El librillo del candidato. Primera entrega

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Uno. A lo que nos cuentan, los candidatos sólo leen informes de campaña, prospectos propagandísticos, resúmenes de prensa, folletos farmacéuticos, aforismos en azucarillos y poco más: un material probablemente útil pero nada edificante, poco reparador, raramente sublime.

Cuenta Mario Vargas Llosa en alguna página de El pez en el agua (1993) que cuando se presentó como candidato a la presidencia del Perú, sintió una cierta angustia.

Durante meses, incluso años, él sabía que ya no iba a poder dedicar su tiempo a la lectura literaria. De triunfar en el certamen presidencial debería contentarse con esos informes instrumentales que le pasaban sus asesores.

Pero él se las arregló para leer algunas líneas de otros informes humanos, menos coyunturales: novelas o poesía. Incluso, si no recuerdo mal, también se deleitó con piezas teatrales.

Cuando llegaba la noche, cuando la campaña cesaba al caer la tarde, Vargas Llosa, derrotado pero entusiasta, leía obras de creación, de sublimación humana, de introspección. Luego, felizmente, perdió las elecciones. Aún pudo escribir dos o tres novelas excelentes.

Como ahora está en campaña permanente le recomendaría una obra publicada en Autoedición: El carrete. Filtros de amor para ancianos animosos, escrito por Isabel Presley, una de las nietas del gran rockero norteamericano.

Dos. Yo propongo lo mismo a los candidatos españoles: no que pierdan las elecciones, sino que lean cuando acabe la jornada electoral, que reparen su agrietado espíritu, que lubrifiquen su alma reseca. Verán cómo están más sueltos, más ocurrentes, más chistosos o más sombríos, pero siempre más inteligentes.

La poesía refina y altera. Incluso, como algún lector de este muro ha dicho, pone mal cuerpo: sirve muy bien para entender el maltrato que la vida inflige. Entone o no, lo cierto es que la literatura nos interpela. Por su parte, el teatro es vida representada, dialogada e imaginada que puede ser leída y no vista en los escenarios, como a su manera también ocurre con la novela.

Voy proponer a los candidatos españoles lecturas que dan que pensar, que hacen reflexionar sobre el oficio de politico: lecturas, en fin, de las que puedan sacar algún provecho o malestar,

Así se elevarán, perdiendo esa vulgaridad que a tantos aqueja; y así manejarán un vocabulario amplio y una argumentación refinada. Los electores lo agradeceremos. Quizá nos hagan sentir la ilusión de estar entre gente cultivada y no repetitiva, no rutinaria, dispuesta a documentarse, a tomar ejemplos, a valerse prudentemente de analogías literarias.

Por mí que no quede. Yo lo voy a intentar. Iré pasando libros o libritos para el candidato en campaña. Y justificaré la ventaja de leerlo: el provecho del candidato. Cada maestrillo tendrá su librillo. A ver si entre todos elevamos el mínimo común denominador.

Tres. Recomendaciones literarias para algunos candidatos en campaña.

–Mariano Rajoy. El Manifiesto comunista (1848). Aunque sé que el actual presidente en funciones no comulga con Karl Marx y Friedrich Engels, creo que sería bueno que al caer la tarde, ‘a poqueta nit’, leyera o releyera las páginas del panfleto más célebre de la modernidad. ¿Tal vez para que cambie de ideas? No, por Dios.

Le recomiendo el Manifiesto comunista para que se mortifique: no todo va a ser leer el Marca. Se lo recomiendo para que se discipline con una lectura que purga. Tras una jornada electoral, en la que puede incurrir en mentira y pecado, Rajoy cumplirá una noche de expiación y enmienda. Nada mejor que el flagelo impío de Marx.

–Pedro Sánchez. En tiempos de tribulación, un socialdemócrata convencido debe hallar su doctrina y perfilar sus concepciones. Debe encontrar sus ideas. ¿Las tiene? Para cumplir esa meta no hay nada mejor que leer Algo va mal, de Tony Judt. Es un manifiesto pedagógico y es una guía para perplejos, como el propio autor sostuvo. Estoy seguro de que el sr. Sánchez conoce esta obra, pero aún le veo perplejo, como los lectores a quienes se dirige Judt.

