Adiós a Manuel Talens

imageHa muerto un escritor, un prosista de mucho fuste con el que tuve la oportunidad de charlar, de bromear, de polemizar. No compartíamos las mismas ideas pero para mí siempre era un honor discutir con él. En persona o por mail.

Tuvo la generosidad de pedirme un artículo sobre su obra narrativa. Apareció en la revista ‘El maquinista de la Generación’ (Centro Generación del 27-Diputación Provincial de Málaga), número 16 de diciembre de 2008.

Lo reproduzco ahora como homenaje y despedida.

Manuel Talens. Las escrituras profanas (2008)

Justo Serna

Leer las obras de Manuel Talens es ingresar en un mundo identificable y distante a la vez. Es identificable porque está concebido con materiales históricos de distintas tradiciones, de diferentes pasados ya sabidos.

Es distante porque nada de lo que cuenta pasa realmente ahora: aunque su contexto sea el presente, en realidad su causa es siempre un tiempo ocluido o concluido del que subsisten restos.

imageLas novelas y los relatos que Talens concibe son así vías de acceso a ese pasado real y fantasmagórico, individual y colectivo. Por ello, en todos sus libros hay una referencia a la historia, a la historia grande y menuda, y hay una recreación de los recuerdos o de los vestigios que de esos pretéritos quedan en la memoria o en los documentos o en los monumentos del presente.

Nada de lo ocurrido se pierde definitivamente, decía Walter Benjamín en una de sus tesis sobre la historia, y un mero atisbo en la memoria o en la herencia de las generaciones siguientes permite su reconstrucción tentativa, un ingreso aleatorio que nos lleva a lo que realmente ocurrió según el punto de vista de un testigo. En efecto, así es.

De acuerdo con lo que Talens postula y, sobre todo, de acuerdo con lo que él reelabora en forma de ficción narrativa, el pasado se nos desvanece pero es en parte recuperable. O, como añadía otra vez Walter Benjamin, lo pretérito lo atrapamos con destellos, iluminaciones que se dan en un instante, imágenes que no llegan a desaparecer porque hay archivos, registro, memoria: sólo necesitamos un observador atento que vuelva reconocibles esos restos, que vuelva significativas las cosas pasadas.

El positivismo alumbró la posibilidad de recuperar lo remoto “tal como ocurrió auténticamente”, pero lo que de verdad sucedió no es un proceso frío o desinteresado. Aunque pueda parecer paradójico, es posible encender en el pasado la chispa de la esperanza.

No se trata de ganar batallas retrospectivamente, como dicen los rencorosos, sino de descubrir lo que se libró, de iluminar lo que se ignoraba, de exhumar.

Talens se enfrenta directamente y con humor a lo siniestro: con humor, qué remedio. Lo siniestro es aquello que habiendo sido familiar en otro tiempo se entierra o se olvida para supervivencia de los contemporáneos. Es un modo de tapar aquello que a la postre e inevitablemente regresa. Muy bien, desvelemos con ironía, incluso con sarcasmo.

La herida no cierra pero podemos afrontar las injurias del pasado de otra manera. ¿Cómo hacerlo? Decía Walter Benjamin que ese don –el de exhumar o iluminar lo actualmente ignoto– sólo lo posee el historiador que batalla: tampoco los muertos están a salvo del enemigo, si éste vence en el recuerdo de los vivos o de las generaciones siguientes.

¿Y qué es la historia? Lo que la historia confirma es que este enemigo no ha cesado de vencer. Por tanto, hay que regresar al pasado disolviendo el discurso evidente que se ha impuesto, hay que retornar para impedir que se siga silenciando a los oprimidos. Esa reconstrucción puede hacerse con la disciplina histórica, propiamente, que es lo que recomendaba Benjamin.

Un caso significativo de lo que digo es, por ejemplo, el que emprendiera Carlo Ginzburg con Menocchio: con la exhumación de un molinero del siglo XVI, perseguido y condenado por la Iglesia de Roma bajo la acusación de herejía: de materialismo, de ateísmo. Sus vestigios fueron escasos: declaraciones hechas ante los inquisidores.

¿Desechables? El historiador que se topó con su registro documental supo rescatar la palabra del vencido, del humillado, de aquel campesino que sabía leer y que hablaba sin parar, con arrogancia intelectual, con ingenio metafórico, retocando y enmendando temas bíblicos para su predicación o, después, para su declaración ante el Santo Oficio.

En efecto, Carlo Ginzburg llevó a cabo una investigación sobre este individuo poco relevante, un tipo que no cambió el curso de la historia, pero un molinero que leyendo, charlando y reelaborando motivos religiosos y populares supo expresar una idea del mundo sin Dios. Sin Dios… ni amo. Pagó por ello, claro.

