20-N. Echo un vistazo a la página de El País digital antes de las 20 horas del 20 de noviembre. De su portada veo que ha desaparecido Alfredo Pérez Rubalcaba. Es el síntoma
de lo que se avecina. ¿Acaso porque ya lo dan por perdedor? Sí. Pero la derrota también tiene su épica: si el perdedor asume con elegancia los resultados, esa condición provoca inmediatamente nuestra simpatía. No, se me responderá. Nadie se acuerda de quién llega segundo, de quien es medalla de plata si el ganador le saca muchos minutos de ventaja.
Antes de las veinte horas, en el mismo periódico leo una declaración de Mariano Rajoy. Está ofreciéndose: dice estar dispuesto a todo lo que los españoles le demanden. ¿Por qué tiene que hacer estas afirmaciones tan obvias? El candidato popular es el hombre corriente, l’uomo qualunque. Encabeza la lista más votada: ahora sí, ha ganado las elecciones. Lo confirmamos tras las ocho de la tarde. Poco tiempo después corroboramos la amplitud de la victoria. Alfredo Pérez Rubalcaba, solo, con gran elegancia ha asumido la derrota.
Gasoil. Un pariente mío llama Gasoil a Mariano Rajoy. ¿Por ojeriza, por malicia? No. Por error, por un simpático error, confunde el apellido del candidato con el combustible. Bien mirado, no está mal. Es lo que va a necesitar Mariano Rajoy: un motor de largo mantenimiento y el depósito lleno. Por lo que sabemos, el depósito está casi vacío. Lo consumieron con alegría en «la época de los excesos». Días atrás así calificaba El Mundo de Valencia la etapa de Francisco Camps. ¿La epoca de los excesos? Qué benevolencia.
Pero abandonemos Valencia y regresemos a Madrid. O, mejor, regresemos a Génova. Mariano Rajoy ha dicho en su comparecencia que quiere ser el presidente de todos, de los que le han votado y de quienes no. Ha dicho también que no habrá sectarismo. Ha insistido en que habrá contención. El Partido Popular ha de convencernos de que va a ser así. Aquí, en Valencia, tenemos una larga experiencia de lo contrario: de despilfarro, que ellos llaman largueza. ¿Sólo lo vemos unos cuantos?
Que el Partido Popular obtenga tan excelentes resultados en la Comunidad Valenciana, ¿a qué se debe? ¿A la debilidad de la oposición socialista? Sin duda, que el partido rival tenga un líder tan escaso no ayuda. Y no conforta que la derrota sea colectiva o de Alfredo Pérez Rubalcaba. El PSPV ha de revisar la agenda y ha de remover a quien la dicta. Pero hay algo más, algo profundo en esto que aquí sucede. Tiene que ver más con la sociedad valenciana que con los oponentes. Tiene que ver con el espejismo y con la hegemonía.
España entrega al PP todo el poder. Leo ese titular en El País digital. Figura en la portada y en la sección de política. Es prácticamente idéntico al
que encontramos en la primera plana de la edición en papel de El País: La crisis da todo el poder a Rajoy. Que podamos visualizar el triunfo es un requisito de la comunicación de masas.
Hace cuatro años, Mariano Rajoy prácticamente se despedía en el balcón de la calle Génova con aspecto serio, contrito. Viri, su esposa, aparecía recostada prácticamente llorando. Ahora, la fotografía de Cristóbal Manuel que ilustra la edición impresa transmite un contento verdaderamente exultante.
Primero, parece la instantánea de una boda. Que se besen, que se besen. No merece mayor reflexión. Segundo, parece un acto de reparación tras la segunda derrota de Mariano Rajoy. Se lo merecen, se lo merecen. Y tercero, parece un colofón narrativo: tras la travesía, el hombre que aguanta un partido largo acaba triunfando y además se lleva el beso de la chica. Entró, entró.
Vivimos en una cultura de folletín y, por ello, necesitamos finales felices, sobre todo en momentos de tribulación. Alfredo Pérez Rubalcaba salió solo: y sólo para asumir corajudamente la derrota. Ahora, en esta fotografía, vemos a Mariano Rajoy sin sus acólitos, sin los adláteres: tan frecuentemente inquietantes, lenguaraces, bocazas. Aparece también solo: únicamente con la esposa que confirma o sella con un beso ese logro. ¿de tornillo?, me pregunta un chismoso y chistoso corresponsal.
Es inquietante, muy inquietante, todo ese poder que España le ha entregado, según la frase de El País. En España, al menos en este país, las elecciones no las ganan los partidos. Ni quiera los candidatos mejor o peor preparados. Los triunfos electorales son fruto de la corriente y de la expectativa.
Ya dije que Alfredo Pérez Rubalcaba tenía como principal enemigo el malestar, la constatación de un malestar insuperable. Muchos electores que han votado al PSOE se preguntan cómo un obrero o un desempleado pueden dar su sufragio al PP, una organización conservadora.
