“Ferreterías Brooklinnm”

La mañana en que Soledad fue al encuentro de su padre esperaba hallar al tipo de siempre. Allí, a Valencia acudió. Pero nada. No había rastro de él.

Llevaban varios años distanciados y ahora se habían citado sorprendentemente en el Mercado de Colón. Ningún recuerdo les ataba a dicho lugar, tan bobamente sofisticado, pensaba Sole. Era recinto para burgueses o guapos. De haberlo pensado mejor, con algo de seso, se habrían convocado en Benimaclet.

Que si el trabajo de traducción e interpretación de Sole, que si las obligaciones de la ferretería, negocio esclavo. Cada uno de ellos vivía en una ciudad lejana, muy distante. El padre ferretero y su señora esposa residían en Valencia y la hija intérprete en Berlín. Gozaba de una situación aceptable.

Bien pensado, ese periplo no era un obståculo. Un vuelo de bajo coste o la fortuna o la chiripa les habrían permitido acercarse, encontrarse. No había por qué soportar esta gran demora.

Si alguno de ellos hubiera tenido la intención de sortear difgicultades, seguro que se habrían visto con frecuencia y con amor. ¿Amor? Visto lo visto, quizá la palabra resulta algo excesiva para el trato habitual que se dispensaban padre, madre e hija. Como mucho, Sole, madre y padre se tenían cierto cariño. Ahora bien, cuando se enojaban, cuando se enfadaban de verdad, se profesaban un odio irremediable.

¿Cómo era el progenitor? Su conducta siempre se había demostrado calamitosa: por autoritaria y errática. La verdad es que desde niño había sido un misántropo. La ferretería, enclavada en un callejón de poco tránsito en Benimaclet, lo había vuelto taciturno. De poco fuelle, los objetivos y metas se le desvanecían. Vestido con mucho desaliño, el padre se cubría permanentemente con una bata azul, sucia, de profesional. Presentaba un aspecto deplorable. Así lo juzgaba, con esa severidad, Sole. A la vez, el padre daba la impresión de querer sobrevivir, de mantener una juventud inverosímil con tintes y potingues. Tenía una cabellera abundante irremediablemente dañada por el negro azabache con que se cubría las canas. Los hombros siempre permanecían nevados de caspa.

Mientras vivió la esposa, el marido la despreciaba ostentosamente. Eso lo pudo corroborar Sole desde niña. En cuanto podía, su hombre la ponía en ridículo bajo los focos, baja la mirada escrutadora de los otros. Siempre le decía: “Amparito, conforme cumplo años, te quiero más”. Sonaba mentiroso. La hija no entendía el cinismo de su padre.

Sole sabía del embuste y sabía de ese odio que asfixiaba a su madre. Inevitablemente, ante una u otra provocación, Amparito respondía: “me das asco, ¿vale? Eres un tipo asqueroso. No sé cómo he podido permanecer a tu lado”. ¿Conocer a alguien que continuamente se está reventando granos, que permanentemente se descañona los poros? Sole lo pensaba y le daban arcadas. Con toda probabilidad, al padre esta operación desengrasante le hacía soñar con ese joven de espinillas al que quería parecerse. “No tuve juventud”, decía siempre el padre. “Me dedicaba todo el tiempo a cubrir vuestras necesidades. No tenía tiempo ni de peinarme, siempre con los clavos y los clavitos”. ¿Y eso justifica las extracciones de poros?, pensaba Sole. Se sacaba largas virutas negras que dejaban mejillas y pellejos enrojecidos, con cráteres.

Como Tony Manero, el padre también trabajaba en una ferretería: eso lo ha repetido continuamente, a la mínima, con cierto orgullo. Tony Manero encarnado por John Travolta, es un empleado que aspira a prosperar, a abandonar su barrio, a llegar a Manhattan. Sale con su pandilla, con su banda, pero espera algo más. Él es el rey de las pistas de baile, quien mejor danza en la disco.

Estamos a mediados de los setenta. El padre de Sole tiene como ídolos a Jesucristo, a Sylvester Stallone, a Al Pacino, a Bruce Lee y a Farrah Fawcett. Como Manero. No es italonorteamericano, por supuesto. Es valenciano de Corona. Por ello es católico también (de ahí el crucifijo que sobresale en la pechera de su bata).

Los Stallone, Pacino, etcétera, son cuerpos fracturados o muertos en la ficción; o cuerpos que morirán en la vida real y a los que hoy recordamos con tristeza o simpatía. Pero son sobre todo cuerpos que encarnan la fuerza individual, el empuje, la energía, una cierta forma de heroísmo condenado: son espejos en los que se miran Tony Manero y el padre de Sole. Pero el padre es un pusilánime.

Cuando joven, cuando se estrenó, vio esa película prácticamente a escondidas: a sus amigos o a la gente con la que por entonces se relacionaba les parecía una estupidez. Probablemente lo era y, con toda seguridad, dio como resultado algo estéticamente espantoso: el travoltismo, la sublimación de la disco.

Ah amigos, el padre de la futura Sole tenía sólo dieciocho años, pero no había cultivado un cuerpo glorioso: era más bien escuálido y enclenque y sabía que nunca podría parecerse al bailarín de la pista. Eso sí: compartía con aquel Tony Manero casi adolescente una fantasía de huida… Tony abandonará tiempo después la tienda. En cambio, la familia de Sole seguirá en el establecimiento administrándose entre sus miembros un rencor inexplicable. Un día, la muchacha desaparecerá. Por su parte, la madre morirá de una apoplejía.

Sole acude finalmente al establecimiento. No se resigna a hacer un viaje en balde. Valencia ya no es su ciudad.Ya no está su madre. Fue entonces cuando lo vio. El padre de Sole había cambiado el rótulo de la tienda: de “Ferreterías Brooklinnm”, así con comillas y torpe errata a otro más modesto, toda una filosofía de la amargura también entrecomillada: “Solo”.

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