El historiador de guardia

José Antonio illanes
Justo Serna nació en 1959, en Valencia, de cuya universidad es profesor. Está doctorado en Historia Contemporánea y actualmente ejerce como catedrático. Es uno de los escritores más lúcidos que he leído, y he leído a muchos. De verbo preciso, ilustrativo y luminoso, es prolífico en títulos. Recomiendo vivamente 


Españoles, Franco ha muerto (Punto de Vista Editores y Sílex Ediciones, 2015) y La farsa valenciana (Foca, 2013). Brillantes.

Como articulista, es excepcional. Escribió en El País y en Levante-EMV. Ahora, en alguna ocasión, lo hace en infoLibre y en Ctxt. También podemos leerlo en su blog: https://justoserna.com/ y en su muro de Facebook. Aunque sus opiniones, como todas las opiniones, puedan ser discutibles, sus análisis nunca decepcionan y siempre instruyen. La lectura de sus columnas compensa sobradamente la incomodidad de las discrepancias. 
El viernes 14 de octubre, en la librería Ramón Llull de Valencia, a las 19:30, presenta su libro El pasado no existe. Ensayo sobre la historia.


Primera parte
Cuéntenos algo de El pasado no existe. ¿Por qué ese título?

Ese título no es una provocación; es, por el contrario, una constatación. Mi libro, publicado por Punto de Vista Editores, es un ensayo sobre la historia, pensado para todos los públicos inquietos o interesados, no sólo para lectores académicos. Yo soy historiador, pero no quiero escribir únicamente para mis iguales o mis pares o mis colegas. Quiero que me lean o me entiendan personas a las que les preocupa lo sucedido y les preocupa lo que ahora, justamente ahora ocurre. ¿Hay alguna manera de mirar lo que nos rodea en clave histórica? ¿En qué consiste observar históricamente? 
Díganoslo. Explíquese, por favor.

Existe una creencia corriente, muy extendida: la de que el pasado está ahí, justo al lado; la de que lo pretérito es accesible, recuperable, reproducible. Tenemos la convicción de que en el pasado se puede ingresar por alguna vía. Es una idea ciertamente errónea. No hay una vía de acceso a través de la cual puedas hacerte presente en un tiempo ya consumado y ya consumido. Es una contradicción en los términos. 
¿En qué sentido sería una contradicción?

El presente es lo que ahora acaece, aquello que vemos o experimentamos como simultáneo a nuestra percepción y vivencia, aquello en lo que aún podemos intervenir. Pensemos en una muerte, una muerte violenta, eso que llamamos crimen. Una vez cometido, el policía, el juez, el detective, el forense, el cronista, el reportero, etcétera, pueden acudir al lugar de los hechos para buscar indicios, para conectar esos indicios, para establecer el curso probable o posible de los acontecimientos que acaban en dicho suceso. No acceden al pasado (ya les gustaría, ya), no acceden al crimen: como mucho se personan en la “escena del crimen” por decirlo rápido y malamente. 
Bueno, ya los tenemos allí. ¿Y ahora qué?

Pues no pueden reproducir el crimen, no tienen manera de ingresar en un tiempo y en unos hechos cerrados, concluidos. ¿Qué hacen? ¿Se resignan y abandonan? No, en absoluto. Empiezan a rastrear. Es decir a buscar pruebas. Con ellas podrán establecer un relato de lo sucedido, darle significado a las acciones humanas que acaban con esa muerte violenta. 
¿Y qué tiene que ver eso que usted dice con la figura del historiador?

El historiador es como el policía, el juez, el detective, el forense, el cronista, el reportero. En cuanto lo hecho o lo dicho o lo pensado (o en cuanto lo no hecho o lo no dicho o lo no pensado) resultan inalterables por estar consumidos y consumados, entonces ya no hay manera de hacernos presentes para modificar o cambiar el rumbo o el curso de las cosas. No podemos personarnos en lo pretérito aun cuando estuviéramos en su momento como protagonistas o testigos. 


Pero del pasado quedan cosas

En efecto. Del pasado permanecen, por ejemplo, nuestros recuerdos. O también cachivaches, restos, testimonios, ruinas, etcétera: son partes, son huellas, son objetos, son versiones o son visiones de lo sucedido que quedan plasmados, fijados o inscritos en algún soporte material o inmaterial (una pintura, una escritura, un documento, un monumento, etcétera). ¿Qué podemos hacer con eso? Trabar relación entre esos restos para dar significado. Ni más ni menos. Y ese significado que el historiador da después no tiene por qué coincidir con el que daban los sujetos cuando ocurrían las cosas: por ejemplo, ese crimen al que antes aludía para establecer la analogía entre el investigador y el historiador. No por casualidad, del historiador decimos que investiga.
¿Debe el historiador atreverse a pronosticar la historia? 

