Ni brocha gorda ni trazo grueso. El intelectual culpable de Ignacio Sánchez-Cuenca

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Ni brocha gorda ni trazo grueso.

El intelectual culpable de Ignacio Sanchez-Cuenca

He leído de principio a fin, de cabo a rabo, La desfachatez intelectual (2016), de Ignacio Sanchez-Cuenca. He quedado estupefacto. ¿Acaso por la ordinariez del planteamiento o la escasez de argumentos? No, no. Ignacio es un acreditado politólogo que conoce su materia. Pero, pero… ignora la historia de los intelectuales. O, propiamente, como dicen en Estados Unidos, desconoce la ‘historia intelectual’.

Ésta no consiste en espigar declaraciones de escritores, pensadores o publicistas para finalmente arremeter contra su inconsistencia, real o figurada. Consiste en analizar el contexto de producción de la obra y el marco de expresión de la palabra.

Consiste en el examen exhaustivo de los libros, de los textos y paratextos; consiste el escrutinio de las declaraciones de quienes son calificados o identificados como intelectuales. ¿Para qué? ¿Para llamarlos ignorantes?

Un intelectual es un metomentodo, un señor o una dama de las letras, de las artes, etcétera, que se atreve a elevar su voz frente lo obvio o lo repetido o lo archisabido. Es alguien picajoso. ¿Imaginan un mundo de expertos en el que sólo éstos hablaran de su materia por ser los únicos informados y autorizados? Sería, además de aburrido, enormemente pobre: empobrecedor.

¿Imaginan un mundo de ignorantes opinando sobre cosas abstrusas? Por supuesto al intelectual hay que exigirle hondura, datos, conocimiento: el saber se lo suponemos, el saber de los criterios relevantes.

Pero al experto hay exigirle claridad, apearse de la jerga y, sobre todo, quitarse ese vicio tan común: el creerse científico. Que nuestros enunciados han de superar las pruebas está fuera de toda duda, pero que nos califiquemos de científicos cuando somos humanistas más o menos refinados… es tontorrón.

¿Imaginan un futuro horripilante de tecnócratas bien informados? El mundo es complejo, sometido a la subjetividad. O como decía George W. Bush: la guerra es un sitio peligroso. No se resuelve con el dictado del experto. Por eso, necesitamos una pluralidad de voces que con mayor o menor acierto incomoden, gentes bien reconocidas que se atrevan a examinar y a evaluar.

Que quien tenga que opinar o dictaminar ha de documentarse está fuera de toda duda. Como es obvio ensanchar el marco que circunscribe nuestros pensamientos.

A veces, el problema es una erudición banal que impide reflexiones de mayor hondura o largura. ¿Un literato tiene algo que decir? Para empezar lo dice bien. Una sintaxis pobretona refleja un pensamiento tosco. Pero, aparte de decirlo bien, ¿la escritura intelectual aporta profundidad?

Lo que sorprende de los expertos es la ceguera, la miopía, de los presuntos analistas. Hay algo obvio: la vergüenza torera, el pundonor de quien examina y afina, de quien se muestra y se compromete.

Los intelectuales han cometido grandes irresponsabilidades. Pero los expertos son responsables de enormes atrocidades. Sin duda que hay literatos achacosos. Igual que hay científicos de neutralidades objetivas y criminales.

Félix de Azúa, de obra escasa y voluntariosa, ha dicho cosas feas y enormidades irresponsables. Fernando Savater se repite perdiendo el vigor de su infancia recuperada. Ha sido un firme y tedioso analista.

Antonio Muñoz Molina tiene estudios: de historia del arte y de periodismo. Se expresa, se compromete, se equivoca, se rehace, se enuncia con la soltura de quien aspira al rigor. Me parece injusto y tosco poner a todos en el mismo sitio.

¿Quiénes son los intelectuales? ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición? Si ésa fuera la respuesta, entonces todos los seres humanos, salvo grave avería, podrían definirse como tales.

Los individuos no somos mera chiripa existencial: somos herederos de tradiciones milenarias que llegan hasta nosotros y que nos proporcionan los recursos de que servirnos para pensar y actuar, como intelectuales, como filósofos.

Nos abismamos en nuestro propio yo y evaluamos lo que nos pasa o nos concierne empleando las referencias culturales que cada uno tiene, la Enciclopedia que nos constituye (según Umberto Eco).

¿Pero esa circunstancia nos convierte en pensadores? Todos los hombres son intelectuales, decía Antonio Gramsci, aunque no a todos los hombres les corresponda acometer en la sociedad dicha función.

Quienes la desempeñan son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen, denuncian. Son referentes para numerosos seguidores o rivales que aguardan sus pronunciamientos. Estos individuos reverenciados o detestados son creadores: han alcanzado una preeminencia pública por la virtud artística o científica con que están ungidos y, así, filman películas, publican novelas, poemas, estrenan obras dramáticas, investigan.

Su conversión en intelectuales viene después, cuando valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas que no son de su competencia o de su incumbencia: hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos y difunden su palabra, su voz.

O, como dijera Jean-Paul Sartre, el intelectual es un tipo entrometido: alguien que se inmiscuye donde no le llaman, que incordia. El intelectual espera derrocar verdades recibidas y prejuicios heredados, atavismos y políticas que juzga retrógradas.

