Robinson Crusoe

Robinson Crusoe. “Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de buena familia aunque no del país, pues mi padre, oriundo de Bremen se había dedicado al comercio en Hull, donde logró una buena posición. Desde entonces, y luego de abandonar su trabajo, se radicó en York, donde casó con mi madre; ésta pertenecía a los Robinson, una distinguida familia de la región, y de ahí que yo fuera llamado Robinson Kreutznaer, aunque por habitual corrupción de voces en Inglaterra se nos llama Crusoe, nombre que nosotros mismos nos damos y escribimos y con el cual me han conocido siempre mis compañeros”.

Así, con esas palabras, con esa sintaxis ordenada, empieza la novela de Daniel Defoe en la versión española de Julio Cortázar. Es una declaración personal, una revelación autobiográfica. Porque, en efecto, Robinson Crusoe (1719) es ficción que adopta la forma de la autobiografía. Alguien se expresa en primera persona y nos cuenta su aventura, todo lo que le ocurre desde que abandona la casa del padre como un hijo pródigo y atolondrado.

Escribir hoy sobre Robinson Crusoe es una auténtica temeridad. Aunque sólo sea para justificar su lectura y el placer que sus páginas nos procuran, el intento está condenado de antemano: hay tanta literatura sobre esta obra y sobre el mito a que da lugar que cualquier glosa siempre llega tarde. Por otra parte, es tal la celebridad de su protagonista que todos sabemos mucho de él, o creemos saber mucho, aun cuando no hayamos leído el relato. Por supuesto no pretendo extenderme. Únicamente quiero subrayar los rendimientos de esta novela, el beneficio de leerla.

Para empezar, como en La isla del tesoro, el protagonista es un muchacho inglés que ha de hacerse a sí mismo, un joven de York que en este caso desoye los consejos del padre, el porvenir que sus progenitores han pensado para él: el ejercicio de la abogacía. En Inglaterra, la perspectiva de abandonar el hogar, la meta de hacerse hombres embarcándose, ha sido frecuente: toda una tradición histórica en unas Islas que llegaron a dominar el mar. Robinson es hijo de comerciante, tercer hijo: un burgués con el futuro resuelto, un muchacho con “la mejor educación que el hogar y una escuela común pueden proveer”. Sin embargo, Crusoe no se conforma con un futuro doméstico y amodorrado y, por eso, “yo no ansiaba otra cosa que navegar y mi inclinación a los viajes me hizo resistir tan fuertemente la voluntad y las órdenes de mi padre, así como las persuasiones de mi madre y mis amigos”.

Cuando contaba 19 años, el 1 de septiembre de 1651, se embarca y allí comienza la lista de sus gestas y penalidades, la serie de sus empecinamientos y corajes. De todas las desdichas, la peor es el naufragio. Tras el hundimiento de su embarcación y la muerte del resto de la tripulación, Robinson salva la vida milagrosamente. Ha de empezar una dura, una durísima existencia. Ha de aprender a vivir en soledad. Crusoe debe habilitarse un espacio acogedor, un lugar protegido que lo salve de la amenaza exterior: la de la Naturaleza o la de posibles caníbales. Robinson trabaja sin descanso descubriendo en él capacidades que ignoraba poseer, o aprendiendo con rapidez habilidades de hombre fabricante.

No pierde el tiempo: excava, cultiva, cosecha, caza, elabora y lee el único libro que ha logrado salvar entre los restos del naufragio: la Biblia. Habla con Dios, le reprocha su fatalidad, le agradece su suerte: lo toma como interlocutor y comienza a escribir un diario, justamente para expresarse, para saldar cuentas, para detallar el debe y el haber, para no pensar en su triste condición. Su actividad  es incesante, su laboriosidad es perseverante, su paciencia es grande. Sin embargo, sus estados de ánimo varían. La Naturaleza acecha constantemente y el miedo se apodera de Robinson con frecuencia. ¿Saldrá de allí?

Prácticamente todos sabemos cuál es el porvenir que le espera a Crusoe. Lo hemos visto en las distintas adaptaciones cinematográficas y televisivas o incluso lo hemos leído en diferentes versiones abreviadas cuando éramos niños. No ignoramos nada de Robinson. ¿Es así? Esas informaciones más o menos ciertas e incluso el final que creemos saber no son más que datos superficiales, interpretaciones o glosas secundarias.

De Robinson hay que leer su relato autobiográfico original, ese que imaginó Daniel Defoe. Allí está  el ser humano, un ser humano fabricante y obstinado que en ocasiones se nos hace antipático: tanto es su ahínco o tanto es su orden. Fue rebelde, pero ahora es fanáticamente laborioso. Fue joven y desprendido, y ahora es un tipo prudente y acaparador.

Algunos han querido ver en esta novela una metáfora del capitalismo, de la ética del beneficio y de la propiedad privada. Robinson es de origen burgués y, propiamente, pensará como un hacendado. No lo niego. Sin embargo, yo quiero leerlo como el náufrago que es y seguirá siendo. Quiero ver su soledad, la del individuo que ha de hacerse con cuatro pecios, con restos escasos, con pocas habilidades heredadas o aprendidas, un tipo que se sabe prisionero y que aun así lucha por sobrevivir creándose un entorno acogedor. Es la suya toda una lección de vida: siempre y cuando el  afán, la laboriosidad fanática de Robinson, no sea nuestra condena.  

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