Este historiador influido por Benjamín se propuso su rescate: impedir que se siguiera silenciando a este oprimido, a esta víctima que había caído por su materialismo, por su ateísmo consecuente. ¿Y por qué este acto de justicia o de piedad si todo esto ya pasó? Pues porque tampoco los muertos están a salvo del enemigo: ¿qué queda si vence en el curso del devenir, si logra liquidar los restos o vestigios, amputación que nosotros también pagaremos?

¿La historia es, pues, un instrumento de reparación? Sí, puede serlo, pero esta exhumación no sólo se hace con la disciplina histórica. También la ficción puede servir para recrear ese pasado inerte, para vengar ultrajes que aún duelen, para reparar daños reales. ¿Cómo?

Reinventando potencialmente lo sucedido, reelaborando virtualmente lo ocurrido, hechos fortuitos o acontecimientos banales que cambian el mundo; pero también apropiándose de las tradiciones de los enemigos, de su fluir, dándoles un significado nuevo o alternativo, triturando las fuentes culturales eminentes, destapando insidias y ofensas infligidas a personajes desesperados y dignos.

Incluso la religión es válida como lengua general que ha de ser reescrita con significados distintos. La iconografía cristiana, por ejemplo, está muy presente en las páginas de Talens: así no es extraño que alguno de sus personajes muestre una fascinación inconfesable por las estampas religiosas, por los santos martirizados. O la Biblia, por ejemplo, centro frecuente del acto narrativo de Talens.

La Biblia no es una suma de relatos. Es el gran relato: el principal espacio mítico y narrativo de la tradición judeocristiana, esa recreación de lo pasado y de lo fantástico. Decía Jorge Luis Borges que la teología pertenece a la literatura fantástica.

Efectivamente, es fantástica la capacidad de ese Libro para reunir mitos colectivos de origen, de destino: mitos escatológicos sobre el fin de los tiempos, sobre la Gloria, sobre el Paraíso, sobre el Juicio Final. En nuestra cultura, prácticamente no hay relato que pueda componerse que no se ciña a las referencias bíblicas, que no sea un eco de las Escrituras, que no sea un calco o corrección del Libro.

Manuel Talens es consciente de esa deuda o de esa herencia inevitable y, con gran alarde, se toma en serio su peso y su centro. Pero lo hace para reescribir con parábolas nuevas las viejas historias, para bromear muy seriamente, para chotearse, para darles voz jocunda a quienes fueron aplastados.

Ahora bien, lo que singulariza la literatura de Talens es el contraste entre la alta cultura y la procacidad, entre las tradiciones elitistas y la trasgresión popular, entre la prosa refinada y la expresión soez. Talens no nos da descanso. Suele suceder que, cuando el lector cree reposar llevado por una sintaxis precisa y cuidada, técnica o literaria, algo lo perturba, lo desconcierta: una injuria pronunciada por un personaje, una profanación verbal, una mala palabra.

Reaparece con ello lo campesino, lo remoto, lo milenario, lo popular: la cultura materialista, carnavalesca, grosera. Reaparecen lo orgánico, las heces o el pedo, el sexo o las urgencias del cuerpo: el gran pene del mundo o el mismísimo coño de la Bernarda. Estas trasgresiones son pecados propiamente y son, a la vez, homenajes a la picaresca, a la tradición cervantina, a esa cultura popular que, por su parte, supieron diagnosticar Mijaíl Bajtin o Lucien Febvre, entre otros.

Las novelas y los cuentos de Talens son exactamente eso: veo en sus páginas constantes actos de reparación en los que con arte zumbón, con elocuencia y con una prosa recia y rica, de variado registro, se da cuenta de un pasado virtual, de un tiempo evanescente, de unas injurias o derrotas pretéritas que alguien deberá mostrar para que no queden en la sombra o en el olvido.

“Teniendo en cuenta que, como lo dejó establecido el rey sabio en su General estoria, natural cosa es de codiciar los hombres saber los hechos que acaecen en todos los tiempos, y dado que muchos han emprendido poner en orden la historia de las calamidades que sucedieron…”, empezaba ‘La parábola de Carmen la Reina’.

En el archivo del pasado, de lo posible, de lo memorizado se adentra Talens. En efecto, una parte de sus historias podemos leerlas como relatos fantasiosos de la memoria, al modo de Gabriel García Márquez o a la manera de William Faulkner. Alguien sabe algo que ha de ser contado para que no se desvanezca y eso que se sabe y se cuenta no es lo que la historia oficial dictó.

En cualquier caso, que se recuperen esas versiones no es definitivo: las voces del pasado son testimonios poco fiables, inevitablemente. Pero son relatos que merecen ser recuperados para que el dominio no se perpetúe. De ahí la importancia del archivo.

El archivo, ese registro de lo inacabable, de las historias innumerables, relevantes o no. “No existe ninguna historia simple, ni siquiera ninguna historia tranquila. Si efectivamente el archivo sirve de observatorio social, solamente lo hace a través de la diseminación de informaciones fragmentadas, del puzzle imperfectamente reconstituido de oscuros acontecimientos. Nuestra lectura se abre camino entre roturas y dispersión, forjamos preguntas a partir de silencios y balbuceos”, dice Arlette Farge en ‘La atracción del archivo’.

