Para qué sirve la mano

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La primera vez que leí ‘El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre’ (1876), de Friedrich Engels, pensé que el título era largo, excesivo. Que despistaba, vaya. La segunda vez que lo leí ya no tenía la misma opinión.

Me di cuenta de que era un rótulo afortunadísimo: por su misma longitud descriptiva y por los equívocos a que se presta (muchas veces, erróneamente, lo he mencionado al revés diciendo: ‘El papel del trabajo en la transformación del hombre en mono’).

La tesis de Engels es de un materialismo impecable, tributaria de Charles Darwin. “El trabajo ha creado al propio hombre”, dice incansablemente Engels. La producción material de la existencia y el desarrollo de los recursos convirtieron a una raza de monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada en lo que ahora somos: seres humanos.

“Darwin nos ha dado una descripción aproximada de estos antepasados nuestros. Estaban totalmente cubiertos de pelo, tenían barba, orejas puntiagudas, vivían en los árboles y formaban manadas”, añade Engels.

Las manos fueron fundamentales. Adoptar la posición erecta al caminar permitó dejar de usar los nudillos para emplear las extremidades superiores en otras tareas. De hecho, añade Engels, fue el paso decisivo para el tránsito del mono al hombre.

Las manos del hombre primitivo son una sofisticación civilizada: sirven fundamentalmente para recoger y sostener los alimentos; sirven construir tejadillos entre las ramas, para defenderse de las inclemencias del tiempo, insiste Engels; sirven para empuñar palos y garrotes, con los que defenderse de los enemigos; y sirven como instrumento de bombardeo, es decir, para lanzar frutos y piedras. Etcétera, etcétera.

Cuando leí y releí esos pasajes no podía dejar de acordarme de 2001, la película de Stanley Kubrick. Vemos a homínidos empleando sus manos para atacar a los adversarios, a quienes disputan el territorio y el agua. Pero, tras una larga elipsis, esas extremidades con músculos y ligamentos adaptados, desarrollaron nuevas funciones.

“La mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini”. Llamanos trabajo a esa capacidad para dar vida.

Originariamente, “la manada de monos se contentaba con devorar los alimentos de un área que determinaban las condiciones geográficas o la resistencia de las manadas vecinas”, precisa. Con el tiempo, lo seres humanos transformaron, cambiaron.

“Lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo”.

Por supuesto, buena parte de los datos concretos sobre los que Engels se basa ya no se sostienen. Pero la argumentación es esplendorosa. La confianza en la capacidad transformadora del ser humano y el crédito que le dispensa hacen de este ensayito uno de los textos más lúcidos del siglo XIX.

No estaría demás que quienes pisan moqueta y van en coche oficial lo consultaran. Principalmente para no despreciar la habilidad humana que es trabajar, producir, modificar.

Hace unos años leí una biografía de Friedrich Engels publicada por la editorial Anagrama. Su título español es algo tramposo: ‘El gentleman comunista’ (2011). El compañero de Marx siempre ha tenido mala fama. Según la versión tradicional, el autor de ‘El capital’ habría tenido gran hondura intelectual, gran clarividencia, mientras que Engels habría sido sólo un eficaz divulgador: un tipo de escritura mecánica y roma. No es exactamente así. Hay enorme perspicacia en su enérgica prosa.

Por supuesto, buena parte de lo que sostuvo, con convicción comunista, no se sostiene. Pero si recomiendo su lectura no es por su ideario, sino por la poesía de su materialismo: hace falta algo de estética.

Creyó que los obreros no eran mera fuerza de trabajo. Creyó que la producción material de la existencia era la tarea que nos hace humanos. Bien mirado, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, tiene un optimismo contagioso.

A pesar de las crisis del capitalismo, a pesar de la explotación, Engels confiaba en el futuro. Esperaba una transformación que la propia historia le corroboraba. Sin duda había mucho de romanticismo en su ciencia proletaria. Sin duda había mucho de fantasía y quimera en su concepción histórica.

Pero este gentleman victoriano nacido en Renania esperaba mejorar. A ello se aplicó. No se conformaba con la fatalidad y además creía en la formación, en la educación, en la erudición, en la cultura. Yo nunca he sido comunista, pero, qué quieren, me resulta admirable su porfía.

Con esto me gano el infierno. Seguro.

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