Viva Gracia, Viva Carr

Jordi GraciaUno. Jordi Gracia es autor de una biografía de José Ortega y Gasset que leo con gusto, con delectación. Posee como nadie el don del ensayismo, de la narativa verdadera. Te lees un biografía suya publicada en ‘Españoles eminentes’ (Fundación March-Taurus) y piensas que te vas a encontrar con un tocho académico. Y no: diría que la obra es un gracia si no fuera jugar tontamente con su apellido. Realmente les recomiendo este volumen, compartan o no todos los juicios del autor o del biografiado. Gracia decidió no hacérselo pasar mal a los lectores y eso se nota.

Como se nota en sus textos anteriores sobre Dionisio Ridruejo. Habrá sobreentendidos y quizá algún guiño que se le escape a la audencia, pero Gracia sabe atrapar con su prosa arrebatada, con su sintaxis limpia y eufórica. Es un hombre alegre. Es un tipo jovial, además de sabio y erudito cuando quiere. Es un catalán que descree profundamente de la tentación soberanista, cosa que juzga con razón como artimaña de burgueses y de familias bien.

Dos. Si me pidieran que les recomendara un libro suyo, un texto breve que sirviera de introducción, no tendría dudas: ‘El intelectual melancólico’, aparecido en 2011. Es un panfleto. No es una descalificación mía: es que el autor lo subtitula así, con la palabra panfleto. Quiere valerse de los recursos de este género literario. ¿Cuáles? La brevedad, la contundencia expresiva, la generalización y, si cabe, la movilización.

Gracia escribe sobre aquellos otros intelectuales (él también pertenece a dicha especie) que viven apesadumbrados, entristecidos. No es su caso. “El mundo marcha mal, con una decadencia insuperable, y yo me retiro”, vendría a decir el melancólico. “Padecemos una banalización de la cultura, un desgaste de la exigencia, una vulgarización. Así no se puede…”, añadiría ese intelectual. “La Universidad ha perdido todo papel rector, los profesores son peores que sus precedentes y los estudiantes carecen de cualquier preparación”, insistiría el melancólico. Gracia caricaturiza y se guasea. ¿Y quién es?

El intelectual es una figura del pensamiento, de la ciencia, del arte, de la creación. O es un figura. Pero es sobre todo alguien que aprovecha su tirón para opinar, para juzgar. Lo que le hace característico no es que sea escritor o poeta, ensayista o profesor, pongamos por caso, sino que se valga de su celebridad, mayor o menor, para intervenir en la esfera pública.

Habla X y todos callan: le reconocen autoridad. Escribe Y y todos aguardan: esperan su dictamen. El intelectual se compromete –como dijera Jean-Paul Sartre– poniéndose en un aprieto: poniéndose en un compromiso por todos nosotros. Sartre escribió, cultivó todos los géneros, acertó, se equivocó, fue seguido y tenido en cuenta.

¿Pero qué pasa cuando a ese intelectual de guardia no se le hace caso? ¿Qué ocurre cuando no se le lee o no se le atiende? Jordi Gracia lo describe con mucho salero: su carácter se avinagra y vive en una nostalgia insuperable. Con desazón y malestares varios, con edad y a punto del retiro, el intelectual melancólico observa la esterilidad de sus afanes. Por eso reprocha al mundo su mala marcha, pero sobre todo nos reprocha la poca atención que le hemos prestado, humildes mortales.

Gracia se refiere a alguien en concreto que no revelaré, alguien que deplora el estado de la Universidad como si ésta –la de ahora– fuera la peor institución de la historia educativa. Indudablemente, la Academia tuvo tiempos mejores: cuando estudiaban cuatro y el de la guitarra, si me permiten decirlo así. Aquellos sí que eran tiempos, viejos buenos tiempos: con pocos estudiantes, todos hijos de familias pudientes, y con profesores severos, muy solemnes, dotados de la máxima autoridad.

No hace falta identificar a la persona que es objeto de la andanada. Gracia arremete con mucha sorna contra los apocalípticos (por decirlo con Umberto Eco). Y arremete contra el pesimismo, esa sensación que tantos padecen o quisisieran padecer: “tras mi retiro, el mundo se perderá, pues hay síntomas de que esto va a ocurrir”. ¿Cuáles? “Mi próxima jubilación es una prueba”, podría decir el melancólico.

Fue Francisco Fuster quien me pasó su ejemplar de este libro de Jordi Gracia, cosa que le agradezco. Deliberadamente no quise leer la reseña de Fuster para que no condicionara mi impresión. Y sí, finalmente leí ‘El intelectual melancólico’. Convengo con el autor, con Gracia, asintiendo: estoy harto de tanto apocalíptico que dispone de sueldo oficial, de puesto asegurado, y a la vez deplora la decadencia del mundo y de los jóvenes. Puaj.

Gracia quería titular su libro así: ‘Panfleto contra el prestigio de la melancolía entre los intelectuales afectados por el síndrome del narciso herido’. La editorial, Anagrama, no le ha dejado por economía. Una pena, pues ese título, tan extenso, es un remedo bien simpático de otros clásicos del género panfletario.

Tres. Leí el volumen de Jordi Gracia después de haber releído por énesima vez a E. H. Carr, ese libro suyo tan serio e irónico que apareció en 1961. En ‘¿Qué es la historia?’, el historiador inglés acaba con un capítulo de título revelador: “Un horizonte que se abre”. Hay un párrafo que ilumina:

“Vivimos en un tiempo en que las predicciones de catástrofe mundial, aunque no por primera vez en la historia, están en el aire, y gravitan pesadamente sobre todos. No es posible su verificación ni su refutación. Pero, con todo, son mucho menos seguras que el pronóstico de que todos hemos de morir; y como la certidumbre del cumplimiento de ese vaticinio no nos impide la formación de planes para nuestro propio futuro, pasaré a discutir el presente y el futuro de nuestra sociedad fundándome en la presuposición de que este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y que la historia proseguirá”.

Carr habla de Inglaterra, habla del porvenir que le espera a su país y al resto de las naciones. Pero lo significativo no es sólo eso. Habla a comienzos de los sesenta. Hace medio siglo, justamente cuando él ya está a punto de cumplir setenta años. Lejos de abandonarse a la melancolía, Carr tiene un auténtico espíritu intelectual: inquisitivo y esperanzado gracias a la razón que aplica y que le sirve para tener expectativas. El pesimismo tiene buena prensa porque todo parece ir mal. Pero la esperanza crítica y razonable es una posición bien sensata en un mundo, el de 1961, en que había motivos para aguardar cambios.

Comienza la era Kennedy, pero empieza en medio de graves convulsiones y amenazas. En enero de ese año, cuando Carr ha de pronunciar su primera conferencia, Estados Unidos rompe relaciones diplomáticas con Cuba. Podemos imaginar la tensión. En febrero de 1961, los norteamericanos lanzan el primer misil intercontinental con carburante sólido. En ese mismo mes, la China popular anuncia la puesta en servicio del primer reactor atómico. Repitamos lo que decía Carr: “este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y (…) la historia proseguirá”.

En marzo de 1961, justo cuando Carr acaba sus conferencias en Cambridge, The Beatles actúan por primera vez: en el Cavern Club de Liverpool.

La historia proseguirá. A pesar de los apocalípticos. A pesar de la nostalgia.

Viva Gracia, Viva Carr.

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