Fake. Cuando un periodista pierde los papeles

Uno. En el IVAM, una exposición dedicada al Fake repasa muchos artificios y ficciones que con apariencia de verdad se han pensado, realizado y difundido. El comisario es Jorge Luis Marzo. Babelia, de El País, da cumplida cuenta de esta muestra. 

El Fake no es mentira, pero tampoco es verdad. Es un instrumento comunicativo. Es un modo de mostrar la ingenuidad en la que tantas veces incurrimos ante las manipulaciones reales, bien reales, de los mass media y de las agencias de comunicación. La exposición es la mar de interesante y, sin duda, requiere más de una visita para captar la gracia y la complejidad de este fenómeno. Yo acudí la víspera de Todos los Santos. Prometo volver…

De todos los casos que en la exposición se recogen, me detendré ahora en el ejemplo de Fills de puta (2014), un documental falso dirigido por Victor Serna y Sofía Tatay. En dicho film participamos varias personas, entre ellas Anaclet Pons y yo mismo. Un periódico local se ensañó con nosotros. A Anaclet o a mí no nos consultó el periodista de ese diario que se sintió engañado, pero le dio lo mismo: nos acusó de mil y una perrerías.

Sencillamente dicho medio –que se apuntó la exclusiva de la supuesta tradición de los Fills de puta, de Benimaclet– se apresuró a publicar un reportaje. Toda una página sin contrastar y sin llegar al final del documental… 

Cuando el periodista comprobó la metedura de pata, su metedura de pata, puso en marcha la “máquina del fango”, como ahora se dice. Detallaré algún pormenor, algo más sobre lo ocurrido. Y para ello empiezo desde el principio.


Dos. Un grupo de amigos se reúnen al menos una vez al año. Se trata de una cena, copiosa y abundantemente regada, divertida. Acuden con sombrero desde un día en que así lo establecieron. Es algo preceptivo. Al acabar la colación marchan en pasacalle, de charanga. 

Son vecinos de Benimaclet, Valencia, y les unen la guasa y la alegría festiva, la música. Esos amigos, que son efectivamente nativos, tienden a la procacidad: les pierden la carne, el sexo y sobre todo el lenguaje sicalíptico. Es decir, el nabo, la figa, el virgo y todas esas cosas…


Se hacen llamar Fills de puta. Las expresiones valencianas fills de puta o fills de putes no tienen la tremenda carga semántica del español. En León, por ejemplo, llamarle a uno hijo de puta es muy grave, pero que muy grave. Probablemente, el castellano, que es idioma recio, ha perdido parte de la gracia soez que la literatura picaresca tenía.

Desde que el sainetista Josep Bernat i Baldoví triunfara en las tablas (e incluso desde tiempo inmemorial), a los valencianos se les atribuyen estas querencias procaces, ese gusto por lo chocarrero, ese apego a lo coent, a lo picante. No hay nada de malo en ello. La cultura popular es, entre otras cosas, celebración de lo carnal y del chiste, exaltación del carnaval y de la desvergüenza.


Un día de 2014, uno de esos Fills de puta de Benimaclet encargó la realización de un documental. Me refiero al profesor Pau Rausell. Para eso se dirigió a Barret Films, una productora que ya tenía una trayectoria y un reconocimiento públicos. 


La clave del encargo era transparente: realizar un falso documental para consumo de los propios Fills de puta. Es decir, se trataba de inventar y de inventarse una tradición remota de la que supuestamente vendrían la festividad y la cena de los Fills de puta contemporáneos.


Dos jóvenes realizadores, encargados directamente por la productora, se ponen manos a la obra: son Víctor Serna y Sofia Tatay. A partir de un esbozo presentado por Pau Rausell, la historia cobra forma convirtiéndose en un guión. 


Se graban la actuación y el testimonio de unos profesores que pueden dar verosimilitud a dicho invento. En este caso, las personas que aparecen en el montaje final son Anaclet Pons y quien esto firma (o sea Justo Serna).


