La sensatez intelectual

El interés que despierta la reciente historia alemana no decae ni por aquéllas. Pasan las décadas, pasan los siglos, y los naturales, los amigos o los antiguos enemigos siguen preocupándose por esa época de crisis: los años treinta y cuarenta del siglo XX.image

Un país de gran cultura, de tradiciones remotas, de logros verdaderamente admirables, se pierde: así, de repente, se abandona a la barbarie política.

Una nación arraigada, de noblezas y de linajes milenarios, de pronto se ve sacudida y degradada por una corte y una cohorte de plebeyos a los que aúpa y sigue.

La Gran Guerra y la Revolución de Octubre trastornaron el orden mundial. Sirvieron para movilizar a las muchedumbres, para darles un protagonismo del que carecían. Y sirvieron para provocar reacciones contrarias, de temor, de pánico, ante su irrupción.

Paradójicamente, el fascismo y el nazismo son ambas cosas a la vez. Por un lado, encuadran a la población, a las élites y al pueblo llano, que viven una especie de hermanamiento comunitario.

Ya no hay lucha de clases: la armonía de intereses acaba supuestamente con el conflicto social. Por otro lado, el fascismo y el nazismo son diques que contienen por la fuerza la expansión del bolchevismo.

Pero son también frenos de la masificación y de la democratización. Son experimentos antiliberales. La circunstancia era absolutamente nueva y los personajes del drama ignoraban a qué podía conducirles ese trastorno. El resultado –ya lo sabemos– será catastrófico.

En esa coyuntura, lo normal es abandonarse a la violencia, a la hinchazón patriótica, a la religión política, a la dialéctica amigo-enemigo, tal como defendiera Carl Schmitt.

Lo habitual es dejarse arrastrar por la corriente, aceptando con resignación, incluso con júbilo, la dirección irremediable de las cosas, su destino fatal: el choque fanático y el enfrentamiento ideológico.

Pero hubo gentes que se opusieron a lo presunto, a lo obvio, a lo forzoso. No fueron inevitablemente héroes; tampoco tuvieron necesariamente ideas grandiosas o titánicas. Sin más: el sentido común, la sensatez o la tradición de la que procedían les llevaron a enfrentarse. Con coraje o con sencillez.

¿Un ejemplo? ¿Quieren un ejemplo? Kurt von Hammerstein-Equord (1878-1943), el que fuera jefe del Alto Mando alemán hasta el ascenso de Adolf Hitler. Poco tiempo duró en el cargo tras la llegada del Führer: advirtió pronto lo atroz de sus intenciones, percibió lo demencial de sus objetivos.

Kurt von Hammerstein-Equord no fue un coloso ni un tipo clarividente. Le bastó con aplicar la rectitud moral e intelectual: la responsabilidad a que le obligaba la propia alcurnia. Su familia no le fue a la zaga: tanto los siete hijos como la esposa tuvieron vidas interesantes…, que yo aquí no voy a revelar, vidas que sirven para ejemplificar lo que es la moral y la audacia.

Hace un tiempo, Hans Magnus Enzensberger le dedicó una obra de casi cuatrocientas páginas (en su edición española). Enzensbeger es ciertamente Magnus, un ensayista al que lloraremos cuando falte. Es muy rara una página suya que no sea egregia, reflexiva.

El libro dedicado a Kurt von Hammerstein-Equord no es una ficción, pero tampoco es un libro de historia. No es una biografía, pero tampoco es una fábula. Es una investigación documental que contiene fotografías y reproduce testimonios.

También la ha escrito permitiéndose licencias de literato: con conversaciones póstumas o apócrifas, aunque verosímiles; con imaginaciones bien fundadas.

El resultado es una novela familiar y un relato personal… muy convincentes. Esto es, la inspección histórica que un alemán hace del pasado de su patria, tiempo remoto o reciente en que descubre otra vez el valor de la razón y de la prudencia.

En tiempos tenebrosos, con personajes de vuelo gallináceo, conviene recordar a tipos así. A Kurt von Hammerstein-Equord y a Hans Magnus Enzensberger. Éste es un intelectual. A nadie se le ocurría reprocharle desfachatez alguna. Sus errores y sus aciertos son eso: son vida.

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