“Para que se la vuelva a tomar en serio, la izquierda debe hallar su propia voz. Hay mucho sobre lo que indignarse: las crecientes desigualdades en riqueza y oportunidades; las injusticias de clase y casta; la explotación económica dentro y fuera de cada país; la corrupción, el dinero y los privilegios que ocluyen las arterias de la democracia”. Eso decía Tony Judt a los socialdemócratas anglosajones, tan disminuidos. ¿Y por aquí? No hay problema. Por aquí vamos bien. O no… Como colofón y para completar, sería conveniente la lectura de algunos apartados de la guía ‘Manual se supervivencia en situaciones extremas’.

–Pablo Iglesias. Recomiendo al Dr. Iglesias Puga la consulta diaria, de la A a la Z, de la Gran Enciclopedia Espasa. Es una obra pequeña, en cientos de tomos: portátil, de fácil manejo, con lujosa encuadernación, muy adaptada para profesores en excedencia. No sólo le auxiliará en la parte lingüística; también en la enciclopédica.

Cada noche, como actividad reparadora tras follar con juvenil entusiasmo, o como somnífero, Pablo Iglesias leerá las voces más complicadas o detestadas: por ejemplo, santidad, populismo, martirologio, bolchevismo, casta. Conviene esmerarse con la memorización, para lo cual puede practicar aquí mismo.

–Jorge Fernández Díaz. El vigía espiritual del Gobierno es hombre de paladar fino y bíblico. Como es sensible y además no peca, podrá tentarse leyendo una obra universal. Sus páginas tienen su punto lúbrico, es cierto; pero en manos del sr. Fernández no hay peligro: la novela pertenece a un Premio Nobel, galardón que todo lo ennoblece.

¿Que es pecaminosa? El lector piadoso sabrá oponer resistencia al tiempo que disfruta de la belleza. Me refiero, claro, a La muerte en Venecia (1912), de Thomas Mann. Eso sí: para dar mayor verismo a sus imágenes y para recrear mejor su efecto, conviene leerla a pleno sol, recostado en una hamaca de la Costa o en una playa nudista.

–Albert Rivera. El joven candidato de Ciudadanos posee una retórica persuasiva, se sabe hermoso y admirado. Eso es un problema: a poco que se convenza sólo se leerá a sí mismo. Es como Santiago Calatrava, que su casa de Nueva York está principalmente decorada por sus propias estatuillas. Calatrava sólo ve calatravas.

Para evitar que Albert quede hechizado por sí mismo, por el cuerpo de un antiguo nadador, lo deseable es que lea Frankenstein, de Mary Shelley. Descubrirá que no es de una pieza, que su cuerpo deseable pronto será ruinas, cachos y podredumbre: se corromperá. Las viejas costuras de la Nueva Política saltarán. Mientras tanto, el monstruoso de Frankenstein le ayudará a aceptarse.

–Dolores de Cospedal. Pasan los años, pasan los días, y la belleza manchega de Dolores de Cospedal se marchita. Ella fue Miss y fue Presidenta. Ahora sólo es sirvienta.

No sé a qué aspira, si a escaño o a burladero. Pero dado su natural tardo, dado su carácter de topillo y dado su pronto lerdo, yo le recomendaría que leyera ‘Ratón Pérez’, del Padre Coloma. Por la indemnización en diferido.

Nadie sabe nada, ¿quién se ha comido mi queso, quién se ha llevado mi pensión, quién es Luis Bárcenas y su señor? Si ella va dejando marfiles, prendas y piececitas, recibirá monedas, sobres y contratas. Y la ratita De Cospedal pronto regresará hecha una ricura, la dama de Albacete, la señora de Genová.

Continuará…

—–
Fotografía: Antonio Barroso.

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