La Verdad en la Historia. Nada menos.

Yo escucho Radio María 

Un día, así sin más, escuché a Fernando García de Cortázar en Radio María. No es una cadena que yo frecuente, pero mi hija me hizo la caridad de ponérmela mientras hacíamos un largo y tedioso viaje en coche. El programa, emitido en 2012, trataba de la verdad en la historia. O algo así. 

 

Intenté escuchar a García de Cortázar con unción. Él era el invitado y daba lecciones. El jesuita se expresa siempre con rotundidad, como un sordo terminal (en algo me parezco a él), y su voz estrepitosa salía de las ondas tras atravesar las líneas telefónicas. 
Había interferencias y su dicción atronadora dificultaba la comprensión. Hablaba de George Orwell, que es el intelectual de usar y tirar para la derecha patria. Como fue un disidente de la izquierda y como fue un hombre sutil, los ideólogos cultos o semicultos de la derecha siempre lo invocan pro domo sua (perdón por el latinajo). 

García de Cortázar, este recio catedrático vasco, es el historiador de guardia de Esperanza Aguirre. Da gusto oírlo dando voces y exaltándose como un niño español. Preside una fundación nacionalista y dice que él no es tal cosa, que él es hispano a secas. 


Cada vez que habla de la historia me da un cólico (figuradamente). Y así voy, que estoy perdiendo el oremus y los líquidos de freno.

Por alguna razón, cuando entre los nacionalistas españoles o mediopensionistas se hace una invocación explícita al pasado, suelo experimentar un gran tormento, una picazón, un malestar orgánico. 

Insisto: esas soflamas, generalmente grandilocuentes, me producen disgusto como individuo y como historiador, y este hecho simple me obliga a preguntarme. ¿Por qué padezco esa pesadumbre cada vez que oigo a García de Cortázar o a sus equivalentes catalanistas o vasquistas? Creo que son dos las razones del malestar. 

Hay, en primer lugar, una razón puramente académica: la que diferencia la historia de la memoria. Un colega francés, el historiador Pierre Nora, lo dijo expresamente. Permítanme una cita extensa de sus atinadas palabras: 

La memoria es la vida, siempre acarreada por los grupos vivos […]. La historia es la reconstrucción siempre problemática e incompleta de lo que ya no es. La memoria es siempre un fenómeno actual, un vínculo vivido en el eterno presente: la historia, una representación del pasado. Dado que es emocional y mágica, la memoria solo se acomoda a aquellos detalles que la confortan: se nutre de recuerdos borrosos, chocantes, globales o flotantes, particulares o simbólicos, sensibles a todas las transferencias, velos, censura o proyecciones. La historia, en tanto que operación intelectual y laica, apela al análisis y al discurso crítico.

Por eso, cuando alguien mezcla historia y memoria, el resultado no suele ser la mejora crítica del recuerdo o el examen significativo del vestigio, sino la recreación del pasado en términos emocionales y mágicos, simbólicos. Un espanto, pues. Puaj.

La idea de pasado, de que hay un pasado al que estoy obligado y que me libra de mí mismo, es un atentado contra la vida, contra mi vida. Si se concibe lo pretérito como un lastre, si se apela al cataclismo antiguo como amenaza, solo nos cabe una tarea, la de recordar sin vivir, sumidos en la triste analogía de lo que son vaticinios retrospectivos. No tengo existencia alternativa: solo dispongo de esta vida ordinaria, finita, y en ella resuelvo mi destino personal. 

¿Egoísta? No estoy tan equivocado: el coraje y la elección, esas pequeñas tareas en las que nos empeñamos cada día, se hacen contra el pasado de los mayores. Entiéndaseme: quien solo es fiel a lo que sus ancianos hicieron, quien es temeroso de lo que su linaje también padeció, se agosta sin hacer nada nuevo.

Es posible que entre cierta izquierda española aún sobreviva la mención explícita al 36, como si nada hubiera sucedido desde entonces. Es verdad que entre ciertos nacionalistas imaginativos lo pretérito ha sido objeto de recreaciones fantasiosas, melancólicas, reparadoras, incluso falsas. Se acerca el 11 de septiembre… 

Pero no es menos verdad que una parte de la derecha española, la más áspera, la más destemplada, la que creció con el frufrú de las casullas, ha invocado ese mismo pasado para infamar, para acobardar o para sostener marcialmente una identidad indiscutible. 

Es más: en los últimos años, han sido los gobiernos populares los que hicieron de la historia un territorio para la renacionalización. CiU en Cataluña no les fue a la zaga. Y a ello han contribuido con alegría y empeño colegas míos, historiadores profesionales que como Fernando García de Cortázar profesan una ardiente fe españolista. 

Hacen uso de un nacionalismo redivivo que mezcla historia y memoria, que idea una unidad de destino desde tiempos inmemoriales: desde el Paraíso original. 

El pasado ha servido así para la identificación colectiva que nos ata: la ventaja del reconocimiento es que me permite localizar y adherirme a los mis antepasados o, al menos, a aquellos con quienes creo compartir automatismo, procedencia, estirpe. Con ello aspiro a darme una defensa contra las ofensas potenciales que siempre parecen venir de los otros, de los extraños, de los vecinos. 

Sin embargo, la historia debería servir hoy para colectivismos menos étnicos, menos afirmativos, menos guerreros. Más que para el reconocimiento, que es un modo de uniformar, de establecer la fatalidad de unas ataduras, la historia debería emplearse para el discernimiento propio, para mostrar lo que me contrasta y me separa.

 ¿De quién? De aquellos de quienes procedo, para hacer ver todo lo que desconozco de mí mismo, esa parte arcaica que también me constituye, lo que es débito o lo que es provecho, la eventualidad de que yo esté aquí. 

En la vida de cada uno no hay fatalismo ni misión que cumplir y solo un total de contingencias nos han configurado: por tanto no hay calamidades rancias, incluso seculares, que nos apremien y que nos impidan existir, ni hay bultos que estemos obligados a arrastrar y que nos rediman de esos seres circunstanciales que somos. 

La historia nos permite volver para indagar qué forjaron los antiguos, cómo enfrentaron sus vacilaciones, tan ignorantes, tan diferentes. A ese modo de cavilar lo llamamos aprender, lo llamamos escrutinio, no tipificación ni credo. 

Nada de eso le escuché a Fernando García de Cortázar. Con su ampuloso tono, el catedrático hablaba de las cosas que los religiosos de Radio María querían oír.

—–

Pasaje procedente de Todo es falso salvo alguna cosa. Madrid, Punto de Vista Editores, 2017)

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