O, más aún, el intelectual es aquel que abusando de la notoriedad alcanzada sale de su ámbito (la ciencia, la literatura, el arte) para criticar a la sociedad, para reprender a los poderes establecidos, para amonestar a sus contemporáneos.

La celebridad: justamente cuando el creador aprovecha esta circunstancia para examinar el estado de la moral colectiva, cuando el científico se sirve de la fama para interpelar a sus destinatarios, cuando el literato se erige en defensor de una causa, entonces estamos en presencia de intelectuales. Se exhiben ante sus compatriotas y ante el mundo coronados por el prestigio y protegidos por su crédito.

De todo esto habló Jean-Paul Sartre en diversos ensayos que yo leí con unción cuando era un jovencito y que luego releí con resquemor. ¿Un tipo que rechaza el Premio Nobel con gran aspaviento, cuando su aproximación al izquierdismo ya era bien explícita, cuando el tercermundismo ya formaba parte de su penúltimo ideario? Puaj.

Sartre se halla en su postrera fase, poco antes de que una nueva generación de filósofos e intelectuales (los estructuralistas) espere poder retirarlo del proscenio francés: él es el pensador del compromiso y de la subjetividad, pero ha sido también el compañero de viaje de los estalinistas, alguien que naciendo burgués creyó hacerse por entero con el solo auxilio de su propia reelaboración, con la denuncia y con una palabra prolífica que remienda o reinventa las cosas.

Contradictorio, testarudo, desaliñado o desaseado incluso: Sartre cultivó todos los géneros con urgencia, como ese huérfano que por saberse arrojado al mundo inicia una escritura inacabable para así tapar la soledad, el vacío, el no ser, la finitud, la muerte. Descubrimos tal cosa con Martín Heidegger y así seguimos: arrojados al mundo. Su entierro, la inhumación de Sartre en 1980, fue sin embargo un acto multitudinario. De ese cortejo, de ese velatorio, aún formamos parte.

Y estas palabras que preceden son una requisitoria contra ‘La desfachatez intelectual’ (2016), de Ignacio Sanchez-Cuenca. A la contra, sí. ¿Alguien se imagina un libro titulado ‘La desfachatez académica’? Si es por estupideces, los universitarios podríamos figurar bien colocados en un ranking. Pero yo me sentiría mal. ¿Qué tengo yo que ver con un docente irresponsable? ¿Qué tiene que ver Antonio Muñoz Molina con el último Gustavo Bueno, el energúmeno, o con Arturo Pérez-Reverte, el hombre? La condición de intelectual y de intelectual letrado no agrava las cosas. Quienes estropean el estado del mundo son aquellos que se expresan irresponsablemente, son aquellos literatos o profesores que lanzan jeremiadas sin distinguir, sin discernir.

Los literatos, dice Ignacio Sánchez-Cuenca, deben informarse y formarse, y deben centrarse en los valores. Sus críticas son válidas no por criterios técnicos, sino por abordar los desarreglos reivindicando los valores. Imaginemos que eso sea exactamente así. Sánchez-Cuenca cita expresamente como ejemplo a Luis García Montero. ¿Sólo él? Creo que los nombres que Ignacio se atreve a dar son ‘pro domo sua’, argumentos ‘ad hominem’, de literatos que no le incomodan. ¿Acaso porque son de izquierdas o del mismo grupo editorial?

Permítaseme una confesión. Yo he arremetido por escrito contra las banalidades o barbaridades que Félix de Azúa o Arturo Pérez-Reverte han volcado en la esfera pública en los últimos años. Pienso que su pésimo ejemplo alienta la bronca. ¿Sus jeremiadas son de la misma índole que la del resto de los intelectuales letrados? Hay que refinar, hay que discernir, hay que atajar antes que atacar. El resto es brocha gorda, trazo grueso, cosa sorprendente en un académico como Ignacio Sánchez-Cuenca, de inspiración analítica y de prosa nada bella pero eficaz.

4 comments

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  1. Marcos

    El concepto de intelectual surge con la carta “Yo acuso”, que Zola publicó a propósito del caso Dreyfus, si no recuerdo mal. El intelectual es alguien que se compromete, que denuncia y critica. Su actividad profesional está relacionada con el intelecto, pero, además de esta condición, el intelectual que se precie de serlo debe cumplir el requisito de comprometerse con ciertas causas y defenderlas en sus artículos, libros y conferencias. Si alguien cumple el primer requisito, pero no el segundo, es decir, si alguien se dedica a una actividad intelectual, pero su actitud no es contestataria, no es un intelectual.

    ¿Acaso Sánchez-Cuenca habla sobre Gustavo Bueno en su libro? Sólo por eso, quizá lo lea.

    Saludos.

  2. ¡Cochino! - Pollito Libros

    […] ser mencionado en el libro, el historiador Justo Serna ha publicado en su blog una interesante crítica al libro que sigue en la línea de lo defendido por Cercas: “Un intelectual es un metomentodo, un […]

  3. Miguel Ángel

    He leído de un tirón el libro y me ha parecido un estupendo análisis. En muchas ocasiones, yo mismo he pensado algo similar cuando leía ciertas “barbaridades” en algunas columnas de los principales diarios españoles. Por cierto, soy un simple ciudadano que trabaja como docente de secundaria en la Comunidad de Castilla-La Mancha.

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