Catacombes


CartelCatacombesUno.
Leo un libro sobre la mierda, la historia cultural de la mierda. Su autor es Florian Werner y se titula La materia oscura. Trata del producto de los intestinos, de lo que circula y se retiene, de lo que finalmente sale. Hay vida, vida orgánica, y hay restos jamás expelidos. La finura, la erudición y la guasa del autor son tales que, si me descuido, me orino en cada página. O me cago: damos risa tapando la materia fecal, ocultando los excrementos. Damos risa mandando a lo profundo lo que no queremos que aflore. Hacemos ruidos que disimulen los retortijones.

Dos. Las catacumbas no son sólo corredores subterráneos, cementerios bajo tierra. Imagino las catacumbas como el vientre de la ciudad. Para ello, me inspiro remotamente en Émile Zola: los intestinos que retienen, cuya materia oscura no aflora y que sólo de cuando en cuando expulsa. “La cultura humana se basa en la mierda”, leo en el libro de Werner. Quizá habría sido mejor decir que la cultura humana se basa en lo subterráneo, en lo reservado.

Tres. “Decidamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres”, escribía Louis-Ferdinand Céline en ‘Viaje al fin de la noche’ (1932). Este pasaje lo he reproducido en otras ocasiones, pero ahora quiero rememorarlo con motivo del documental, de la película que Víctor Serna está preparando sobre las catacumbas de París (http://www.facebook.com/catacombesdeparis). Está en fase inicial. Tiene muchos metros de rodaje y tiene ya hecha la locución, una voz en off bellísima que en francés nos va relatando el mundo subterráneo.


CatacombesCuatro.
En sus distintas incursiones, el cineasta no ha encontrado mierda, aunque sí restos y vida. No ha encontrado zombis, aunque sí supervivientes del mundo superficial. No sé si en sus corredores ha discurrido lo más interesante, esa verdadera historia de los hombres. O, si por el contrario, los pasillos son un espejo invertido, deformado, de la existencia epidérmica de París. O de cualquier ciudad.

Cinco. El mundo es una mierda, podemos decir. O un Infierno, podemos precisar. En todo caso, esos pasillos subterráneos de la urbe son materia de reconstrucción en un film, que nos apabullará. Faltan meses para su estreno, pero ya le digo al autor: grábalo todo, por tu puta madre, grábalo todo, que después ya veremos la superficie de las cosas, nuestro intestino, nuestro espejo.

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