Las bolas flamígeras

Desde niño tuvo miedo a las tormentas. En distintas ocasiones llegó a reaccionar con pánico cerval ante las sacudidas eléctricas: la lluvia que azota la superficie de la tierra, los truenos cuya detonación tiene algo de irritación bíblica, el vendaval que agrava el espectáculo sublime. Ahora mismo oye el batir de las olas y siente un estremecimiento. El levante sopla con furia. Sólo un oleaje que silba.

imageEn estos momentos, mientras escribe llueve copiosamente, con gran aparato eléctrico. Sabe que dichos fenómenos son efímeros, pero mientras duran se siente empequeñecer, inerme ante la acometida de la Naturaleza. Al menos de lo que queda de ella.

De niño, a los seis años, se extravió. Ocurrió en una pequeña población en la que por entonces residía. Había vaquillas por las calles, algún toro con dos bolas de fuego de las que se desprendían restos incandescentes de alquitrán. Había mozos probando su hombría y sacudiendo al animal con sus vergas. Finalmente, la tormenta afectó al tendido eléctrico. No había luz en todo el vecindario,

Un niño y una niña, apurados, muertos de miedo y santiguándose, avanzan sin rumbo fijo. Se pasan los brazos por sus respectivos hombros. Marchan así, entre la oscuridad y el gentío para darse ánimos, para creerse más seguros… La amistad lo puede todo. De repente, cuando menos se lo esperan se hallan fuera de la población, más allá de sus confines, y ven en el cielo una forma reconocible.

El niño y la niña hablan entre susurros. No sabrían decir si es una nube, Dios en persona o un platillo volante aún lejano. Son impresiones que al niño le sobrecogen: hasta la nube puede ser el anuncio de otra terrible tormenta. Si por el contrario es Dios, entonces el castigo es seguro. De su presencia amenazante y omnisciente, no puede escapar, él… que tan cargado de pecados está. Aún no ha tomado la Primera Comunión y sus transgresiones no tienen perdón, piensa el niño revoltoso. Hay muchas faltas por las que pagar.

La muchacha permanece callada apretándole la manita. Él la ve con sus trenzas, con ese pelo amorosamente arreglado. Y justo en ese instante sabe que va a morir, que ella va a morir. Ha sido la presciencia. Él ve cosas…

Dan media vuelta y regresan al pueblo. Conviene internarse entre las callejas de aquel barrio para escapar de los extraterrestres. A pesar de que no saben con certeza si son alienígenas, ambos no ignoran la determinación bélica que los guía, la voluntad de invadir la Tierra, de apropiarse de nuestras posesiones.

Regresan, sí, a la localidad. Creen haber escapado de las nubes amenazadoras, de la tormenta venidera, incluso de Dios. Creen estar a salvo. En ese instante, justo en ese instante, el toro que ha perdido la bolas flamígeras empitona a la niña.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s