Un político de campanillas

Lo que voy a contar ocurrió hace muchos, muchos…, muchos años, en un mundo ya desaparecido. ¿Cuándo?

Justo cuando las cosas eran sólidas, no evanescentes, y la realidad aún no era virtual. Los perfiles no eran hologramas.

Fue entonces, tiempo atrás, a comienzos de los Noventa, cuando sucedió. Fue entonces cuando ocurrió el episodio que voy a narrar.

¿El protagonista? Pues un antiguo político de campanillas, un señor de prestigio, un candidato ya retirado. El personaje se presentó en mi despacho.

Estaba ya en excedencia, en efecto. Justamente por ello quería completar su formación. Unos conocimientos académicos nunca vienen mal, admitámoslo.

Para verificar tal cosa, el expolítico se había matriculado en los cursos doctorales que impartíamos en mi departamento, el de Historia Contemporánea. El de la Universidad de Valencia.

Al figurar en esa lista, una de las asignaturas que el estudiante podía o debía cursar era la mía, precisamente la mía. Había unos requisitos, toda una pejiguera de trámites. O no tanto… No demasiados.

Lo que yo impartía era una cosa teórica, abstrusamente teórica, de ribetes filosóficos: imagino que aburrida. Si no recuerdo mal, mi módulo trataba de ‘Michel Foucault y la Historia’.

Nada menos. Es decir, la ‘French Theory’, el estructuralismo, el antihumanismo, el posmodernismo, etcétera. Puro vértigo… en el que yo creía desenvolverme bien.

Esta persona matriculada, el expolítico de campanillas, acudió a mi tutoría para informarse. ¿Para incormarse de qué? De qué cosa debía hacer: las obligaciones académicas, vaya.

Me trató con campechanía. Yo le detallé las tareas: asistencia al curso, intervención en el aula, discusión y luego redacción de un trabajo sobre los pormenores abordados.

Jamás asistió a clase y, sin más, incumplió la mayor parte de las obligaciones académicas. En la nota final, en la calificación, yo le puse NP. Esto es, No Presentado.

Cuando finalmente comprobó su resultado, se escandalizó. “No esperaba esto de Justo”, dijo o iba diciendo a quien quería oírle. Así se me informó. Yo no daba crédito.

Por supuesto, no modifiqué la calificación y por su parte, imagino, el expolítico de campanillas se vio obligado a cursar otra asignatura para obtener los créditos necesarios, precisamente los que yo no le había regalado.

No volvió a saludarme. Acabó toda campechanía. Bien que lo lamenté: aún me sigue pareciendo uno de los políticos más preparados que hemos tenido en la Comunidad Valenciana.

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