Habría que invertir la pregunta. ¿Cómo pueden votar al candidato socialista el trabajador irritado o el parado que ha perdido la esperanza y la paciencia, si el malestar material y sus estrecheces tienen un directo responsable al que culpar?Han perdido el miedo a la derecha, a un Mariano Rajoy que se presenta como un hombre corriente, precisamente.
La causa de la derrota no es sólo el antizapaterismo rampante que la caverna ha cultivado con porfía y malas artes. Hay algo más. ¿Recuerdan la campaña del 11-M y sus conspiraciones, la mano que enreda? ¿Recuerdan lo que se dijo sobre el matrimonio gay? ¿Recuerdan lo que se dijo sobre el agua, el himno del riego?
Al final, lo que queda es una lamentable constatación: la crisis es gravísima y todo se fía a una muda quizá prodigiosa, a un cambio incluso taumatúrgico. Pero sobre todo algunos –los conservadores de aquí y de allá– han cultivado el victimismo: de esa impresión no se sigue un buen resultado para el que manda. Ya que hablamos de conservadores: ¿recuerdan lo que ocurrió con Winston Churchill tras la guerra? Lo que no logró Adolf Hitler, lo consiguieron las urnas y la grave crisis material y las penurias de la inmediata posguerra: apearlo. Lo derrotaron las expectativas.
La izquierda: dos o tres cosas que sé de ella
Una. Ponerse de acuerdo con una lista unida y con un voto unitario es algo lamentablemente improbable entre las izquierdas de España. Entre otras cosas, porque no parece haber nadie resignado a perder algo para ganar un poco o bastante.
Dicho así, «las izquierdas», suena antiquísimo. Pero es que hay que hablar en plural. No hay una única forma de entender la opción progresista. Quienes tenemos simpatías socialdemócratas no queremos que nos confundan con los leninistas o con los maoístas, pongamos por caso. Yo, al menos, no. Pero entiendo que deba pactarse electoralmente.
Las diferentes derechas que están bajo las siglas PP aceptan –aunque sea a regañadientes– una única lista y un solo candidato, por corriente que sea. ¿Implantarán el programa confesional o tendrán que acordar entre las distintas familias políticas que lo componen un plan más laico?
Dos. Por otra parte, lo que las izquierdas españolas no han entendido o aceptado son tres cosas:
Primera. El voto es de suma cero. Lo que una opción gana, la otra lo pierde para beneficio del único rival que tienen enfrente: un Partido Popular que agrupa a todas las derechas, desde los ultras hasta los templados, desde gentes sensatas hasta tipos temibles.
Segunda. Se necesita un pártido-ómnibus: unas siglas comunes. O, en su defecto, unas listas comunes, unas listas-ómnibus que agrupen a los diferentes. ¿Lo aceptarán unos y otros? ¿Lo aceptarán los respectivos aparatos?
Tercera. Hay que desplegar una hegemonía cultural, propiamente cultural: un consenso sobre las cosas y su significado. Sin sectarismo ni izquierdismo. Con apertura y sentido crítico. No se trata de agruparse todos en la lucha final, como reza La Internacional, sino de atraer un voto de amplio espectro, como hizo el PSOE en sus mejores tiempos.
Tres. Pero el partido socialista necesita penar por los errores cometidos. Y ello a pesar de haber presentado a Alfredo Pérez Rubalcaba, un candidato excelente, aunque… cansado. Su rostro se avejentó de repente, en plena campaña electoral. En cambio, Mariano Rajoy parecía milagrosamente en forma. Las buenas expectativas tonifican mucho, ya se sabe.
El PSOE tiene un electorado más volátil. Y el PP tiene convencidas a las clases medias, que perdonan la corrupción u olvidan el apocalipsis diario a que nos sometían los populares con la crispación (España rota, matrimonios gays, etcétera). En los últimos meses no ha hecho falta convocar manifestación alguna en la que expresar su santa indignación. La crisis económica ha sido el principal aliado del PP ante un partido socialista que ha sido rebasado por los acontecimientos. Por cierto, con escasísima capacidad de reacción. Y perdiendo. ¿Perdiendo qué? Perdiendo, entre otras cosas, la hegemonía que ejercía sobre el electorado ancho, y ahora castigado, de las clases medias españolas.
¿Habrá reacción en el Partido Socialista? ¿La habrá en el PSPV? ¿Jorge Alarte se siente concernido? ¿Tomará alguna decisión personal tras una derrota tan grande, más grande que la media española de su partido? Compromís ha conseguido representación en las Cortes. Un diputado. ¿Se sentirán pagados y satisfechos con el número de escaños? ¿Servirá su diputado para torcer el curso de las cosas? En el caso de Izquierda Unida, a su líder se le ve satisfechísimo, un Cayo Lara exultante. No me lo explico. ¿Se puede sacar pecho cuando el partido al que disputas los sufragios progresistas te adelanta en cien diputados?
Etcétera.
Enhorabuena a Isabel Burdiel por el Premio Nacional de Historia



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