Blog de Campaña de El País (Comunidad Valenciana)
Os necesito. Rita Barberá no se anda con chiquitas, expresión que significa lo que parece: se dice de quien actúa sin contemplaciones y sin dar rodeos, sin remilgos, sin nimiedades. Tonterías, las justas. Así habla Barberá y así se ha pronunciado en la presentación de las propuestas de política social en el Centro de Mayores de Arrancapins, en Valencia. «Os necesito para volver a ser vuestra alcaldesa», ha dicho con énfasis innecesario, obvio. ¿O es una observación necesaria? Objetivamente no le falta razón: si los votantes populares dan por ganadas las elecciones y dejan de acudir a las urnas, entonces las listas del partido se resentirán.
Los free riders. La señora Barberá pide el voto a los ancianos e insiste en ello porque su principal enemigo es la
confianza, esto es, la abstención comodona. O en otros términos: que sus electores potenciales tengan la certidumbre del triunfo. Entonces podrían comportarse como ciudadanos gorrones.
Ciudadano gorrón no es un insulto; es una descripción. Y es una mala traducción de Free riders: se emplea para calificar a los que van a la suya sin preocuparse de las responsabilidades públicas. Son los sociólogos finos quienes los llaman así: gorrones o free riders.
¿Cuál es la lógica inapelable de esos electores despreocupados? La respuesta sería ésta: para qué voy a ir a votar, si mi sufragio sólo tiene un valor infinitesimal; para qué me voy a molestar si mi partido va a perder o ganar, tanto si me esfuerzo como si no.
Que otros lo hagan por mí: o ya está todo ganado o ya está todo perdido. El riesgo, en efecto, lo corren Barberá y lo corren sus principales conmilitones u oponentes Jorge Alarte, Marga Sanz, Enric Morera y Francisco Camps.
Vete ya. Por eso, Rita Barberá no pide ganar. Pide arrasar. Pide hacerlo con rotundidad aplastante para que «todos los españoles de todos los rincones de España le digan a Zapatero: ‘vete ya’…». Y se irá: Rodríguez Zapatero ya ha anunciado que en un plazo breve se va.
En el partido popular hay una fijación con lo de echar al oponente: echarlo del Gobierno, apearlo del poder, quitarle los recursos, apartarlo de la gestión, sacarlo del escaño, hacerle salir de la moqueta, bajarlo del coche oficial. ¿Quitarle también las dietas?
Un político que ha perdido su empleo público ha de regresar a su antiguo puesto, cierto, y las pensiones de los políticos tienen muy mala prensa entre los electores. Por eso, Barberá sabía el efecto que entre los mayores tendría lo que decía. Allí, en el Centro de Arrancapins, denunciaba a los socialistas por «congelar vuestras pensiones». El contraste entre abuelitos que con apuros llegan a fin de mes y ex políticos que gozan de pingües ingresos es escandaloso. Es muy cierto, pero no sé si los mayores de Arrancapins se preguntaron por la pensión que le quedará a la señora Barberá cuando se retire. No sé si esos ancianos se interrogaron por aquellos otros que disfrutan de un empleo particular bien remunerado gracias a sus contactos públicos, a sus conocimientos. Ése es el caso de don Eduardo Zaplana.
Don Eduardo Zaplana Hernández-Soro. De él hablo hoy en mi columna de El País. Su marcha («vete ya», le decían algunos correligionarios como el propio Francisco Camps) fue la pérdida de un activo popular: tal era su dinamismo, esa simpatía descarada y atrevida de quien lo tiene todo por ganar. Desde que el señor Zaplana no está para urdir planes y proyectos, las cosas languidecen en la Comunidad Valenciana. Los eventos son sucesos y los grandes acontecimientos son anécdotas parroquiales.
En esa columna hablo de la portentosa ascensión del señor Zaplana. Menciono de pasada el patrimonio abultado que se ha hecho y aludo a la colocación que ha obtenido para retirarse, para pasar sus últimos años de vida laboral: un empleo en Telefónica que todo contratado ambicionaría para sí, un empleo de postín, de campanillas, de tratos, de contactos, de conocimientos, de informaciones privilegiadas que obtuvo en puestos estratégicos (como presidente de la Generalitat, como ministro de trabajo, como portavoz del Gobierno).
Ignoro si la pensión oficial que le queda le da para ir tirando o sólo para ir tirandillo. Ciertos cálculos indican que el señor Zaplana ha multiplicado por diez sus ingresos tras el fichaje por Telefónica. En todo caso, la foto de El Mundo, de 2008, con la que encabezo este post atestigua su bienestar material: por esas fechas figuraba en el quinto lugar del Ranking de la elegancia según el Magacine de dicho diario. Se nota que se pagaba trajes de buen paño. Se nota que es un free rider de otra pasta: va a la suya.
Hemeroteca
Justo Serna, «¿Dónde está Eduardo Zaplana?», El País, 11 de mayo de 2011

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