Las predicciones que pueda hacer un historiador no tienen por qué ser más acertadas que las de un ciudadano corriente. Hay un tópico que dice que los historiadores pronostican muy bien el pasado: siempre aciertan. Yo abandonaría la idea de pronosticar. Los historiadores acopian informaciones, datos brutos acerca de hechos humanos y observan ese material en contexto, en su contexto. Es decir, se hacen una idea más o menos cabal de lo sucedido y de cómo calificar y tipificar lo sucedido: si es una guerra, una revolución, un proceso, etcétera, o todo ello a la vez. Luego, el historiador observa otros hechos en un contexto diferente y, sin embargo, halla algo semejante o algún hilo conductor común. Entonces establece una analogía. Si en el pasado ocurrió esto con estos factores y ahora aprecio que ocurren cosas similares con factores parecidos, he de concluir que el curso de los acontecimientos tendrá un resultado semejante o incluso equivalente. ¿Acierto? Es fácil acertar cuando dos procesos con ciertas concomitancias se dan por cerrados. No hay predicción ni chiripa. Entonces podemos distinguir bien (o creemos distinguir bien) lo similar y lo diverso. ¿Pero qué nos pasa cuando comparamos lo sabido y consumido con lo que aún está en curso y sin consumar? Pues que quizá erremos por comparar lo que no es cotejable, o por ignorar este o aquel factor que cambia ese curso de los acontecimientos. En conclusión, nuestras predicciones suelen fracasar tanto como las de los individuos corrientes. Y eso que, como ciudadanos corrientes, siempre estamos anticipando acontecimientos, siempre estamos cavilando qué pasará, qué nos pasará. Buena parte de nuestra vida, la vida de los tipos corrientes, es existencia potencial no dicha, no verbalizada, no revelada, no consumada, no materializada. Pero eso que pensamos sin confesarlo o sin plasmarlo condiciona nuestros actos tanto como lis hechos sí acontecidos. Nuestra imaginación y nuestras fantasías (incluso nuestras fantasías más locas) factores precipitantes. Esas cavilaciones, esas cogitaciones y esos pensamientos (malos pensamientos o buenísimos) son esquemas con significado, son modelos para armar… proyectos, son hipótesis o conjeturas que nos hacemos como tipos corrientes.
Pero el historiador no es corriente…

No lo es, cierto. Al menos en el sentido de que tiene conocimientos más profundos o más detallados de lo sucedido. La experiencia, esta experiencia y estas erudiciones ayudan mucho a soportar mejor lo que hoy ocurre, lo que juzgamos intolerable. ¿Acaso para resignarnos? No, en absoluto. El conocimiento histórico no te hace fatalista. Pero tampoco te convierte en optimista. La perspectiva histórica te permite saber que hay cosas modificables, sólo contingentes, nada definitivas. Y te permite saber que hay otras muy arraigadas, persistentes o propias de la naturaleza humana. La violencia, por ejemplo. 


Me interesa eso que dice.

No es pensable un mundo apaciguado, sin conflicto, sin esa violencia que tanto nos repugna hoy. Ahora bien, cambian las formas en que los seres humanos ejercen el dolor, la crueldad, la destrucción, la muerte, etcétera. No hay unos “viejos buenos tiempos” sin violencia; no habrá sociedad futura sin dominio, sin coerción, sin violencia. Cambiarán las formas, pero tendremos que vérnoslas (quienes para entonces estén por aquí) con la crueldad, con el dolor, con la explotación. A ello habrá que ponerle freno, límite. Hemos mejorado mucho los humanos: antes se resolvía casi todo a mamporros. Ahora, por el contrario, hay muchos conflictos a los que nos enfrentamos sin hacer uso de la violencia. Junto a este aspecto positivo, el ser humano es capaz de lo peor. Siempre somos capaces de empeorar las cosas. Avanzamos, mejoramos y, sin embargo, en un instante nos hundimos y, si nos dejan, hundimos al rival. En efecto, somos capaces de ejercer la fuerza bruta, de aplicar la violencia injustificada, de destruir. Vaya tropa. Menuda especie.
¿Qué gratifica más, enseñar historia o aprenderla?

No sé qué responder. Yo disfruto impartiendo clase, dando una conferencia o moderando un debate. Pero quizá disfruto más aprendiendo. Yo creo ser sobre todo lector, un lector al que procuran dicha los libros, los conocimientos y las preguntas, que es otra forma de denominar nuestra ignorancia. Creo que no he respondido a su pregunta.

Fin de la Primera parte de la entrevista.

Continuará.

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