¿Por qué no te callas?

A propósito de los himnos y los abucheos.

Uno. Por mi carácter y por mi educación detesto el estrépito, la pachanga, las detonaciones festivas y las ofensas de hinchas ya afónicos. Detesto la alegría explosiva y los gritos unánimes y beodos. No me pongo como ejemplo. Llevo mi tara en silencio.

Jamás se me ocurriría pitar la ejecución de un himno legal o abroncar a alguien que tiene derecho a decir, expresar o interpretar. Me duelen los oídos cuando escucho un himno, el que sea, aunque la pieza sea obra de un virtuoso. Yo me callo.
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Dos. Cuando escucho el valenciano, el himno valenciano, me refiero, me entran ganas de llorar. ¿Acaso de emoción? No. Me pregunto para qué. El otro que los nacionalistas proponen como alternativa, La Muixeranga, simplemente no me da ganas: es que me pongo a llorar directamente de lo melancólico que es. Y con la dolçaina, que es el instrumento que más perjudica los oídos (Dios me perdone). Punto y aparte.

El himno español es oficial. No siento por dicha música emoción especial. Es más: creo no experimentar emoción alguna ante la Marcha Real. Pero me parece perfectamente legítima su ejecución en actos públicos oficiales. De igual modo, podría decir lo que digo a propósito de Els Segadors, música que me resulta igualmente indiferente y cuya letra me produce jaqueca.

Los sentimientos oceánicos, de masa, ni los vivo ni me abandono a ellos. Pero el raro soy yo, ya digo: esta tara también la reservo para mí. Lo normal es dejarse llevar o incluso arrastrar por esas expansiones colectivas. Yo me pongo de un humor de perros, pero me callo. Procuro no llevar la contraria. Y procuro pensar en los perros de humor alterado.

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Tres. En condiciones de libertad, a un conferenciante no se le interrumpe ni se le ofende. En condiciones de libertad, a unos músicos que emprenden la ejecución de un himno, no debería molestárseles. Ya sé que quien rebuzna no hace el haca o el burro por la inquina que le provoca la banda, sino para ultrajar a una patria, a unos adversarios de los que hacer rechifla. El patriotismo y el antipatriotismo deberíamos atemperarlos. Es lo mejor para las cuerdas vocales, para la salud mental y para la salvación del alma.

Decía Sebastian Haffner en Alemania: Jekyll y Hyde que “el patriotismo es una emoción que, en condiciones razonables, debería ser sólo latente. No es otra cosa que la reacción natural ante un ‘peligro’ real para la ‘madre patria’, para el territorio, la lengua y las costumbres del pueblo, para la independencia del Estado y el derecho a la autodeterminación.

“Un patriotismo sano es el que mostraron al mundo los belgas en el año 1914 o los finlandeses en 1939. En épocas de paz, el patriota causa una impresión levemente cómica, aunque también agradablemente cómica.

“Es normal y natural amar a la propia patria y a los propios paisanos y, en silencio, preferirlos a los países y a los pueblos extranjeros. Pero cuanto más en silencio, mejor. En tiempos de paz, los patriotas recuerdan un poco a esos hombres que acarician y besuquean a sus mujeres en público”.

Permitan a Haffner esta última incorrección, esa comparación. Lo demás, yo lo suscribo enteramente. Desde que en la mili besuqueé la bandera sin emoción alguna, procuro no acariciarme el ego patriótico. Pero, bueno, no me hagan caso, que lo mío es una tara.

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