Ignacio Martínez de Pisón.    Horas de plenitud 

Ignacio Martínez de Pisón no es un decorador, alguien que ponga o proponga un ambiente para un tema secundario. Es decir, no es un narrador ornamental. 

Es un novelista hondo, alguien que relata verdades, cercanas o remotas, clásicas y contemporáneas, vislumbres que quiere transformar en arte. 


Martínez de Pisón nos cuenta sin desmayo vidas comunes y vidas agitadas, historias vigorosas, justo cuando a sus personajes la existencia los cambia o justo cuando un pequeño o gran cataclismo los trastorna.  

Ese vuelco de sus respectivas circunstancias les obliga a afrontar y arrostrar la propia biografía; ese giro les fuerza a hacerse cargo de sí mismos y de los pícaros o avispados o calamitosos seres que son o que los rodean o de que se rodean. 

El padre, por ejemplo, es un ser esencial en las obras de Martínez de Pisón: un tipo siempre decepcionante o ausente, alguien fantasioso y frecuentemente novelero. O en todo caso el progenitor es una referencia equívoca.

Como el propio novelista reveló en alguna ocasión: “cuando tu padre se ha muerto cuando tú tenías nueve años, de alguna manera es una herida que te queda allí aunque haya cicatrizado”.

Esa laceración, dice el autor, “tiende a mostrarse cuando escribes libros, porque los libros se hacen sobre el dolor, y sobre la felicidad y las emociones que tienes”. 

Y cuando esto ocurre, añade Martínez de Pisón, “a veces tienes que recurrir a esa memoria sentimental. Y en esa memoria sentimental, evidentemente, perder al padre cuando eres niño es un hecho decisivo”.

A Martínez de Pisón, las novelas le sirven para examinarse en circunstancias no dadas; o para hacernos ver cómo se dan esas mutaciones de la vida, cómo operan el azar y la necesidad que nos transforman. 

Quien vive y vamos conociendo ya no es finalmente ese individuo que empezó en la página primera; o quien cuenta ya no dispone de los mismos recursos o valores de quien comenzamos a tratar. 

La novela es así un pedazo de la existencia que ignorábamos y que los protagonistas desconocían. Los personajes de Martínez de Pisón se nos parecen: no sabemos cómo va a marchar el curso de las cosas y, por eso, son y somos seres entrañables y patéticos que porfían en el error o en el acierto.

Sus novelas son “realistas”, dicen. Realistas, sí, si por tal se entiende narrar y mostrar lo que a esos personajes les sucede. Pero para cuando el novelista empieza (en los años ochenta), el realismo sufre un descrédito.

Precisamente por ello, el propio Martinez de Pisón tiene que asimilar lo que no es obvio: se propone desfigurar tipos o circunstancias o enrarecer ambientes o atmósferas para parecer más profundo. 

Es en los años noventa cuando la Historia común y la Historia colectiva irrumpen en la vida de los personajes, cuando la realidad conocida no es sólo marco o paisaje, sino espacio del drama.

Y el drama y las picardías son las de una clase media que protagoniza sus novelas. Una clase media con ínfulas, gentes de extracción popular que viven de sus expectativas y que, por tanto, cargan con sus frustraciones. 

Con esa mirada, la novela, la novela de Martínez de Pisón, regresa a su etapa egregia del Ochocientos, justo cuando las ficciones nos ayudaban a entender los dilemas humanos de tipos corrientes y mentirosos que, trastornados u obcecados, ambicionan cambiar sus vidas. 

Eran y son individuos de normalidad y cualidades menudas, gentes incluso mediocres, tan mediocres como podamos serlo cada uno de nosotros. 

Es por eso por lo que el humor –a veces el sarcasmo, a veces la ironía– la benevolencia y la severidad son el trato que les dispensa Martínez de Pisón.

Al fin y al cabo, son seres que aspiran torpe o juiciosamente a la felicidad. Ese horizonte, el de ser felices, que a estas alturas nos puede parecer cursi o inalcanzable, es sin embargo una meta a la que no hemos renunciado.

Y todo ello, Martínez de Pisón lo hace con sencillez bien trabajada, con levedad, sin énfasis ni pompa, sin ostentaciones ni pirotecnias verbales. Lo hace con sentimiento y asentimiento del lector.

Y lo hace con una prosa asertiva y hasta humorística que parece fluir sin apenas artificio…, a pesar de que el autor es o se declara metódico y hasta obsesivo, un escritor que se lame sus heridas o laceraciones.

Leo con placer Derecho natural (2017), la última novela de Ignacio Martínez de Pisón. Antes de empezar, yo tenía unas expectativas muy altas. El deleite se confirma. Simplemente, la prosa y la vicisitud de Angelito, el narrador, imantan.
Me esperan horas de plenitud.
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https://m.facebook.com/justo.serna/posts/10211858571440242

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Fotografía 1: Ignacio Martínez de Pisón, por Joan Sánchez (El País).

Fotografía 2: Cubierta de ‘Derecho natural’.

Fotografía 3: Ignacio Martínez de Pisón, por EFE.

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