La revista Ojos de Papel, que dirige Rogelio López Blanco, me pública una Tribuna, un artículo de reflexión
sobre el saber de la historia.
La historia nos ensancha la perspectiva. Saber más de un tiempo pretérito o de otro nos permite gobernarnos mejor, conducirnos con mayor sensatez y juicio. Tanteando, conjeturando. El individuo no se libra del pasado, pero lo pretérito no le justifica. Tus límites o tus logros, tus cobardías o tus audacias, no se deben sólo la historia, al respeto o a la falta de respeto que guardes a los muertos.
Si sabes lo que hicieron los antepasados, es probable que sus errores o aciertos te sirvan de enseñanza. Eso no te libra de elegir, de errar o de atinar. Pero el estudio desapasionado del pasado te proporciona información y raciocinio. Desapasionado no es desinteresado. Yo vivo la historia con sumo interés, la hago mía sin que eso signifique el puro subjetivismo. Espero objetivar mis conocimientos y espero hacer valer el dato en contexto y en proceso.
Ejemplifico lo que digo con dos casos bien sobresalientes: el libro ‘España partida en dos’, de Julián Casanova, y ‘El franquismo’, de José Luis Ibáñez Salas. Las obras de Julián Casanovay José Luis Ibáñez Salas tratan del General Franco, de sus andanzas guerreras y de la institucionalización de su dictadura en España. Son volúmenes muy distintos, pero ambos procuran placer intelectual y conocimiento, no venganzas o reparaciones. Tampoco resignaciones.
La historia no está para ganar batallas retrospectivamente, pero el pasado no es una determinación inamovible, ese fardo que deberíamos cargar por fuerza. Vivimos sabiéndonos en medio de un proceso que aún no se ha consumado. Y vivimos aupándonos, elevándonos, sopesando en fin el peso de lo remoto.

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