¿Por qué Marx tenía razón?

Uno. Hay autores que no es posible leer, sólo releer. Eso decía Jorge Luis Borges de los clásicos. Aun cuando no hayamos consultado ninguno de sus libros o aun cuando creamos ignorarlo todo de ese autor, sabemos muchas cosas de él, cosas correctas o tergiversaciones. En el ambiente actual está Karl Marx. Años atrás parecía muerto y bien muerto. Y sus ideas parecían un resto equivocado del siglo XIX. Ahora, por el contrario, parece sensato releer sus obras, al menos algunas de sus páginas más vibrantes, más perspicaces.

Yo lo vengo haciendo desde hace años. En 2007, por ejemplo, ya puse un post bien explícito, que titulé Por qué hay que leer a Marx. No mejoro. Incurro. En otoño o en primavera suelo leer sobre el marxismo, como suelo releer, por ejemplo, el Manifiesto comunista (1848) o ciertos pasajes de sus obras mayores. Es un choque saludable, un purgante intelectual. No sé si lo he dicho ya en alguna ocasión. Cuando me amodorro, Marx me despierta. Me administro unas lecturas como tónico o como tóxico: eso sí, en dosis moderadas. No porque crea que tiene necesariamente razón, sino porque me saca de mis casillas: me hace preguntarme sobre lo presuntamente obvio.

A comienzos de los años noventa, cuando el triunfo del liberalismo era universal y la caída de la URSS era inminente, alguien dijo que el marxismo sólo sobreviviría en lugares remotos y clausurados como Albania o los campus de algunas Universidades anglosajonas. La primera parte del vaticinio no se ha cumplido. La segunda parte de esa profecía, sí: en ciertas Facultades inglesas, por ejemplo, hay notables pensadores que cultivan el marxismo.

Dos. Uno de ellos, uno de esos autores, es Terry Eagleton, crítico literario y profesor de teoría cultural. Hace unos años escribió un artículo sobre la vigencia insólita de Marx, que Anaclet Pons tradujo en su blog. Ahora, de este investigador nacido en Salfor la editorial Península publica un libro con el título de Por qué Marx tenía razón (2011). 

El arranque es prometedor. “Este libro se originó a partir de una única y llamativa posibilidad: ¿Y si todas las objeciones que se plantean más habitualmente a la obra de Marx estuvieran equivocadas? ¿O, cuando menos, aun no siendo desatinadas del todo, sí lo fueran en su mayor parte? Con esto no pretendo insinuar que Marx no diera jamás un paso en falso. No soy de ese género de izquierdistas que, por un lado, proclaman devotamente que todo es susceptible de crítica y, al mismo tiempo, cuando se les pide que propongan aunque solo sean tres puntos importantes que se puedan reprochar a las tesis de Marx, reaccionan con malhumorado silencio. Yo mismo tengo mis propias dudas acerca de algunas de las ideas marxianas y creo que este libro lo pondrá suficientemente de manifiesto. Pero la verdad es que Marx tuvo la suficiente razón a propósito del suficiente número de cuestiones importantes como para que llamarse marxista pueda ser una descripción razonable de uno mismo”.

El día en que empecé dicho volumen me leí en un santiamén más de cuarenta páginas. A las dos de la madrugada tuve que dejarlo. Podría haber seguido sin pegar ojo: tantas son la gracia y la garra del libro, tanta es la polémica que me provoca, tan ardorosamente argumentado está. Qué divertido puede ser el pensamiento bien escrito, bien razonado, sin artificios expresivos o charlatanerías vulgares.

Tres. ¿Podemos leer a Marx con provecho? Claro que sí. Sorprende cómo cambia la literalidad de lo dicho conforme cambia tu contexto, circunstancia o momento. Por supuesto, no se le puede atribuir lo que no dijo. Pero lo que sostuvo fue frecuentemente ambiguo e incluso contradictorio. Por un lado podía sostener una concepción de la historia determinista y por otro lado confiaba en la acción humana, esa que se despliega gracias a la razón, a la voluntad, incluso a la pasión. En Marx hay un romántico y no sólo un hijo de la Ilustración que se cree científico; hay un trágico que habla en términos épicos de la burguesía y hay un profeta cuyos vaticinios son escasos e imprecisos.