Se realiza la película, se graba a dichos profesores, se toman otras imágenes o se sacan de los archivos, se busca banda sonora de canciones populares valencianas (alusivas al sexo y a las putas, lo siento) y se monta el material. 


En el film hay numerosos indicios de que aquello es una ficción, de que es pura fábula. Pero basta con llegar a los títulos de crédito para confirmar la broma: ambos profesores se ríen de sí mismos, de sus palabras y del aura de autenticidad y de autoridad que sus respectivas presencias le dan a un disparate histórico que no se sostiene.


El primer precepto de la ficción televisiva, cinematográfica o literaria es que haya siempre algo de verdad, algún hecho constatable que reforzaría la credibilidad de lo que se cuenta.


Es más, la presencia en este caso de ambos catedráticos de historia contemporánea presuntamente corroboraría lo dicho: es, insisto, un argumento de autoridad. Pero el marco –no hay que olvidarlo– es una película de ficción. ¿Dirigida a quién? 


El estreno previsto y realizado se hará en la cena anual de los Fills de puta. Así ocurre el día 14 de marzo de 2014 en el Centre Instructiu Musical de Benimaclet. Aquello fue un éxito clamoroso. La gente, el público, reía a mandíbula batiente. 
Nadie dio por verdadero, por auténtico o por cierto el documental. ¿Acaso porque todos estaban avisados? No exactamente. Era imposible tomarlo en serio. De hecho, muchos lloraban a moco tendido dadas las locuras que en el film se decían o se postulaban.
Un día después dicha película se cuelga en Internet a través del canal Vimeo. Y uno de los profesores lo promociona escribiendo en el blog de El País y en Facebook. ¿Qué celebraba? La ocurrencia, la capacidad, la diversión. 


De paso aprovechaba –ya se sabe que los profesores se ponen pesadísimos con sus materias– para hablar del pasado, de las tradiciones, de la invención de las tradiciones, de la verdad, de la verosimilitud (que son cosas distintas).


Sin embargo, hubo espectadores de Internet que, pese a los indicios clamorosos, creyeron que aquello era la historia real de la prostitución en Valencia, la historia verídica de los hijos de las putas locales. Por supuesto, el documental está plagado de pruebas de lo contrario: de la broma evidente. Hubo algunas personas que efectivamente se lo tomaron a mal acusando a los profesores de mentirosos. ¡De mentirosos! 
El principal escandalizado fue un periodista de Levante-EMV, que había creído a pies juntillas la verdad de lo contado publicando una exclusiva sobre la presunta tradición histórica de la que él creía ser el mensajero principal. Vejará a los responsables de proyecto acusándolos de distintos delitos. Levante-EMV desarrollará una campaña de acoso y derribo que dura al menos dos semanas. 


El espantoso ridículo del periodista y del medio es constatable. Es una prueba de su inoperancia y de su inquina tontorronas: no comprobaron la autenticidad, no buscaron otros testimonios antes de publicar la exclusiva. 


Toda la reacción fue desmedida y ciertamente patética con aliados corporativos, gentes de otros medios, defendiendo al incauto con el argumento de que el film era muy creíble. 


Transcurren los días y los responsables y figurantes de la película deciden no tener en cuenta las mentiras y las agresiones verbales de que son objeto: ellos no engañan a nadie; ellos han participado en una ficción privada para disfrute de unos juerguistas. 


Que se haya publicado finalmente en Internet no es cosa de los profesores. Que haya personas que desde el principio dan crédito a esta patraña es simpático o enternecedor, pero no hay que pasar de ahí. Los profesores imparten sus clases, escriben y hacen declaraciones. Son creíbles en el contexto académico, marco que por supuesto respetan. 


En la película Fills de puta, de Víctor Serna y Sofia Tatay, los profesores parecen creíbles y además no mienten: la ficción es un encargo para espectadores que disfrutan de un documental inventado, un documental que da vida a una tradición reciente. Los catedráticos sólo representan un papel. 



Fue el periodista quien perdió los papeles. Y con él algunos palmeros.
https://vimeo.com/89204337




 





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