¿Como en casa, ni hablar?

Todo un reto es el que se plantea Manuel Rico​ en su último libro digital: dar pie a la literatura viajera, dar acogida a la palabra nómada. Yo no he podido leer aún este volumen que publica Punto de Vista Editores​. Espero reparar pronto esta falta.

imagePero ya me imagino transportado a parajes bellos, salvajes o inhóspitos, a ciudades distantes y distintas. Me tengo por persona sedentaria, aunque no hasta el punto de detestar los viajes y a los exploradores, según confesaba el antropólogo Claude Lévi-Strauss.

Seré sedentario, lo admito, pero en cuanto inicio un viaje siento un placer irreprimible. Bien es verdad que me desplazo como turista. Eso significa llevar un periplo definido, un itinerario marcado. Pero es así como solemos movernos hoy en día, haciendo turismo. Viajamos a destinos familiares y en grupo.

Todo empezó con el Grand Tour, cuando los burgueses y nobles septentrionales bajaban al Sur para así captar la vida, el sol, lo rústico y lo primitivo. Y se consumó con la epopeya de Thomas Cook, aquel avispado ‘touroperador’ (‘avant la lettre’) que organizara visitas multitudinarias a la Exposición Universal de Londres de 1851.

Pero lo significativo no es el viaje, algo tan remoto como el hombre, sino el registro de esos desplazamientos. Alguien dotado, un letraherido, observa y anota; se sorprende, se admira, y consigna por escrito lo que descubre o confirma.

¿Como en casa, ni hablar? No, no. Como fuera de casa, ni hablar. Ahora bien, hay que tener cuidado ahí fuera. Vacunarse, protegerse, establecer un cordón sanitario. Pero hay que romper las barreras perceptivas, las excesivas familiaridades, los prejuicios.

Contra nuestra creencia más arraigada, el ser humano es menos sedentario que viajero. No le agrada permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. O se desplaza físicamente o lee a los viajeros que osaron salir de la aldea. Con ese escrito, leído u oralmente relatado, los nativos se sorprenden corroborando la audacia de quien emigró.

¿Y por qué viajamos? Las razones son múltiples. Desde el ostracismo hasta el placer. La que más me conmueve es la que detalló Mario Vargas Llosa en su obra El hablador (1987).

Los machiguenga, una tribu amazónica, no arraigan: tienen la firme sospecha de que si se detienen el firmamento les caerá encima. No ven el cielo abierto, una posibilidad. Ven un masa de nubes que les aplastará si acampan indefinidamente.

Nosotros somos ya como los machiguenga: no paramos de viajar. Turistas, internautas. Etcétera. Tenemos la sospecha cierta de que el hogar y sus terminales son nuestro nicho ecológico.

Hay que asomarse al exterior. Estoy seguro de que con el libro digital de Manuel Rico emprenderé un viaje literario al más acá. Sin abandonar mi nicho y sus terminales.

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