Julio Camba. Leo Caricaturas y retratos (2013), de Julio Camba en Fórcola. La edición corresponde a Francisco Fuster. Comienza a valorarse lo que este joven investigador hace: selecciona una gavilla de textos perdurables, los corrige, los asea y los introduce con madurez. En este tiempo apresurado, que un erudito documentalista haga esto y lo haga para el gran público es de agradecer. Nos hace leer lo que aún nos pertenece, sin envanecimientos, sin engolamientos académicos.
He disfrutado las semblanzas que ahora muy justamente glosa con brevedad Luis Antonio de Villena en El Mundo. ¿Qué hay en Camba, que tanto interés despierta? El episodio que revela, el rasgo de destapa, el tono entre jocoso y severo. Es un cronista, sí, pero es sobre todo un fisonomista.
Caricaturas y retratos me parece un volumen de excelente factura con una introducción imprescindible. Sólo una pega: el Camba terminal y el Camba incipiente no son lo mismo. Hay, sin duda, un rasgo indeleble y hay una voluntad explícita de retener el mundo y sus hombres con la palabra, con el adjetivo –ya dijo Josep Pla que era la parte más importante de la oración–, con la paradoja y con la anécdota.
Son vidas reescritas según el enfoque de un tipo serio y guasón a un tiempo. Hay algunas piezas que me parecen filigranas y otras que se me antojan aliños de rápida confección. Pero un periodista que sabe escribir es una perla. Resulta un observador. Justamente es eso Camba en estas Caricaturas y retratos: un fisonomista. No hay que abrumar con erudiciones sin fin. Tampoco hay que hacer literatura esforzada, de lirismos torpones. Con Camba, la semblanza parece salir sin dificultad.
No siempre entiende a sus escritores, pero qué bien los perfila. ¿Para qué? Yo creo que está claro desde el principio del libro: para protegerse, para ampararse, para reproducirse o proyectarse en autores a los que admira o detesta. Es un tipo llegado de la Galicia profunda y Madrid le da el todo. O eso cree. En cualquier caso, escribe sobre autores que han llegado al público, que han logrado celebridad y un sinfín de glosas. En Camba, el retrato es una alusión al referente que allí estuvo; es un trazado sutil y a veces grosero de un espejo en el que el periodista se ve reflejado o deformado.
Francisco Fuster es un tipo hábil: hace como que no trabaja, como que Camba resucita de milagro. No lo crean. Quien lo exhuma es Fuster, que aprecia el idioma español de otro tiempo. Quien lo edita primorosamente es Javier Jiménez en Fórcola. El periodista gallego sale a la luz, nos llama la atención: desde esa ilustración de la cubierta hasta el detalle de su prosa. Yo dejaría la actualidad y me iría a otro tiempo: esa época en que los periodistas gozaban de eso, de tiempo, sobrados de horas y de habilidades. De momento, me quedo en esta época tan desastrosa, no menos lamentable que la España que a Camba le tocó vivir.
Friedrich Nietzsche. La entrada que Julio Camba dedica al filósofo alemán en Caricaturas y retratos (Francisco Fuster, Fórcola, 2013) es, seguramente, uno de los textos menos ocurrentes, menos elaborados. Nietzsche era difícil de captar, de retener, de comprender. Para cuando Camba escribe (1913 y 1915), hace años que Friedrich ha muerto: Alemania es un bullicio patriótico, un ardor nacionalista, la antesala de lo peor.
Nietzsche parece el inspirador de un renacer y así nos lo dice Camba. Pero lo que olvida Camba es que Nietzsche batalló consigo mismo, que fue un individualista cotumaz. No pasó de enfermero en el campo de batalla y su militarismo fue apocado y aplacado. Su imaginación guerrera fue una fantasía enferma, una demencia que no podía comunicarse.
Pero Camba es muy perspicaz: sabe ver el uso o el mal uso que de Nietzsche hicieron los alemanes. ¿Genio, locura? Ambos estados del alma los tiene en cuenta ese gran fisonomista que fue Camba. Venga, anímense, lean al periodista gallego: mejorará su español y perfilarán su ironía. De paso verán: Nietzsche no es una antigualla; es un autor que entonces dolía. Ahora sigue hiriendo.
Sin duda, la eternidad se logra saltándose las fronteras del tiempo. Pocos escritores lo alcanzan; pocos se engalan con el estatuto de clásico. Un clásico no es una pieza de museo; tampoco un objeto o sujeto reverenciados y no usados.
Los grandes sobresalen y te dejan incómodo, te dejan inhábil, sin saber qué hacer. Un escritor que rebasa su era es un individuo que se adentra en el pasado para anticipar el presente, para observarlo y diagnosticarlo. Julio Camba trata de gente corriente y de grandes, de imperecederos y de autores olvidados. Lo que llama la atención es la guasa con que los enfrenta. La sorna con que se ríe de la posteridad.
Vicente Blasco Ibáñez. Resulta sorprendentemente certera la ironía con la que Julio Camba trata a su contemporáneo Vicente Blasco Ibáñez. La semblanza que se recoge en Caricaturas y retratos data de 1912 y la finura con la que se emplea es exacta. Blasco despertó las envidias de los letraheridos, de los galeotes de la pluma, de los reporters.
Era capaz de escribir una novela en un santiamén y era capaz de soliviantar al pueblo con su periódico homónimo: dirigía un diario, precisamente llamado El Pueblo, que era material explosivo, de petardo y detonación. Blasco era capaz de describir con tino la Valencia agraria o urbana, idealizada y a la vez vilipendiada, y era capaz de imaginar una utopía austral, allende los mares, en aquella Argentina tan prometedora.
Julio Camba admira su enormidad, su activismo. Al mismo tiempo, escéptico y sobradamente cínico, descree de su poderío. Camba desconfía del dinamismo de Blasco. ¿Un español conquistando el mundo? ¿Un valenciano adueñándose de su público? Estos excesos mediterráneos son bravuconadas. Y son afirmación de una psique expansiva. Pero sabía escribir, admite Camba.
Mi experiencia con Blasco es algo distinta. Le admito a Camba su interés y su repelús. Pero Blasco nunca fue un escritor propiamente admirable. Que uno redacte torrencialmente no significa nada; que uno capte los caracteres y psicologías locales, tampoco es gran cosa: el roce hace el cariño y el hábito facilita las descripciones. En Blasco, todo era tan sanguíneo, tan explosivo, en efecto. Sus mejores páginas son siempre las remansadas, aquellas en las que no pasa nada. Demasiado poco para un tipo tan excitable.

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