Por qué hay que regresar a Sigmund Freud

imageLeo, leo con extraordinario interés la biografía, recién traducida, que Elisabeth Roudinesco dedica a Sigmund Freud. Se le han hecho entrevistas en Babelia o El Cultural. Leo a esta dama tan elegante, retratada para El País por Léa Crespi.

Critica a su biografiado sin hostigarlo y disfruto de sus saberes enciclopédicos. Quizá resulte excesivamente benevolente con la infancia de Freud, a la que califica de feliz. ¿Feliz? Bueno, sí, todo lo que puede ser un primogénito que adora a una madre…, permanentemente embarazada.

Hace casi diez años publiqué un artículo sobre estos menesteres. Ha envejecido bien. Creo que con mis conocimientos magros hago una síntesis aceptable de Freud. Es largo el artículo, pero aún es provechoso. Ustedes me diagnosticarán.
Por qué hay que regresar a Sigmund Freud

Levante-Emv, 5 de mayo de 2006

Reproducido también por la Sociedad Valenciana de Psiquiatría.

¿Tiene algún sentido leer hoy a Sigmund Freud? Transcurridos ciento cincuenta años de su nacimiento…, transformada, desaparecida la sociedad victoriana que fue su cuna, ¿nos aportan algo su consulta o su lectura?

Si la psicología de rango universitario o la psiquiatría oficial no se basan en los principios o en los fundamentos del psicoanálisis, ¿es provechoso seguir invocando a Freud?

Recordemos la imagen tan difundida del psicoanálisis, aquella que arranca de la Viena de principios del siglo XX y que, después, se extiende por todo el mundo gracias a su éxito americano.

La influencia ha sido decisiva y así, en el arte, en la literatura, en la filosofía, se aprecian las huellas de este judío cuyo ateísmo declarado, expreso, lo concibió como una rebelión humana, humilde y dignísima contra la fantasía de un Dios omnipotente, contra el delirio religioso. Pero, insisto, ¿es el descubrimiento del Dr. Freud un fenómeno de otro tiempo?

Su paciente es una persona neurótica, alguien que siente un fastidio más o menos doloroso y antiguo, alguien que experimenta un malestar psíquico (compulsiones, repeticiones), daños, en fin, en los que él mismo es víctima y victimario.

El enfermo de Freud es un tipo adinerado, con recursos suficientes para pagarse un tratamiento inevitablemente largo, de varios años, un tratamiento que suele obligarle a acudir tres o cuatro veces a la consulta del terapeuta.

El paciente de Freud es un sujeto aceptablemente culto y activo, dueño de un significante expansivo, capaz de elaborar un discurso que vuelca en sesiones de cincuenta minutos, un discurso que, sin embargo, no suele ser lógico. Más aún, el parloteo del analizado tiende a la dispersión, al desorden expositivo. Es allí, en la consulta, en donde el neurótico se tumba en un diván tomando al analista como interlocutor.

imageEl terapeuta es, sin embargo, alguien silencioso, casi mudo, alejado del campo de visión del analizado, alguien que anota, que sólo interviene excepcionalmente y del que, en general, no se sabe gran cosa, una especie de esfinge invisible, una suerte de depósito vacío al que el paciente transfiere sus horrores con una cháchara inconexa.

¿Y para qué sirve esa locuacidad dañada? ¿De qué habla el neurótico? Se expresa sin seguir un método narrativo, aquel que establece un planteamiento, un nudo y un desenlace; se expresa dejándose llevar por una asociación libre en la que al dolor se añade la euforia, en la que a la melancolía se unen rencores, incluso sentimientos homicidas, en la que a lo presente se adhiere lo pasado, hasta lo remoto, lo infantil, lo más alejado.

De lo que se trata es de que el analizado verbalice sus compulsiones, sus síntomas, sus sueños, sus miedos, sus fantasmas, un mundo interior que pugna por salir y que, en estado de reposo, emerge casi sin censura, sin represión.

Aquello que aflora procede, en expresión de Freud, del inconsciente, una especie de depósito interno, propio de la estructura psíquica y en el que se albergarían las pulsiones de cada uno, neurótico o no. En lenguaje psicoanalítico, las pulsiones son fuerzas psicofísicas, la energía primaria que nos mueve, la principal de las cuales sería la satisfacción de nuestros instintos más primitivos, el placer, la pura delectación, la libido corporal.

Cuando nacimos, éramos cuerpos en demanda de ser preservados y satisfechos, organismos dependientes, individuos que tardan en distinguirse, en valerse, infantes que se confunden con la progenitora, que se identifican con esa fuente nutricia y protectora que es la madre.

Crecer, dice Freud, es alejarse de ese paraíso maternal, es distanciarse de ese confuso magma infantil, tutelados, reprimidos básicamente por el padre, representante de la sociedad, de la ley, un padre al que se vive como un rival en las solicitaciones carnales de la madre.