Retengamos esta idea. Si se me permite puedo completarla con una imagen algo tópica pero no errónea: el archivo es un calidoscopio que gira ante nuestros ojos. Los personajes innumerables que pueblan las páginas de Talens –esa demografía copiosa– son también los miles de cristalitos de un calidoscopio que gira y gira.

Ahora bien, quien lo hace rodar suele ser un narrador omnisciente: alguien que fija su estabilidad y su sentido al dar una forma precisa y global a las figuras hipotéticas del pasado. Un simple movimiento de muñeca hace que giren y dependan el conjunto: yendo más allá de lo que, tal vez, había previsto el propio autor.

Esta imagen del calidoscopio, además, nos sirve para subrayar, en fin, otro elemento presente en Talens: el posmodernismo. Cuando digo esto no me refiero a la resignación posmoderna del ‘anything goes’. Aludo al experimento del amasijo, a la tentativa de quien sabe que ya está todo rehecho y hay que intentarlo de otro modo.

La literatura del posmodernismo hace de la mezcla su principio, de la hibridación su acabado: el collage artesanal, el bricolaje tentativo. Es una aleación de contrarios, elementos que nunca se juntaron ahora se avecindan con audacia o con provocación estéticas. Pero sobre todo la literatura del posmodernismo es un ejercicio de creación irónica. Se reúnen motivos o materiales que el lector suele conocer.

Ahora bien, lo inaudito es que pueda mezclarse lo que el canon había mantenido separado hasta ese momento. Se junta lo dividido pero sobre todo se hace con humor, conscientemente, admitiendo el peso de la historia, el peso de ese canon, el peso de la realidad. O, en otros términos, se hace pidiendo la colaboración o la caridad del destinatario.

Se hace también jugando a los guiños intratextuales, justamente al proporcionar al lector pistas o indicios de un mundo reconocible y propio que se amplía en cada uno de sus relatos. Se hace bromeando con la erudición implícita, explícita o apócrifa, con bibliografías académicas, parafraseando o reproduciendo citas literales, rindiendo homenajes expresos o encubiertos (a Cervantes, a Borges, a García Márquez, entre otros).

Se hace, en fin, parodiando géneros o disciplinas, reproduciendo sus marcas, su lenguaje: esas marcas que provocan efecto de realidad o que dan crédito a un discurso sólo ficticio. ¿Sólo ficticio? Con Talens nunca tenemos la impresión de estar leyendo algo sobrante o artificioso, sino el torrente verbal de quien se sirve de todo lo que le rodea, un tesoro culto y popular.

Referencias bibliográficas

1. Libros de Manuel Talens empleados:

-La parábola de Carmen la Reina. Barcelona, Tusquets, 1999. Edición original: 1992.

-Venganzas. Barcelona, Tusquets, 1994.

-Hijas de Eva. Barcelona, Tusquets, 1997.

-Rueda del tiempo. Barcelona, Tusquets, 2001.

-La cinta de Moebius. Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2007.

2. Otras referencias:

-Justo Serna, “El narrador omnisiciente”, Los archivos de Justo Serna (Blog, 4 de abril de 2008):
https://justoserna.wordpress.com/2008/04/04/el-narrador-omnisciente/

-Id., Reseña de La cinta de Moebius, de Manuel Talens, Ojos de Papel (abril de 2008):
http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=2774

-Manuel Talens, El escritorio de Manuel Talens:
http://www.manueltalens.com/

-Manuel Talens en Google:
http://www.google.es/search?hl=es&pwst=1&q=%22Manuel+Talens%22&start=0&sa=N

2 comments

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  1. Sacha Talens

    un narcisista perverso que trató a su familia como Stalin trató al Gulag. sus tres hijos ahora esparcidos por el mundo con enfermedades mentales y tantas tentativas de suicidio que no se cuentan ya. ideólogo totalitario, perverso ético, depredador sexual y padre recluso y lejano, calculador, amoral. Manipulador engreído con complejo de Dios. Que nadie, NUNCA, en ningún sitio, piense jamás que Manuel Talens fue un hombre de bien. El fue mi padre. me destruyó la vida a mi y a todos los que estuvimos a su alrededor. Y su hermano Jenaro es mucho peor que él, porque Jenaro tiene poder. No se acerquen jamás a los Talens.

  2. Justo Serna

    Oh, es terrible lo que usted cuenta de su padre. Ignoro la veracidad de sus palabras.

    Yo tuve la oportunidad de tratarlo brevemente y, sobre todo, de leerlo extensamente. Su obra novelesca es muy estimable, como es de mucho aprecio la producción de Jenaro. A ambos los sigo leyendo.

    No sé si un blog era el sitio mejor expresar públicamente los reproches de un hijo, reproches que son acusaciones. Pensaré en ello. Creo que Manuel Talens merece ser defendido o, al menos, que no se le deje a la intemperie.

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