Pero sobre todo hay un observador atento, un analista obstinado. El Marx que describe Terry Eagleton siempre es un pensador que vive tentando el mundo: aunque confía en un futuro mejor, no sabe cuál es el destino real de las fuerzas desencadenadas. Felizmente, ese Marx es menos egregio y consumado que el trazaran tantos marxistas posteriores. Por eso, su porfía analítica me parece cercana a la de Antonio Gramsci. Apesar de la distancia temporal y generacional se parecen: ambos son dos individuos finalmente aislados que estudian lo real con enciclopedismo y con erudición, con pocos datos disponibles, ensayando. Pero eso que hacen es lo que razonablemente hay que hacer: adelantan explicaciones e interpretaciones sin esperar que la marcha inexorable de la historia salve la situación. No se resignan.

Leer a Terry Eagleton, un socialista inglés tan refinado, nos permite saber qué es el pensamiento, cómo releer: los clásicos no son figuras fijadas y no hay hermenéutica o comprensión definitivas; los clásicos no operan con abstracciones, sino con su tiempo concreto, con sus problemas irresueltos. Pero, eso sí, se plantean las preguntas más audaces. El Marx más osado y perspicaz es el que aparece en estas páginas. Son muy alentadoras: animan a pensar y a hacer, a intervenir, pues cualquier tiempo pasado fue peor. Ahora nos desconciertan los mercados y la tecnología nos cambia completamente. En tiempos de Marx, las fábricas humeantes y la internacionalización del comercio y de la cuestión social desmantelaron un mundo de certidumbres y arraigo. Aunque sólo sea por eso, estamos en tiempos de Marx. Releamos. Veamos otra vez qué se preguntó…

 

Hemeroteca del blog

Marxismos, Los archivos de JS, 9 de febrero de 2010

Hemeroteca del día

Justo Serna, “El charlatán”, El País, 16 de noviembre de 2011

8 comments

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  1. jserna

    Yo no tengo claro el diagnóstico. Por eso, no sé si se han fijado, pongo entre interrogantes el título de Terry Eagleton (tan lúcido, por otra parte). Yo no creo que estemos ante una dictadura del capital. Dicho así, creo que banalizamos la expresión ‘dictadura’: lo que no significa que no estemos ante una circunstancia deplorable. Pienso que Marx tenía perspicacias realmente sorprendentes. Otra cosa es que tuviera razón en todo lo que decía. Justamente Terry Eagleton se muestra prudente. Un saludo.

  2. David P.Montesinos

    Si hubiéramos creído ciegamente en Karl Marx como profeta, la caída del Muro de Berlín podría ser un acontecimiento demoledor en contra de la pretensión de regresar una y otra vez a sus textos. Si leemos a Marx como analista y diagnosticador de las sociedades de la Revolución Industrial -sus condiciones históricas de posibilidad, sus tensiones, su dinamismo, su expresión ideológica, sus mitos…- y asumimos la vigencia que dichos análisis sostienen, entonces declarar su obra obsoleta es simple torpeza.

    En una ocasión, preguntado al respecto, Manuel Fraga dijo “yo no creo en la lucha de clases ni en todas esas antiguallas”. Pero, claro, don Manuel está al corriente de todas las últimas corrientes del pensamiento, de ahí lo rabiosamente actual de su background intelectual.

