El avestruz de Samsung

Vuelve Elton John 

En mi pasado de niño y adolescente, en aquellos años sesenta y primeros setenta, yo encendía la radio muchísimo, con el automatismo del que está habituado día a día a efectuar los mismos actos, con la rutina de quien sabe lo que quiere, lo que le entretiene y espera encontrar en el dial. 

¿Qué cosas? Los 40 Principales, por ejemplo. Con el estridente Joaquín Luqui. Luego, ya más crecido y documentado me inclinaré por Radio 3. Con Jesús Ordovás y Diego Manrique, claro. Pero regresemos a Luqui. 

Joaquín no te dejaba indiferente: a través de las ondas radiofónicas llegaba su tono susurrante y gritón hablando de los Beatles, de la música pop, con una erudición inverosímil. 

Atesoraba conocimientos inacabables sobre el grupo de Liverpool, sobre Cliff Richards, sobre Elton John, sobre…, y pronunciaba el inglés como si el idioma fuera para él una cosa antigua y bien sabida: lo pronunciaba como yo nunca lo pronunciaré. 

Siempre he pensado que hagas lo que hagas has de acometerlo apasionadamente, teniendo un motivo que te provoque el entusiasmo y la fijación. Eso sí, siempre que tu exaltación no te acabe convirtiendo en un tipo repelente.

Yo veía ese entusiasmo, ese modo de obrar, en el Joaquín Luqui de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, y lo veía informadísimo en una rama del saber que carecía de expertos. A qué rama del saber me refiero? A la música ligera.

El pop se estaba creando y, sin embargo, Luqui hablaba como si ese dominio tuviera ya una larga historia detrás 

Hablo de Luqui en pasado, en mi pasado de muchacho que quería escapar de la fatalidad de una España agropecuaria, pero para evocar aquella época no debo hacer un especial ejercicio de memoria. 

Con escuchar música ligera otra vez, con escuchar nuevamente a Elton John o con repasar lo que ahora Ramón de España dice de él me basta. 


Un spot de Samsung en el que veamos a un avestruz batiendo sus potentes alas le han devuelto actualidad: la banda sonora es Rocket Man (1972), de Bernie Taupin y Elton John. Qué simpático anuncio; qué melodioso. Pura música ligera. 

Ésta era una expresión corriente entre los críticos musicales de la España de los sesenta y setenta. Para cuando se edita Rocket Man, todos hablan, sí, de música ligera. 

En nuestro país se empleaba genéricamente. Aludía al rock y al pop y con ella los locutores de radio (Joaquín Luqui, por ejemplo) se referían a los ritmos bailables, a esas canciones que duraban tres minutos con estribillos pegadizos e instrumentaciones sencillitas. 

¿Sencillitas? No todo fue tan simple: ni las melodías eran tan esquemáticas ni las letras eran tan ramplonas. Del swing al rock, del folk al pop, muchas de esas canciones reinventaron el mundo, afirmando valores de los que no se hablaba. 


Los ritmos de aquella música ligera son el fondo sonoro de varias generaciones y nos mueven, nos hacen movernos y conmovernos. 

Cuando alguien tararea música ligera siente, en efecto, una ligereza. Como si se le fueran los pies, como si no pudiera parar: dispuesto a taconear o a dar los pasos, dispuesto a seguir el ritmo. Como si echará a volar. Igualito que el avestruz de Samsung a los sones de Elton John.

La música ligera no es arte despreciable. No es mero fondo, la sonoridad que tenemos asociada a un hecho. No es sólo un ritmo bailable, esquemático y repetitivo. 

La música ligera es cultura, es un producto más o menos esmerado y de disfrute colectivo. La asociamos involuntariamente a un acontecimiento personal o común y, sin duda, se nos van los pies cuando empezamos a escucharla. 

Los creadores podrán ser más o menos virtuosos. O nada. Pero son los públicos quienes convierten una pieza de tres minutos y pico en fragmento de un todo sonoro.
El que escucha hace suya la canción, la tararea, la recuerda y en su evocación o repetición la vincula a una circunstancia emocional. Rocket Man es, para mí, una de esas piezas.

Las emociones no son un subproducto de lo humano. Son estados del alma, si se me permite decirlo así. Son los humores que se escapan, exhalaciones del ánimo: y esta manifestación individual siempre es ruidosa y seguramente colectiva.

¡Hale!, ahora escuchen Rocket Man y a volar. Ya digo: siempre he pensado que hagas lo que hagas has de acometerlo apasionadamente, teniendo un motivo que te provoque el entusiasmo y la fijación. Como el avestruz volador de Samsung

Sabían lo que hacían los señores publicitarios…

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