Para qué sirve un profesor

Uno. Hace un tiempo leí un editorial de El País, titulado ‘Elc ordenador solo no educa’. En dicho artículo se atacaba lo que razonablemente podemos llamar el papanatismo tecnológico: la creencia de que los medios obran prodigios pedagógicos. Sin profesores preparados, sin docentes formados, no hay garantía de buena educación.

img_1382En mayo de 2005 publiqué un artículo sobre nuevas tecnologías en el aula. La filosofía en la que me inspiraba era la misma. El texto apareció en la primera etapa de mi blog (correspondiente a ese año).

Releído ahora, una década después, desprende un aroma tierno y atrevido, escrito bajo una perspectiva deliberadamente naíf. El título que le puse –“Umberto Eco, Internet y la escuela”– era manifiestamente mejorable.

En estos temas tecnológicos, diez años es una eternidad. Cómo atreví y cómo aún me atrevo. Peto, bien mirado, yo no hablaba de tecnología, sino de lo que hace un buen profesor. Y ese asunto no ha cambiado tanto en la última década.

Quiero pensar que el argumento central del artículo se mantiene. En ese caso, algo de interés tendrán las palabras que siguen. Han de interpretarse como un ‘Elogio del profesor’, la persona que es capaz de predicar con el ejemplo.

Es la persona, insisto, que es capaz de transmitir criterios y fundamentos, las bases para poder mirar atentamente. Un profesor demuestra entusiasmo, entusiasmo informado, respeto, jovialidad y rigor, exigencia y autoexigencia. Quiere hacer las cosas bien, por amor propio, por vergüenza torera (si se me permite decirlo) y por generosidad: quiere repartir su saber a manos llenas, aunque eso le obligue acarrear con libracos, aunque siempre esté a punto de trastabillar. Punto y aparte.

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Dos. Umberto Eco, Internet y la escuela (2005).

Es cada vez más frecuente que maestros y profesores de distintos niveles educativos se declaren partidarios de emplear las nuevas tecnologías en el aula. Con ello demuestran tener olfato y sensibilidad.

Los jovencitos están habituados sobre todo a la imagen y, precisamente  por ello, se supone que el modo de motivarlos en clase será persuadiéndolos con recursos gráficos y audiovisuales propios de la era electrónica. Tiempo atrás, esos mismos educadores fueron los primeros que saludaron con entusiasmo el uso del cine en el aula.

Proyectar películas que sirvieran de complemento a las explicaciones o lecciones del profesor podía ser una idea sensatísima, aprovechable, para suscitar así la atención en el asunto abordado y para relacionar esas imágenes con la palabra.

Antes incluso de que los pioneros emplearan el cine-fórum, antes de que los educadores más avanzados optaran por apoyar sus clases con films, los profesores se valían de otros recursos no menos ingeniosos: los mapas, las transparencias, las diapositivas, etcétera.

Las palabras del maestro eran el discurso lógico, y las estampas proyectadas sobre un lienzo blanco eran su complemento o ilustración, unas estampas entrevistas en aulas en las que algunos aprovechaban la oscuridad y el zumbido del proyector para dormitar, vencidos por el sueño.

Ahora ya no hace falta la semipenumbra de una sala de cine para proyectar las imágenes. Una poderosísima herramienta de la era digital lo facilita: el PowerPoint.

Gracias a la combinación de planos o fotogramas fijos o en movimiento, los alumnos de historia de cualquier nivel educativo pueden ver un desfile de imágenes que exhuman a personajes del pasado, batallas representadas en el lienzo de un pintor, rostros captados por retratistas más o menos habilidosos, restos arqueológicos, etcétera.

Pero pueden ver también el esquema de la clase, el desarrollo lógico de las palabras que el profesor va pronunciando, un esquema que abrevia y enumera los enunciados principales, las frases clave. Tan seductor es el procedimiento que, a lo que me cuentan, también los ejecutivos de las empresas hacen ahora sus reuniones o sesiones de ‘brainstorm’ valiéndose del PowerPoint.

Tanto entusiasmo tecnológico me deja frío y quiero seguir confiando en el profesor y en su solo recurso oral, la seducción por la palabra, la transmisión de significados mediante un ejercicio verbal que es o puede ser comunicación eficaz y belleza expresiva.

La imagen proyectada en el aula será siempre un recurso menesteroso, una imagen pobretona si la comparamos con las que fuera de la clase podrán contemplar los estudiantes. En el aula verán unas pocas estampas mediante el proyector o cañón, pero fuera los estudiantes serán bombardeados por miles, por millones de fotogramas.

En cambio, nada es comparable a la imagen mental suscitada por la habilidad del maestro, del profesor, ese modo de representar con palabras la realidad actual o pasada, y la revolución tecnológica, que desde luego modifica nuestros modos de percepción, no creo que deba o pueda alterar lo que son los objetivos básicos del profesor: la transmisión de significado.

Las imágenes infinitas son el desorden en el que vivimos; en cambio, las palabras del buen profesor, como las palabras de un buen narrador, nos hacen recrear lo visto dándole un sentido. Las imágenes proyectadas en el aula atraen la atención de los estudiantes hasta el punto de que el discurso del profesor puede ser un sonsonete molesto, hasta el punto de convertir la oralidad del docente en una mera glosa de lo que se ve.

Soy partidario de utilizar el material audiovisual siempre que éste no sea el soporte de las explicaciones, sino el documento que se estudia, ese documento icónico que someteríamos a análisis para averiguar su modo de producción.

En cambio, si lo usamos como mero complemento de nuestras palabras, entonces la imagen desplaza al profesor a un segundo o irrelevante plano, una voz en ‘off’ que añade o apostilla o acota lo que ya se está viendo.

Menos partidario soy si lo que se proyecta es el esquema escrito de lo que el docente está diciendo. He asistido a alguna clase impartida por algún compañero en donde el colega hacía esto y, la verdad, el procedimiento arruinaba su discurso: indirectamente se nos toma a los oyentes como a un auditorio algo torpón que necesitaba del auxilio de esquemas elaborados, además, por el conferenciante.

Es una invitación a la pereza del destinatario o un insulto involuntario a su capacidad de síntesis y de registro. El profesor debe transmitir sentido y debe hacerlo con palabras, con el arte de la persuasión verbal. Entorpecer esta labor con tecnologías de toda clase no garantiza solvencia pedagógica.

Decía Umberto Eco que en Italia el anterior Gobierno, presidido por Berlusconi, tenía la audaz intención de introducir en el aula todo tipo de materiales electrónicos para así ir reemplazando los libros de texto, incluso la literatura, las novelas. De la sinceridad de sus motivaciones dan cuenta las propias declaraciones del político.

“Es verdad que el presidente del Gobierno”, señalaba Umberto Eco, “ha dicho en algún momento que hace veinte años que no ha leído una novela”, y lo había dicho como si su ejemplo sirviera para los jovencitos. “Pero la escuela”, apostillaba el novelista italiano, “no debe enseñar a convertirse en presidente del Gobierno (al menos, no como éste)”. Así es.

Punto final.

Ilustración: Columbia University, 1948. Fotografía de Staney Kubrick.

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