Blog enlazado por El País (Comunidad Valenciana)
Pensaba bajar la persiana y anunciar las vacaciones. Pero no puedo, lo demoro. Termino de leer en la prensa
digital informaciones referidas a los atentados en Noruega, ocurridos exactamente en la isla de Utoya y en Oslo. Resulta estremecedor que un demente pueda hacer tanto daño. No hace falta que esté muy bien armado. En estos casos basta con tener la intención de matar y basta con tener la habilidad suficiente.
Somos objetivos fáciles. La gente se relaciona, se trata, se ama y se detesta. Llega el verano y nos volcamos al exterior… Supongo, además, que en los países nórdicos las personas aprovechan y difrutan con celo y con codicia el buen tiempo, el sol y las temperaturas moderadas. Se reúnen y discuten, charlan y piensan en un futuro que nadie les ciega. O eso creen.
De repente, alguien dispara y tras el tiroteo mueren algo así como ochenta personas. De repente, alguien hace explotar un coche-bomba con el resultado de siete víctimas. En el momento de escribir esto hay confusión sobre la autoría y el perfil de los atentados. Sin duda hay que atribuirlos a fanáticos. Anders Behring Breivik, un hombre de 32 años al que se vincula a la extrema derecha, ha sido detenido. No quiero conjeturar nada sobre ello. Primero, porque me faltan datos; segundo, porque cualquier especulación parece aumentar el dolor infligido, el daño mortal que se ha ocasionado.
No sabía cómo titular esta entrada, que no será la última de la temporada (pues espero terminar con un post más esperanzador u optimista). Acababa de leer en Babelia el artículo-reseña de Santos Juliá sobre la Guerra Civil española y acababa de leer ciertas precisiones sobre El holocausto español, de Paul Preston, ese título tan polémico cuyo exceso y analogía me incomodan. Pensando en ello me han venido a la cabeza dos palabras. Masacre y matanza.
El diccionario de la Real Academia define muy bien qué es una masacre. Es un sustantivo que procede del francés massacre. Significa «matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida». Se ajusta especialmente a lo sucedido en la isla de Utoya y en Oslo. Pero leo la voz matanza, tan española, y casi la prefiero: «mortandad de personas ejecutada en una batalla, asalto, etc.» Más aún, matanza es también la «faena de matar los cerdos, salar el tocino, aprovechar los lomos y los despojos, hacer las morcillas, chorizos, etc.» Tiene un sentido instrumental y pobretón, no sé. Quizá Paul Preston podía haber titulado su obra así: La matanza española. Tendría una significación muy precisa, muy exacta, dolorosamente castiza.
Pienso en lo ocurrido en Noruega. Sin duda, el número y las intenciones son muy inferiores, no son comparables a la matanza española. Pero pienso también en lo que es el fanatismo. Me estremece todo esto. Empieza el verano y, como siempre, las redacciones de los periódicos quedan despobladas. Sin embargo, los horrores más sangrientos de los últimos años ocurren en período estival. ¿Recuerdan el 11 de septiembre de 2001? Ha pasado ya una década: ay, los números redondos. En fin, me callo ya.
Volveré en otro momento para anunciar el descanso del blog. Hoy no puedo…
Lunes, 25 de julio. A lo largo del fin de semana he ido leyendo artículos, reportajes, análisis sobre los atentados de Oslo. De todo lo que ha caído en mis manos (El País, El Mundo, Abc, etcétera), aquello que más me ha sorprendido es la temeridad de algunos columnistas españoles. ¿El más osado de todos ellos? Hermann
Tertsch. Aquí lo tienen en una fotografía del archivo de Telemadrid.
Recuerdo que el sábado 23 de julio por la mañana decidí escribir este post, su primera parte. Al rato, cuando ya lo había completado, leí el artículo de Tertsch en Abc. Quedé estupefacto. Como tantas veces, este periodista confunde sus ensoñaciones con lo real, sus pesadillas con lo material, sus obsesiones con lo histórico. Tituló su columna El golpe a Oslo. Qué error, qué inmenso error.
Es un ejemplo de especulación indocumentada: parlotea sin pruebas, quiero decir. Tertsch da por sentado que los atentados son de inspiración islamista. Atribuye el golpe al hecho de ser Noruega «un país muy significado de la OTAN». Para rematar el argumento añade: «Tiene una colonia paquistaní considerable». Esto es, acusa insidiosamente a los paquistaníes de Noruega. Por supuesto, el atentado sólo puede deberse a que dicho país es «una nación defensora de los valores occidentales, lejos de los relativismos culturales en boga en otros lares». Terstch dixit.
Su percepción de lo real es sesgada, precipitada. Describe lo que ve, pero carece de gran angular. Únicamente contempla lo que él sabe de antemano. Sólo al final reconoce que todo lo anterior puede ser cierto si se cumple la hipótesis que no ha presentado como tal: «Estas son probablemente las claves» del atentado, concluye. Al escribirlo –por cierto, con una sintaxis torturada:»Aun no asi sobre el suceso de la isla de Utoya…–, no barajó la posibilidad de que el fanatismo fuera el de un sedicente cristiano. No admitió la posibilidad de que alguien de la extrema derecha fuera el culpable de la matanza. ¿Cómo se llama a alguien que presenta así las cosas? En castizo, a eso se le llama sectarismo.
Qué cruz.


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