El espejo del alma

imageHay personas que se nos parecen. Otras, ya lo son. No sabemos quiénes somos. Pero vamos aparentando una identidad, lo mismo, lo idéntico…, rotulados con un nombre. La mirada nos delata, los ojos nos revelan. A quién corresponde ese gesto. Tiene un pronto reconocible, pero no es quien parece ser. Es más joven, es más apuesto. ¿De quién es el doble imprevisto, el doble mejorado? Una mirada risueña. ¿De quién?

Carlos Floriano no es un varón bien parecido. Su rostro resulta algo tosco, como el de un rústico al que hubieran trajeado. No quiero decir que parezca un paleto. Sólo que su aspecto revela a ese rústico que en algún lugar del mundo es su doble, su equivalente. Hay extrañas simi

imagelitudes, sorprendentes concomitancias. Miramos una foto de cuando éramos niños y vemos en esbozo una de las posibles personas que quizá llegaremos a ser. Nos miramos al espejo y según qué poses o luces o ademanes adoptemos, así nos veremos: por ejemplo, como el individuo que no esperaba ser.

Carlos Floriano es un tipo de hablar penoso, de razonamiento tardo. Es Profe, sí, y es doctor, pero de su interior emerge el rústico que él no es aunque lo parezca. Me encontraba paseando por París con mi señora esposa y unos queridos amigos cuando de repente descubrí unos carteles. Atravesábamos uno de los innumerables corredores del Metro. Hay gente sin techo que allí se guarece, hay músicos aficionados que allí pordiosean, hay tullidos que nos muestran sus llagas, sus pústulas, sus miembros amputados. ¿Pero cómo van a mostrarnos miembros amputados?, me corrijo inmediatamente.

Hay carteles de grandes dimensiones, retratos de artistas, pósters que anuncian actuaciones, recitales, exposiciones. Veo a un Paul McCartney cuya fotografía ha sido amplia y espantosamente retocada. Luce joven. O eso parece. Pero no. Aunque viste de negro, indumentaria siempre elegante, su piel es blanquecina: el rostro, sin arrugas, se ve tumefacto, de un gris enfermo. Parece un espectro. De verdad, da pánico. Veo el cartel anunciador de la Exposición David Bowie Is, estas semanas recala en París. Su rostro perfecto y setentero, de cuando el Glam, me resulta bello.

Veo, veo finalmente, a Tano. Tano es un cómico francés. No es muy famoso, pero por lo que sé sus actuaciones de opereta y su chispa inteligente comienzan a darle celebridad. En el póster posa con una sonrisa franca achinando los ojos. Es un hombre bien parecido. Aún es joven. Lo miro fijamente, miro su expresión y el corazón me da un respingo. Es él, pero no es él. Es como su reflejo mejorado y aún bello. Unos años más y unas arrugas más, y Tano será Carlos Floriano. No puedo creerlo.

Sigo atravesando los pasillos del metro y de cuando en cuando reaparece. En uno de los carteles le noto arrugas y unos labios más abultados, el inferior ya belfo. En su cara ya se atisban los rastros de una vejez prematura, los indicios de un rostro que será estólido.

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