares, algunas de tono amarillo, generalmente agregadas para provocar efectos. El relato tiene un orden perverso y los vaivenes informativos son propios de una montaña rusa. A lo relevante sigue lo minúsculo, lo raro; a lo colectivo y arisco sigue la nota humana, la información heroica; a lo virtuoso sigue la atrocidad.
Las noticias de estas cadenas sirven para retener la atención flotante del espectador y para interesarlo por el lado estridente de lo real. Los accidentes y su impacto emocional, los chascarrillos y los chismes, las entretelas del fútbol son materia popular y creciente.
Los telediarios de estas empresas añaden unas pocas noticias políticas para luego abandonarse al suceso, a esas imágenes de un lugar remoto, generalmente estadounidense, en el que un individuo ha sido abatido por agentes locales. Por supuesto, la cadena nos mostrará la grabación doméstica del ataque, de la brutalidad policial.
¿Es una denuncia política? En realidad, la imagen es un simple reclamo, una estridencia (tal como arriba decía). El suceso no es el acontecimiento; tampoco es el hecho noticioso. El suceso es lo que los franceses llaman el fait divers. Es decir, lo espectacular, lo raro, lo insólito, lo bizarro. Si observan bien los telediarios de Telecinco y Antena3, su relato tiende justamente a eso: a lo espectacular, a lo insólito y a lo bizarro. Lo rosa aún no tiene presencia consistente, pero todo se andará.
En el portal de Belén, de Belén Esteban, hay paparazzi que sirven noticias a los programas cordiales. Pronto los ficharán en los noticiarios…



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