El desencanto y yo

imageUno. Pasan por La 2, de Televisión Española ‘El desencanto’ (1976), de Jaime Chávarri. Me entero por Félix Vidal, que me avisa muy gentilmente. El film lo he visto innumerables veces y me sigue provocando placer, horror y repulsión.

Todo gira en torno a la figura del poeta Leopoldo Panero, muerto en 1962 y recordado años después cuando se erige en su pequeña de ciudad de provincias un conjunto escultórico que lo homenajea.

Prácticamente nadie recuerda ya a Leopoldo Panero, que es una evanescencia lírica y vaga. Y prácticamente nadie recuerda ya su poesía, unos logros expresivos que no se reeditan con éxito. No se evoca su figura con fervor.

Leopoldo Panero fue un señorito del régimen franquista, alguien dado a los excesos alcohólicos y al fascismo verboso y charlista. Tenía una gran habilidad lírica y sus hijos heredaron esa capacidad.

Heredaron también hectolitros de alcohol que corrían por sus venas así como sus demencias. Demencias, o sea, esquizofrenias, paranoias, neurosis depresivas y es un alcoholismo toscamente literario y auto destructivo. Demencia quiere decir también fantasía.

Panero era de Astorga, en León, y fue el gran amigo de Luis Rosales. O al revés: Rosales fue el gran amigo de Panero, un poeta estimable y un tipo entrometido que siempre estaba platicando y tomando copas con Panero, según nos cuenta Felicidad Blanch. Podían comenzar a charlar a las 15 horas y seguir debatiendo o farfullando a las 3 de la madrugada.

Felicidad Blanch tiene un papel decisivo en la vida de Panero: aparte de ser su esposa y madre de sus díscolos hijos, ella fue una mujer fina, con acendrada sutileza.

Podía ser a la vez un ser evitable e incluso detestable, vaya. Una dama de provincias bien moderna y culpable: culpable de condescendencia con sus varones y valores familiares.

Dos. Para mí, ‘El desencanto’ (1976), de Jaime Chávarri, fue una conmoción. Yo tenía dieciséis o diecisiete años cuando la vi por primera vez en el momento de su estreno en Valencia. Era un cine de Arte y Ensayo de mucho postín. Creo que era el Xerea.

Me acompañaba un amigo que amaba a Jean-Paul Sartre y a John Denver a la vez, es decir, al padre del existencialismo y al padre del ‘country’ más comercial. Me convenció: yo también acabé amando a Sartre y a Denver. Éramos así.

Ambos procedíamos de familias resignadamente instaladas en el régimen: de eso que se llamaba el ‘franquismo sociológico’. Bien instaladas no quiere decir riqueza, recursos o poder. Quiere decir: la tranquilidad o la protección que el régimen daba a los funcionarios y trabajadores que no protestaban…

Tres. La película de Jaime Chávarri, ‘El desencanto’, nos cambió la vida: no nos hicimos antrifranquistas imaginarios –que ya lo éramos–, pero nos perturbó moral e intelectualmente. Ambos salíamos de la adolescencia, de esa época de espinillas, sexo frustrado y desaciertos.

Nuestras familias nos parecían exageradamente pedestres, vulgarísimas… Nosotros leíamos a Jorge Luis Borges, a Sartre (ya digo). De repente, al contemplar ‘El desencanto’ descubríamos a un grupo de poetas apellidados igual, los Panero, absolutamente desencantados: a los veintipocos años nada menos.

Estaban de vuelta de todo. Y adoptaban una pose intelectual y chic que yo no me podía consentir con un padre ya jubilado por enfermedad. Y tenían una madre atractiva, inteligente, con el pelo blanco. Una perla y un veneno. Yo tenía una madre normal, me decía. Aunque mi madre siempre fue guapa, jamás habría podido protagonizar este film familiar.

imageCuatro. Los hermanos Panero nos parecían tan cosmopolitas, tan gloriosamente pedantes, tan acabados… Con un padre, Leopoldo Panero, absolutamente franquista, autoritario y alcohólico y con una madre que no habla, declama. En esa casa era todo tan freudiano.

Nuestra vida –al menos, la mía– mudó tras ver esa película. Podía vivir en la fantasía inalcanzable… En el daño autoinfligido. Menos mal que fuimos sensatos, vulgares y mediocres: no imitamos el malditismo ni entramos en una fase de autodestrucción. Éramos sólo pequeñoburgueses.

Son increíbles la modernidad y la trampa del film de Chávarri. Sólo tiene un lastre: su pésimo sonido. No quise ver la película de Ricardo Franco muchos años después, aquella en la que volvían los Panero: en este caso con ese gran cineasta que fue Franco. No quise ver la decrepitud absoluta.

Ya me tocarán: la película y la decrepitud.
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La versión primitiva y más breve de este post apareció publicado por primera vez el 23 de agosto de 2013. Ahora lo he enriquecido con otras reflexiones añadidas.

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