    Yo creo, al contrario de lo que tanto se dijo hace dos décadas, que estamos en el momento ideal para releer a Marx. La marxología se ha hecho pedazos, ha explosionado, y eso, lejos de una desaparición en la nada, supone la proliferación de pecios a los que puede merecer la pena agarrarse para orientarse mejor respecto a lo que se nos viene encima. Además tiene otra ventaja: nos hemos librado de los pelmazos que se presentaban como ortodoxos y declaraban hereje a todo aquel que no repitiera todos los mantras habituales en la secta. Hoy, por fortuna, no se nos puede insultar llamándonos “revisionistas”, todos lo somos. Y lo bueno es que seguimos revisando.

    Se debe volver a Marx por la misma razón por la que no pienso dejar de volver a Nietzsche o a Weber: son maestros pensadores. Si les abandonamos -o mejor, si dejamos que ellos nos abandonen- entonces perdemos ángulo de visión, pues hemos dejado a oscuras espacios gigantescos. Y han de ser, por supuesto, lecturas críticas -me acuerdo siempre de Adorno cuando pienso en un estilo de lectura marxiana especialmente aguda-; por eso creo que ni siquiera hace falta aclarar que no se comparten algunas de sus posiciones, como si recomendar que se volvieran a leer los Manuscritos o el Manifiesto requiriera acreditar que uno no es “marxista”.

    Y por cierto, ¿por qué siempre nos olvidamos de Federico Engels? Es un caso de humildad intelectual absolutamente inaudito en la historia. Pero que él se negara a reconocer la trascendencia de su labor no significa que no la tuviera…

  3. jserna

    Voy a estar de acuerdo con usted, sr. Montesinos. Ya discreparemos abundantemente cuando hablemos del asunto zombi. O del miedo, que es de lo que yo voy a hablar.

    Fíjese con lo de Engels: hasta yo mismo había olvidado que había escrito una reseña sobre la biografía de Tristam Hunt que publicó meses atrás Anagrama. La reseña apareció en la revista Mercurio:

    http://www.revistamercurio.es/index.php/revistas/660-37ensayo-y-poesia

    Y hasta había olvidado que en el blog introduje el caso de Engels. Tanto hablar de marxismo y olvido al correligionario. Qué barbaridad. En ese post hablaba de marxismo. Y hablaba de lo que de ahora en adelante llamaré el draperismo. ¿Sabe a lo que me refiero? A esto: vayan al segundo punto, tras la biografía de Tristram Hunt:

    https://justoserna.wordpress.com/2011/06/18/el-capitalismo-etcetera/

  4. F. Feliu

    Patètic Serna. I borde. No tens opinió pròpia perquè sempre t’amagues al costat d’algú. El Marx el Montesinos i ara el Lillo. Sempre fotent el que no pot defensar-se. Què t’ha fet ningú? Ara tocava el “popular” vetitat?

  5. jserna

    Sr. o sra. Feliu, no entiendo su inquina. Creo tener opinión. Creo que no me escondo. Por Dios: si no hago más que exponerme (alguna torta recibo por mail). ¿Usted cree sinceramente que me escondo tras “el Marx el Montesinos i ara el Lillo”. De verdad que no entiendo su requisitoria.

    Sólo le pediría que no me insulte.

  6. las artes

    ¿Por qué deberían decidir ahora cortar hoy la filosofía, y no también la literatura mañana, podemos preguntarnos? Es exactamente el mismo caso para la literatura: no es rentable. O muchas lenguas, que no son rentables, excepto las lenguas que necesitan para ir a la guerra. Y puede ya afirmarse que es lo que han estado haciendo; si se han dado cuenta, en algunos campus universitarios ya no hay departamentos de estudios árabes, ahora los llaman “estudios de seguridad” [risas], porque así es como quieren retorcer las cosas. Lo que ustedes estudian “seguridad”. Deberíamos contar con estudios sobre el terror, estudios de lucha contra el terrorismo, es decir, hacer de las universidades instrumentos totales y completos del Estado y sus necesidades. Y eso hay que combatirlo.

  7. francisco rodriguez

    sr. montesinos, después de leer su comentario nada mas puedo añadir excepto que lo aplaudo y suscribo absolutamente. saludos

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