Crecer, insiste Freud, es aprender a tolerar la frustración (ni el mundo ni la madre están sólo a nuestro servicio). Socializarse, pues, entraña una represión de aquellas pulsiones placenteras, dado que implica demorar la satisfacción adoptando la conducta correcta y moralmente adecuada que el pudor colectivo nos impone y que el padre, en lo fundamental, nos enseña.

Ahora bien, esa maduración es incompleta si aquellos instintos primarios son sofocados siempre o permanentemente, si aquellas pulsiones o urgencias son asfixiadas. En realidad, no desaparecen: se manifiestan desde el inconsciente de manera torcida, patológica, como burbujas que anuncian una ebullición sin válvula de escape, una ebullición que puede acabar explotando. Encontrar un equilibrio entre lo libidinal y lo social, lo instintivo y lo cultural, es la penosa, la esforzada tarea a que debe aplicarse el individuo maduro.

Al final, concluida la sesión, después del semirreposo, después de la ensoñación en la que ha aprendido del terapeuta a analizar sus propios síntomas, el paciente regresa a la vida de vigilia, a la existencia cotidiana en la que las pequeñas y grandes miserias continúan.

Allí procurará evitar las repeticiones dolorosas, las compulsiones neuróticas, y allí tratará de conducirse de una manera adulta, sin el daño suplementario que él mismo se inflige por error, por confusión, por unas elevadas autoexigencias. El paciente que sale a la calle se siente aliviado, incluso más ligero, sin ese fardo de malestares que de ordinario acarrea.

Este tratamiento y sus fundamentos han sido objeto de aceptación y controversia, de fidelidad y repudio. Freud creyó hacer ciencia, pero la ciencia de hoy no se apoya en los supuestos deterministas de los que él partió o no se vale de las pruebas tal como él las estableció.

Desde el principio, el psicoanálisis vienés de Freud recibió severos varapalos de los filósofos y de los epistemólogos más reputados, algunos de ellos paisanos suyos, como fueron Ludwig Wittgenstein o Karl Popper.

El primero, por ejemplo, le reprochó pasar como conocimiento científico lo que sólo o sobre todo era fantasía, poesía; el segundo le negó la mayor: los enunciados del psicoanálisis no podrían ‘falsarse’, o, en otras palabras, era tal la falta de pruebas en la teoría freudiana (y por tanto inaceptables para quienes no suscribían sus fundamentos, simple arcano) que las ideas Freud, sus hallazgos, no admitirían evidencias alternativas. Pseudociencia, pues: como el marxismo, añadía Popper.

Los freudianos han respondido a estos reproches refinando sus pruebas, mejorando sus procedimientos, depurando sus teorías, verificando en la clínica lo que la experiencia les dictaba, tarea que no siempre han compartido todos los psicoanalistas y labor que, al final, no logra la anuencia de los rivales.

En todo caso, para el individuo actual, lo que queda de la herencia freudiana es una antropología de la condición humana extraordinariamente elaborada, brava, a veces convincente, una antropología guiada por un noble fin: aliviar el dolor humano.

Pero más que esto, para los lectores de hoy, queda una obra de expresión verdaderamente admirable, un repertorio de estudios osados y muy bien escritos. Las historias clínicas, por ejemplo, son auténticos relatos que pueden tomarse como apólogos de esa condición humana averiada.

O los ensayos filosóficos, aquellos en los que Freud aventuró diagnósticos sobre la sociedad, sobre la religión o sobre la cultura, pueden leerse como especulaciones audaces. Hay dudas acerca de sus concepciones; hay reproches antiguos acerca de los enunciados científicos en los que dice fundarse; y, en fin, hay reparos serios acerca de la eficacia de su terapéutica. Aquello en lo que hay consenso, sin embargo, es en reconocerle su genio de escritor.

Sus obras tienen la morosidad y el cuidado del miniaturista, del docto, del virtuoso que rehace el mundo con la palabra. Es por eso por lo que hasta sus críticos más duros, puestos a enjuiciarlo, acaban admitiéndole al menos valor literario, la elegancia de su discurso, su virtud narrativa o estética, el goce que nos procuran sus relatos clínicos o el placer que nos proporcionan sus ensayos cuidados, cultísimos y metafóricos.

No es tan fácil, pues, enterrar a un tipo que ya sobrepasa los ciento cincuenta años y cuyo lenguaje es, en parte, el nuestro. Tanto es así, que ya no es posible leerlo: sólo releerlo. Ésa es condición del clásico, decía Borges: estamos tan embebidos de sus logros verbales, hablamos tanto su propio lenguaje que cuando creemos acceder por primera vez, en realidad regresamos.

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